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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XIII

pasillos de hospital

Con el Diario de lo diminuto quiero compartir contigo mi proceso personal con el cáncer de mama

Capítulo XIII

Me parece supercruel

Martes, 6 de abril de 2021

Hoy tienes la segunda cita con tu cirujana, en la que te dará los resultados de la resonancia y, supones, día para la operación. Esta combinación de cáncer y duelo está haciendo que la austera sala de espera de la planta de Cirugía General del Hospital de la Cruz Roja se convierta en un lugar alambicado lleno de recuerdos, matices y presencias intangibles. La última vez que estuviste aquí tenías el corazón en carne viva, como desgarrado por la zarpa de un oso, pero aún guardabas la esperanza de que todo se solucionara. Hoy estás envuelta en la bruma gris de una tristeza y una desesperanza inabarcables. También estás cansada, muy cansada. Cansada de ir saltando de una sala de espera a otra sin que nadie pueda decirte, por más que esperes, en qué casilla te tocará caer finalmente en este macabro juego de la oca.

Los dados han rodado y sale tu número en la pantalla. Siempre acaba saliendo tu número, y es como una exigua victoria, porque lo que te gustaría en realidad es retirarte del juego. Caminas con paso rápido por el pasillo hasta la consulta 7, la de tu cirujana, que te recibe algo despeinada y vestida con su bata naranja arremangada, como si fuera una repartidora de bombonas de butano. Igual que la otra vez, te mira fijamente a los ojos nada más entrar, y eso te desconcierta y hace que te entren ganas de tumbarte a sus pies, como un chihuahua que reconoce la autoridad del pitbull que tiene delante.

Pero por muy fijamente que te mire, se nota que no te ha reconocido con el pelo corto, así que tienes que recordarle que vienes a por los resultados de la resonancia y a que te dé día para la operación.
—Me dijiste que hoy veríais mi caso en el comité —le recalcas.

Mercedes se enfrasca en el ordenador un buen rato, buscando y rebuscando unos resultados que, cada vez te parece más evidente, no están. Llama por teléfono y habla un buen rato con alguien del Hospital de La Paz, espetándole que esos resultados deberían haberle llegado, que la prueba se hizo hace ya más de diez días y que los quiere cuanto antes, ya, esto no puede ser, es absolutamente inadmisible. Compadeces al pobrecito o pobrecita que esté al otro lado, porque le está cayendo una buena. Agradeces estar del lado de acá, de los protegidos por la bestia o, al menos, de los que todavía no han hecho nada para despertarla.

Te das cuenta de que la agenda de un cirujano es una auténtica escabechina, y te entra un poco de susto Clic para tuitear

Cuando cuelga se vuelve hacia ti y se queja un rato de la ineficacia de «algunos», se disculpa y te dice que hasta el martes siguiente (que se supone que ya tendrá los resultados de la resonancia) no pueden ver mi caso en el comité ni, por tanto, programar la operación.
—Yo agradecería saber la fecha cuanto antes, la verdad —le dices.
—Pues es que fijo-fijo no te lo voy a poder decir hasta que vea la resonancia y hable con el equipo. Tienes que ser paciente.
—Ya, lo entiendo —le dices bajito, con las orejas gachas y tu mejor sonrisa de chihuahua—. Es que verás, soy autónoma y con cuanta más antelación pueda programar las cosas, mejor.
—Tú lo que deberías estar haciendo es estar tranquila, y no trabajando —te regaña y, como una madre que enseguida se arrepiente de su mal temperamento, añade—: mira, voy a ver si podemos ir encontrando el hueco para la operación.

Cogiendo un pequeño calendario que hay sobre el escritorio, llama por teléfono a la que debe de ser la secretaria de Cirugía. Se tiran un buen rato escogiendo y desechando fechas, mientras va señalando con el índice en el calendario aquí y allá, como si estuviese jugando a los barquitos, agua, tocado, hundido. El día que puede ella no está Ángela, el día que está Ángela ella tiene guardia, el día que propone le dicen que hay una mastectomía con muy mala pinta que se puede alargar, o una delicada operación de intestino que a saber… Mientras la escuchas, te das cuenta de que la agenda de un cirujano es una auténtica escabechina, y te entra un poco de susto.

