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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar III

el día de la biopsia, nuestras manos entrelazadas

Con el Diario de lo diminuto quiero compartir contigo mi proceso personal con el cáncer de mama.  

(NOTA: Lo que transmito en «La biopsia» es una experiencia muy personal. Ni siquiera eso: es la recreación literaria de una experiencia muy personal. Seguro que no se parece a la de ninguna otra mujer a la que le hayan hecho o le vayan a hacer una biopsia para extraerle muestras de un tumor en el pecho. No es válido como «información» sobre las biopsias, no es nada científico, y espero no asustar a nadie con lo que narro. Mi cabeza y mi sistema nervioso responden a cualquier estímulo a lo bestia (supongo que por eso escribo). Podría escribir una novela sobre el roce de una caricia en mi piel… así que una biopsia no es algo que me pase inadvertido).

Capítulo III

La biopsia

Jueves, 18 de febrero de 2021

A las once de la mañana, te diriges con tu hijo Elmo al hospital. Allí os espera Germán. Dado que el amor de tu vida está lejos, has decidido que tu hijo Elmo (el otro tenía hoy un examen) y tu ex marido son la mejor compañía para una biopsia, que no sabes muy bien todavía lo que es pero —eso seguro— te vas a enterar enseguida. Cuando haya pasado el traguito os iréis a comer los tres juntos y eso es como un aliciente, un regalo, una ruptura en la cotidianeidad, una pequeña brecha de espontaneidad en la epidermis de la vida.

Os sentáis muy juntos los tres en la sala de espera, tú en el medio. Entrelazáis las seis manos. Te sientes bastante prota y ufana con tu biopsia urgente, ante la que los demás te miran con respeto y temor. Germán te pregunta si estás nerviosa. No sabes si estás nerviosa. Estás rara. Y te notas hablando raro en esta situación recién estrenada, con palabras como prestadas de no sabes qué telefilme de domingo por la tarde sobre mujeres divorciadas que atraviesan un cáncer y todo se pone bastante dramático y sobreactuado.

La enfermera pelirroja aparece en escena de repente y os pilla a los tres con las manos en la masa. Se os queda mirando embelesada y dice, traviesa: «Qué bien acompañada vienes». Sonríes tímidamente. Le dirías que no es lo que se piensa, que la vida es compleja y da muchas vueltas. Pero no te da tiempo, porque enseguida se te lleva como a un corderito camino del matadero.

La enfermera te dice que te tumbes en la camilla y empieza a prepararlo todo mientras te tranquiliza y te dice que no será nada. Te gustaría salir disparada Clic para tuitear

Te mete en un vestuario y te dice que te desnudes de cintura para arriba, y cuando lo has hecho pasas a la misma consulta en que te hicieron ayer la ecografía. Bueno, por lo menos no es un quirófano, eso daría más miedo. La enfermera te dice que te tumbes en la camilla y empieza a prepararlo todo mientras te tranquiliza y te dice que no será nada. Pero no te lo crees mucho porque, entre otras cosas, saca una jeringa del tamaño de una escopeta. Abres los ojos como ciruelas, y te dice que no te asustes, que aunque es muy aparatosa, la aguja es muy fina y, además, te pondrán anestesia. De pronto te entra mucho frío, y sabes que no se te quitará hasta que salgas de allí. Los animales, ante el peligro, eligen entre la huida, el ataque o la parálisis. Tú siempre has elegido la parálisis, es decir, el frío polar. Te quedas rígida y congelada, aunque lo que en realidad te gustaría es salir de allí disparada.

Cuando ya está todo preparado, aparece la doctora del día anterior, la que te hizo la ecografía, y se pone manos a la obra. Primero te hace otra ecografía, para localizar el tumor, y la enfermera te pinta una marca en el pecho con rotulador rojo para saber dónde tienen que pinchar. Te acuerdas de que, cuando eras pequeña, te gustaba pintarrajearte el cuerpo con rotuladores, y de las broncas que te echaba tu madre porque, a la chita callando, eras un trasto. Tratabas de ser invisible y, a la vez, llamar la atención para que te hicieran caso, lo que ha sido tu eterna contradicción. Esto es otra cosa, no tiene nada que ver, pero al ser marcada con una cruz te acuerdas de eso, y de tu madre, y de este bultito que, de una forma remota o subterránea, sabes que está conectado con el suyo como dos tubérculos, en comunicación constante, solo que no tienes ni puñetera idea de lo que se estarán contando el uno al otro.

