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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar IX

Con el Diario de lo diminuto quiero compartir contigo mi proceso personal con el cáncer de mama.    

Capítulo IX

Una cuestión de estética

Domingo, 21 de marzo de 2021

Después de no saber nada de él en seis días, justo después de meditar recibes la sentencia definitiva envuelta en un frío audio de cuatro minutos y, aunque el cable ya estaba cortado, vuelves a sentir renovado el dolor de la amputación. Te quedas helada y desesperanzada, porque es verdad que la esperanza es lo último que se pierde. Sientes rabia, vergüenza ajena, estupefacción. Tú no has hecho nada malo, pero igualmente te sientes culpable y responsable de lo que hacen quienes te rodean. Se te saltan las lágrimas.

Te das cuenta a tiempo real de cómo se fragua el odio: al delegar en otro tu valía, estás destinada a caer al abismo de la anulación por decisión ajena; y, por supuesto, el siguiente paso es echar la culpa al desaprensivo que te lo… Clic para tuitear

Vas al baño, te miras al espejo, y te das cuenta de que no te ves con buenos ojos, sino con la mirada de quien ya no te ama. Tratas de sacudírtela, pero no se va. Te das cuenta a tiempo real de cómo se fragua el odio: al delegar en otro tu valía, estás destinada a caer al abismo de la anulación por decisión ajena; y, por supuesto, el siguiente paso es echar la culpa al desaprensivo que te lo ha arrebatado todo. Pero lo único que te ha arrebatado es el espejo de su presencia, que te era tan preciada precisamente por el bello reflejo de ti misma que te lanzaba. Te sientes como la madrastra de Blancanieves cuando su espejito ya no le contestaba que era la más guapa del reino.

En tu caso, la rabia y el odio te socavan de forma subterránea (tu eterna culpabilidad no permite que afloren a la superficie), aunque sí puedes sentir el sabor a bilis del resentimiento en la boca del estómago. Recuerdas la película Sabiduría garantizada, en que uno de los protagonistas ha sido abandonado por su mujer y, cuando habla con el abad del monasterio zen en el que pasa una temporada con su hermano, le expresa cuánto la odia. El abad le dice: «Te propongo que hagas una prueba. Vas a odiarla, pero vas a odiarla todo el tiempo. Ódiala cada segundo de cada minuto, cada minuto de cada hora, cada hora de cada día, cada día de la semana, cada semana del mes». Cuando uno intenta hacerlo mentalmente, junto con el protagonista, se da cuenta de que eso no es posible, y entonces se muestra claramente la impermanencia e insustancialidad de las emociones.

Afortunadamente, hoy tienes clase todo el día, lo que te permite hacer caso omiso del monje zen, sublimando la pérdida y evadiéndote a partes iguales. Llevas más de treinta años dando clase y siempre te pasa lo mismo. Cuando entras en el aula, parece que te enchufaran a otra fuente de energía más potente que tus pilas escacharradas de todos los días. Aprovechas tu fachada (tu cuerpo y tu temperamento) para dinamizar la energía del grupo, guiada por un olfato que no es tampoco el que usas en tu día a día y que tantos problemas te acarrea. Te va bien desfocalizarte de ti misma, dejar de mirarte el ombligo y abrirte a un presente mayor y diverso. Y, sin embargo, si te olvidas de ti misma por completo, te agotas y te vacías. Así que estás siempre basculando entre la invisibilidad y la presencia, entre el volcarte y el retener, entre la disolución y la prevalencia. ¿Será ese el camino del artista? Además, en Romper el Hielo acompañas a las participantes en el camino, hombro con hombro, así que aprovechas el maravilloso juego de espejos que te ofrece el grupo para salirte de tu drama particular y disfrutar de los colores de las energías que se manifiestan y que, según la actitud con que las mires, resultan ser sabiduría o confusión.

