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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar VIII

los 7 chakras

Con el Diario de lo diminuto quiero compartir contigo mi proceso personal con el cáncer de mama.    

Capítulo VIII

Limpieza energética y hamburguesas

Miércoles, 17 de marzo

Cuando te despiertas, te duele el muñón del cable amputado. Hay pocos sufrimientos comparables al de perder a la persona amada. Piensas que peor fue la muerte de tu padre, que tanto te costó superar. Tu padre no quería morirse, y pasó aterrado sus últimos días consciente, hasta que lo sedaron. Él, por lo menos, sigue vivo, y ha elegido su destino, separado del tuyo.

Y mucho peor sería que a tus hijos les pasara algo. ¿Piensas estas cosas para consolarte? Al pensar en tus hijos, se te caldea el corazón, señal de que hay amor en él, aunque sea amor selectivo. Hoy vienen por fin a tu casa, y te costará contarles el resultado de la biopsia. Les has estado dando largas hasta ahora, porque querías contárselo en persona. No sabes cómo se lo tomarán, y te preocupa que se preocupen en exceso. Pero también sabes que has de ser sincera con ellos, siempre lo has sido, quizá incluso demasiado. Desde que nacieron, habéis pasado por las vicisitudes de la vida unidos: la separación con su padre, las mudanzas, los emparejamientos y rupturas, el descubrimiento de tu trauma de desarrollo, el distanciamiento de tu familia de origen para poder recuperarte a ti misma… Dicen que lo que traumatiza a un niño no es el dolor, sino la soledad ante el dolor. A tus hijos les ha tocado pasar por muchas situaciones complicadas y dolorosas desde muy pequeños. Esperas, al menos, haber sabido acompañarlos en esas situaciones, aunque a veces eras una niña más a su lado. Esperas haber podido romper (o al menos debilitar) la gruesa cadena del trauma ancestral que a ti te ha tocado portar.

En esa conexión con el otro habías depositado también tu conexión contigo misma, y ahora que no puedes sentir al otro, te sientes nadie. Clic para tuitear

El ineludible dolor de la pérdida y de la enfermedad tienen una cosa buena: te muerden el culo y te mantienen viva. Así que dejas de elucubrar, te levantas y te sientas en el cojín de meditación, sin evitar el tropel de emociones y sensaciones que te recorren, entre las que se mezclan la tristeza, el enfado, la ansiedad… y la ausencia. Quizá la ausencia es lo que más daño te hace. Después de haberte sentido conectada durante siete años a alguien, no encontrar esa hoguera interior por ninguna parte es angustiante, porque en esa conexión con el otro habías depositado también la conexión contigo misma, y ahora que no puedes sentir al otro, te sientes nadie.

La meditación te ayuda a ir admitiendo, abriendo espacio y dejando pasar todo eso. Es como desatascar la chimenea. Mientras meditas, te das cuenta de que nada se queda para siempre a no ser que te mantengas aferrada a ello. Y si lo haces (y lo haces una y otra vez), la vida misma te obliga a soltar, arrebatándotelo de las manos y susurrándote: «¿Ves como tú tampoco eras eso?». Vuelves a la respiración una y otra vez, porque eso, la experiencia presente de estar viva, es lo único que no te abandona. Hay un alivio profundo en comprobar que nada es tan dramático como para matar la experiencia.

La rutina te ayuda cuando lo estás pasando mal. Ducharte, desayunar, acudir a tu agenda, trabajar paso a paso, como una hormiguita que, con paciencia, traslada una miga de pan más grande que ella al hormiguero. Seguro que en vidas pasadas fuiste una hormiga o algo similar, porque siempre pareces portar cosas en la vida que te quedan grandes.

