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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar X

Con el Diario de lo diminuto quiero compartir contigo mi proceso personal con el cáncer de mama

Capítulo X

Cruzar el puente hacia el darse cuenta

 

Jueves, 25 de marzo

Para ir a la consulta de la doctora B. te tienes que bajar del autobús verde manzana en una parada que está en medio de la autovía de La Coruña, cerca de Las Matas. Te toca cruzar la autopista por un puente peatonal que parece de juguete. Mientras subes las escaleras se te viene a la cabeza la película Indiana Jones y la última cruzada, en que el protagonista, para pasar una de las últimas pruebas antes de llegar al Santo Grial, ha de hacer un acto de fe, cruzando un precipicio por un puente que solo va apareciendo cuando él se atreve a poner el pie en el vacío.

Tener cáncer es cruzar en soledad un puente que no sabes a dónde te llevará. Te sientes frágil y valiente a la vez. Sabes que nadie puede vivir esto por ti, por eso la sensación de vértigo es intensa. Clic para tuitear

Ya has llegado arriba. Siempre has tenido vértigo, hace viento, y el paso es realmente estrecho. Abajo se ve la sombra del puente en el asfalto, sesgada por la inclinación de la luz del atardecer, y tu pequeña figura cruzándolo vacilante. Tener cáncer es cruzar en soledad un puente que no sabes a dónde te llevará. Mientras pones un pie detrás de otro, te sientes frágil y valiente a la vez. Nadie puede vivir esto por ti, esta sensación de intenso vértigo sobre un puente ventoso que, sin embargo, sabes que has de atravesar hasta el final. Si logras llegar al otro extremo todo irá bien, te susurras, envuelta en una superstición infantil. Aceleras el paso mientras por debajo de ti pasan los coches a toda velocidad, llenos de seres humanos ajenos a lo que te ocurre —aunque encerrados, apostarías, en sus propias preocupaciones— y, sin embargo, vinculados a este entramado kármico que hace que vuestras vidas se entrecrucen en este preciso instante. Los últimos metros los salvas casi corriendo, y cuando llegas al otro extremo del puente sientes una repentina alegría, como si realmente hubieras salido airosa de una batalla.

Tienes que dar la vuelta a una especie de ciudad empresarial para llegar a la calle que te había indicado la doctora B. Su consulta está en una casita baja que parece la de los enanitos del bosque. Llamas al timbre, y sale a recibirte la doctora, una mujer bajita que lleva una bata blanca y una máscara de plástico transparente. Te hace entrar muy amablemente y te pide que esperes en una butaca de la entrada, ya que tiene que terminar de atender a un paciente. Todo en la casa es pequeño, coqueto y un poco anticuado. Te quedas esperando con las piernas cruzadas. Tu vida se ha convertido en un impass, en el que esperas las sentencias, las respuestas, los resultados médicos, las consultas, los tratamientos, la resonancia, la operación, el momento de proseguir con tu vida de antes… No sabes qué será de ti, a qué nuevas pruebas te tendrás que enfrentar, cuántos puentes más te tocará cruzar, cuándo se acabará el túnel, qué o quién te esperará al otro lado. Tu vida es una incógnita, aunque, por lo menos, las principales decisiones ya están tomadas.

Un hombre sale de la consulta, seguido por la doctora B., y tienes que meter los pies debajo de la butaca para que pueda pasar por el estrecho pasillo que hace de entrada en esa casa de muñecas. La doctora acompaña al hombre hasta la puerta del jardín y se deshace con él en palabras amables e indicaciones sobre el camino de vuelta. Cuando regresa, se disculpa por la tardanza y te invita a entrar en la consulta.

La habitación en la que te hace entrar se asemeja a esas miniaturas antiguas que representan un consultorio médico, con los aparadores de madera llenos de artilugios de cristal, butacas forradas de telas con flores azuladas, cojines de terciopelo y un escritorio a la antigua usanza. Te parece que, para estar allí sin desentonar, deberías ser más bajita y llevar un traje del siglo pasado. La doctora te pide que te sientes en una de las butacas, mientras ella se sienta al otro lado de un escritorio en el que llama la atención la ausencia de un ordenador u otro tipo de dispositivo electrónico. Te preguntas de qué galaxia viene esta mujer.

