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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XII

Con el Diario de lo diminuto quiero compartir contigo mi proceso personal con el cáncer de mama

Capítulo XII

Un rayo de sol, oh, oh, oh

Sábado, 27 de marzo de 2021

Después de desayunar, te pones música y te lanzas a escribir descarnadamente sobre tu proceso con el cáncer. No sabes muy bien de dónde surge este impulso, pero en ti la escritura no tiene mucho que ver con la razón ni con las decisiones conscientes. De hecho, si te parases a pensarlo un minuto, te morirías de la vergüenza. La escritura brota o no brota. Y cuando brota, lo hace desde una necesidad de expresión y de intercambio, de relacionarte contigo misma y con los demás. Es un camino de doble sentido, en que puedes investigar hacia dentro mientras sintonizas con el exterior. Quizá es tu manera de ser —¿o reivindicarte?— en el mundo.

No tienes ni idea de dónde te sale la metáfora de la bola de pinball, pero el caso es que te sirve de hilo conductor para este primer capítulo, como un tobogán por el que se van deslizando todos esos matices emocionales que la velocidad cotidiana y tu tendencia a la desconexión no te permiten ver. Cuando te quieres dar cuenta, estás completamente sumergida en escenas estrambóticas y recreando a personajes en los que ni siquiera tenías noción de haber reparado. Y todo, de algún modo, adquiere un sentido más allá de la mera sucesión de hechos.

Has de salir a la superficie al cabo de un rato, porque tienes hora en la peluquería. Lo llevas casi decidido, pero cuando llegas se lo consultas a Julia por si acaso.
Tengo cáncer y he de pasar por quimioterapia. ¿Qué me recomiendas?
Cuanto más corto, mejor —te lo dice rotunda, sin dudarlo ni un segundo.
—Pues adelante —dices, y te arrellanas con un suspiro en la butaca de cuero.

Mientras contemplas cómo cae en grandes mechones otoñales esa larga melena que te ha acompañado casi toda tu vida, te asalta la imagen de la última vez que estuviste aquí, hace solo un par de meses, con él, para que Julia le cortase las greñas, porque en su país las peluquerías llevaban muchos meses cerradas por el confinamiento. Le dejó guapísimo, y tú sonreías orgullosa en la silla de al lado, parloteando con Julia. Todo entonces era luminoso y feliz, en un mundo amoroso sin bultitos en que ir a la peluquería era un acto cotidiano y despreocupado. Recuerdas que —para fastidiarle— bromeaste sobre la posibilidad de cortarte la melena, solo para ver la mirada azulísima de «ni se te ocurra» que te lanzó a través del espejo. Le encantaban tus labios rojos y tu pelo largo, así que hoy, si fuese él quien estuviese sentado en la silla de al lado, no estaría nada contento ni orgulloso.

Sin embargo, él no está en la silla de al lado y tú te estás quitando un gran peso de encima: el de tener que «encantarles» a los demás. Le comentas a Julia que has decidido que, cuando llegue el momento, no vas a ponerte pañuelos ni pelucas. Necesitas verbalizarlo para coger fuerzas, ¿y con quién compartirlo mejor que con tu peluquera? Julia lo asume con la misma naturalidad con la que te dijo (cuando decidisteis entre las dos prescindir del tinte para dejarte las canas al aire) que ese look le iba muy bien a tu profesión. Pertenecer al mundo literario te da carta blanca, al parecer, para salirte de las convenciones, para lucir tus canas o incluso una bola de billar.

Cuando Julia termina, tus pies están enterrados en tu propio pelo y tu cráneo se perfila en el espejo con su silueta original, más pequeña que lo que cabía esperar. Pareces otra persona. Claro, es que eres otra persona. Julia palmea el aire, encantada:
—¡Qué bien te queda! ¡Estás guapísima!

no te ves guapísima, pero en estos momentos esa es la menor de tus preocupaciones. Después de pagar, Julia se despide de ti con mucha ceremonia, como si no estuviese muy segura de volver a verte con vida. O con pelo, que para una peluquera es casi lo mismo.