A primera hora de la tarde llamas a la doctora B., aquella que te recomendó Ana, la suegra de tu amiga C. Te responde una voz muy bajita y dulce de niña pequeña. Preguntas por la doctora y te dice que es ella. Le explicas de parte de quién llamas y le hablas de tu cáncer y de tu intuición de que ella te podría ayudar. Ella, infinitamente amable y tratándote de «usted», te explica que está ya a punto de jubilarse y que no coge más pacientes. «Vaya», dices con desilusión. No obstante, te hace bastantes preguntas sobre el bultito, sobre los resultados de las pruebas, etc. Después de contestarle, vuelves a preguntarle si hay alguna posibilidad de que te atienda. Te dice que apunta tus datos, pero que cree que no va a ser posible. Le dices que agradecerías mucho si te hiciese un hueco. Cuando cuelgas, te sientes como si te hubieran dejado un poco abandonada. Te preguntas si deberías haber insistido o haberte hecho más visible para ella. Entiendes que tú ves lo que te ocurre bajo la lupa de tu egocentrismo, pero que para ella debes de ser «un caso más» de los cientos o miles que han pasado por delante en su carrera como médica. Respiras, y simplemente confías en que, si esta ventanita se cierra, será por algo. Y si se tiene que abrir en algún momento, pues se abrirá.

A media tarde llegan tus hijos, y te parece que llevas una eternidad sin verlos. Los abrazas más fuerte de lo normal, y les dices que por la noche iréis al Tierra a cenar juntos. No quieres decírselo en casa, como si la palabra «cáncer» o «quimioterapia» se fuesen a quedar pegadas a las paredes, ennegreciendo la atmósfera. Cuando vais caminando hacia el Tierra, ya tienen la mosca detrás de la oreja, porque no soléis cenar fuera, pero espantas la mosca diciéndoles que hace mucho que no os veis y que te apetece estar un rato con ellos. En el Tierra se piden dos burritos más grandes que ellos y tú unos tacos con una Coronita. Habláis de trivialidades durante un rato, hasta que reúnes fuerzas y se lo dices:

—Ya se saben los resultados de la biopsia.

Se quedan los dos mirándote muy fijamente, con el burrito a medio camino de sus bocas.

—Es cáncer.

Dejan el burrito en el plato. Y siguen mirándote paralizados. Les coges las manos, y se produce uno de esos momentos por los que merece la pena vivir. Los tres estáis aquí, os queréis, y lo demás sobra.

Es solo un momento, que en seguida te apresuras a llenar de conceptos.

—Todo va a ir bien. Es un tipo de cáncer que se puede tratar, y está muy localizado. Así que no os preocupéis, ¿vale?

Pero sí se preocupan, claro que se preocupan. Elmo te hace muchas preguntas, mientras que Ari se queda mudo. Habláis del tratamiento, de tus miedos, de los suyos, de las incógnitas. Después de un rato, ves que Ari no ha probado ni un bocado más del burrito. Le coges la mano, y la tiene sudorosa.

—¿No tienes hambre, amor? —le preguntas, extrañada.

Mueve la cabeza, negando. Nunca se había dejado la mitad de un burrito, así que la cosa es grave. Le aprietas la mano y le dices con convicción:

—Dentro de un año ni nos acordaremos de esto, te lo puedo asegurar. Aún no me toca morirme.

Te preguntas por qué le es tan difícil al ser humano mantener vivo lo esencial, es decir, el amor. Parece que le quemara, y tuviera que ahogarlo con baldes y baldes de conceptos. Clic para tuitear

Salís del Tierra, y volvéis a casa los tres abrazados. Te preguntas por qué le es tan difícil al ser humano mantener vivo lo esencial, es decir, el amor. Parece que le quemara, y tuviera que ahogarlo con baldes y baldes de conceptos, cuando es tan sencillo como dejarse sentir, como abrazarse y caminar en el silencio de una noche en que, por fin, uno decide soltar las armas.

Jueves, 18 de marzo

Hoy tienes cita con M., la terapeuta de los colores. Vive cerca de Guadarrama, y tardas como un siglo en llegar allí en uno de esos autobuses verdes que salen del intercambiador de Moncloa. Encima, te pasas de parada, y tienes que caminar más de un kilómetro hasta la urbanización donde vive, por caminos de tierra bordeados de árboles. No despegas la vista del google maps, hasta que te das cuenta de que tienes todo el cuerpo rígido, en tensión. Entonces alzas la mirada y ves a lo lejos la magnífica sierra de Guadarrama, nevada y majestuosa tras una suave neblina vivificante, como si se envolviese en un delicado chal casi transparente. Te das cuenta de que, aunque estás en medio del campo, no te has quitado la maldita mascarilla, hasta ese punto te has acostumbrado a vivir en la asfixia. Te la quitas, y te permites respirar ese aire oxigenado y fresquito que reanima tus células.