Con su extremada educación, te pregunta si tienes frío o calor, si abre o cierra la ventana. Le dices que estás bien, mientras sacas del bolso el informe con los resultados de la biopsia que te dio tu cirujana. Se los alargas, y ella lee el informe con mucha atención, diciendo «ajá». Por ella te enteras que tienes dos bultos, y no solo uno. Te choca como si te dijeran que vas a tener gemelos. Te dice también que son de diferente composición (o sea, que son mellizos, y no gemelos) y que, según su experiencia, eso es una buena señal. Quiere decir que el cáncer, al expandirse, también se ha ido dispersando, y la dispersión resta fuerza y malignidad. Todo lo dice con voz delicada y cantarina, eligiendo muy bien cada palabra como quien recita un poema de su poeta favorito. Se nota que le gusta su trabajo.

Te dice que la enfermedad que padeces está marcada por la oscuridad, así que lo primero que te recetará es que salgas a pasear al sol media hora diario Clic para tuitear

Te empieza a hacer preguntas con su voz pausada y, como te ocurrió la semana pasada con M., te encuentras sin querer mostrándole la cara oculta de la luna, tus oscuridades y traumas, el sufrimiento familiar, tu pasado y reciente sentimiento de abandono. Vas hundiéndote en la pequeña butaca hasta sentirte una mierdecilla, percibida por tus propios ojos ajenos, o sea, por cómo crees que te ven los demás. Sientes que todo lo que sale por tu boca va cargando el ambiente de un humo negro que pesa sobre tus hombros, sobre los de la doctora, sobre la madera del escritorio. Te gustaría hablar de cosas ligeras, contar chistes, reírte, y que tu risa fuese como el aleteo de una mariposa que se uniese a la voz infantil de la doctora. Pero no estás aquí para eso, estás para admitir la intemperie interna en la que habitan tus mellizos y afrontar todo en su conjunto.

La voz cantarina de la doctora no decae cuando empieza a hablar. Te dice que la enfermedad que padeces está marcada por la oscuridad, que lo primero que te recetará es que salgas a pasear al sol media hora diaria. De pronto algo tan sencillo y luminoso como eso te hace desfallecer. Como si tuvieras pocas cosas que hacer, y ahora te toca pasear al sol, vaya tontería. Pero no dices nada, porque reconoces perfectamente tu propio autoengaño.

La doctora B. te habla entonces de muchas cosas. De cómo la píldora anticonceptiva (que has tomado por largas temporadas a lo largo de tu vida) puede ser causa o acelerador del cáncer de mama, algo que a ninguno de los médicos por los que has pasado a lo largo de tu vida (ni siquiera a los que te la recetaron en numerosas ocasiones) se le ha ocurrido decirte.

También te habla de un medicamento llamada Iscador, que se usa en muchos países de Europa para el tratamiento del cáncer, aunque en España no se use ni se venda. El que te va a recetar, y que tendrás que pedir a una farmacia de Alemania, es una mezcla de muérdago y plata, tratados de manera especial mediante unos protocolos muy precisos. Te cuenta que el muérdago (que a ti solo te suena porque era lo que el druida Panoramix recogía en los árboles a todas horas en los cómics de Astérix y Obélix) es una planta muy especial, que actúa de forma simbiótica con los árboles en los que habita. Hay muchos tipos de muérdago, según el árbol con que conviva. El muérdago que se usa en el Iscador es el del manzano, que también es un árbol muy especial. Y la plata (argentum) es un metal que tiene que ver con la luna. Te introduces en el discurso lento y mágico de la doctora B. como si lo hicieses en un bosque lleno de hadas, ninfas y náyades. El Iscador, al parecer, aislará a tu bultito para que resulte más fácil su extracción, aumentará tus defensas y reducirá los efectos adversos de la radioterapia y la quimioterapia. Te dice que viene en unas ampollitas que te enseñará hoy mismo a inyectarte. Eso de la inyección te baja del mundo mágico de las hadas a la cueva de las brujas, y convierte la casita de muñecas de la doctora B. en la de la bruja de Hansel y Gretel. Todo te resulta muy extraño, pero hay algo en esta mujer de apariencia tan frágil que hace que te quedes pegada a la butaca en esa especie de viaje astral por los cielos y los infiernos.

