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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XIX

a través de la ventana

Capítulo XIX

El planeta hospitalario

Miércoles, 28 de abril de 2021

(Continuación)

Estás en un lugar oscuro, pero sumamente agradable y mullido. A lo lejos, escuchas unas voces. No distingues lo que dicen, aunque tampoco te importa mucho. Te arrebujas en tu oscuridad acolchada, como si te girases hacia el otro lado en la cama inmensa del universo. Las voces se hacen más fuertes e insistentes. Qué pesadas. ¿Acaso no tienes derecho a descansar, por fin? No quieres saber nada de nadie, no hay nada realmente importante fuera de este espacio de relajación. Pero las voces suben de volumen y tu instinto te lleva a tratar de distinguir lo que dicen. Hay un momento de lucha, en que una parte de ti —rebelde— no quiere escuchar, y otra —obediente— se siente obligada a atender a lo que esas voces quieren decirte.

La parte obediente vence, y al prestar atención distingues claramente cómo te llaman por tu nombre: «¡Isabel! ¡Isabel!». Hay otro momento de lucha: no te da la gana hacer caso, no quieres volver. Pero algo más fuerte que tú te impulsa hacia esas voces, una irresistible noción de que aún tienes asuntos que resolver en ese lugar desde el que te reclaman.

Todo es ordenado, aséptico, sobrio, simple. La vida entera debería ser así, sin tantas complicaciones. Clic para tuitear

Así que abres los ojos, y te encuentras con varios pares de pupilas que te observan por encima de las mascarillas y por debajo de los gorros de quirófano, y que parecen alegrarse de verte despierta. Las voces profieren ahora palabras tranquilizadoras. ¿Realmente estas personas gritaban tu nombre hace un momento?

Desembarcas en tu cuerpo con una arcada que te sube desde el estómago, convirtiéndose en vómito. Entonces te das cuenta de que te encuentras en la sala de reanimación, rodeada de enfermeras. Te limpian el vómito mientras siguen diciéndote palabras cariñosas y tranquilizadoras cuyo significado no logras entender, aunque sí el subtexto: todo ha ido bien, no hay nada que temer. Estás en el mismo mundo de siempre, y todavía no ha llegado la hora de irte al otro barrio, en el que, por cierto, parecía no estarse tan mal.

Sigues entre algodones cuando te suben a la habitación. Sientes un profundo alivio porque todo ha acabado, porque ya es demasiado tarde para que nadie te eche la bronca. No hay dolor. No hay obligaciones. Solo hay reposo. Te pasas mucho tiempo en un suave adormecimiento. Agradeces la soledad. No querrías tener que hablar con nadie en estos momentos. Después de la tensión a la que has estado sometida en los últimos días, eres feliz aquí, simplemente tumbada, la parte superior levemente alzada, mirando el cuadrilátero del cielo a través de la ventana, como si el mundo fuese un cuadro colgado en la pared, estático y a la vez en leve movimiento. Las nubes van cambiando de forma, la luz va suavizándose o intensificándose, azuleando o anaranjándose. Cada cierto tiempo viene una enfermera a mirar la botella de suero y, supones, la de analgésico. O el enfermero simpático a preguntarte si quieres orinar.

Todo es ordenado, aséptico, sobrio, simple. La vida entera debería ser así, sin tantas complicaciones. Si antes de salir de la anestesia estabas en el útero de la gloria, ahora te encuentras en el túnel intermedio, antes de ser expulsada a la histeria del mundo.

Desde que naciste has sentido la obligación de justificar tu existencia a través del hacer. Ser nunca ha sido suficiente. Clic para tuitear

En algún momento tienes fuerzas para coger el móvil y mandarle un whatsapp a Germán (a quien has dejado encargado que informe a tus amigos y conocidos) diciéndole que estás bien. Te contesta que ya le ha llamado tu cirujana para decírselo. Te dice que descanses y que no te preocupes por nada, que se está ocupando de responder a todo el mundo. Te manda una carita de sorpresa por la cantidad de gente que —según dice— le está preguntando por ti. Sonríes y aparcas el móvil. Te marea fijar la vista en cualquier sitio. Te permites esa inacción que se te da tan mal en la vida. Desde que naciste has sentido la obligación de justificar tu existencia a través del hacer. Ser nunca ha sido suficiente. A lo mejor ha llegado el momento de cambiar el paradigma. Te permites cerrar los ojos y volver a dormirte.