La doctora te dice, con un algodón en la mano, que te va a poner la anestesia. No te da miedo la anestesia. Te da miedo la escopeta. Sientes la inserción de la aguja en el pecho —en esa zona tan sensible creada para las caricias y no los pinchazos— y el líquido frío entrando en la gelidez de tu cuerpo. La doctora sale y te quedas allí sola unos minutos, con los ojos muy abiertos. Te sientes tan desvalida como el cadáver de un pez entre el hielo de la pescadería.

Vuelven la doctora y la enfermera pelirroja. Y ahora, sí, llegó el momento de la verdad. La enfermera desenvaina la jeringa-escopeta, mientras la doctora te explica minuciosamente lo que vas a sentir (¿qué sabrá ella lo que otra persona puede sentir en su interior?). Te dice que, cuando extraiga cada una de las muestras (y necesita unas cuantas, te dice), sonará una especie de disparo sordo y sentirás un tirón, pero que no te dolerá. Eso que te van a meter en tu pecho derecho, entonces, es como una pistola pero al revés, que se traga las balas en vez de expulsarlas. Pues qué bien.

Cuando te introducen la «cosa», en efecto, no sientes nada. Tranquila, te dices, esto será como una simple endodoncia. Entonces apagan la luz, no sabes por qué, a lo mejor para que la doctora vea mejor en la pantalla de su ordenador a dónde apuntar con el cañón de su escopeta, como si esto fuese un maldito vídeojuego.

«Ahora», te avisa la doctora, y es como una orden de fusilamiento en la oscuridad, porque oyes un chasquido como el de un enorme quitagrapas y sientes lo mismo que debe de sentir el papel rasgado, como si te arrancaran una buena porción de tus entrañas. Das un bote y el corazón empieza a dar saltos hasta el techo. Nunca habrías pensado que había cosas peores que el dolor. Percibes con precisión la mano de la enfermera pelirroja en tu brazo izquierdo transmitiéndote calor y tranquilidad, y de verdad los necesitas para que el corazón no decida mudarse a otro sitio a vivir. «¿Te ha dolido?», pregunta la doctora, y no sabes cómo decirle que ha sido peor que el dolor, que ha sido como si te estuviera usurpando algo profundo e íntimo, que no tiene ni puta idea de lo que una puede sentir al otro lado de su escopeta cargada por la medicina occidental, esa que es capaz de salvarte y matarte al mismo tiempo… no sabes cómo decirle todo eso, así que le dices que te ha dolido «un poco».

La escopeta o el quitagrapas o la mierda esa cargada por el diablo llega al epicentro mismo de tu pequeño gran bulto y entonces sí. Un dolor agudo te atraviesa el alma, y gritas, y te sientes traicionada por tus salvadores. Clic para tuitear

Pero la pesadilla no ha hecho más que comenzar, porque el quitagrapas («ahora», «ahora», «ahora») dispara aquí y allá, y parece que cada vez va más profundo, hacia el centro mismo de tu ser. La luz se enciende y se apaga, tu corazón está desmadrado y tú solo quieres escaparte de tu cuerpo bombardeado. La presión de la mano de la enfermera pelirroja sobre tu brazo es lo único estable en ese terremoto interior. Y entonces la escopeta o el quitagrapas o la mierda esa cargada por el diablo llega al epicentro mismo de tu pequeño gran bulto y entonces sí, entonces no solo oyes y sientes la sacudida, sino que un dolor agudo te atraviesa el alma, y gritas, y te sientes traicionada por tus supuestos salvadores. «Ahora sí te ha dolido, ¿no? —dice la doctora tranquilamente—. Claro, es que estamos en lo más profundo. Ahora ya solo me queda meterte un trocito de metal para que tengamos localizado el tumor, y ya está». Y ya está, dice. Un trocito de metal, dice. Estás agarrada a la camilla con los ojos cerrados. Ya no quieres ver ni saber. Pero es verdad que esta vez ya no sientes dolor y cuando vuelves a abrir los ojos la enfermera pelirroja te está desinfectando la incisión (aún puedes sentir la presión de su mano en tu brazo aunque ya no esté ahí) y la doctora está cerrando el programa de vídeojuego, dispuesta para marcharse a descansar un poco hasta la próxima vez que le toque jugar a marcianitos.