La doctora B. te dice que te va a explorar. Te quitas la ropa y te tumbas en la camilla. Con mucho cuidado y paciencia te palpa el bultito, bueno, los dos bultitos, y también el otro pecho y los ganglios de las axilas, tan concienzudamente que detecta cierta inflamación en algunos de ellos, aunque no le da mucha importancia. Te ausculta en diversos lugares, midiendo la distancia entre ellos con los dedos. Le preguntas por qué hace eso, y te contesta que lo macrocósmico del cielo y los planetas se refleja en lo microcósmico del cuerpo y los órganos, y saber ciertas medidas ayuda a definir tu tipología. Asientes, aunque no te has enterado de nada. Esto te pasa por preguntar. Más adelante sabrás que la doctora B. pertenece a la medicina antroposófica, y entenderás un poquito mejor por qué te parece estar en otro planeta.

Te toma la tensión, y la tienes por las nubes, pero entre las dos interpretáis que puede tener que ver con todo lo que le has contado, que te ha revuelto por dentro y por fuera, aunque también aprovechas para comentarle que tu madre es hipertensa y tú tienes tendencia a tener la tensión algo alta. Te dice que es algo a lo que habréis de prestar atención de ahora en adelante. Te explora también los ojos, y aprovechas para contarle tus tres operaciones para reparar tu miopía y astigmatismo. Te pregunta cuánto tiempo al día permaneces ante la pantalla del ordenador, y cuando miras hacia arriba, suspirando, te dice que también de los ojos os tendréis que ocupar más adelante. Cuando te explora los oídos le hablas de tus acúfenos y tu sensación de presión cerebral, sintiendo que añades otra piedra a la mochila de tu escacharramiento. Te dice que también lo veréis más adelante. Te indica que te bajes la mascarilla para mirarte la boca y, cuando lo haces, te dice, sonriente y sorprendida:

—Vaya, tienes una cara muy agradable.

Te preguntas si esperaría encontrarse con un monstruo deforme, o si consideraría que tus traumas habrían de haberte dejado marcas indelebles en el rostro. Te mira la boca, y ahí sí que ve marcas, porque lo primero que te pregunta es si aprietas los dientes por la noche, con lo que no te queda más remedio que confesar tu bruxismo y tu perpetua tensión en las mandíbulas, algo que tendréis que dejar, como el resto de cosas, para más adelante.

Nunca hasta ahora te había tocado asistir tan de cerca y de forma tan continuada a tu decadencia física y psíquica. O quizá es que tu mente fantasiosa guardaba una autoimagen infantil de perfección que ha venido a romper este cáncer que hace que te estampes a todas horas contra la realidad de los hechos.

La doctora B. con la paciencia de un relojero ante tus piezas estropeadas, te dice que ahora hay que centrarse en el cáncer, pero que tendréis que ir viendo todas esas cositas que están saliendo a la luz.

Pero todavía no te deja irte. Te hace rellenar un cuestionario interminable sobre tus hábitos cotidianos, cuyas respuestas ponen de relieve tus tendencias autodestructivas (demasiado trabajo, demasiado estrés, poco ocio, pocos paseos, muchas horas de ordenador, sueño ligero…), como si no hubiesen quedado claras en el mapa tridimensional de tu cuerpo. Te recuerda la importancia de cambiar los hábitos, porque están muy relacionados con el desarrollo de esta enfermedad. Tú te defiendes débilmente, diciéndole que antes era mucho peor, que has hecho muchos avances, aunque se ve que no los suficientes. Lo que no le dices es que para quien ha partido de un estado de consciencia en el nivel de avergonzarse por el mero hecho de existir, erradicar los patrones negativos y trascender la ignorancia supone un esfuerzo similar a detener la Tierra y ponerla a girar en sentido contrario. No se lo dices porque son ese tipo de cosas que solo a quien le toca experimentarlo es capaz de entender.

Entonces la doctora coge un maletín de cuero que reposa en el suelo a su lado, y extrae una caja, que abre para enseñarte una ampollita de Iscador. Luego trae agua oxigenada, algodón y una jeringuilla en un recipiente plateado, con tanta lentitud como si estuviese realizando la ceremonia del té. Y así, siguiendo sus indicaciones y trastocando toda esa armonía con tu torpeza de principiante, te inyectas por primera vez tú sola una aguja en tu cuerpo, con el pánico que siempre has tenido a las inyecciones. Estás tan tensa que la doctora tiene que pedirte que relajes un poco los dedos, porque te estás pellizcando tan fuerte la piel que no dejas que el líquido salga de la jeringuilla. Por fin lo consigues, y te sientes como después de haber corrido una maratón de las largas.

