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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XVII

sala de operaciones

Con el Diario de lo diminuto quiero compartir contigo mi proceso personal con el cáncer de mama.

Capítulo XVII

La hora de la verdad

Miércoles, 28 de abril de 2021

Duermes a ráfagas, y como si estuvieras en la cuenta atrás del despegue de una nave espacial camino de otro planeta. Van pasando las horas, y cuando llegan las seis apagas la alarma antes de que suene. Vas al baño y miras tu pecho derecho. Aún está rojo e inflamado por el medio mililitro de Iscador que te inyectó la doctora B. el viernes, pero ya no hay nada que hacer. Tu cirujana lo verá, si acaso, en la mesa de operaciones, y pondrá el grito en el cielo, pero tú ya estarás dormida por la anestesia, así que no tendrás que someterte a su ira. Te das cuenta de que lo que más te asusta del mundo entero es que se enfaden contigo, y de hasta qué punto has encaminado tu vida a mantener contentas a todas las personas que te rodeaban, no precisamente por verlas felices sino —sobre todo— por no verlas enfadadas. Y también de hasta qué estrepitoso punto has fracasado en tus intentos.

Te duchas muy someramente, porque tu cuerpo está lleno de marcas de todos los colores y no quieres borrar los puntos importantes del mapa del tesoro. Te vistes con ropa cómoda, tal como te han indicado que hicieras. Cuando sales del baño tienes un mensaje de tu hijo Elmo: «voy yendo». Se ha empeñado en acompañarte al hospital, sospechas que para tener una excusa para faltar a primera hora en el insti. Inmediatamente te sientes fatal por pensar eso. ¿No puede ser que tu hijo simplemente quiera estar cerca de ti en este trago? Decides al menos dejar un espacio abierto a la duda.

Preparas tu exiguo equipaje: una muda, unas zapatillas de estar por casa, la pequeña rosa del desierto que te regaló tu amiga Elisa, el librito Lejos de los caminos trillados, de Delfina Luisardi, que te regaló tu amiga Chiky, y el cargador del móvil. Mientras llega Elmo, cargas en el drive uno de los cursos de tu lama que tienes pendientes de escuchar, sobre «Cómo dividimos el espacio». Oír su voz siempre te calma en los momentos difíciles, tiene un efecto balsámico para ti, en el que se combina la relajación y la consciencia.

Antes de salir, pones abundante comida y agua a los gatos, como cuando te marchas de viaje. Bueno, es que te marchas de viaje. Vas a estar aquí al lado, pero es como si te fueses a otra dimensión.

Elmo no ha llegado todavía, pero no aguantas más, así que, con la excitación burbujeando en tu estómago, bajas a la calle a su encuentro. Está amaneciendo y hace fresquito. En la esquina ves cómo Elmo baja apresurado por la calle que da a Bravo Murillo. Os abrazáis, y os dirigís juntos al hospital de la Cruz Roja. Cómo agradeces que cayeses de rebote en ese hospital que te pilla tan cerca y que ya te resulta tan familiar.

La palabra «cáncer» se extiende y prende el miedo de la gente como una cerilla sobre gasolina. Clic para tuitear

No habláis mucho por el camino. Elmo te dice que en el insti todos sus amigos y profesores están pendientes de lo que le pasa a su madre.

—Pero ¿se lo has dicho? —le preguntas, extrañada.

—Claro, mamá. Que tu madre tenga cáncer es algo importante.

Claro. Mamá. Tú has llevado tu proceso. Y él, el suyo. Ha necesitado contarlo. Te das cuenta de cómo la palabra «cáncer» se extiende y prende el miedo de la gente como una cerilla sobre gasolina.