Por allí está aún danzando un enfermero que ha estado ayudando con el material, pero la enfermera pelirroja dice muy decidida: «Ahora dejádmela a mí, que la voy a mimar un poco». Todos desaparecen y de pronto estás a solas con ella. Tiemblas de la cabeza a los pies, no solo por el frío sino por el shock. Que alguien te mime es justo lo que necesitas, porque si te hubieran dicho que te levantaras de la camilla, no habrías podido. La enfermera pelirroja te pone una pequeña tirita en la incisión, y te dice que es un punto, que en realidad no hace falta, pero que lo ponen por si acaso. Y luego te cubre esa parte del pecho con una gasa y posa sus dos manos —como las alas de una mariposa— sobre la gasa sin hacer presión, para darte calor. Y entonces se pone a hablarte con la voz más dulce que puedas imaginar, y sus palabras son como un río de miel templada que fuera recorriendo tu cuerpo de la cabeza a los pies, calentándolo y reconfortándolo.

Apenas entiendes lo que te dice, pero eso da igual, y ella lo sabe… Habla muy cerca de ti para que puedas oírla por detrás de sus dos mascarillas y del susto que llevas encima. Son palabras tranquilizadoras, sanadoras… Mezcla consejos con indicaciones y con simple jerigonza. Poco a poco el temblor remite y vas entendiendo cada vez más cosas. Dice que no has de pensar en lo que pueda pasar, porque hasta que los resultados de la biopsia no estén no se sabe nada. Y que aunque el tumor no fuera benigno, ahora los tratamientos son muy específicos y todo saldrá bien. Que ni se te ocurra mirar cosas en Internet. Que lo mejor que puedes hacer es descansar y disfrutar de tu viaje. Dejarte cuidar y mimar. Hacer las cosas que te gustan. Te dice que eso es lo más importante, tu actitud. Te dice que has tenido mucha suerte cayendo en ese hospital, porque allí atienden solo a los pacientes que pueden atender, y le dedican a cada uno el tiempo que necesita. Te dice que cuando viniste ayer te vio perdida como un pajarito, y que se puso en tu pellejo, y que hizo lo posible por que te atendieran cuanto antes. Y poco a poco tú vas recuperando el color, el calor y el habla, y le dices cómo te sentiste ayer, cómo se siente una cuando no sabe nada, con solo dos palabras preocupantes estallándole en la cabeza, y le cuentas lo del doctor de los dedos largos, y ella te dice muy contenta que sí, que es el jefe de la planta de cirugía y es un encanto, que qué suerte tuviste. También le dices cómo agradeciste que te atendieran tan rápido y te dieran cita hoy para hacerte la biopsia, y cómo le agradeces lo que está haciendo ahora, en este momento, porque la verdad es que has pasado un mal rato. Le dices —y los ojos se te humedecen— que lo que pasa es que eres un poco tímida y te cuesta a veces soltarte, que pasas por los sitios como un fantasma, pero que eso no quiere decir que no seas observadora  y te des cuenta de todo y tengas un corazón. Y te abres, y le cuentas que el viaje es por amor, para ver a tu pareja, y se alegra, y te dice que es lo mejor que puedes hacer en estos momentos. Y poco a poco te encuentras hablando con ese ángel que ha conseguido transformar una situación traumática en un acto de amor y comunicación entre seres humanos. Y le expresas tu preocupación (y si… y si…) y le preguntas y te responde a todo tranquilizadora, siempre con sus manos posadas sobre la gasa, dándote calor con sus alas de mariposa en la zona herida. Y se abre al decirte lo mal que lo pasó ella cuando cogió el coronavirus, lo horrible que fue esa época, y tú la escuchas atentamente y le preguntas, y te responde, y le cuentas que tú también lo pasaste, e intercambiáis experiencias. No sabes cuánto tiempo ha pasado, pero no menos de veinte minutos, cuando te dice que te tiene que hacer otra mamografía, pero que no te preocupes, porque va a apretar lo menos posible para no hacerte daño. Y te levantas, un poco tambaleante, y vais juntas del brazo a la sala de Rayos, y te coloca en la máquina con mucha delicadeza y, en efecto, aprieta lo menos posible, y además ya te da igual que te duela un poco, porque lo que importa es la actitud, el calor, la humanidad. Después le dice a su compañero que llame a Germán y a Elmo para que estén preparados y te vuelve a llevar a la sala donde te han hecho la biopsia, te hace tomarte un paracetamol y te da otro para luego por si acaso. Te pone una bolsa congelada envuelta en una gasa en la zona dañada, te ayuda a ponerte el sujetador, y el resto de la ropa, y te explica lo que has de hacer a lo largo del día y los siguientes. «No lleves la maleta con ese brazo. Y deja que te mimen», te dice, guiñándote un ojo por encima de las dos mascarillas. Asientes y, antes de marcharte, le preguntas cómo se llama. «Beatriz», dice. Tu ángel pelirrojo se llama Beatriz. «Beatriz —repites—. Muchas gracias. Gracias de verdad». Os miráis a los ojos. Los suyos son sonrientes y solícitos. Los tuyos son tristes y acogedores. Los cuatro juntos son perfectos. Te das la vuelta y, mientras abres la puerta, sabes que esto —todo esto que te está pasando— tienes que escribirlo.