Llegas a la casa de M. Llamas. Te abre, y te dice que esperes en el jardín mientras termina una consulta. Te instalas en una silla frente a una mesa de piedra y junto a una piscina tapada. El jardín está lleno de árboles y plantas en plan salvaje. La casa es una construcción de los años sesenta o setenta, y se amolda bien a lo salvaje del jardín y de las vistas. Está en el punto medio entre el descuido y la pulcritud, como esas casas inglesas que se mantienen incólumemente envejecidas a lo largo de los siglos. No sabes si sacar el ordenador o el móvil, si quitarte o ponerte la mascarilla. Tú pareces ser la única que no acaba de encajar en el entorno. Menos mal que M. se asoma por una esquina de la casa y te hace una indicación para que entres. Entras con la mascarilla bien ceñida, pero ves que M. no la lleva.

—¿Me la puedo quitar? —le preguntas.

Hace un gesto con los hombros que indica que a ella ni le va ni le viene, así que te la quitas y te justificas:

—Yo ya lo he pasado, así que…

—Y yo no me la pienso poner —dice M., tan campante.

Estáis en una sala con un banco a la derecha, y a la izquierda un escritorio de madera con una silla a cada lado. M. indica la más cercana para que te sientes. Eso haces, y ella se acomoda detrás del escritorio. M. tiene la cara plagada de arrugas que parecen tener vida propia, pues según el gesto que haga se reagrupan trazando nuevos dibujos agrestes. Es agradable mirarla, porque ella parece encontrarse tan a gusto con sus arrugas como sus arrugas con ella, así que es un paisaje continuamente cambiante en que, sin embargo, te apetece quedarte a vivir.

M. lleva una bata blanca y abre un pequeño portátil, con lo cual aquello empieza a recordarte a una nueva consulta médica. Sin embargo, no hace mucho caso al portátil y te mira a los ojos. Te pregunta por qué has acudido a ella y no sabes muy bien qué contestarle. Le hablas del cáncer. Le hablas de A. y de Pablo, a quienes también conoce. Le hablas de tu decisión de afrontar el cáncer a varios niveles y que la has elegido a ella para el energético.

Entonces, M. empieza a hacerte preguntas. Las preguntas no guardan un orden lógico, aunque va apuntando algunas de las respuestas en el ordenador. De alguna forma, siguen un orden energético, y con ellas va acorralándote hasta hacerte hablar de los temas clave de tu vida: tu madre, tus hermanos y la relación de pareja que se acaba de romper. Cuando te has querido dar cuenta, le has hablado de tus traumas más profundos y de cómo sabes íntimamente que el cáncer tiene que ver con ellos. Ella no solo no pone en duda ninguna de tus afirmaciones, sino que te anima con sus preguntas a seguir indagando.

Sientes que te has abierto de patas delante de una desconocida y que tú misma no eres capaz de integrar todo lo que has soltado por la boca. Te sientes un poco como si no fueses tú, o como si otra «tú» más consciente de ti misma se… Clic para tuitear

Después de una hora y media de confesiones íntimas, estás completamente agotada. Sientes que te has abierto de patas delante de una desconocida y que tú misma no eres capaz de integrar todo lo que has soltado por la boca. Ni siquiera entiendes por qué le has dicho que ya no tienes pareja cuando él aún no te ha dejado explícitamente. Te sientes un poco como si no fueses tú, o como si otra «tú» más consciente de ti misma se hubiera manifestado en ese espacio. Das un largo suspiro, en señal de que ya no puedes más, y entonces M. te dice que pases a la consulta y te tumbes en la camilla. «Ah, ¿pero esto no era la consulta?», te preguntas a ti misma, alarmada. Cuando pasas a la otra habitación, te das cuenta de que lo otro —incluido el tercer grado al que has sido sometida— era solo la antesala de la consulta.