Llegáis al hospital justo a las 7.30h, la hora a la que te habían citado para el ingreso. Os encontráis una considerable cola de personas esperando en Admisión, supones que para lo mismo que tú. De pronto el escenario del hospital adopta para ti un nuevo formato: el de un extraño hotel de carretera frecuentado solo por gente a la que no le queda más remedio que hacer noche allí, contraviniendo sus planes. Está claro, por las caras de circunstancias que se intuyen por debajo de las mascarillas, que a todos os habría gustado que os tocase otro papel en esta road movie.

Elmo y tú habláis de trivialidades, como si estuvierais en la cola de la pescadería, y así te vas acercando de puntillas a la hora de la verdad. Cuando solo quedan dos personas para alcanzar el mostrador, os agarráis fuerte de la mano y os miráis a los ojos.

Va a ir todo bien, mamá —te dice Elmo.

—Sí, lo sé. Gracias por acompañarme, amor.

En la ventanilla te cogen los datos, te hacen presentar el DNI y te dicen que subas a la 2ª planta, y que allí preguntes, para que te lleven a tu habitación.

—Sola —especifica el bedel, mirando a Elmo con una ceja alzada.

Asientes, obediente. Elmo y tú os acercáis a la puerta de salida y os abrazáis. Ya te saca una cabeza y media, así que hundes la tuya en su pecho estrecho, mientras él te abarca con sus brazos largos y finos como tentáculos. Qué mayor se ha hecho tu hijo sin que apenas te des cuenta. Te besa en la cabeza y tú te pones de puntillas para besarle en la mejilla o, mejor dicho, en la mascarilla, que ya ni un beso como Dios manda le puedes dar a tu hijo.

Elmo sale por la puerta y tú te diriges al ascensor de tu peculiar hotel para pasar un día que sabes que difícilmente olvidarás. De repente te sientes tranquila, como quien tiene una misión que cumplir que no está sujeta a dudas ni variaciones.

Sales en la segunda planta y no sabes muy bien a dónde dirigirte. Le preguntas a una enfermera que pasa por allí y te dice que esperes, antes de atravesar la puerta acristalada de lo que parece ser la sala donde se reúne el personal de planta. Al cabo de unos segundos aparece un enfermero de andar enérgico que te dice con mucha pluma: «Acompáñame, bonita», frase que acompaña de un amplio gesto con el brazo para que lo sigas.

Te lleva a la habitación número 25, que memorizas aunque sabes que no se lo tendrás que decir a nadie, porque vas a estar sola hasta que salgas de allí, esperas que al día siguiente, aunque eso va a depender —entre otras cosas— del tipo de escabechina que tengan que hacerte cuando te abran en canal.

Es una amplia habitación con dos camas vacías, y el enfermero te señala la más cercana a la puerta, que está hecha y sobre la que reposa una toalla, un camisón y lo que parecen ser unas medias.

—Tienes que ponerte el camisón y las medias. —Y especifica—: SOLO el camisón y las medias. Y luego espera en la cama hasta que vengan a por ti.

—¿Tengo que meterme en la cama ahora? —preguntas, sorprendida.

No te atrae nada eso de meterte en la cama a las ocho de la mañana, pero el enfermero te explica, muy amable, que cuando vengan a por ti se te llevarán con cama y todo, así que sí, mucho mejor si te pillan dentro.

Depende de dónde y cómo deposites la atención, ves las cosas de una manera o de otra, creando tu propio habitáculo mental Clic para tuitear

Así que cuando te deja sola, te apresuras a cambiarte, obediente, porque no sabes cuándo van a venir a por ti y no quieres que te pillen «en bragas». Las medias son un poco ortopédicas; dan mucho calor, se ajustan al muslo con una banda que se adhiere a tu piel como cinta adhesiva, y te dejan los dedos de los pies al aire, lo que te hace dudar de si te las has puesto correctamente; pero tampoco hay muchas vueltas que darles, así que las dejas así. ¿Te operarán con medias? Qué vergüenza. Antes de meterte en la cama, levantas la persiana y contemplas las vistas. Esa ventana da a la parte trasera del hospital, desde donde se ve la calle Pablo Iglesias y parte de Reina Victoria. Algunas personas caminan por ellas presurosas, como tantas veces has hecho tú, mirando el edificio del hospital desde el otro lado de la pecera, el de los sanos, como una parte del decorado meramente ornamental, decorativa. ¿Se referirá a esto la lama cuando habla de «cómo dividimos el espacio»? Depende de dónde y cómo deposites la atención, ves las cosas de una manera o de otra, creando tu propio habitáculo mental. Y saberlo te ayuda a no aferrarte a las apariencias ilusorias como si fuesen la realidad.