Te despierta la puerta que se abre para dar paso a Mercedes, tu cirujana. Se te acelera el corazón. Te sonríe. Le sonríes débilmente. No te regaña, sino que te dice que todo ha salido muy bien, que el ganglio centinela dio negativo, así que no te tuvieron que extirpar el resto. Que solo sacaron el tumor y un poco de tejido alrededor, pero muy poco. Que había tenido mucha suerte. Te observa la zona, que llevas bien aprisionada por un vendaje elástico por el que asoman las gasas, y que ya empieza a dolerte ligeramente. Todo parece estar a su gusto. Te dice que descanses, y que mañana por la mañana ya te podrás marchar. Que te dará hora en unos días en la consulta para ver cómo avanza la cosa. Asientes, agradecida, poniendo cara de ángel, y la ves marcharse, enérgica, hacia su próximo paciente agujereado. Atrás quedó todo el estrés autogenerado por tus miedos infantiles a ser castigada por haberte medicado a espaldas de tu cirujana. Cuánto sufrimiento para nada…

En realidad, ahora no quieres marcharte de aquí, donde te sientes cuidada y sostenida. Te das cuenta de que, desde que te detectaste el bultito, la niña asustada a la que por fin dejaste salir del sótano de tu mente hace cuatro años (cuando admitiste que padecías un trastorno de trauma de desarrollo) ha tomado los mandos de tu vida. A lo mejor ha llegado el momento de, en vez de tratarla como a una okupa que se ha colado en tu casa y a la que no sabes como echar, aprendas a convivir con ella. ¿Incluso a quererla? Mañana saldréis ambas de este hospital, y tendréis que curar juntas, con paciencia y amor, algunas heridas, no solo la de la operación.

Mientras miras cómo la luz va menguando en el cuadrilátero de la ventana, te preguntas qué estará haciendo él en estos momentos, si habrá vuelto con su ex o si seguirá viviendo solo en esa maravillosa casa con vistas al Rin. Te lo imaginas bebiendo su capuccino, sentado en vuestra esquina favorita de la casa, con cristaleras que dejan ver el majestuoso paisaje del valle del río, escuchando una canción de Grönemeyer y contemplando el atardecer, preguntándose qué estás haciendo tú en este momento y —a lo mejor— imaginándote en la cama de un hospital mientras contemplas el atardecer madrileño en el cuadrilátero de una ventana con vistas a la calle Reina Victoria, que es, precisamente, donde os conocisteis hace siete años.

No has tenido tiempo ni fuerzas, en las últimas semanas, para ponerte melancólica, así que aprovechas este anochecer intermedio para despedirte de él y de tu bultito. Sientes un doble vacío en tu pecho, como si te hubiesen extirpado a la par la ilusión y la ingenuidad. Para venir a acompañar esa sensación, aparece una enfermera que te quita las bolsas de suero y analgésico. Poco a poco, te van preparando para tu vuelta al mundo real.

Pasas la noche durmiendo a ratos, sin saber muy bien en qué postura ponerte, ya que sueles dormir de lado, pero en la mano izquierda aún tienes puesta la vía, y el lado derecho es imposible apoyarlo por el dolor. A medida que se van pasando los efectos de la anestesia, tu cuerpo empieza a poner los puntos sobre las íes, informándote de que, aunque tu conciencia estuviese dormida, él ha sido agredido gravemente, de modo que no te hagas demasiadas ilusiones con que este cuento se ha acabado.

Aunque te han dicho que no se te ocurra levantarte y que, si quieres algo, pulses el botón que hay en el cabecero de la cama, a las tres de la madrugada decides que vas a arriesgarte a ir al baño, porque no te da la gana de volver a usar la maldita cuña, que te hace sentir como una niña de dos años. Te levantas muy despacito, y llegas al baño apoyándote en las paredes, como si fueses una astronauta andando por la superficie lunar. Al apoyarte en la taza del váter, te sientes absurdamente victoriosa, como si lo más importante en la vida hubiese pasado a ser realizar con éxito un cúmulo de movimientos mínimos. Las prioridades del ser humano pueden cambiar, desde luego, de un momento para otro, y es tu cuerpo (al que sueles hacer tan poco caso) el que marca el ritmo. La vuelta a la cama es otro viaje, y cuando consigues tumbarte de nuevo estás tan agotada, que te duermes de inmediato.

Percibes en su cara el efecto que provoca la palabra cáncer, exactamente como si se le apareciese un fantasma al abrir el armario. Clic para tuitear