«Cuando comprendes que hay un flujo en la vida de personas que vienen y van, tú te abres a ese flujo para aprender de ello. Pero cuando lo interpretas como algo personal, entonces te sientes abandonado y culpas al otro de haberte… Clic para tuitear

Por la noche, empiezas con tus baños de sal. La bañera es pequeña, pero te hundes todo lo que puedes hasta que tu bultito queda cubierto. Mientras estás a remojo, te pones en el móvil un vídeo de Sergi Torres en que le hacen una entrevista, y justo le oyes decir lo siguiente: «Antes, si tenía relación con alguien y esa persona se iba, yo no experimentaba que esa persona se iba. Experimentaba que me abandonaba. La perspectiva es completamente distinta, y los sentimientos también. Porque cuando comprendes que hay un flujo en la vida de personas que vienen y van, tú te abres a ese flujo para aprender de ello. Pero cuando lo interpretas como algo personal, entonces te sientes abandonado, te sientes triste y culpas al otro de haberte abandonado, cuando nada de eso está ocurriendo en realidad. Y ahí es donde repetimos patrones».

Cierras los ojos y te dejas mecer suavemente por el agua templada. Te encantaría poder experimentar la vida como ese flujo en que las personas vienen y van, entran y salen de tu conciencia como Pedro por su casa, mientras las observas balanceándote en una mecedora con una sonrisa beatífica. Sabes que en el fondo, muy en el fondo, hay quietud en el movimiento. Pero tú aún te quedas enganchada a los bellos, fugaces y dramáticos caracolillos blancos de la cresta de la ola. Mientras te hundes un poquito más en el agua, tratas de no incrementar la angustia tratando de estar en un lugar distinto de aquel en que te encuentras, tan lejos de la realización de Sergi Torres, y te centras en las sensaciones corporales, en la tristeza que bombea en tus pulmones, en la angustia y el miedo que muerden los bordes de tu estómago como ratas hambrientas. Dejas que los pensamientos autodestructivos exploten a tu alrededor como pompas de jabón. Te preguntas cuántas de esas pompas de jabón hará falta solidificar y tragarse inconscientemente para formar un bultito cancerígeno de dos centímetros de diámetro.

Martes, 23 de marzo de 2021

Pasas la mañana escribiéndole un e-mail de despedida, enfadado y amoroso a partes iguales pero no revueltas —primero el enfado, después del amor—, en un derroche de energía que necesitas liberar pero que te deja exhausta. Eres incapaz de dejar las cosas a medias. Si ves una línea curva que se queda abierta en el espacio, tu instinto te lleva a cerrarla en forma de circunferencia. Es casi una cuestión de estética. Echarás de menos escribirle. En estos siete años, podrías haber creado varias novelas con las palabras dirigidas a esta persona a la que te quedaste adherida hace siete años por el pegamento del karma, y de esos cientos de miles de palabras, una buena parte han sido de despedida. Pero esta es la primera vez que sientes que el cable se ha roto, que eres incapaz de sentir su presencia en ese universo de lo intangible, mucho más vasto que el raquítico mundo de los cinco sentidos al que estamos habituados. Ahora sí que te has quedado sola con tu bultito del que, en breve, también tendrás que despedirte. Aunque no llegarás al extremo de escribir una carta a tu bultito, te das cuenta de que hay sentimiento de apego y pertenencia hasta para lo que te destruye y esa, justo, debe de ser la definición de samsara. Recuerdas tu ingenuidad cuando empezaste a leer libros sobre budismo y te preguntabas a qué se referirían cuando hablaban de las 84.000 «emociones aflictivas».

Después de haber liberado a través del teclado solo unas pocas de ellas, bien bañadas en lágrimas, le das al botón «enviar» y suspiras. Queda completada la circunferencia, bajado el telón, y tu alma de artista satisfecha. Suena tu móvil. Lo coges, y se oye al otro lado una voz de niña. Es la doctora B., para decirte que se le ha quedado un hueco libre el jueves por la tarde. Miras tu calendario, aunque no necesitas hacerlo para saber que los jueves tienes clase de Proyectos Colaborativos. Además, ya dabas por cerrada esa ventanita, completada esa circunferencia, bajado ese telón. Te pilla a trasmano y le dices que el jueves no puedes, porque tienes clase; si pudiera ser otro día… Con su delicada y respetuosa voz, que contrasta con su firmeza, te dice que no es posible otro día. «Bueno, pues nada, ya lo siento, pero es que no puedo cambiar esa clase», le contestas. Os despedís, y al colgar te quedas un rato en vibración, hasta que logras deshacerte de tus ideas preconcebidas y te das cuenta de que si la vida te ha vuelto a abrir esa ventana será por algo. No tienes ninguna buena razón (ni siquiera lo de la clase del jueves, porque sabes que los participantes lo entenderán perfectamente) para resistirte a asomarte y mirar el paisaje que se te ofrece. Así que no tardas ni cinco minutos en volver a llamar a la doctora B. y decirle que irás el jueves, que ya aplazarás la clase o lo que haga falta. Te dice que te mandará por e-mail las indicaciones para llegar. De nuevo te tocará montarte en otro de esos exasperantes autobuses verdes que salen del intercambiador de Moncloa y que parecen ser el peaje que te toca pagar por las terapias complementarias.

