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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XXI

Capítulo XXI

Un oncólogo felino y un tumor itinerante

Jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy te levantas de mal humor y no sabes por qué. Pero enseguida te acuerdas: tienes cita en Oncología de La Paz y no te apetece nada cambiar a tu querida cirujana-sargento Mercedes por una persona desconocida, que a saber qué barrabasadas más querrá hacer con tu cuerpo. Ni tampoco quieres cambiar el familiar y viejo hospital de la Cruz Roja por la «Ciudad Sanitaria de la Paz», que ya solo el nombre te suena a redil. Cuando te diriges hacia allí, tienes la poderosa sensación de que te van a tratar como a un borrego canceroso más. Además, te recuerda a cuando te hicieron la resonancia. En cuanto sales del metro y te diriges al mastodóntico edificio central, tu memoria celular se pone en marcha y sintonizas con la inmensa tristeza del día de la resonancia. Es decir, te acuerdas de él y del hueco que te ha dejado en el corazón, que ya se está empezando a cubrir de maleza y telarañas, pero que ahí sigue. Al fin y al cabo, solo han pasado dos meses, aunque parece que hayan pasado dos eternidades.

Preguntas en Información, y te dicen que la sección de Oncología es una de las construcciones circulares que se encuentran enfrente del bloque central. Sales y te diriges a ese extraño edificio similar a una achatada nave espacial que está frente a una cafetería en la que decides que cuando salgas te tomarás algo, como premio a tu perseverancia en este camino plagado de citas médicas y batas blancas que te está tocando andar. Subes a la segunda planta, en la que te embadurnan de desinfectante las manos antes de entrar en la sala de espera, que está abarrotada, como suponías. Casi te entran ganas de balar para que te dejen pasar hasta uno de los pocos asientos libres que respeta la distancia de seguridad.

Cualquiera podría decir que eres masoca por leerte en la sala de espera del oncólogo un libro sobre cáncer en cuya portada aparece la ilustración de una mujer desnuda sin un solo pelo en el cuerpo. Clic para tuitear

Te sientas y te pones a observar a la gente. Esta sala de espera es compartida por Oncología y el Hospital de Día, que no sabes muy bien lo que es, pero que no te suena muy bien que digamos. Muchas de las personas que te rodean son ancianas o se las ve muy perjudicadas. Te preguntas cómo de perjudicada estás tú. Aparentemente no mucho, solo tienes algunos costurones en tu cuerpo. Lo malo es que también los tienes en el corazón y en la mente, aunque esos procuras guardarlos en secreto. Sacas el libro que tus hijos —estás segura de que por intermediación de su padre— te han regalado hace unos días por tu cumpleaños, Mi cuerpo también, de Raquel Taranilla. La autora fue diagnosticada de cáncer de sangre en el 2008, y lo que creía que era un dolor de espalda sin importancia se convirtió en una pesadilla de un año con repercusiones de por vida. Leerla te acompaña y te consuela a partes iguales. A su lado te sientes afortunada, porque —según cuenta en la introducción— ella se vio totalmente maniatada, torturada y devorada por la maquinaria hospitalaria que, a cambio, eso sí, le salvó la vida. Es difícil deglutir semejante realidad, y a Raquel le ayudó —como a ti te está ayudando— la escritura, a través de la que pudo abrazar semejante paradoja, varios años después de ser dada de alta, eso sí. Cualquiera te podría decir que eres masoca por leerte en la sala de espera del oncólogo un libro sobre cáncer en cuya portada aparece la ilustración de una mujer desnuda sin un solo pelo en su cuerpo. Y puede que lo seas, o que siempre venza en ti la curiosidad, la crudeza y el conocimiento sobre la evasión, la suavidad y la alegría.

La ciencia es así: da igual cuál sea tu experiencia, que si en las pruebas que te hagan no se ve nada, tú estás bien y no hay más que hablar. Clic para tuitear

Te da tiempo a leerte casi cuarenta páginas (tres cuartos de hora), y cuando aparece tu número en la pantalla te quedas en que a la pobre Raquel le acaba de tocar pasar por una absurda conversación con la psiquiatra de Urgencias del Hospital Clínic de Barcelona, antes de que la médica de guardia le dé el alta, al decidir que está perfectamente por más que tenga un insoportable dolor de espalda y casi no se pueda sostener. La ciencia es así: da igual cuál sea tu experiencia, que si en las pruebas que te hagan no se ve nada, tú estás bien y no hay más que hablar. Así que mientras te diriges a la consulta de tu oncólogo estás bastante sugestionada en torno al poder sobrehumano de los médicos humanos sobre el destino de sus pacientes.