Estar alejada del cuerpo, de lo que necesita, de lo que te pide a gritos y te niegas rotundamente a darle, te ha traído hasta esta orilla. Tu cura empieza ahora por un cambio rotundo de hábitos, aunque estés agotada antes de… Clic para tuitear

A continuación, la doctora B. redacta una receta con letras estrechas y apretadas, que será lo que tengas que encargar a la farmacia de Alemania. Todo lo hace despacio y metódicamente, poniendo toda su alma en ello, como si estuviese adscrita al movimiento slow (aunque estás segura de que si se lo mencionaras, le sonaría a chino). Después te hace un recibo a cambio del dinero que le entregas en efectivo porque, por supuesto, dentro de este universo paralelo no puedes pagar con tarjeta ni por bizum.

Ya se ha hecho de noche cuando te acompaña a la puerta y te explica ocho veces cómo coger el autobús de vuelta, aunque le hayas dicho que no se preocupe, que llevas el google maps. Pero el google maps no es algo fiable —y ni siquiera existente, al parecer— a este lado del puente.

Mientras te diriges a la parada del bus agradeces no tener que cruzar de nuevo el puente sobre la autopista. Estás agotada después de lo que te ha tocado experimentar en esta orilla del darte cuenta de golpe de lo alejada que te mantienes de tu cuerpo, de lo que te necesita, de lo que te pide a gritos y te niegas rotundamente a darle. Reducir el estrés, dar paseos, que te dé el sol, racionar el ordenador, disfrutar de las pequeñas cosas… Todos esos aspectos relacionados con la vida y la salud, tan evidentes y sencillos para muchas personas y tan peliagudos para ti.

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Con el Diario de lo diminuto tengo la intención de compartir contigo mi proceso con el cáncer de mama a lo largo de estos meses. Este compartir tiene dos direcciones:

  • Mostrarte de un modo muy personal cómo es este camino en una situación nueva y compleja como es la pandemia.
  • Contarte cuáles son los tratamientos y vías de sanación que he descubierto, cuál es mi elección final y cómo será su desarrollo a lo largo de estos meses.

¿Y cómo puedes apoyarme en este proceso? También tienes dos vías (que no se excluyen mutuamente ;-)):

  • La primera es apuntarte, disfrutar y difundir mi nuevo programa online «Escribe y medita por tu cuenta»,  que puedes realizar cuando quieras y a tu ritmo y me ayudará a mantener algunos ingresos en los meses en los que debo estar enfocada en el tratamiento y mi sanación (como sabes, los autónomos no lo tenemos fácil en este sentido).
  • La segunda es leyendo, dejándome tus comentarios y compartiendo estos artículos con todos aquellos conocidos, amigos o familiares a quienes pueda ayudarles mi diario.

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«Algo diminuto, pero que no puedes ignorar» es una frase de un relato de Mercedes Adán cuyo protagonista es un neurocirujano que contrae un melanoma, Cuando la leí, me pareció la definición perfecta del cáncer, así que se la pedí prestada para esta serie de artículos sobre mi proceso personal atravesando el cáncer de mama.

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19 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar X»

  1. Querida Isa: si no fuera por el dolor que te ha acompañado en este proceso y que todos los que te queremos hemos compartido de algún modo, cuando leo tu diario tengo la sensación de que estoy asistiendo al nacimiento de algo hermoso (puse Venus y lo he borrado). Estás transformando este proceso tan personal en unas vivencias que nos muestran como, a pesar del dolor, del sufrimiento, es posible sentirte parte de un todo, abrir los ojos y tomar conciencia a partir de los detalles más insignificantes.
    Gracias Isa por este diario que no solo te ayuda a ti, sino a todos los que lo leemos. Es una enseñanza de vida
    Un abrazo
    Sole