Tumbada en la camilla, te toca pasar por otro viaje. Aquí es donde entiendes lo de los colores, porque cientos de veces te toca repetir «rojo, amarillo, naranja, verde, violeta, azul e índigo» mirando un cuadro colgado en la pared, en que a un monigotito dividido en esos siete colores le entran los rayos de sol por el bazo y los eleva al cielo transmutados por el arcoíris de su cuerpo. Tú haces lo mismo con las radiaciones, las energías ajenas, la oscuridad, la rabia… M. va brincando a tu alrededor como una bruja sin escoba, te hace preguntas, te dice que levantes el brazo y lo aprieta con un dedo, mientras das respuestas kinesiológicas que no quieres dar, pero no hay forma, el brazo habla por sí solo. Limpias una y otra vez los momentos en que te has sentido agredida, maltratada, traicionada en lo más profundo. Y también limpias con luz blanca, plateada y dorada tu cama, tu escritorio y hasta el hospital de la Cruz Roja.

No entiendes nada, pero te dejas hacer. Has aparcado tu escepticismo y tu racionalidad a la entrada y, de alguna manera, sientes que todo está bien. No saber qué coño está pasando y soltar el control está bien. Clic para tuitear

Pones toda tu concentración en las luces, los colores, haces signos del infinito con tu mente en tu pecho derecho, repites las cualidades asociadas a los colores, fortaleza, alegría, creatividad, esperanza, comprensión, amor, armonía… lo que estás tan lejos de sentir ahora mismo en tu vida. M. te pregunta si tienes cicatrices. Le enseñas las estrías del vientre y le hablas de tu hernia umbilical operada. Te pregunta cómo te salieron las estrías. Se lo cuentas, porque recuerdas perfectamente la escena. Estabas embarazada de Elmo de ocho meses. Entraste en el baño, y tu tripa desnuda topó con la esquina de cristal de la repisa rectangular donde reposaba el lavabo. Fue un toque nada más, pero viste cómo la piel de tu vientre se quebraba en cientos de ramificaciones como un cristal ante el impacto de una piedra. Y ya nunca se volvió a recuperar. M. flipa en colores (nunca mejor dicho) con lo que le cuentas, abre mucho los ojos y todas las arrugas de su cara se agrupan en círculos concéntricos como las ondas en el agua cuando tiras una piedra. Incluso te lo hace repetir varias veces. Y ella lo repite también: «Como un cristal», dice. Empieza a inyectarte como loca una sustancia regenerativa en las estrías. Dice que por ahí se te cuela de todo. Tú no entiendes nada, pero te dejas hacer. Has aparcado tu escepticismo y tu racionalidad a la entrada y, de alguna manera, sientes que todo está bien. No saber qué coño está pasando y soltar el control está bien, es lo mejor que puede pasarte, aunque tengas que recitar los colores del arcoíris ciento veinte mil veces, para redimirte de los cientos de miles de veces que has recitado en tu mente mantras autodestructivos.

Después de tres horas de consulta te dice que te puedes levantar de la camilla. Estás agotada, y cuando tocas el suelo parece que te bajases de una nave espacial. M. sigue tremendamente energética, saltando a tu alrededor, dándote consejos, explicándote cómo testar, entregándote una receta de tropecientos minerales en medidas homeopáticas, diciéndote cómo entrenar tu sensibilidad con la llama de una vela… Tú le dices a todo que sí, pero lo cierto es que te sientes desbordada con tantas cosas. Sales de allí dando tumbos, caminas hasta la parada del bus, que tarda un año en llegar, más el otro siglo que tarda en llegar a Madrid. Saliste a las ocho de la mañana de casa y ya es la hora de comer. Te sientes tan agotada de tanta limpieza que lo único que te apetece es comprarte una hamburguesa con patatas y ensuciar con un poco de comida basura toda esa asepsia energética a la que no estás acostumbrada.

Por la noche, mientras cenas, ves en youtube una charla que te ha pasado tu amiga E. de un doctor llamado Albert Martí Bosch. Se titula «Sin acidez humoral no hay cáncer». Explica con absoluta sencillez en qué consiste el cáncer y cómo este se da, invariablemente, en un entorno de acidez y desestabilización del Ph, algo que se puede prevenir de formas bastante sencillas, entre las cuales entran la nutrición o sumergir tu cuerpo diariamente alrededor de 15 minutos en agua con mucha sal. Te quedas asombrada de la claridad de su discurso. Él es médico, ha trabajado muchos años en oncología infantil, y ha recorrido todo el mundo estudiando el problema del cáncer. Y lo que dice tiene tanto sentido común que te parece mentira que su discurso no tenga cabida en los hospitales públicos.