Domingo, 28 de marzo de 2021

Estás totalmente absorta en el primer capítulo de tu «diario de lo diminuto» —aunque todavía no sabes que optarás por ponerle ese nombre— cuando recibes el aviso de su respuesta a tu mensaje de despedida. El corazón te empieza a latir con fuerza con la esperanza de que todo haya sido un mal sueño o de que se haya dado cuenta de lo que se está perdiendo. Pero no. Su respuesta es fría y elusiva, aunque también aporta luz sobre cómo su niño interior se ha sentido controlado mientras la tuya se sentía desatendida, el suyo rabioso y la tuya aterrorizada, el suyo desconectado y la tuya abandonada. Solo que en su caso llegó hasta el extremo de dinamitar el vínculo y perder todo contacto con el amor y la compasión. Te sorprende que desee que os veáis por zoom para despediros mirándoos a los ojos. Te alegras de que quiera dar la cara, y le respondes que os podéis ver el próximo domingo.

Nada más contestarle empiezas a sentir la debilidad que te produce pensar en situarte bajo su mirada glacial, pero pueden más tus ganas de verlo y, sobre todo, tu sentido de la estética o de cómo han de terminar las grandes historias de amor con cáncer de por medio.

Te vuelves a sumergir en el primer capítulo de la tuya. A medida que avanzas, te das cuenta de hasta qué punto ese pequeño bultito hambriento de ti que anida en tu pecho ha puesto tu vida del revés. Y entonces es cuando te acuerdas de lo que te impresionó el relato que M. envió hace un par de semanas a Proyectos Colaborativos, en que a un neurocirujano desconectado le diagnostican un pequeño melanoma en la planta del pie, un minúsculo agujero negro por el que se le escapa la vida. Recuerdas que le sugeriste como título del relato una frase que decía el narrador protagonista: «Algo diminuto, pero que no puedo ignorar». Eso es exactamente lo que te pasa con tu bultito, menuda sincronía. Esa es la definición de cáncer. Un grupito de células microscópicas que se ven asediadas por la tormenta y se amotinan contra el capitán del barco, que permanece borracho en su cabina, sin atender a sus funciones.

Decides pedirle prestado el título a M., porque no te cabe en la cabeza que tu historia se pueda titular de otra manera salvo Algo diminuto, pero que no puedes ignorar.

Has publicado en el blog el primer capítulo de tu periplo y le has dado con un dedo tembloroso al botón de «enviar» la newsletter en la que anuncias la apertura del Diario de lo diminuto. Clic para tuitear

Martes, 30 de marzo de 2021

Hay cosas que son impensables hasta que las ejecutas. Y hoy te has atrevido —gracias a la energía verde y osada del viento— a hacer una de ellas. Has publicado en el blog el primer capítulo de tu periplo y le has dado con un dedo tembloroso al botón de «enviar» la newsletter en la que anuncias la apertura del Diario de lo diminuto. Has decidido saltar al ruedo, interactuar con quien desee leerte, que te dé el sol de pleno, igual que en tus paseos diarios. Estás muerta de miedo, pero ya está hecho. Son esfuerzos necesarios, porque —como dice la doctora B.— esta enfermedad tiene que ver con la oscuridad y —esto lo dices tú— con el silencio. Las mujeres que la padecen suelen permanecer escondidas en el sótano húmedo del anonimato. Así que, en lo que puedas, vas a contribuir al destape.

Sin embargo, hay otra parte de ti que cada vez que escribes un post para el blog en el que hablas de asuntos íntimos o personales, hace que te sientes una ególatra exhibicionista que se hurgase en el ombligo y ofreciera a los demás —confundiéndolas con pepitas de oro— las pelusas que se encuentra en él. Esto hace que sientas un nudo en el estómago y muchas ganas de esconderte en algún sitio donde nadie te pueda encontrar nunca, en la vida, jamás. Pero ya es demasiado tarde. No hay vuelta atrás. Te van a masacrar.

Decides que no vas a mirar los mensajes hasta mañana.

Te vas a dar tu paseo diario. Aún no has conseguido convertirlo en una rutina, y te cuesta un esfuerzo de voluntad mayúsculo salir, sin rumbo fijo, a que te dé el sol, como si fueses una margarita o un calcetín mojado. Cuando te quieres dar cuenta, has metido la quinta, como si te dirigieses a apagar un fuego. La ansiedad te come por dentro mientras te fuerzas a caminar lentamente, como una parada o una ociosa, sin que te quede otro remedio que convivir contigo misma, con esa persona a la que van a masacrar por mostrar su vulnerabilidad y sus vísceras, con esa torpe que no ha sabido dirigir su vida convenientemente, con esa ingenua que se ha visto abandonada y con cáncer, con esa ignorante que ni siquiera sabe cómo se pasea o se disfruta, sin más, del sol que nos da la vida.