    Responder
    • Muchas gracias, Sole :-). Es la magia de la escritura, capaz de transformar aquello de lo que uno se avergüenza en aprendizaje. Gracias por valorarlo.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  2. Isabel, eres magnifica; me encanta como explicas tu tránsito por todo este proceso tan complejo y a veces retorcido, para ayudar, ayudarte, en la curación del diagnóstico de malignidad en tu cuerpo. Te rindes a la medicina alopática, convencional, a la que acudimos si o si cuando algo se pone muy doloroso, urgente o difícil, como es el caso de tus “bultitos” en la mama; pero también intuyes que en todo esto influye, y bastante, esa parte mas espiritual, mas psíquica y/o incluso ancestral, astral, cuántica, planetaria … en la que estamos insertadas y vivimos, a Dios gracia!!!.
    También a veces me resuena un runrún, que últimamente se escucha mucho, sobre la responsabilidad en tu propia enfermedad; es algo así de “algo no estarás haciendo las cosas bien, cuando has enfermado de…..(ponga aquí el diagnostico pertinente)”; Y siempre alguien, tanto en la medicina convencional como en la alternativa o complementaria, tiene el santo grial que te salvará.

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    • Hola, Mariló,

      Muchas gracias por tu aportación, que me parece muy pertinente y que toca un punto muy delicado, que también comentaba con Loreto en algún comentario anterior. Parece que si alguien alude a relacionar la enfermedad con el plano emocional o mental, sintiéramos que nos están acusando con el dedo, culpándonos de nuestra enfermedad. Sin embargo, hacerse responsable de que nuestras emociones, el estrés, los malos hábitos alimenticios, etc. influyen en nuestra salud, no es echarse la culpa de la enfermedad. Creo que hay que diferenciarlo bien. Me estoy leyendo un libro interesantísimo del Dr. Gabor Maté que se titula «Cuando el cuerpo dice NO. La conexión entre el estrés y la enfermedad». Copio aquí algunos fragmentos:

      «Resulta delicado sugerir que el modo en que las personas han sido condicionadas a vivir puede contribuir al desarrollo de sus enfermedades. Las condiciones entre ciertos comportamientos y patologías posteriores resultan obvias en ciertos casos, como, por ejemplo, el tabaquismo y el cáncer de pulmón […], pero tales conexiones son más difíciles de demostrar cuando se trata de la relación entre las emociones y la aparición de la esclerosis múltiple, el cáncer de mama o la artritis. Además de padecer la enfermedad, el paciente se siente culpable por su manera de ser. […] Diré que no se trata de una cuestión de culpa y fracaso, ya que tales términos no hacen más que emborronar la situación. Culpar al que padece —además de resultar moralmente obtuso— no tiene fundamento desde un punto de vista científico.

      »[…] Si bien todos tememos ser culpados, también es cierto que querríamos ser más responsables, esto es, tener lahabilidad de responder conscientemente a las circunstancias que condicionan nuestras vidas y no simplemente reaccionar ante ellas. Queremos tener la autoridad sobre nuestras propias vidas: queremos estar al mando, ser capaces de tomar las auténticas decisiones que nos afectan. No existe verdadera responsabilidad sin consciencia, y una de las debilidades de la mirada médica occidental consiste en que hemos convertido al médico en la única autoridad y relegado al paciente demasiado a menudo a la condición de mero recipiente del tratamiento o la cura. Así, a las personas se las priva de la oportunidad de volverse realmente responsables. Nadie debe ser culpado por sucumbir a la enfermedad y la muerte. Cualquiera de nosotros puede sucumbir en cualquier momento. Per cuanto más sepamos sobre nosotros mismos, menos propensos seremos a convertirnos en víctimas pasivas.

      »Los lazos entre la mente y el cuerpo deben tenerse en cuenta no solo para comprender la enfermedad, sino también la salud. […] Si existe un vínculo entre las emociones y la fisiología, decidir no informar a las personas sobre ello les privará de una poderosa herramienta.

      »Llegados a este punto, nos enfrentamos a las limitaciones del lenguaje. El mero hecho de hablar de vínculos entre la mente y el cuerpo sugiere que existen dos entidades separadas que de algún modo están conectadas. Sin embargo, en la vida no existe tal separación; no existe un cuerpo sin mente ni existe mente sin cuerpo.