Cuando investigas en Internet, vuelves a darte de bruces con la enorme polarización existente entre la medicina holística y la alopática. Encuentras un agresivo artículo titulado «Los imperios económicos de los charlatanes de la pseudociencia», junto con otros del otro bando menos agresivos: «Quienes atacan la medicina natural son unos ignorantes» o «La salud está en tus manos». De lo que investigas, te llega que el doctor Martí Bosch no niega los beneficios de la medicina tradicional, pero apuesta por fórmulas menos agresivas de prevenir la enfermedad y de complementar los tratamientos cuando los síntomas ya están presentes. Tiene una clínica en Pamplona y otra en Madrid, y sus honorarios son asumibles, al menos dentro de lo que son las terapias complementarias. Ahora no tienes más fuerzas ni dinero, así que de momento decides adoptar lo de los baños en agua con sal, y quizá en algún momento, algo más adelante, llames a la clínica de Madrid, aunque solo sea para preguntar.

Después de lo que llevas recorrido, te vas dando cuenta de que la verdadera dificultad no está tanto en afrontar la enfermedad y los tratamientos, sino en cambiar los hábitos.. Clic para tuitear

De lo que te vas dando cuenta, después de lo que llevas recorrido, es de que la verdadera dificultad no está tanto en afrontar la enfermedad y los tratamientos, sino en cambiar los hábitos. Si después de hacerte una limpieza energética te vas de cabeza a un Burger King, algún tipo de contradicción se está dando en tu interior que avala las llamadas de atención de tu cuerpo. Una parte de ti está abogando por tu salud mientras otra parte está demasiado habituada —¿es adicta?— a lo que te destruye, y en esa lucha se te van las fuerzas y la vida. Y lo malo es que verlo como una lucha —de ese modo polarizado que propicia esta sociedad— forma parte del problema. Trascender los opuestos a través de la apertura de corazón es quizá la única lucha que merece la pena. La paz, entonces, se instaurará por sí misma.

Decirlo es fácil, pero lo cierto es que, mientras das vueltas en la cama, tratando de dormirte, tu corazón —lejos de abrirse— se siente derrotado en la batalla del amor. Hay una parte de ti que quiere levantarse en armas de nuevo y luchar por la persona a la que amas, zarandearle, gritarle «¿Qué hostias te pasa? ¿Por qué nos haces sufrir de esta manera? ¿Por qué ya no me ves?». Pero, una vez roto el cable, nada parece tener sentido, ni tú fuerzas. No puedes librar una lucha que es suya. Quizá es el momento de mirar hacia dentro y reparar los cables que te unen a tu propio corazón, porque mientras esa conexión no funcione bien, lo de fuera siempre se desmoronará ante tus ojos habituados al desmoronamiento.

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Con el Diario de lo diminuto tengo la intención de compartir contigo mi proceso con el cáncer de mama a lo largo de estos meses. Este compartir tiene dos direcciones:

  • Mostrarte de un modo muy personal cómo es este camino en una situación nueva y compleja como es la pandemia.
  • Contarte cuáles son los tratamientos y vías de sanación que he descubierto, cuál es mi elección final y cómo será su desarrollo a lo largo de estos meses.

¿Y cómo puedes apoyarme en este proceso? También tienes dos vías (que no se excluyen mutuamente ;-)):

  • La primera es apuntarte, disfrutar y difundir mi nuevo programa online «Escribe y medita por tu cuenta»,  que puedes realizar cuando quieras y a tu ritmo y me ayudará a mantener algunos ingresos en los meses en los que debo estar enfocada en el tratamiento y mi sanación (como sabes, los autónomos no lo tenemos fácil en este sentido).
  • La segunda es leyendo, dejándome tus comentarios y compartiendo estos artículos con todos aquellos conocidos, amigos o familiares a quienes pueda ayudarles mi diario.