También te ayuda mirar todo esto con tus ojos de escritora, que tratan de registrar hasta el plomizo gris de las nubes rechonchas que cubren el cielo para que, cuando escribas sobre este día, acompañen a tu enorme sensación de melancolía. En este momento se pone a llover, te acuerdas de él (que ni siquiera sabe que hoy te operan) y sientes un enorme vacío en el plexo solar, como si el sol fuese justamente lo que te hubiese abandonado.

Mientras vienen a por ti, te encaramas a la cama y te entretienes mirando las ilustraciones del libro de Delfina Luisardi y sintiéndote de lo más extraña en este compás de espera. De vez en cuando levantas el camisón para mirarte el pecho, con la esperanza de que, en una de esas veces, tu piel deje de estar roja e inflamada. De pronto te salta la alarma de si vendrá tu cirujana para explorarte antes de que te duerman. Eso sería horrible. Te imaginas la conversación: «¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué está esta zona inflamada?»; «Yo… Es que… verás… He pecado»; «Así no podemos operar, vete a casa y no vuelvas»; «No, por favor, por favor… Perdóname. Yo no sabía…». Cuando se te está cayendo la cara de vergüenza con una de esas torturas internas a las que te sometes para que la realidad nunca pueda ser peor que tus previsiones, se abre la puerta de golpe y pegas un bote, cubriéndote instintivamente con la sábana. Aparece una enfermera con una silla de ruedas.

—Hale, vámonos a medicina nuclear, guapa —dice, indicándote con la mano que te sientes en la silla de ruedas.

—¿A medicina nuclear otra vez? —preguntas, extrañada.

Te explica que te tienen que repetir las fotos que te hicieron ayer, que no estaban muy claras. Le dices que vale, pero que no hace falta que te lleve en silla de ruedas, que puedes ir andando perfectamente. Mueve la cabeza de lado a lado.

—Son las normas —te dice.

Resignada, te sientas en la silla de ruedas, y empieza tu periplo por el hospital desde ese nuevo punto de vista un tanto dependiente e infantil. Recorréis algunos pasillos antes de coger un ascensor hacia los subsuelos. Te cruzas con personas que te miran con los mismos ojos de conmiseración con los que tú sueles mirar a las personas a las que transportan en sillas de ruedas o camillas en los hospitales cuando vas por tu propio pie. Cuando salís del ascensor, atraviesas los mismos pasillos por los que ayer te tambaleabas a causa de la intoxicación de ibuprofenos. Ayer sí que te hubiese venido bien una silla de ruedas, fíjate tú. Pero bueno, la vida no siempre funciona conforme a las necesidades de las personas. Las normas y los protocolos son mucho más importantes, dónde va a parar.

Llegáis a la misma sala donde te atienden la misma enfermera y médica de ayer. Te aseguran que esta vez será muy corto, porque solo tienen que asegurarse del lugar exacto del ganglio centinela. Te levantas torpemente de la silla de ruedas, te quitas el camisón y te tumbas en la camilla. Vuelves a pasar por lo mismo de ayer. Un poquito para allá, otro poquito para acá, apriétate, más, menos… Cuando terminan con las fotos, vuelven a pintarrajearte algunas cruces más en el torso, por si tuvieses pocas, y piensas que como te hagan tantas incisiones como cruces, vas a acabar como un colador.