Una brecha por la que entra el sol a raudales en tu nueva vivienda, mientras la margarita saca pecho y extiende alegremente sus pétalos blancos en el espacio caldeado de tu consciencia. Clic para tuitear

Miércoles, 31 de marzo de 2021

Cuando abres el ordenador, tienes un montón de comentarios de lectores del blog, que vas leyendo con la precaución de quien abre un paquete dentro del cual no sabe si habrá un pastel o una bomba.

Lo que lees te abruma tanto que no puedes parar de llorar. El sentirte querida y arropada hace que aflore en forma de lágrimas un enorme géiser de tristeza, todo ese dolor que permanecía en el subsuelo, aguardando el momento para liberarse.

Hay muchos mensajes en que, de un modo u otro, se menciona —incomprensiblemente para ti— tu valentía: «Gracias por nombrar con valentía “la palabra de cinco letras”», «Esa maldita bolita te ha llegado para hacerte más grande todavía», «Sé que tu valentía y tu sabiduría seguirán creciendo con todo esto», «Has sido muy valiente al compartirlo, eso demuestra la mucha fuerza que tienes y que te ayudará a salir adelante», «Muy valiente tu propuesta. Te deseo lo mejor. Lo difundiré», «Qué grande, Isita, y que pequeño el bultito», «Eres muy fuerte y valiente y saldrás adelante», «Así se planta cara a las adversidades», «Se necesita gente como tú circulando por las redes», «Mujeres valientes, honestas y creadoras como tu son muy valiosas». Al leerlos, te das cuenta de que tu desagradable sensación de vulnerabilidad al exponerte puede ser percibida por otros como valentía. Y verte reflejada en ese espejo, además de hacerte llorar de gratitud, te da fuerzas.

También has recibido mensajes de personas que están pasando o han pasado por circunstancias similares a las tuyas y se animan a compartirlo contigo y con los lectores: «El día 11 de diciembre me hicieron la mastectomía y el 14 de enero me volvieron a intervenir para quitarme la cadena de ganglios, ya que de los dos que me quitaron en diciembre uno de ellos tenía células malas. Ahora estoy luchando con la quimio y no lo llevo demasiado mal», «Yo estoy pasando por lo mismo en este momento y, aunque no es fácil, ya verás que se puede con ello y que también te hará regalos por el camino», «Yo también pasé por lo mismo. Recuerdo que fue un momento duro (para qué negarlo). Un momento de gran introspección. Encontrar una mano que auxilie dentro de la medicina es fundamental». Estos mensajes te hacen sentir acompañada y acogida en este nuevo lugar que te toca habitar, tan desangelado hasta ahora.

Recibes, asimismo, un torrente de palabras de ánimo y buenos deseos: «Un cargamento de paciencia y una tonelada de energía», «Encajarás también esta pieza», «Desearte a ti y a los que te aman la mejor actitud posible, el mejor camino para recorrer esta enfermedad, que nunca te falte una mano amiga ni un hombro donde llorar, que en tus ojos brille la esperanza de la superación, que el amor sea tu compañía más fiel», «Espero que abrirte a lo que no se puede ignorar, te haga llegar esas cosas que a veces no tenemos espacio para procesar: el cariño, la valoración, el acompañamiento, la admiración, la confianza, el estar…». Y notas que ese es justo tu mayor punto débil, tu dificultad para procesar —y propiciar— lo bueno de la vida, todo eso que los demás te ofrecen y tú solo parcialmente puedes asimilar, porque estás demasiado absorta buscando lo que te falta.