Una mente polarizada —dentro de una sociedad polarizada— te lleva a pensar que el otro es el enemigo, hasta el punto de creerte en la obligación de avisar a la persona que ha optado por un camino distinto al tuyo de que la van a… Clic para tuitear

Mientras hablabas con la doctora B., has recibido un whatsapp de Karin, la consejera del programa 3-e, de quien ya te habías olvidado. Te pregunta si has recibido los documentos que te mandó por e-mail. Le contestas que no, pero que como pasaba el tiempo, fuiste hablando con otras personas y decidiendo tu camino. Que te operarías y que seguirías el tratamiento que te indicaran los médicos, aunque además harías algunas terapias complementarias. En todo caso, si consideraba que podría interesarte lo que pudiera aportarte, estarías encantada de escucharla. Al cabo de un rato recibes un mensaje suyo que te deja pasmada: «Siento que hayas seguido un camino que no te llevará muy lejos. No puedes hacer un poco de uno y un poco de lo otro. Lamentablemente, esto no funciona. La quimio y la radio son muy, muy venenosas. Pero bueno, es tu decisión». Te pilla desprevenida, sin coraza, y te sientes agredida por su falta de tacto. Te preguntas cómo se le puede decir una cosa así a alguien que ya ha tomado la decisión de someterse a esos tratamientos, y solo te viene una respuesta: una mente polarizada —dentro de una sociedad polarizada— te lleva a pensar que el otro es el enemigo, hasta el punto de creerte en la obligación de avisar a la persona que ha optado por un camino distinto al tuyo de que la van a llevar al matadero. Estás a punto de enviarle un mensaje incendiario, pero te das cuenta de que caerías en su mismo error, y de que no merece la pena gastar ni una chispa de energía en posicionarte.

En lugar de eso, te preparas tu baño de sal nocturno, que en solo dos días has convertido en un ritual que te ayuda a cerrar la circunferencia del día, relajándote de las tensiones con la ayuda del agua y de Sergi Torres, que con su dialéctica punzante no te permite caer en la desconexión, y menos en la polarización de dividir el mundo en amigos y enemigos. Te sientes sola y abandonada, pero no estás dispuesta a culpar al mundo de ello, a deshacerte de tu responsabilidad a cambio de otorgar a otros el poder.

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Con el Diario de lo diminuto tengo la intención de compartir contigo mi proceso con el cáncer de mama a lo largo de estos meses. Este compartir tiene dos direcciones:

  • Mostrarte de un modo muy personal cómo es este camino en una situación nueva y compleja como es la pandemia.
  • Contarte cuáles son los tratamientos y vías de sanación que he descubierto, cuál es mi elección final y cómo será su desarrollo a lo largo de estos meses.

¿Y cómo puedes apoyarme en este proceso? También tienes dos vías (que no se excluyen mutuamente ;-)):

  • La primera es apuntarte, disfrutar y difundir mi nuevo programa online «Escribe y medita por tu cuenta»,  que puedes realizar cuando quieras y a tu ritmo y me ayudará a mantener algunos ingresos en los meses en los que debo estar enfocada en el tratamiento y mi sanación (como sabes, los autónomos no lo tenemos fácil en este sentido).
  • La segunda es leyendo, dejándome tus comentarios y compartiendo estos artículos con todos aquellos conocidos, amigos o familiares a quienes pueda ayudarles mi diario.

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«Algo diminuto, pero que no puedes ignorar» es una frase de un relato de Mercedes Adán cuyo protagonista es un neurocirujano que contrae un melanoma, Cuando la leí, me pareció la definición perfecta del cáncer, así que se la pedí prestada para esta serie de artículos sobre mi proceso personal atravesando el cáncer de mama.