Tu ángel pelirrojo se llama Beatriz. Os miráis a los ojos. Los suyos son sonrientes y solícitos. Los tuyos son tristes y acogedores. Los cuatro juntos son perfectos. Clic para tuitear

Sales a la misma sala de espera, pero parece otra, como si llegaras de un largo viaje —más vieja, más sabia— y ya pertenecieras más al lado de allá de la puerta (el de los habituales) que al de acá (el de los eventuales). Germán y Elmo se levantan enseguida del asiento y se acercan a ti, uno por cada lado, y os marcháis a comer —¡por fin!— con los brazos entrelazados.

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Con el Diario de lo diminuto tengo la intención de compartir contigo mi proceso con el cáncer de mama a lo largo de estos meses. Este compartir tiene dos direcciones:

  • Mostrarte de un modo muy personal cómo es este camino en una situación nueva y compleja como es la pandemia.
  • Contarte cuáles son los tratamientos y vías de sanación que he descubierto, cuál es mi elección final y cómo será su desarrollo a lo largo de estos meses.

¿Y cómo puedes apoyarme en este proceso? También tienes dos vías (que no se excluyen mutuamente ;-)):

  • La primera es apuntarte, disfrutar y difundir mi nuevo programa online «Escribe y medita por tu cuenta»,  que puedes realizar cuando quieras y a tu ritmo y me ayudará a mantener algunos ingresos en los meses en los que debo estar enfocada en el tratamiento y mi sanación (como sabes, los autónomos no lo tenemos fácil en este sentido).
  • La segunda es leyendo, dejándome tus comentarios y compartiendo estos artículos con todos aquellos conocidos, amigos o familiares a quienes pueda ayudarles mi diario.

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«Algo diminuto, pero que no puedes ignorar» es una frase de un relato de Mercedes Adán cuyo protagonista es un neurocirujano que contrae un melanoma, Cuando la leí, me pareció la definición perfecta del cáncer, así que se la pedí prestada para esta serie de artículos sobre mi proceso personal atravesando el cáncer de mama.