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«Algo diminuto, pero que no puedes ignorar» es una frase de un relato de Mercedes Adán cuyo protagonista es un neurocirujano que contrae un melanoma, Cuando la leí, me pareció la definición perfecta del cáncer, así que se la pedí prestada para esta serie de artículos sobre mi proceso personal atravesando el cáncer de mama.

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16 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar VIII»

  1. Querida Isa,
    Soberbio este post.
    SAbio, aleccionador, y con el corazón en la mano, dándonoslo con tus palabras.
    Soberbio!
    Un abrazote gordo

    Responder
  2. Querida Isa: gracias por compartir todo esto. Me gusta mucho cómo lo escribes y describes. Me admira ti coraje. La escena con tus hijos me ha hecho emocionarme.
    Un abrazo muy grande.

    Responder
  3. Incredible tu relato Isa, es muy intenso y verdadero. Que interesante el trabajo energético y la propuesta del medico alópata sobre la importancia de un cuerpo de alcalinidad balanceada y los baños con sales. Algo que yo vengo haciendo hace años con sal epson en la ducha. No sé bien cuales son sus propiedades, pero solo sé que el hecho de tener sal en un trapito en la ducha, y ponerlo en los lugares que duelen o que están sensibles ya me hace sentir mejor :).

    Me gustaría compartir el programa de escribir y meditar, como lo hago?

    Responder
    • Muchas gracias, Constanza :-). A mí me pareció muy interesante lo que comenta en el vídeo, recuperando algunos de los remedios preventivos de nuestros ancestros, muy sencillos pero eficaces.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  4. Sigo tu proceso con interés y amor. Tu fuerza me da fuerza. Eres una luchadora increíble, y no solo en la enfermedad sino en todos los aspectos de la vida. Te admiro. Un abrazo. MariLuz

    Responder
    • Hola, Mari Luz,

      Muchas gracias. Me halaga viniendo de ti, que para mí eres también una luchadora de aúpa.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  5. Querida Isa. Te leo siempre y cada vez te admiro más. Cada vez que te he leído he puesto mi amor en contestarte y en decirte lo que admiro de cada uno de tus escritos, pero creo que siempre me quedo corta.
    Es tanto lo que mi corazón siente que es imposible ser capaz de decirlo todo. De expresarlo todo.
    Me ha emocionado la conversación con tus hijos. Esa unión tan bella. Ese burrito que se queda en el plato porque no pueden terminarlo. Esa emoción que os embarga.
    Tu no puedes sentirte absndonada. Nunca. Nunca.
    Querida Isa. Tienes todo nuestro amor y comprensión. Siempre. Y ya sabes, siempre estaré a tu lado hasta que llegue el momento que tu decidas que ya estas harta de mi.
    Un besazo, querida Isa.

    Responder
    • Hola, Matilde. Muchas gracias por todo el amor que despliegas :-). Sentirme abandona forma parte de mis patrones, así que no se marcha tan fácilmente, como una mancha de la ropa ;-). Pero lo importante, para mí, es no negarlo, poder compartirlo con naturalidad, no enjuiciarme por ello y darme a mí misma (en parte gracias a la escritura) la compañía que necesito. Tener gente alrededor que me quiere y me aprecia como soy también es superimportante y muy sanador para mí, así que muchas gracias por estar ahí.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

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  6. Hola de nuevo Isa. No sé si mi opinión puede ayudarte en nada, por ello no sabía si escribirte o no. La verdad es que he padecido una enfermedad grave crónica más de 20 años y después de muchas opciones ante la falta de cura de la medicina, he llegado a la conclusión de que medicina sólo hay una. Lo demás puede ayudarnos a transitar la situación o a sentir que hacemos algo para no morir, pero no creo que cure. Cuando llega la curación de verdad de la enfermedad por la medicina, como me sucedió a mí, la gran suerte que he tenido, te das cuenta de ello. Lo demás si acaso nos ayuda a mirarnos y conocernos mejor. Es obvio que la mente y el cuerpo se relacionan y cuando sanas de una grave enfermedad, también se va curando la mente. Me duele leer lo que ha ocurrido en tu relación de pareja, porque me hubiera gustado sorprenderme para bien. Quizás es que estoy ya mayor. Te quiero y te mando mi apoyo y cariño

    Responder
    • Hola, Loreto,

      Muchas gracias por compartir tu experiencia y tus conclusiones, que son muy válidas y valiosas.