      »[…] al demostrar que la represión es una causa importante del estrés y un colaborador significativo de las enfermedades, no señalo a nadie por “haberse puesto a sí mismo enfermo”. Mi intención con este libro es promover el aprendizaje y el tratamiento y no incrementar el cociente de culpa y remordimiento que ya abunda en nuestra cultura. Quizá yo sea demasiado sensible a la culpa, aunque lo mismo podría decirse de la mayoría de la gente. El remordimiento es la “emoción negativa” más profunda, un sentimiento que tratamos de evitar a casi cualquier precio. Por desgracia, nuestro persistente miedo al remordimiento merma nuestra capacidad de ver la realidad».

      Y, por último, otro fragmento muy significativo en cuanto a los factores emocionales que pueden influir en la salud:

      «La competencia emocional exige:

      . la capacidad de sentir nuestras emociones, de modo que seamos siempre conscientes de cuándo experimentamos estrés;

      . la capacidad de expresar nuestras emociones de manera efectiva y, por tanto, afirmar nuestras necesidades y mantener la integridad de nuestras fronteras emocionales;

      . la facultad de distinguir entre reacciones psicológicas pertinentes para la situación presente y aquellas que representan vestigios del pasado. Lo que queremos y le exigimos al mundo debe adecuarse a nuestras necesidades presentes, no a necesidades inconscientes e insatisfechas de nuestra infancia. Si se emborrona la distinción entre pasado y presente, percibiremos una pérdida o una amenaza de pérdida allí donde esta no existe;

      . la conciencia de aquellas necesidades genuinas que sí requieren satisfacción, en vez de reprimirlas con tal de recibir la aceptación o aprobación de otros.

      »El estrés se da ante la ausencia de estos criterios, y conduce a la alteración de la homeostasis. La alteración crónica lleva a la mala salud. En cada una de las historias de enfermedad recogidas en este libro, al menos uno de los aspectos de la competencia emocional de los enfermos se encontraba muy comprometida, por lo general de forma enteramente desconocida para la persona involucrada.

      »Necesitamos la competencia emocional para evolucionar si deseamos protegernos del estrés oculto que provoca riesgos para la salud, y es lo que tenemos que recobrar si queremos curarnos. Debemos fomentar la competencia emocional en nuestros hijos como la mejor medicina preventiva».

      Vaya rollo. Perdona, pero es que con lo que has dicho me has dado pie a incorporar estas reflexiones de una persona cualificada, que me parece que todos —no solo los que hemos contraído alguna enfermedad— habríamos de tener en cuenta.

      Otra vez gracias por tus aportaciones.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
      • Isa, gracias por compartir esta información tan interesante.
        Admiro y agradezco muchísimo la medicina convencional y el personal sanitario, me parece increíble lo que hemos conseguido como sociedad ahí.
        Sin embargo, el debate de esa otra parte de nuestro cuidado está muy emborronado y radicalizado, como casi todo ahora, y es necesario. Este mundo no nos cuida, más bien nos veo cada vez más alocados y con vidas más complicadas, exigentes y estresantes.
        También a veces veo algunos planteamientos con mucha prepotencia, muy pegados al miedo y al desconocimiento, que me asombran.
        Así que es un gusto ver como traes estas reflexiones tan sencillas y comprensibles para mí.
        Gracias,
        Mer

        Responder
  3. Sencillamente, un relato mágico, tierno y conmovedor, belleza en estado puro, a pesar de la oscuridad de la que proviene el cáncer.

    ¡Me encanta leerte, Isa!

    Un fuerte abrazo,

    Melissa

    Responder
    • Muchas gracias, Melissa :-). Cuanto más avanzo siento que más me cuesta avanzar, como si llevara una carga muy pesada que a nadie le apetece que le suelte encima. Así que este tipo de comentarios me animan mucho a seguir…

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  4. Gracias Isa por tu valentía y por tu vulnerabilidad al descubierto. Qué cada día que salgas a pasear penetren los rayos del sol con más profundidad y se desvanezcan todos los oscurecimientos durante el precioso camino de purificación que estás experimentando.