Cuando cuelga, Mercedes entrecruza las manos en el escritorio, mirándote, y te dice, con firmeza:
—Tengo que hablar con Ángela para ver cuándo podemos coincidir. En todo caso, no podemos concretar el día hasta que esté lo de la resonancia y me reúna con el comité —y, dulcificando un poco la voz—: pero no te preocupes, voy a estar pendiente de esto y te avisaré cuanto antes. Además, te voy a dar el teléfono de Charo, la secretaria, para que la llames si te impacientas.

Sientes un profundo alivio y te das cuenta de que lo que realmente te preocupaba era que se olvidarán de ti y de tu bultito. Mercedes lo ha percibido con su instinto de mamá pitbull, y te ha dicho justo lo que necesitabas oír.

Animada por su deferencia, le preguntas detalles de cómo será la operación. Te dice que solo estarás un día en el hospital, que ingresarás por la mañana y, si todo va bien, a la mañana siguiente saldrás.
—¿Puedo venir acompañada? —le preguntas.
—Sí, claro —te dice—. Pero los acompañantes no pueden entrar.

Te quedas algo noqueada, entendiendo que estarás sola el tiempo que pases en el hospital. Mercedes sigue contándote detalles. Te dice que el día antes de la operación tendrás que ir a que te inyecten unos isótopos radiactivos que la ayudarán a ella a encontrar el ganglio centinela y extirparlo. Te dice que depende de si el ganglio da positivo o negativo te extirparán todos los ganglios o no. Te dice que depende de que la piel de alrededor del bulto esté más o menos afectada, tendrán que extraer más o menos tejido, aunque ella espera que puedan conservar el pezón. Tú das un respingo y tomas conciencia de golpe de que en breve entrarás en ese hospital sin tener la más remota idea de cómo saldrás (con ganglios o sin ganglios, con más tejido o menos tejido, con pezón o sin pezón, con pecho o sin pecho). Y que, cuando te enteres de qué ha sido de esa importante porción de tu persona, no tendrás a ningún ser querido a tu lado para que te acompañe, sino que estarás completamente sola.

No tienes ni idea de lo que hemos pasado aquí. ¿Supercruel? Lo que hay que oír. Tenías que haber pasado por lo que nosotros hemos pasado hace un año. Clic para tuitear

Se te humedecen los ojos sin querer, y Mercedes debe de notarlo, porque te pregunta:
—¿Hay algo que te preocupe?
—El que no pueda estar nadie a mi lado cuando me despierte de la anestesia.
—Ya, pero no puede ser. Son las normas, por el Covid.

Y entonces se te escapa:
—Jo, pues me parece supercruel.

No sabes por qué te ha salido esa expresión de niña pequeña, con esa palabra que nunca antes habías pronunciado, «supercruel». Qué estupidez. Pero es lo que le ha salido a la niña atemorizada que llevas dentro y que está cogiendo tanta fuerza en los últimos meses. Te das cuenta demasiado tarde del desatino, cuando ves la cara de Mercedes transformarse en la del increíble Hulk.
—¿¡Supercruel!? —te espeta, detrás de la mascarilla, que de pronto se te asemeja a un bozal—. No tienes ni idea de lo que hemos pasado aquí. ¿Supercruel? Lo que hay que oír. Tenías que haber pasado por lo que nosotros hemos pasado hace un año. No te lo puedes ni imaginar, porque es de película de terror. Supercruel, dice.

Te sientes la persona más egoísta de este planeta pandémico, con tu pequeño bultito y tus grandes miedos, y le pides disculpas como puedes por tu torpeza.
—Lo siento de verdad —le dices—. Entiendo que no es comparable. Solo que me preguntaste si me preocupaba algo, y te dije eso, sin pensar.