Te despierta una enfermera, sobre las siete de la mañana, para preparar la cama de al lado, que, al parecer, va a ser ocupada por otra persona. Y enseguida empieza a aparecer gente por allí. El hospital, está claro, amanece antes que el día. Te ponen el termómetro, te preguntan qué tal has pasado la noche, se extrañan de que no hayas orinado, te ves obligada a confesar, te echan la bronca al enterarse de que te has levantado para ir al baño… De pronto todo se pone muy entretenido en el remolino final antes de ser expulsada del paraíso. Aparece tu compañera de habitación, que te recuerda a ti hace veinticuatro horas, cuando aún eras una novata. A ella solo le han dejado sobre la cama una media, porque la tienen que operar de la rodilla. Le explicas cómo ponérsela, y le cuentas cómo va la cosa aquí: que se la llevarán con cama y todo, así que lo mejor que puede hacer es desvestirse, ponerse el camisón y la media, y acostarse. Te pregunta por qué estás allí, y le cuentas que te han operado para extirparte un cáncer de pecho. Percibes en su cara el efecto que provoca la palabra cáncer, exactamente como si se le apareciese un fantasma al abrir el armario. Se ofusca, y no sabe dónde meterse. Se nota, además, que aún está identificada con el espacio exterior, que todavía no ha sido absorbida por esta burbuja intemporal con olor a formol, que te ve como una habitante permanente, estratosférica, blanquecina y hasta cancerígena de este lugar, una figura inseparable de este paisaje en el que se resistiera a entrar por temor a ser contagiada y, después, devorada.

Y entonces, al verte con sus ojos, te alegras de estar a punto de marcharte, porque hasta el paraíso del orden y la asepsia tiene fecha de caducidad, y se está empezando a convertir, para ti, en un infierno algo claustrofóbico del que más vale escapar antes de que termine de digerirte. A la siguiente enfermera que entra en la habitación, para traerte el desayuno, le preguntas cuándo te soltarán, y te dice que en algún momento se pasará tu cirujana para darte el alta. En este planeta hospitalario es bastante difícil enterarse de cuándo ocurrirán las cosas. Todo es un devenir goteante en el que no te queda más remedio que echarle paciencia. Le mandas un whatsapp a Germán y otro a tu amigo Antonio (que han quedado en irte a buscar, junto con tus hijos), diciéndoles que no te han dicho aún cuándo saldrás, que será en cuanto venga tu cirujana a darte el alta.

Después, te pones los cascos para escuchar las enseñanzas de tu maestra, hasta que te interrumpe tu compañera de cama, que ya va vestida de diletante, para preguntarte cómo funciona la taquilla del armario. Charlas un rato con ella y te enteras de que tiene dos hijos pequeños y una madre que se está ocupando de ellos mientras a ella la operan. En ese momento suena su móvil y la oyes hablar con su madre, que la achicharra a preguntas. Te vuelves a poner los cascos, pero no puedes evitar escuchar sus respuestas sumisas y empezar a asomarte al paisaje de su mente, a su samsara particular. No te da mucho tiempo a profundizar, porque enseguida vienen a por ella. Mientras maniobran para poder sacar su cama sin que se quede enganchada con la tuya, te despides de ella, y le dices que seguramente cuando vuelva tú ya no estés, así que tendrá la habitación para ella sola, como la has tenido tú. Está demasiado nerviosa para sonreír, montada en ese autobús que la llevará al otro barrio por un rato. Y así, en su cama-isla, desaparece del escenario de tu vida para siempre.

Mientras sigues esperando, decides vestirte. Lo haces despacito, porque apenas puedes levantar el brazo derecho. Vestida de calle, te sientes ya otra persona. Has pasado de ser alguien con cáncer a ser alguien sin cáncer (al menos hasta que se demuestre lo contrario). Has pasado de ser alguien con pareja a ser alguien sin pareja. Has pasado de estar manejada por una niña asustada que se creía muy mayor, a sentirte preparada para llevar a esa niña de la mano hacia un lugar menos convulso de no evasión.

Ya vestida de adulta, te sientas en la butaca a terminar de leerte Lejos de los caminos trillados, de Delfina Lusiardi, y de pronto te das cuenta de cuánto te gusta ese título, que tiene mucho que ver con el lugar en el que te sitúa un cáncer (o cualquier situación que te acerque al precipicio de la noción de impermanencia), fuera de los caminos trillados por los automatismos de la ilusión de eternidad.

Cuando terminas la última línea del libro, aparece por la puerta Ángela, tu ángela de la guarda o cirujana plástica, responsable de la restauración de tu pecho derecho. Va vestida de calle, muy moderna, con vaqueros y un bolso cruzado. Lleva en la mano una carpeta con tu alta. Te dice que todo ha salido muy bien y que en unos días te pases por su consulta para que te cambie los vendajes y te vea la herida. Te dice que no ha sido necesario introducirte un extensor y que se irá viendo si es necesario hacerte alguna otra intervención, pero que de momento solo se trata de que se te curen las heridas provocadas por las incisiones. Te dice que descanses todo lo que puedas y te tomes paracetamol para el dolor. Te dice que has tenido mucha suerte. Todos parecen estar de acuerdo en que has tenido mucha suerte. Y tú decides estar de acuerdo también en que la escabechina de la operación ha sido un mal menor. En breve, eso sí, te tocará pasar por la escabechina de la quimioterapia, la radioterapia y la hormonoterapia. Solo lo piensas un instante, porque a estas alturas ya te has acostumbrado, por pura supervivencia, a transitar el presente que, de momento, consiste en salir de este hospital cuanto antes con tu niña de la mano y aprender a vivir un poquito más cabalmente que antes. Le das las gracias a Ángela por su profesionalidad y os despedís con una sonrisa.