      Por mi parte, considero que algunas enfermedades (y la mía entre ellas, contando no solo el cáncer, sino también el trastorno de trauma del desarrollo) están muy ligadas al plano psíquico y emocional. Está demostrado estadísticamente que las personas que sufren trastornos traumáticos (lo que implica un montón de síntomas físicos, como la segregación constante de hormonas del estrés) padecen más enfermedades, tienen las defensas más bajas, sufren más accidentes, etc.

      Esto no quiere decir que no me parezca estupenda la medicina tradicional, con todos los avances que ha hecho y todas las vidas que ha salvado. Pero también es verdad que se centra más en solucionar los síntomas que en buscar la raíz o en prevenir. La medicina china, por ejemplo, se ocupa más de la prevención.

      En la raíz de las enfermedades puede haber mil factores, pero en mi caso, ya digo, estoy convencida (bueno, no es tanto «estar convencida», es simplemente que lo siento así) de que lo emocional es clave. Eso no quiere decir que me eche la culpa por tener cáncer, lo que faltaba, sino de afrontarlo desde un enfoque algo más amplio. No es ya quitarme el bultito y seguir el tratamiento, que eso ya lo estoy haciendo. Es poner de mi parte para que esto no se reproduzca en mi cuerpo. En ese sentido, pienso que el terreno emocional y el cambio de hábitos es muy importante.

      En cuanto a lo de la pareja, para mí es el ojo del huracán de mis dificultades, y de las de aquellas personas que me atraen, para relacionarme de una forma sana. A la vez, me considero una privilegiada por poder realizar investigación de campo y mirar al microscopio, en mí misma y en el otro, cómo funcionan todos esos patrones por debajo de los que está el amor, pero con los que nos quedamos tan enganchados, hasta el extremo de rechazar el amor. A mí también me da mucha rabia (no sabes hasta qué punto) que la realidad no se haya ajustado a mis expectativas y deseos. Pero tampoco quiero caer en las conclusiones fáciles que me reafirmen en mi tendencia a la negatividad. Simplemente, sigo investigando a través de la escritura, la meditación, la exploración emocional y todas las herramientas a mi alcance. Porque de lo que sí tengo la certeza es que debajo de todas estas capas se encuentra el amor.

      Gracias por tu sinceridad y por permitirme reflexionar, a mi vez.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  7. Querida Isa,
    Me dejas reflexionando en la manera de liberar las emociones. Lo muestras muy bien y aprendo en este campo en el que soy novata y tan solo empiezo a caminar.
    Ojalá llegue a libro, sin duda ayudará a muchas personas.
    Tienes recursos y eres inteligente. La luz al final del túnel te está esperando.
    Todo irá bien y compartiremos otros cocidos en Madrid.
    Un abrazo,
    Joana

    Responder
  8. Querida Isa, muchas gracias por compartir tu diario de lo diminuto. La verdad es que me encanta leerte, y aunque sea con un simple post, te envío mucha fuerza y muchos ánimos. Tienes las herramientas y sabes como utilizarlas. Así que suerte y para adelante.
    Un abrazote.

    Responder
  9. GRACIAS, Isabel por compartir-te y por tanto bien como transmites. Eres grande!!!!!!! Un fuerte abrazo sanador

    Responder
  10. Querida Isa. Gracias por abrir otra vez tu corazón. Te he visto caminando abrazada a tus hijos, por la calle. Eres tan gráfica y tan auténtica. ¿Cómo nos conocemos sólo a través de la pantalla del ordenador y te quiero y te siento como a una persona muy cercana a mi? Estoy aquí, se que esto le pasa a mas gente. Estamos aquí. Orgullosas de ser tu amiga. Sé que todo va a ir bien. La limpieza es en mas sentidos, soltamos lo malo, lo que estaba por intereses en lo bueno y se agobia cuando algo se tuerce un poco. Vamos depurando el cuerpo y la Vida. Gracias de nuevo. Te siento muy muy cerquita

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