    Mucha luz y fuerza y un diluvio de bendiciones para tu corazón.
    Un abrazo en el Dharma,
    Anabel

    Responder
    • Hola, Anabel,

      Muchas gracias por tus dulces palabras :-). Te puedo decir que he hecho caso a la doctora (algunos días a regañadientes, he de reconocerlo), y ahora mi cuerpo ya me pide ese paseo que me permite desconectar de mi desconexión, es decir, conectarme a la fuente de origen siempre brillante del sol.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  5. Sirva este comentario (si es que sirve de algo) para mostrarte mi apoyo. Me conmueve tu sinceridad y lo bien que lo describes. Para las personas que hemos pasado por algo parecido (nunca es igual, claro), todo lo que cuentas nos retumba en la cabeza. No puedo estar más de acuerdo contigo: se trata de un viaje en solitario en el fondo, como lo son siempre los grandes viajes. Aunque las personas a las que queremos nunca sabrán lo que valoramos una palabra de cariño, una ternura sincera, un aquí estoy, una llamada a tiempo. Gracias por tu sinceridad. Eres una persona siempre en búsqueda, eso es muy importante. Un abrazo.

    Responder
    • Hola, Margarita,

      Claro que sirve tu comentario. Como bien dices, este es un viaje solitario, pero eso no quiere decir que eso no quiere decir que uno no agradezca inmensamente la compañía. La gran aventura de «ser humanos» la compartimos todos. Y en el fondo, muy en el fondo, en ese fondo que tanto nos cuesta ver, no hay soledad posible.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  6. ¡Ay, madre! Qué buena receta: media hora de paseo todos los días… Si quieres te busco un perro :-))))
    Es increíble como somos. En ti lo veo genial, si tengo que hablar de mí… pues ya sería otra cosa 😉
    Un beso muy grande,
    Mer

    Responder
    • Hola, Mer,

      No, gracias, estoy muy contenta con mis gatos ;-). Y también me he acostumbrado ya a los paseos, que espero seguir conservando hasta que me muera.

      Y a ti… pues no te va a quedar más remedio, querida ;-).

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  7. Me leo de un tirón, como siempre, Isa, el relato (una suerte de cuento infantil y de travesía del héroe) en tu diario. Y siento que hago también el viaje y me encuentro con hadas y brujas y puentes. La metáfora del puente me parece maravillosa, no solo para el proceso particular que nos compartes, sino como metáfora de la vida misma. En cierto sentido la vida es cruzar un puente tras otro, con todo y viento y vértigo y, a veces, emoción también. Y no solo como es arriba es abajo: como es afuera es adentro. Así que el camino se recorre allá en el exterior y acá en nuestro interior. Y tú tienes el don de hacer de un camino individual, un camino compartido, incluso si la soledad no deja de ser una acompañante fiel. Te sigo acompañando, pues, a la distancia. Y agradeciendo. Y deseándote que sigas andando, cada vez más ligera, en este camino que es la meta. Un abrazo de ultramar.

    Responder
    • Hola, Adela,

      Qué gracia, he estado escuchándote, este fin de semana, en el retiro en línea de tu maestro :-). Te iba a mandar algún mensajito, pero no me daba acceso al chat. Pero vamos, te he tenido muy presente, como podrás imaginar, agradeciéndote tu enorme implicación como traductora. ¡Qué maravilla! ¡Ah, y llevaba todo el rato los pendientes que me regalaste!

      Así que sí, ahí andamos juntas, acompañándonos.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  8. Isa, me ha enganchado desde la primera frase, me lo he leído como un cuento, y me ha dejado un regusto a final feliz. Muchas gracias por escribir tan bien y por compartir tu travesía. Un abrazo enorme

    Responder
    • Hola, Garbiñe,

      Qué bien, me alegro de que te haya parecido un final feliz :-D. No las tenía todas conmigo ;-).

      Muchas gracias por estar ahí, al otro lado.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
  9. Hola Isa. Cómo te comprendo en lo referente a cambiar y sostener esos pequeños o grandes hábitos y estados en la vida cotidiana, porque en lo referente a tu tránsito por el cáncer, sólo fantaseo con comprender lo que debe de ser.
    Me enternece y me admira ver cómo vuelcas en el “papel” tu ser.
    Te acompaño y me acompañas. Gracias
    Un abrazo sentido

    Responder
    • Hola, Isabel,

      Gracias a ti por leerme y por empatizar. A veces pienso que soy la única a la que le cuestan tanto esas pequeñas cosas, que todo el mundo tiene ya incorporados en su rutina los buenos hábitos. Pero veo que somos unos cuantos también los que estamos en ese camino. 😀

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder

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