Por fin te mandan de nuevo de vuelta a tu habitación, con un enorme sobre sobre tus piernas con las fotos, que te tienes que llevar cuando vayas al quirófano. Mientras vas rodando por el pasillo de la planta de medicina nuclear, con tu enfermera detrás empujando la silla, te cruzas con tu cirujana y se te pone el corazón en la garganta de la impresión. Saludas tímidamente, y la silla se detiene, aunque tú no quieres que se pare justo en este momento por nada del mundo. Mercedes te pregunta qué tal, y tú finges que todo va a las mil maravillas, como si os encontraseis en un camping de veraneo o en un bar de copas, como si no fueses en silla de ruedas y ella andando con su bata naranja arremangada, como si en una hora o menos no fuese a estar con su bisturí cortando en filetes tu cuerpo desnudo y dormido, como si no fueras una hereje con una inflamación provocada por la medicina complementaria que va arruinarle el día a ella y a ti la vida. Para despistar su atención, le dices, alargándole el sobre de las fotos:

—Creo que esto es para ti.

Lo coge y te dice:

—Bueno, pues nos vemos en un rato.

Tragas saliva. Mercedes te aprieta el brazo.

—Todo va a salir estupendamente, ya lo verás. Tú no tienes que preocuparte, nosotros nos ocupamos de todo.

Vuelves a tragar saliva, asientes y sonríes con falsedad por debajo de la mascarilla. La silla empieza a rodar de nuevo y tú respiras aliviada. Al menos no ha querido explorarte.

Cuando llegas a tu habitación son ya las nueve y media. Te vuelves a meter en la cama, y vas a ponerte a escuchar a tu lama cuando aparece una enfermera por la puerta con uno de esos tingladitos con ruedas llenos de trastos médicos. Te toma la temperatura, te toma la tensión, y luego empieza a hacerte un millón de preguntas que va apuntando en un formulario. Que si eres alérgica a algún médicamente, que qué enfermedades has padecido, que si esto, que si lo otro… Entre otras cosas, te pregunta:

—¿Has tomado algún antiinflamatorio en los últimos diez días?

Te acuerdas de la intoxicación de ibuprofenos de ayer y, con toda tu caradura, dices:

—No, ninguno.

Dice mi lama que el maestro no puede despertar al estudiante, pero sí puede hacer que resuene con sus palabras, como cuando hay dos guitarras juntas, y tocas una, y en la otra vibran las mismas cuerdas con los mismos acordes. Clic para tuitear

Internamente te justificas diciéndote que no es el momento de confesarte con esa desconocida que está haciendo comprobaciones rutinarias. Y ruegas para que el haberte tomado seis ibuprofenos (cinco si no cuentas el que vomitaste) no se interponga de manera crucial en los resultados de la intervención quirúrgica.

Tras terminar con sus preguntas, la enfermera desaparece, y tú te quedas con el mal sabor de boca de haber mentido descaradamente. Para quitártelo, te pones los auriculares para escuchar a tu lama, a ver si te calmas un poco. Eres incapaz de prestar atención a lo que dice, pero ya solo escuchar su voz y sentir su energía calmada te sirve para serenarte, para volver a habitar tu cuerpo después de tantos zarandeos físicos y emocionales. Tu lama suele decir que el maestro no puede despertar al estudiante, pero sí puede hacer que resuene con sus palabras, como cuando hay dos guitarras juntas, y tocas una, y en la otra vibran las mismas cuerdas con los mismos acordes. Tratas de dejar que tu caja de resonancia se armonice con la suya.