Recibes, por último, muchos mensajes de agradecimiento y apreciación: «Gracias por compartirlo con nosotros, y dejar un testimonio del recorrido dentro del laberinto en el que, de pronto, saliendo de la ducha, te encuentras», «Tú das alas para volar a todos, por lo que nada será perenne», «Gracias, Isa, por compartir tus emociones del comienzo del proceso que te llevará a sanar no solo el cáncer sino también heridas profundas y el miedo», «Leo tus escritos y te siento como si estuvieras aquí mismo, no solo compartiendo espacio, también la emoción», «Fortaleza, honestidad, valentía, vulnerabilidad, conciencia, de todo eso ya tienes tanto que te ha acompañado (y nos ha acompañado) hasta aquí», «Tienes muchos recursos y a muchas personas que te tenemos en gran estima. Confía y apóyate, no harás más que recoger algo de lo mucho que has sembrado con tu inmensa generosidad», «Somos muchas las que te leemos/admiramos/apoyamos», «Isa, me encanta el manejo que tienes de la seriedad y del humor. La transparencia con la que te muestras y la fuerza que genera la sencillez con la que escribes», «Cómo transmites todas estas emociones que estás viviendo. Solo puedo agradecerte que lo compartas y nos lleves a tu experiencia a través de la escritura», «Ahí estoy con la lagrimita en el ojo, y de repente, soltando la carcajada. Estoy deseando leer el segundo capítulo», «Al leer tu periplo, sentir tus miedos, el vértigo frente a la incertidumbre, tú impotencia y rabia, me he sentido comprendida. Me ha dado mucha fuerza leerte para afrontar con más aceptación mi propio proceso». «Aunque no nos conocemos personalmente, es bastante lo que sé de ti para saber que eres una gran persona. Te dejo mis palabras como muestra de mi apoyo en lo que haces y espero que todo marche lo mejor que puedas desear. Mucha fuerza, ánimo y esperanza. Que la luz te acompañe siempre en tu camino». Leer todas estas devoluciones hace que te reconcilies con tu decisión de escribir y publicar tu historia que, quizá, va más allá de sacarte pelusas del ombligo y puede conectarte a un nivel profundo con los demás, a través de emociones y vivencias que son universales.

La guinda la pone tu querido J., con el que terminas de devorarte el pastel que te han regalado:

[…] Al darme cuenta de que hablas de ti, lloro. Estoy en la terraza, los pájaros parecen callarse repentinamente, me siento en la primera silla que encuentro. Lloro como no lo había hecho desde aquellas tardes de pandemia en las que salíamos a aplaudir aquí mismo con un sentimiento de solidaridad, buscando humanos para sentir que pertenecíamos a la raza humana y con la convicción de que aquellos aplausos nos unían a todos de alguna manera. Como si una corriente de amor universal cruzase todas nuestras ventanas y nuestros corazones. Siento una gratitud que es más grande que yo, un corazón en el pecho que ya no cabe cuando pienso en ti, en todo lo que he podido avanzar gracias a tu trabajo generoso y entregado, a tu forma amorosa y paciente de enseñar. Miro los brotes primaverales de las moreras del jardín entre la neblina de mis ojos llorosos y pienso que enseñas como quien riega la maceta de un brote desconocido, esperando con intriga ver la planta que un día saldrá y tal vez dará flor. […]

Lees todo esto, y una herida muy profunda se va sanando en tu interior a través de la conexión con los demás, de quienes han tenido la paciencia de leerte y la generosidad de lanzarte un mensaje de empatía, ánimo y esperanza. Una brecha parece haberse abierto en el muro antes infranqueable de tu aislamiento. Una brecha por la que entra el sol a raudales en tu nueva vivienda, mientras la margarita saca pecho y extiende alegremente sus pétalos blancos en el espacio caldeado de tu consciencia.

Viernes, 2 de abril de 2021

Has decidido que no quieres verlo ni someterte a su mirada fría y ausente, desconectada del amor. Ya has tenido suficientes miradas de esas en tu familia y en tus relaciones anteriores. Eso se acabó. Necesitas todo tu calor y tu fuerza para hacer frente a tu enfermedad, y sientes que un encuentro con él te los arrebataría. Otra vez —han sido tantas en tu vida— te toca protegerte de la persona amada. Con todo el dolor de tu corazón y de tu sentido de la estética narrativa, le envías un mensaje contándole lo que te ocurre y despidiéndote definitivamente.