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40 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar III»

  1. Isa, querida. Espera un poco que pueda ver lo que escribo. Tengo los ojos nublados por la emoción. Gracias!! Gracias por compartir esto con nosotros. Eres una bendición. Nos enseñas tanto. Leéte un placer que no sabes donde te llevará, pero seguro que será a algún lugar bendecido por mil hadas buenas.
    Te quiero, querida Isa. Te admiro.

    Responder
    • Muchas gracias, Matilde, me emociona tu emoción. Que las hadas, los ángeles y las mariposas nos bendigan a todos en estos tiempos de dificultad.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  2. Maravilloso relato, acabo de pasar por un cáncer de mama y es tal cual como lo cuentas. Me emociona leer como lo describes es tal cual. Me encantaría saber escribir así.
    Tu al menos tenías compañía pero yo todo tube que hacerlo sola. Muchas gracias por compartir.

    Responder
    • Hola, Ramona,

      Me alegro de que te hayas podido identificar. Y siento mucho que hayas tenido que pasar por todo esto en soledad. La escritura ayuda, y mucho, y es un recurso que tú también puedes utilizar. Es algo que se puede aprender y usar.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  3. Querida Isa estoy llorando contigo, cuánto dolor y sufrimiento a la vez que cuánto amor. Haces muy bien en volcar en la escritura tu experiencia de primera mano, te sirve de terapia a la vez que de conexión y desahogo. Estás dándonos a corazón abierto todo y lo transmites: Es pura irradiación, consigues que compartamos contigo todo lo que sientes. Así que mis lágrimas y todas las derramadas por ti y por todos los que están sufriendo en este instante espero que sean un bálsamo de consuelo y se transformen en salud y amor para todos. Un abrazo infinito. Contigo Isa mente-corazón. Bodhichita

    Responder
    • Hola, Blanca,

      Como dice Pessoa, a quien tú conoces bien: «El poeta es un fingidor / y finge tan completamente / que hasta finge ser dolor / el dolor real que siente». Es la magia de la literatura, y realmente es una ayuda muy grande para mí en estos momentos poder conectar con los lectores a través de este medio. Mientras vaya interiorizando la ilusión que son las apariencias, al menos puedo transformar el sufrimiento de tomarlas por reales alquímicamente a través de la escritura.

      Espero que tus lágrimas sean un bálsamo para todos, incluida tú :-).

      Me ha encantado leer tus cálidas palabras.

      Un abrazo fuerte, hermana vajra,

      Isa

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  4. Gracias, Isa, por compartir tus emociones, tus sentimientos, tu valentía, tu cobardía. Yo también soy de las que se quedan paralizadas. Y gracias porque, por encima de todo eso y durante todo eso, eres capaz de percibir y agradecer el amor que estás recibiendo de un ángel pelirojo.

    Responder
    • Gracias, Carmen, compañera de parálisis ;-D. Y sí, una tiene sensibilidad, para lo malo pero también para lo bueno. Igual que el dolor se siente más, también el roce de las alas de un ángel se agradece más ;-).

      (Te voy a contar un secreto: no sé a ciencia cierta si la enfermera de verdad es pelirroja. No me acuerdo de ese detalle, aunque en mi imaginación vino enseguida como pelirroja. La próxima vez que la vea, me fijaré bien :-D).

      Un abrazo,

      Isa

      Responder
  5. Estas dando, Isa, una lección de vida. Es admirable como muestras tus experiencias, tan reales y concretas, haciéndonos participes de tus miedos y dolor, pero sin que nunca falte el sentido del humor, que perfuma la narración con un aroma agridulce. Gracias.