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13 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar IX»

  1. Hola Isa, yo no quiero dejar pasar que alguien que te habla así por una decisión tuya personal, pueda seguir «haciendo que ayuda» a los demás. No creo que eso sea polarizarse, sino defender la verdad, esa que está en nuestra mano a cada momento histórico. Esa tan denostada que parece que es lo mismo un neurocirujano que uno que te dice que con un masaje te va a curar, o similar. Creo que hay muchas formas de cuidarse pero poner al mismo nivel cosas tan diferentes me dice que en este mundo se mezclan demasiadas. Y si hay algo que me duele es eso de que nos creamos enfermedades con las emociones no digeridas, es para mí espeluznante que a personas con enfermedades, incluso a veces terminales, se les diga que ellos mismos se la han creado en base a teorías mas que discutibles. Te lo dice una persona que ha hecho reiki y otras técnicas digamos «alternativas» y que me ayudo con «todo» lo que está a mi alcance. Incluso con cosas que te harían «reir»…pero un poquito de por favor 😉
    Un abrazo fuerte

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    • Hola, Loreto,

      Veo que te revuelve lo que comento ;-). No olvides que es una experiencia muy personal. Hablo de mi proceso y mis conclusiones. No hablo de «la verdad». Y precisamente cuando hablo de «polaridad» tiene para mí que ver con rehusar situarme en un bando concreto en aras de «la verdad», porque no considero que la verdad la tenga ni un lado ni otro. Considero que los discursos agresivos, por un lado o por otro, no conducen a un buen lugar. En algunos momentos considero muy sano sacar el enfado (de un modo constructivo) y poner límites, pero para eso conviene que haya un vínculo. De haber sacado mi enfado con esta persona, a la que no conocía de nada, creo que solo habría reforzado los extremos. Quizá de haber tenido más energía en aquel momento, habría tratado de hacerla empatizar con mis sentimientos, para que se diera cuenta de su falta de tacto, pero no tenía esa energía, o prefería usarla para otras cosas más importantes.

      En cuanto a lo otro que comentas, puede que se estén mezclando muchas cosas, y sea difícil distinguir a los «charlatanes» de quienes realizan un trabajo profundo, pero no por no realizar el esfuerzo de discriminar o no arriesgarme a meter la pata voy a asumir un discurso plano. La realidad es compleja, al menos para mí. Y no se trata de niveles ni de medir la valía, sino de admitir que nos componemos de varios planos interconectados, y el físico solo es uno de ellos. Personalmente, prefiero no dejar los otros de lado.

      Por otra parte, a mí también me parece aberrante, como a ti, que a personas con enfermedades graves o terminales les digan que ellos tienen la culpa o que se las han creado a base de sugestión. Eso es de una falta de enfoque y de una ignorancia brutal. Pero de ahí a dejar de lado el componente emocional en la salud me parece que va un abismo.

      Y por eso, precisamente, prefiero no situarme en ningún bando, sino seguir mi propio camino (que me aplico solo a mí, y a nadie más en el mundo), en el que voy investigando, probando, en el que seguramente meteré mogollón de veces la pata, pero que me va sirviendo para descubrir cosas que antes estaban en la sombra. Y contarlo de forma narrativa para mí es un antídoto contra las «opiniones» (un terreno en el que no me siento segura ni honesta, la verdad).

      Pero, como te decía al principio, entiendo que lo que cuento te toca la fibra porque te remite a experiencias tuyas dolorosas. Si ves que lo que te remueve y este debate resulta contraproducente, quizá sería mejor que no leyeras estos posts… Por mi lado, encantada de compartir revoltijos contigo, porque me haces reflexionar. Cuando escribo, lo hago a borbotones, y no me paro mucho a pensar, la verdad.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  2. Me hiere la falta de tacto de los hombres en general.
    Es tu decisión y hay que respetarla. Es tan válida como la suya.
    Mucho ánimo y fuerza Isabel.
    Abrazo fuerte.

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    • Hola, Marta,

      No era un hombre quien rebatía mi decisión, sino una mujer ;-).

      Muchas gracias por tu apoyo.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  3. Leerte siempre es fascinante porque tengo la impresión de que transmites emociones y vivencias geométricas. Esta vez en círculos. Al menos así las he recibido. Gracias Isabel. Te deseo mucha fuerza y salud. Un abrazo afectuoso de quien ha sido una de tus alumnas y sigue aprendiendo de ti.