Convivir contigo misma no se te hace tan insoportable cuando te das permiso para sentir lo que sientes y actuar en consecuencia, Clic para tuitear

Lunes, 5 de abril de 2021

Te responde contrariado por no poder saborear su caramelito (ese último encuentro contigo para despedirse por enésima vez) y lamentándose por no haber sido capaz de ser él mismo en su relación contigo. Te dice lo maravillosa que eres y lo difícil que le resulta imaginar su vida sin ti. Su mensaje desprende tristeza, frustración y una lejanía que se te clava en el centro del corazón. A la vez, sientes un profundo alivio. Ya está. Se acabó. Estás a salvo. Nadie más te va a clavar un puñal, porque no vas a permitir que nadie más lo haga.

Sales a pasear y, por primera vez, no sientes que haya ningún fuego que apagar. Cada paso sobre el asfalto caliente y primaveral tiene su peso específico, su razón de ser. Convivir contigo misma no se te hace tan insoportable cuando te das permiso para sentir lo que sientes y actuar en consecuencia, aunque eso no coincida en absoluto con tus ideales, con tus expectativas, con tus creencias, y ni siquiera con tus deseos.

Permites que la tristeza se expanda desde tu corazón y empiece a irradiar más allá de tu cuerpo, entrelazándose sus rayos con los del sol y propiciando una ingravidez que te hace sentir que puedes volar, liberada del peso del deber y de la culpa.

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16 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XII»

  1. Querida Isa:
    Me he puesto a leer el post con el corazón ligero, quizás por el título o quizás porque tengo la suerte de conocerte y de verte aunque sea a través de las malditas/benditas pantallas. Me has conmovido. Y he comprendido que esa sinceridad con la que te abres mostrando tu vulnerabilidad es de donde nace esa fuerza que todos te adjudicaban al principio de tu proceso tremendo. Esa capacidad conectar con tus emociones y sentimientos y mostrarlos es como un rayo de sol que nos impulsa a los demás a conectar con los nuestros, a no darles la espalda y a no silenciarlos.
    Gracias Isa
    Un abrazo enorme

    Responder
    • Muchas gracias, querida Sole, me emocionan tus palabras, y te agradezco tanto tu compañía en el camino…

      Un abrazo soleado,

      Isa

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  2. Querida Isa: siento muchísima emoción al leerte. Y , sí, me pareces muy valiente y muy generosa. Me gustaría darte un gran abrazo
    y seguro que nos veremos y podré dártelo.
    Ah y me pareces guapísima con el pelo corto
    ( te vi en el vídeo) , estrenas pelo y muchas cosas.
    Besazo.

    Responder
    • Gracias, Emma. Siento que me has acompañado desde el principio, siempre atenta y a la escucha. Siento que hemos pasado por malas experiencias similares de las que dejan herida. Y que gracias a la escritura hemos ido limpiando las capas de pus, y ahora están en carne viva, temblorosas y abiertas como flores al sol. Duelen, pero también nos conectan con la vida, y nos conectan la una con la otra.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  3. Valiente y tenaz, además de generosa, no sé de dónde sacas tiempo para tanto, tiempo que regalas a todos en cada línea de tu blog, en las reuniones online, en tus comentarios o en la preparación de nuevos cursos. Gracias por ello. Eres grande, te dice alguien en su comentario, y te nombra “Isita”. Sin saber muy bien por qué me invade un sentimiento de ternura.

    Responder
    • Gracias, José María, yo también siento mucha ternura al leerte. Y tampoco sé cómo saco tiempo para todo. No tengo la más remota idea, te lo digo en serio. Supongo que lo saco como sea para las cosas que me importan. Ahora también para salir a pasear todos los días ;-).

      Un abrazo cálido,

      Isa

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  4. Me quedo pensando que esa enfermedad tiene que ver con la oscuridad, cuántas cosas que nos pasan tienen que ver con la oscuridad. A veces está bien protegernos en la sombra. Pero ese lugar protegido debe ser húmedo, frío y no nos sienta bien. Es algo como vivir siempre en pandemia aunque esta no exista.
    Para mí es un gusto verte subir la intensidad de la luz, pase lo que pase. Y encima lo que pasa es bueno. Y cada vez, estar en la luz, es más emocionante.
    Sole lo dice muy bien, nos impulsas a todos, como si fueras la punta de una bandada de aves. Y es un gusto volar contigo.
    Un fuerte abrazo,
    Mer

    Responder
    • Jo, no sé si hoy estoy emotiva o todos los comentarios que me habéis dejado son la hostia de conmovedores. Aunque menudo vértigo esa imagen que has puesto de la bandada de aves… Con lo cegata que estoy, a ver si vamos a acabar todas estampadas contra un rascacielos ;-). Menos mal que somos muchos ojos y muchas conciencias abiertas de par en par para desviar el vuelo cuando sea necesario.