De pronto algunas palabras se realzan sobre la melodía de su discurso y avivan tu comprensión. Pones más atención y escuchas (o, más bien, resuena en tu interior):

Dice Chopra que, cuando queremos sanar, tenemos que hablar con nuestras células enfermas y decirles: «Muchas gracias por el trabajo que has hecho. Ahora ya no hay peligro, y te puedes relajar». Eso es muy profundo, porque cuando queremos solucionar algo que nos daña o nos molesta, ya sea una enfermedad o una tendencia emocional, le decimos: «Vete, no te quiero, eres tóxico; solo quiero lo bueno». Y a lo mejor eso ahora es tóxico, pero quizá nació con una intención buena, la de protegerte. A lo mejor es un dolor que viene de la infancia y te sirvió para aminorar un impacto, o es algo de vidas pasadas. No sabemos, no tenemos ni idea. Imagínate que tienes un perrito que ha pillado de la calle un trozo de comida, y te lo trae contentísimo y lo pone a tus pies, y tú le dices: «Vaya una mierda de basura que me traes». Bueno, pues eso es lo que hacemos constantemente. Es un maltrato. Nos maltratamos mucho. Lo hacemos por miedo, no porque seamos sádicos. Y Chopra dice que, para sanar, tienes que expresar gratitud a tus células y enviarles la luz de esa gratitud.

Te has quedado con la boca abierta. Detienes la grabación, cierras los ojos, conectas con tu maestra y las fuentes de refugio, y dejas que la luz que emana de ellos inunde tu pecho. Agradeces a las células de tu bultito el trabajo que han hecho. «Ya no os necesito —les dices—. Pero muchas gracias por avisarme del maltrato al que me estaba sometiendo, gracias por haberme señalado el límite. Os prometo hacer todo lo que esté en mi mano, a partir de ahora, para que podáis cogeros vacaciones indefinidas».

Abres los ojos a la vez que se abre la puerta. Aparece un enfermero muy cachas que te dice:

—¡A operarte!

Y tú coges todo el aire que cabe en tus pulmones y, mientras lo sueltas, dices:

—¡Adelante!

(Continuará)

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20 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XVII»

  1. Qué maravilla Isa! Gracias. Me ha emocionado, me ha hecho revivir esa “hora de la verdad” que, aunque fue distinta, los sentimientos eran muy parecidos. Gracias también por las palabras de la Lama y esas palabras de cariño hacía nuestras células que nos han ayudado a cuidarnos. Besos

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  2. ¡Cuánta emoción en cada frase por trivial que parezca!
    Creo que la sensación de miedo cuando se trata de la salud de nuestro cuerpo por algún motivo se convierte en culpa, como si nos hubieran entregado un tesoro y no hubiésemos sido capaces de cuidarlo como debíamos: esa «obligación» de dejarte en manos de otros, ese recuerdo de cuando eres niña y quieres agradar, no meter la pata; esa búsqueda de refugio en objetos de los que no van a juzgarte…, apunta a un miedo culpable, ¿no?
    Y luego está el extraño orden social del hospital donde «no tienes que preocuparte por nada» pero te dejan las pruebas radiológicas sobre las rodillas, no te permiten andar aunque puedas y las preguntas esenciales antes de una cirugía son rutina…Es todo tan extraño, tan protector y displicente a la vez. Se esfuerzan por personalizarlo y, sin embargo, todo es un protocolo tras otro. Necesario, no digo que no, pero confuso.
    Qué valiente ver tus células como centinelas positivas. Yo creo que no podría.
    Una brazo enorme.

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    • Qué bien lo explicas, Marusela… Si, es verdad, fue entrar en el hospital y convertirme en una niña pequeña. Y también muy bien descrito ese ambiente entre protector y displicente…

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  3. Me ha encantado, Isa! Cuántas emociones y vivencias reflejadas en un puñado de palabras sencillas, «de andar por casa».
    Seguro que las células rebeldes se habrán ido ya de vacaciones para no volver.
    Un abrazo grande

    Responder
    • Hola, María Jesús,

      Pues espero que se hayan ido, sí… Y, sobre todo, espero no darles razones para volver.