    Responder
    • Hola, José María,

      Gracias por tus preciosas palabras. Fíjate, de lo del sentido del humor no soy muy consciente, pero sí, supongo que no puedo evitar poner un filtro de ironía a la vida, aunque hable de algo muy dramático.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  6. Qué mirada más bonita y sanadora, Isa… Tu relato me ha emocionado hasta las lágrimas. Creo que sabes escoger muy bien las imagenes, las descripciones, los contrastes, las palabras, para hacer de la lectura una experiencia vívida y potente. Gracias!
    Un abrazo, querida

    Responder
    • Muchas gracias, Javier :-). Qué bien que te haya llegado de esa manera tan vívida. En la realidad estaba tan asustada que había más niebla, pero es lo que tiene la recreación literaria, que es como volver a pasar por la situación pero de una forma más lúcida, no tan embarrada por la ignorancia.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  7. Querida Isa: me he emocinado profundamente con lo que has contado. Siento mucho que hayas tenido que pasar por esa experiencia. Me alegra que hayas encontrado gente cercana y amorosa como el doctor y la enfermera pelirroja y que al salir fueras tan bien recibida por German y tu hijo.
    Qué valiente has sido por afrontarlo y por compartirrlo. Muchisimas gracias.
    Disfruta mucho de tu viaje y del amor.
    Un abrazo enorme.

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    • Muchas gracias por tus palabras, Emma :-).

      No soy valiente por afrontarlo, porque no me queda más remedio, a la fuerza ahogan ;-). Por compartirlo sí, he de reconocer que no fue tan fácil decidirme a desnudarme en esta parcela de mi vida. Pero qué porras, que viva el destape ;-). Esta es mi forma de escribir y de vivir. Si no la aprovechara, estaría viviendo una vida prestada.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  8. Isa, voy camino a casa en el autobus. El horizonte lo marcan las cumbres de todas las montañas.
    Hermosas nubes… grises., ocres, azules…. De repente un pequeño trocito de nube de desprende de otra. Brilla…. Lo miro y grito en silencio… Isa!!!! Y una sensación de fuerza me llega.
    Isa, gracias por tus palabras, por tu sentir….por como lo cuentas…
    Mucha fuerza y mucha confianza!!!
    Un abrazo ❤❤❤❤❤

    Responder
    • Muchas gracias, Begoña. Qué bonito paisaje por la ventanilla que nos has abierto al cielo. A mí también me llega de tu parte una sensación de fuerza, así que el sentir es mutuo :-).

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  9. Querida Isa,
    Toda la fuerza telúrica, todo el calor de la humanidad en las manos, las de Beatriz, la pelirroja, las de Elmo y Ari, las de German, las del amor de la vida. Las manos de esta red de amistad, de la cofradía de tus alumnos, de tus compañeros de meditación, de tu Lama.
    Toda una red de afectos se aglutinan en torno a ti, para quererte, para darte fuerzas y esperanza para atravesar las turbulencias que nos depara la vida.
    Aquí estamos, te queremos Isa,. todo pasará y pronto será una experiencia, un nuevo saber, un mal sueño (a veces) del que saldrás fortalecida.
    Todo mi cariño
    Ligia

    Responder
    • Gracias, Ligia, que bello todo lo que dices, y qué gratitud me crea cuando lo leo así, enumerado. La verdad es que la vida me ha traído muchos regalos, y lo que parecía malo de pronto se convierte en un vehículo hacia otro lugar más consciente, más enriquecedor, gracias a las Beatrices, a los Germanes, los Elmos, los Aris, las Ligias y, en realidad, todas las personas que entretejen la humanidad, con su perfecta imperfección.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  10. Querida Isa: Es un honor que nos (me) regales la posibilidad de acompañarte en este viaje tomados(a) de tus palabras. La recreación literaria de tu experiencia personal (esa segunda persona…) es un prodigio de humanidad y de literatura, profundo y honesto y me hace sentirme cerca de ti. Espero que estas palabras mías te lleven hasta tu lado del mar un poco de compañía y de calidez también. Sigo contigo.