      Gracias por confiar.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
      • Lo sentí cuando salió, dije, menudo peso. Pero no lo quise cambiar. Un buen vuelo y una buena bandada de compañeros tienen sus cosas. Sentí que ese peso que llevabas también era un poquito mío. O al menos estaba dispuesta a ayudarte en lo que pudiera, para llegar a las tierras a las que hubiera que llegar. Y decidí disfrutar del paisaje y dejar el peso para los que no vuelan 😉

        Responder
  5. Querida Isa, no sé cuánto tiempo te llevará, pero compartiendo mi propia experiencia del proceso de curación de una enfermedad grave, el camino de la recuperación de la salud total, ya ha comenzado. Eres sabia y luminosa, y te mereces que sea cuanto antes. Y así será. Todo mi amor,

    Responder
    • Muchas gracias, Loreto, tú también eres sabia y luminosa. Una noche soñé contigo, y desprendías ternura por todos los poros. Cuando me desperté, me di cuenta de que eras (no en el sueño, en la realidad) un osito de peluche disfrazado de erizo. Y me relajé.

      Un abrazo inmenso,

      Isa

      Responder
  6. Querida Isa:
    Había oído rumores de lo que te pasaba, una amiga común me lo confirmó hace un tiempo indefinido. Llevamos meses perdidas en un tiempo inconstante y retador que nos impide contar. Hoy han llegado a mis ojos, gastados de tanto llorar, envejecidos de una soledad elegida, tus escritos emocionales, verdaderos, vulnerables como son los escritores de las mujeres libres, libres de ignorarse a si mismas y a sus traumas. Intuyo que todo te va a ir bien y como decía el sabio tibetano Jigme Lingpa, todas las dificultades son retos para progresar en el camino. Se que lo conseguirás porque es propio de corazones intrépidos como el tuyo. Espero que nos encontremos en algún momento por ahí, en cualquier rincón donde broten libros o historias que contar, entonces te daré un abrazo fuerte y sentido, o suave y respetuoso que parezca invisible. Lo sutil tambien es sanador, como lo rs la energia azul de Sanye Mengla. ¿Sabes que Hoy casualmente es su dia? Bueno , ya sabes, nada es casual y hoy Buda de la Medicina le pido que el amo, la amistad y la creatividad te mantengan fuerte y amable.

    Responder
    • Hola, Ángeles,

      Muchas gracias por tu surtidor de palabras amables y auspiciosas. Lo cierto es que todo ha ido muy bien y me considero ya sanada del cáncer y casi-casi de las causas profundas del cáncer… Pero eso irá en otros capítulos de esta historia que, en algún momento, tendrá su punto final.

      Espero que tú sigas escribiendo, o que al menos sigas viviendo con esa intensidad y pasión que te caracterizan.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  7. Jo Isa. Muchas gracias por compartir todo tu proceso. Para mi no hay mayor valentia que aceptarse vulnerable y débil, bucear en lo mas profundo de una misma palpando lo q es y mostrarlo a quien quiera verlo, en una especie de catarsis individual y colectiva. A mi me interpela, me ayuda y me devuelve la confianza en las personas. Tu modo de enfrentar la vida me muestra un poco el camino. Hay q ser valiente, y consciente, con s, y luminisa, muy luminisa, asi como veo e intuyo q eres…
    Un placer caminar contigo. No sabes cuanto me alegra q la Vida, con mayúsculas, haya hecho q me cruce contigo. Muchas gracias…y ya dejo de ponerme cuasi dramática, q a veces me embalo
    Un beso

    Responder
    • No te pones dramática, Inés, es muy bonito lo que me dices, y es bonita esta reciprocidad y este intercambio, en el que todos ponemos nuestro granito de arena para hacer más habitable el mundo. Así que muchas gracias por tu contribución.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder

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