      Gracias por tus palabras.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  4. Gracias, Isa por compartir estos momentos con nosotros.
    Me ha emocionado la despedida de Elmo y el corazón se me ha encogido viéndote sola en el hospital, porque mira qué son inhóspitos y poco agradecidos. Y si encima no tienes una mano a la que agarrarte la soledad debe ser aplastante. Menos mal que te acompañó la Lama y tus ojos de escritora.
    Te admiro por ser capaz de compartir tu experiencia y hacer de ella literatura
    Un abrazo
    Sole

    Responder
    • Gracias, Sole :-). Sí, yo no sé qué haría sin la lama y sin mis ojos de escritora, la verdad. ¡Y sin vosotros!

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  5. No se que decir. Desde el minuto menos cero las lágrimas no han dejado de brotar.
    Era un llanto suave, sordo… porque no quería que me sacara del leerte…..
    Gracias💔

    Responder
  6. Muchas gracias por compartir este relato, Isa. Me ha encantado desde el principio hasta el final, me he angustiado, me he sentido triste y me he reído, y las frases de la Lama me han servido de mucho consuelo y me han hecho pensar. Muchas gracias, un beso grande

    Responder
    • Gracias, Garbiñe, cuánto me alegro de poder compartir estas experiencias tan solitarias con vosotros, me siento superacompañada :-).

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  7. uff, Muchas gracias Isa. Escribes tan, de verdad, que te he podido ver en cada instante. Dan ganas de salir de allí, de escapar, y a la vez, dan ganas de terminar con lo emprendido y despedir a esas células, que en el fondo tanto te han ayudado… con ese ¡Adelante! del final. Los pelos de punta, la vulnerabilidad que ofreces en tu escritura, es tan… humana.

    Responder
    • Gracias a ti, Pilar, qué bien esa empatía, que también demuestras tener con tus personajes…

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  8. Ese momento de la verdad, ahí, como dicen los toreros: en capilla, cualquiera puede pensar que es algo tremendo, y sin embargo te he sentido mucho más tranquila y relajada que en los primeros episodios, cuando acababas de descubrir que algo diminuto había anidado en tu pecho. Entonces estabas llena de dudas y, por qué no decirlo, de miedo. Un miedo, como todos los miedos, fruto del desconocimiento y de la incertidumbre, ahora, en esta hora de la verdad superados, y es que el conocimiento y la certeza disipan el miedo y te dan valentía para enfrentarte a cualquier cosa, y te atreves a todo, incluso a mentir con descaro 😉
    Un fuerte abrazo, valiente.

    Responder
    • Gracias, José María, te siento ahí, bien pegado a los matices de la historia, y me ofreces una mirada global que yo todavía no tengo, y que te agradezco. Yo voy capítulo a capítulo, y me enfrasco en cada uno como si todo empezase y se acabara ahí.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  9. Gracias,Isa, por transmitirnos con tanta sensibilidad tu proceso de aprendizaje y de sanación; porque nos muestras un sendero de luz, que ya con intentar seguirlo me empiezo a curar. ¡Un abrazo!

    Responder
    • Gracias, Melissa, qué bonito eso que dices: «…nos muestras un sendero de luz, que ya con intentar seguirlo me empiezo a sanar». Supongo que es el espejo de lo literario, que señala a tu propio sendero de luz.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  10. Hola Isa
    Sigo tu diario desde que te conozco y me encanta por la forma sencilla en que muestras tus vivencias y emociones. Me siento ahí contigo, como sentada en la platea de un teatto, solo que lo que veo está en mi mente porque tu me lo dibujas. Pero con este post me he emocionado de una forma muy especial. Sobretodo en el momento Elmo. Gracias por ser tan valiente y regalarnos algo tan íntimo .
    Un abrazo

    Responder
    • Hola, Ester,

      No sabes qué placentero para mí es el hecho de poder escribir todo esto, y el de recibir vuestro cálido feedback. ¡Eso sí que es sanador!

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder

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