    Responder
    • Muchas gracias, querida Adela. Sí, tus palabras me traen a este lado del oceáno compañía y calidez, y recuerdos bonitos. Sigues conmigo siempre, y me acuerdo muchas veces de ti al ponerme los preciosos pendientes que me regalaste. Esos días, incluso te llevo colgada de mí ;-p.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  11. Te felicito Isa por poner en palabras lo que sientes, lo que estas viviendo, aunque a veces lo pases muy mal, siempre encontraras ángeles como Beatriz en este «viaje amargo y dulce».
    Mucho ánimo y fuerza en todo tu proceso, que a veces será muy kafkiano.
    Abrazos de luz y esperanza!!
    David G. Siu

    Responder
    • Muchas gracias, David. Viniendo de ti, siento la sabiduría de alguien que sabe de lo que habla. Seguiremos la línea del melodrama, la ciencia ficción o lo kafkiano… lo que toque en cada momento, pero siempre acompañados de la literatura ;-).

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  12. Querida Isa,
    Como bien nos enseñas, permítete celebrar esos momentos y esa empatía que has podido encontrar en tu difícil camino actual. La empatía y el cariño de otros, hoy día, es un elemento difícil de encontrar y, precisamente por eso, debes conservarlo como un tesoro de la vida.
    Sé que de este momento saldrás triunfante, así como sé que será un importante aprendizaje para ti que con el tiempo, valorarás más que nada. Tú misma me hiciste ver que es de los problemas y tragedias, cuando más podemos aprender. Superar día día escalón tras escalón, siendo consciente de ello, es una enorme experiencia.
    Permitirte compartir con todos nosotros tus miedos y tus recorridos, es un precioso regalo que nos haces, porque nos demuestras que no estamos solos en los retos que nos plantea la vida. Espero que seas capaz de saborear el cariño, la empatía y el amor que tantos de nosotros te enviamos. Saborearlo es tu premio que te mereces por todo lo que nos das.
    Te envío toda mi fuerza y mi cariño

    Responder
    • Hola, Marisa,

      Sí, en todo lo que dices estoy, tratando de sacar partido a todo esto, atesorar los momentos mágicos, dar belleza a los dolorosos, aprender a saborear el cariño de los que me rodean… Todo eso no es fácil, es un aprendizaje también para mí, a veces es más fácil caer en la desesperación y en el juicio y, entonces, aprendo a saborear la desesperación y el juicio sin otorgarles demasiada realidad.

      Gracias por tus palabras y tu cariño, que me llegan al corazón,

      Isa

      Responder
  13. Bellísimo relato Isa, recorro junto a ti cada instante que compartes como si fuera yo misma, y de pronto siento que somos muchos los que estamos contigo y sentimos contigo, TODOS SOMOS ISA me digo en voz alta y lloro… claro que lloro, cómo no voy a llorar, cómo no voy a sentir!! Y de repente también doy gracias a Dios porque existen ángeles en la Tierra que se cruzan por suerte o por destino y nos acompañan en la cruzada. Mucho ánimo Isa, sigue compartiendo con nosotros, gracias por permitirnos asistir junto a ti (sin miedo) a mirar, a ver, a saber más. Un abrazote 😘

    Responder
    • Muchas gracias, Melissa, por lo que dices y por cómo lo dices. Me siento muy bien acompañada por quienes podéis identificaros con lo que escribo, pero también por la modulación cuidadosa de vuestras palabras a la hora de expresarlo. Es un gozo para mí leerte y poder sentirte tan tú, tan Melissa :-).

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  14. Isa que relato más impresionante. Cómo tu, valiente aunque con miedos, acompañada pero sola, tranquila pero nerviosa… Que lio de sensaciones y emociones que podemos llegar a sentir en momentos tan cruciales.
    Suerte de los ángeles y hadas que siempre ete acompañan a todas partes, en este relato en concreto quiero dar las gracias a la enfermera peliroja. Beatriz. Por sus mimos, y su compañia. Por ver un poquito más allá de un trabajo rutinario. Por acompañarte y comprenderte.
    Muchos ánimos Isa. Y gracias por permitir que te acompañemos.
    Besos de primavera

    Responder
    • Muchas gracias, Mari Pau :-).