Ella va calmando su indignación y se queda apagada, como triste, vencida en su silla. Notas que le has tocado una herida todavía en carne viva, y de verdad te imaginas lo mal que lo ha tenido que pasar esa madre Coraje —que parece sentirse responsable de que el mundo siga girando— durante los peores tiempos de pandemia en esa misma consulta, en ese viejo hospital de la Cruz Roja que empiezas a sentir, de alguna manera, como tu segundo hogar. Quizá no el mejor hogar del mundo, pero un hogar, al fin y al cabo. El que te ha tocado al tirar los dados.

Mercedes se sacude la tristeza (recuerdas la frase que te soltó en el ascensor en tu anterior visita: «Nada de emociones») y vuelve a asumir su rol de mamá pitbull:
—Solo será un día; hay personas que tienen que estar semanas así, porque no podemos dejar entrar a ningún acompañante. —Y añade, como ofreciéndote un armisticio—: en todo caso, aquí estarás muy bien atendida.

No habrán pasado más de diez minutos desde que entraste en esa consulta, pero te parece que hubiera transcurrido un año y varias batallas. Estás exhausta. Las dos lo estáis. Mercedes te alarga un papel con la próxima cita, donde te ha apuntado también el teléfono de Charo, la secretaria de Cirugía, para que te quedes tranquila.

Te despides de ella dándole las gracias, con una sensación de intimidad y una tristeza en el pecho que ya no sabes si es la tuya, la de tu niña interior, la de Mercedes o la de la humanidad entera, embarcada en esta dura tarea de sobrevivir sin que os matéis unos a otros.

Mientras regresas a casa con pasos lentos, te das cuenta de que está a punto de abrirse un nuevo e intrigante capítulo en esta historia que estás escribiendo —o que está escribiéndote a ti—: el de la operación. Y de que no tienes la más remota idea de cómo terminará.

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18 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XIII»

  1. Mi linda Isabel, entiendo lo que sientes, hay que estar en tu piel para comprender lo que este momento significa para ti, todo lo que se mueve en tu interior y lo que elabora tu mente. Solo puedo decirte que te aferres a la idea de que todo va a salir bien, que no estás sola en esta batalla y que aunque no parezca la vida en este momento te está dando un regalo, que parece envuelto en caca, pero es un regalo hermoso que el tiempo te develará. Te acompañamos con el corazón!

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    • Hola, Nora,

      Muchas gracias por tus palabras… Esto que cuento ocurrió en abril, pero yo lo he escrito en octubre, así que ese momento ya pasó, y también pasó la operación, y ahora ya estoy bien y recuperada :-). En todo caso, me alegro de que funcione tan bien la intriga narrativa ;-). Gracias, de todas formas, por tu empatía.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  2. Gracias una vez más, Isa, por compartir todos esos momentos tan difíciles, en los que el miedo tu pequeña niña interior te hace decir lo que tú nunca dirías. Ánimo. Estamos contigo.

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    • Hola, José, María,

      Bueno, «yo» también soy mi niña interior. Forma parte de mí, así que me toca cuidarla, perdonarla, comprender su miedo, e incluso dejar que se exprese cuando lo necesita y no puede más.

      Gracias por estar ahí :-).

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  3. Hoy mi niña lloró con la tuya, Isa. Pensó que le hubiera gustado poder abrazarse contigo. Pensó también que la vida sí es supercruel muchas más veces de las que nos gustaría y que no hay, en realidad, crueldades grandes y chicas, sino que la propia experiencia es la única de la que podemos hablar y es tan válida como la de cualquier otra persona. Creo que aquí la adulta ya se metió en la conversación también… Las dos te mandamos abrazos enormes. Que en lo que te falta de este camino tengas siempre la compañía y el cariño que te mereces, como se lo merece todo el mundo.

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    • Gracias, Adela, qué palabras tan bonitas y reconfortantes. He sentido claramente a nuestras niñas abrazándose, mientras nuestras adultas lo hacían también (una bella escena para dibujarla ;-)).