Cuando te quedas sola, mandas un mensaje a Germán y otro a Antonio. Les dices que ya estás lista y que les esperas abajo, en el hall de recepción. Recoges tus cosas y, con la carpeta del alta en la mano, te despides de esa cama, de esa habitación y de ese planeta hospitalario, que te han acogido en su regazo durante veinticuatro importantes horas de tu vida.

Abajo, en el hall, esperas. Te parece que hubiese pasado un siglo desde que no ves a tus hijos. O, más bien, que fueses otra persona diferente y, por tanto, la experiencia de verlos y abrazarlos fuese totalmente nuevecita, crujiente y sabrosa, sin bultitos cancerígenos de por medio. Ves aparecer por la puerta un enorme ramo de flores con patas, por detrás del que aparece la cabeza de tu hijo Ari. Se te iluminan los ojos y te levantas. Te dejas abrazar (flojito, por favor) por esas cuatro personas de tu entera confianza, y sales de este hospital de la Cruz Roja, al que ya siempre —cada vez que pases por esta calle— mirarás como a un viejo conocido con cuyos entresijos has compartido momentos de verdadera intimidad.

Ya en la calle, cuelgas un brazo de cada hijo, para dejarte mimar un rato por quienes te quieren, antes de volver —con tus heridas de guerra— al mundo de las personas mayores cargadas de obligaciones, con tanto trabajo y un alquiler que pagar a final de mes.

6 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XIX»

  1. Gracias Isa. Ha sido un placer leerte una vez más. Yo también pasé por esa experiencia de estar suspendido en el otro barrio, tan a gusto. Fue hace dos años, cuando me operaron para extirparme la vesícula biliar. Y en muchos pasajes de tu relato de hoy me he sentido identificado con las experiencias que describes, pero yo no recuerdo nada de lo que pasó en el quirófano y en la sala de recuperación, aunque la cirujano me aseguró que estuvo hablando conmigo después de la operación. Y me dijo que era normal, pues debía haber sufrido una especie de amnesia y por eso no recordaba nada. Esto me inquietó, ¿de qué hablaríamos? ¿Qué habría dicho yo? Tuve entonces la extraña sensación de haber estado a su merced durante un buen rato, pero me tranquilizó su sonrisa que inspiraba confianza.

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  2. Isabel me ha encantado, emocionado y también he transitado por una experiencia parecida en algún momento de mi vida. Este relato me hace sentir la vida como algo diferente, me hace percibir las pequeñas diferencias de ser y de estar
    Gracias por escribir tan bello y emotivo

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  3. Querida Isa: leerte ha sido un regalo, bueno, en realidad, siempre lo es. Y no solo por lo que compartes sino por cómo lo cuentas. Es una lección de buena narrativa.
    He entrado muchas veces en quirófano y de algunas no recuerdo la recuperación y de otras si, pero es cierto que parece un viaje hacia la ingravidez. Como si te fueras y regresaras de otro mundo.
    Al leerte también me di cuenta que yo no siento que ser sea suficiente, que siempre necesito hacer para ser. Es una pesada carga de la que espero liberarme algún día. Quizás reconociéndolo ya sea un paso.

    Un abrazo
    Sole

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  4. Ohhhh Isabel!
    Yo he pasado varias veces por ese estado en el que nada importa, y el mundo queda lejos …tanto que no quieres volver.
    Me ha encantado leerte, poner palabras a estas circunstancias se me antoja difícil y tu forma de hacerlo es suave y ha creado el efecto de identificación total.
    Gracias, gracias gracias.
    Teresa

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  5. Isa,
    ¡Por fin has desvelado el misterio de la operación! Al final te operaron sin problemas y tu cirujana no se enfadó contigo. Me gusta el ambiente que creas con el cuadrilátero de tu ventana y las vistas al Rin desde la casa de él.
    Este relato marca una diferencia con los anteriores en el sentido de la ausencia del sentido del humor en la manera de narrar experiencias tan intensas como esta. Este es mas serio y mas real como lo es pagar el alquiler a fin de mes.
    Muchas gracias por compartir.

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  6. Gracias Isa por compartir….
    No quiero pecar de insensible…. Pero hay una frase en concreto que me sacudió las meninges…
    «El ganglio centinela dio negativo»
    Y es como si todo se detuviera. Mi mente paró en seco también. Y conecte con ese mantra: «Algo diminuto pero que no puedes ignorar» ahí estaba la clave…
    Un abrazo inmenso!!
    Begoña

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