    Responder
    • Muchas gracias, Paloma :-). Me ha encantado lo de «vivencias geométricas». Sí, es verdad, al narrar tiendo a completar, a la simetría, a la geometría. Al terminar de escribir el post, me vino a la mente que quizá algún día no tenga tanto afán de cerrar la circunferencia (que tiene que ver un poco con el afán de control) y pueda dejarla abierta, sin que por eso sienta que pierde belleza el trazo.

      Me acuerdo de ti perfectamente, del intensivo de Escritura y Meditación. Espero que te vaya muy bien.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  4. Me duele ese cable cortado. Me deja más tranquila ver una conexión que se apaga y se queda sin luz. Porque la conexión sigue ahí, solo que no ilumina. Como las conexiones de las neuronas, que unas se refuerzan y otras dejan de transitarse, como autopistas que nos llevan a un buen sitio o a caminos perdidos.
    Los comentarios inoportunos me dan pereza.
    Un abrazo fuerte,

    Mer

    Responder
    • Hola, Mer,

      Gracias por tu imagen de la conexión que se apaga y se queda sin luz, mucho más amable que mis «amputaciones» ;-). Pero ya sabes, yo soy más dramática. Y además, la sensación de abandono que quería reflejar es más como una amputación dolorosa que como un cable que se queda sin corriente, aunque es verdad que la conexión sigue ahí, en efecto. Hay una sensación de ausencia, pero no de indiferencia.

      Un besazo,

      Isa

      Responder
  5. Hola, Isa, qué interesante el post. Me llega un mensaje muy efectivo sobre cómo se comporta el odio en esta sociedad y, la insólita flagrancia con que la gente hace daño con sus palabras, cargadas de ego y, como bien expresas, de polarización. Encuentro súper valiente y responsable tu actitud de seguir adelante haciéndote cargo de tus cosas, sin gastar energías donde no fecundan. Me ha encantado este capítulo del diario de lo «diminuto».
    Un fuerte abrazo,
    Mel

    Responder
  6. Hola, Isa:
    Yo también pasé por ese sensación de cable cortado. Creía estar preparada, sin embargo cuando llegó la nada, el vacío absoluto, la desaparición hasta el punto de saber que olvidaría gestos, voz, sonrisas, me escondí en un rincón. «Tonta, imbécil, estúpida…» me decía, me digo. De todas formas si pensamos en nosotros mismos como personajes de una novela, ¿qué personaje es más interesante?, ¿Jordi Torres que tiene las respuestas?, ¿uno como tú o como yo?, ¿uno que tropieza, se equivoca, acierta, resurge? o, ¿uno que camina por la cuerrda floja con tal equilibrio que no temes que se caiga? Somos personajes redondos, «nos pasan cosas» 🙂 😉
    De verdad que has pasado momentos duros para el cuerpo y el corazón. Pero aquí estás campeona, sobreviviendo a todo, valiente y sincera. Mírate al espejo y lánzate un millón de besos. Aquí va el mío Muááá´.

    Responder
    • Gracias por este mensaje tan positivo, Marusela :-D. Me encanta esa visión literaria de la realidad. Sí, desde luego. Me acuerdo que hace años tenía un alumno que no tenía conflictos, o que si los tenía lograba neutralizarlos muy rápidamente. Yo le decía: «Pues sin conflictos no puedes llegar a ser escritor». A cada uno con lo suyo. A Sergi Torres dejémosle con su alta realización, y nosotras metámonos de lleno en la piscina de mierda del samsara, mucho más entretenida ;-D. Bueno, a ver si conseguimos una de cal y otra de arena ;-p.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
  7. Hola mi querida Isabel. Yo también he meditado mucho últimamente sobre los abandonos y el resentimiento que probocan. A la conclusión que he llegado, por ahora, es que hay que fluir con la vida, como el sol sale y se esconde, como la luna crece y mengua, como el mar en perpetuo movimiento. Las personas, los acontecimientos transitan en nuestra vida y cumplen su función en nuestro crecimiento. A nivel práctico me es muy útil, en vez de culpar les o culparme, honrar su destino y el mio, me llena de paz y aceptación.
    Un beso enorme
    Fortunata

    Responder

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