      Una vez un alumno y amigo me definió de esta manera: «Isa es una mujer llena de miedo que se atreve con todo», y me pareció una buena definición. Los miedos siempre ahí, al acecho, y también la capacidad de atravesarlos y pasar al siguiente capítulo de la vida. Y sí, menos mal que en ese recorrido hay hadas que me acompañan, tú incluida, porque eso ayuda a que no me quede atascada en los capítulos más tiempo del necesario.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  15. Isa, muchas gracias una vez más.
    Yo creo que en las situaciones difíciles es donde mejor podemos reconocernos y conocer al otro. Tu íntimo relato nos muestra tu precioso interior, y como éste encuentra su reflejo en los bellos seres que te están acompañando en este proceso.
    Gracias por lo que nos regalas y por ayudarnos a ser mejores personas. Estás en mi corazón.

    Responder
  16. Isa, he visto en tu relato ( cuando las lágrimas no me lo impedían) sinceridad, amor, aceptación y también miedo. Ese sentimiento que no parece digno de personas adultas, ese miedo que nos convierte en seres indefensos, en niños. Me he sentido, y me siento muy cerca de tí. Y me parece magnífico que compartas «tal cual» tus experiencias, a través de una literatura sencilla, real y cargada de vida. Un abrazo a tu alma, de los que no necesitan mascarilla. MariLuz

    Responder
  17. Querida Isa. Gracias por permitirme viajar contigo en este duro e interesante viaje, «lleno de aventuras, lleno de experiencias…» Al leerlo me he vuelto a encontrar con todos los ángeles que encontramos en nuestro camino, con todos los momentos tan ricos en medio del frío y la desorientación. Me alegro que te encuentres con Angeles… es la ley de la atracción. Que vivas el Humor, el Amor, el Temor y la Calidez de la mano sobre tu cuerpo. Te llevo muy cerca, y lo mejor de todo, es que me remontas a esos momentos en los que sentí, en medio de un frio que cortaba la respiración, la confusión de estar a la vez acogida y en calma. Un abrazo enorme, no viajas sola

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    • Muchas gracias, María José :-). De alguna forma, me siento privilegiada de formar parte de ese grupo de personas que pueden ver la vida desde ese lugar más «real» en que lo bueno y lo malo comienzan a entrelazar sus manos.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  18. Durante la primera parte del relato me he reído un montón. Como cuando alguien te cuenta algo que le ha pasado y que no le ha gustado, pero que lo cuenta de una manera tan cómica que te partes de la risa. Por la mitad me he sobrecogido un poco, pero enseguida la ternura de la enfermera, el ángel perlirrojo, como tú la llamas, Beatriz, como te ha dicho que se llama, lo ha inundado todo. He llorado y me he reconciliado con la vida. Y qué final tan lindo.
    Gracias Isa.

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    • Gracias, Palomita, mi barómetro de risas y llantos, me alegro de que te hayas quedado con buen sabor de boca :-).

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  19. Hola Isabel,
    Muy sobrecogedor e impactante el capitulo 3 pero cada persona vive la experiencia en el hospital y pruebas de manera muy distinta.
    Gracias por compartir tu experiencia.
    Me ha gustado mucho la comparación de las palabras de la enfermera con un río de miel templada que te reconforta y te calienta; y me encanta lo primero también cuando estáis con las manos entrelazadas Germán, tú y Elmo.
    Qué importante es tener apoyo físico (manos entrelazadas) y apoyo psicológico (palabras reconfortantes y tranquilizadoras). Qué suerte tienes Isabel de tener ambas cosas.
    Yo no tengo ni una ni otra cosa por parte de mi madre. Me toca a mí quererme y valorarme sola, menos mal que tengo a mi hermana gemela.
    Muchas gracias Isabel por tu capitulo 2 y mucho ánimo.
    Besos y abrazos.

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  20. Ay Isa!! cuánta honestidad, sinceridad, vulnerabilidad y crudeza. Así, todo en una.
    He sentido, que mientras relatas tu historia en este momento de tu vida, relatas también momentos de tantas y tantas mujeres que han transitado y transitarán situaciones parecidas, y que al hacerlo, algo se mueve y se libera. Gracias por tu valentía que hace este mundo un lugar mejor. mil besos.

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