      Te mando ese doble abrazo que se hace cuádruple al ser devuelto.

      Isa

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  4. Gran testimonio. Consigues llevarnos de la mano sin que nos demos cuenta. Yo he retrocedido casi diez años a ese mismo día. Recuerdo que era agosto, pero yo tenía un frío helador en esa consulta. Luego todo pasó, pero deja surco. Te admiro por tu valentía de contar y por lo bien que escribes. Un abrazo y mi apoyo.

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    • Muchas gracias, Margarita, vuestros comentarios me animan a seguir. Me alegro de que la constatación de la experiencia (tan dura) sirva de liberación y deleite, para mí y para otros.

      Un fuerte abrazo cálido a tu niña, que se quedó helada también en aquella consulta,

      Isa

      Responder
    • Muchas gracias, Marta :-). Ya pasó el miedo, pero si necesito escribir sobre esto es que algo de ese frío se quedó en mí, y ahora lo disuelvo al escribir, y al compartir con vosotros la experiencia.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  5. Esta entrada es, como todas las del diario, conmovedora. Ahora bien, que la cirujana pasase una situación muy estresante el año pasado con el Covid no implica que tuviese que contestarte como lo hizo; al fin y al cabo, hablamos de operar un cáncer, no de ir a un spa. Quizás sea ella la que necesite un trabajo interno más que tú en empatía.

    Sentir lo que sentiste aquel momento es humano y espontáneo. Ánimo en lo que quede de proceso.

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    • Hola, Xabier,

      Me encanta tu férreo sentido de la moralidad, y te agradezco tu empatía al ponerte en mi lugar. Tu visión y tu forma de decirlo me ayuda a ver que no tengo por qué sentirme culpable de lo que pasó porque, como tú dices, la situación no era para menos…

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  6. Te mando un abrazo enorme, Isabel. Un abrazo que sea capaz de envolverte siempre que lo necesites; que te haga llegar un inmenso amor, fuerza, energía positiva y mucha calidez. Un abrazo que supla un poquito todos los que, durante el tiempo que estés sola, no puedas recibir y te calme la ansiedad, el miedo o el dolor que puedas sentir. Será por muy poquito tiempo que necesites cubrirte con ese abrazo que hoy te mando, que te mandamos todos los que desde aquí te apoyamos, porque después ya no estarás sola, te lo prometo. Solo piensa que el tiempo en soledad es bueno, porque estás con la persona más importante en tu vida, contigo misma (pero eso tú ya lo sabes), y puedes aprovecharlo para visualizarte sana, llena de vitalidad y gracia, como estoy segura que volverás a estar en breve.
    Te mando ese abrazo (…………………………………………………..)

    Responder
    • Muchas gracias, Estella, qué bonito… 🙂 Como decía más arriba, la operación ya pasó (escribí esto en octubre, y la operación fue a finales de abril) pero, en todo caso, me encanta que te identifiques tanto con lo que he escrito. Es la magia de la escritura.

      Así que recojo ese abrazo y me nutro de él. Y te mando otro enorme para ti,

      Isa

      Responder
  7. Querida Isa, gracias por esta nueva entrada de tu «Diario de lo diminuto» Siempre tan conmovedor. De alguna manera todos somos esa niña asutada que tú sabes tan bien mostrar. Ahora, además, después de verte tan bien, lo disfruto más. Un abrazo grande.

    Responder
    • Gracias, Emma :-). Sí, bueno, ahora tendrá menos intriga, pero a cambio ya sabes que la protagonista no muere al final del folletín ;-D.

      Un fuerte abrazo agradecido por tu fidelidad lectora,

      Isa

      Responder
  8. Cuanta ternura despierta esa niña asustada que tan bien nos haces ver. Sumo mi abrazo a todos los que por aquí tienes por recoger.

    Responder
    • Muchas gracias, Àngels. La niña está muy necesitada de cariño, así que agradece tantísimo todos estos abrazos… Esa es la forma de que vaya creciendo, robusta, y se vaya fundiendo con la adulta.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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