Cuando entras en la consulta te llevas un primer disgusto: estabas convencida de que te tocaría una oncóloga (porque Mercedes te había mencionado un nombre de mujer), y resulta que te topas con un hombre. Por alguna razón, te encuentras más cómoda depositando el futuro de tu pecho en las manos de una homóloga que en alguien del sexo denominado (por algo será) «opuesto». Eso sí, el oncólogo tiene una ayudante femenina, que está sentada en la esquina del escritorio con su bata impoluta, la espalda muy erguida y los labios bien pintados. Mientras te acercas a la mesa observas a tu oncólogo con mirada retadora, y de inmediato te cae mal. Lleva una camisa rosa sin una sola arruga y un poco remangada, lo suficiente para que destaque en su muñeca delgada un enorme reloj dorado. Pero lo que te llama más la atención es que no tiene pelo en su cabeza ni en las cejas. ¿Será un oncólogo que ha pasado por la quimioterapia? En todo caso, tu parte primitiva y supersticiosa desconfía automáticamente de él. Quien haya fijado sus ojos en alguien sin cejas, y más si tiene los ojos claros, sabrá que no es fácil sostenerle la mirada. Es como mirar a un felino. Así que cuando te sientas decides desviar los ojos hacia su gran reloj, que baila en su muñeca mientras sus dedos golpetean la mesa casi imperceptiblemente, pero lo suficiente para que pienses que está deseando perderte de vista. Para más inri, lo primero que hace es preguntarte:

—¿Qué la trae por aquí?

Te deja desconcertada. Vaya pregunta. Aparte de esa distancia insondable que pone el tratamiento de «usted», lo que te faltaba es tenerle que contar tus dos últimos meses, que darían para una saga. Haces una breve alusión a tu reciente operación en el Hospital de la Cruz Roja y a la petición de cita por parte de tu cirujana, y con eso le das pie a que se sumerja un buen rato en la pantalla del ordenador. Piensas que lo mínimo sería que se hubiese leído tu historial médico antes de la consulta, aunque supones que eso es mucho pedir en la ciudad sanitaria más superpoblada de Madrid. Cuando termina con la lectura te dice, señalándote la camilla:

—Vamos a explorarla.

Mientras te desvistes, tu oncólogo sigue buceando en el ordenador. No es que quieras que mire tu torso desnudo, pero tampoco te agrada esa total indiferencia. La que te explora es su ayudante, y muy someramente. Le dice que está todo en orden. Te vuelves a vestir en silencio y te hundes en la silla, sintiéndote como un robot en ese ambiente gélido e impersonal. Tu oncólogo felino se vuelve hacia ti, entrelazando las manos, y te dice, con cierto tono de desidia:

—Supongo que en el hospital del que viene le habrán informado de los siguientes pasos.

Niegas con la cabeza mientras le dices:

—Pues no sé mucho, la verdad. Lo único que me ha dicho mi cirujana es que ahora tenían que analizar el tumor para saber cómo proceder.

—Exacto —dice—. Tenemos que hacer algunas pruebas específicas para saber el grado de agresividad del tumor.

—En todo caso, supongo que me tocará pasar por quimioterapia y radioterapia, ¿es así?

—No necesariamente. Que la sometamos a quimioterapia dependerá del resultado de las pruebas.

De pronto tu oncólogo (con su sexo opuesto, su aspecto felino y su ostentoso reloj y todo) acaba de abrirte una ventana por la que nadie antes había permitido que te asomaras: la posibilidad de no tener que pasar por la quimioterapia. De repente le ves hasta guapo, y como si quisiera asomar en él cierta compasión, aunque con escasos resultados.

—¿De verdad puede que no tenga que pasar por la quimioterapia? —le dices, ilusionada.

—Digamos que de las mujeres con tumores como el suyo que nos llegan —pone el borde de la mano sobre el escritorio, en forma de barrera vertical—, un 30% cae para el lado de la quimioterapia, y un 70% para el otro. Así que depende de hacia qué lado caiga el suyo.

Se te queda grabado en tu memoria visual ese gesto de la mano de tu oncólogo que corta el mundo (y tu vida) en dos, y que te recuerda, sin que puedas remediarlo, a La lista de Schindler. Internamente, rezas para que las estadísticas te sean favorables y te hagan caer del lado de la mayoría relativa del 70%. Hasta ahora habías dado por hecho que tendrías que pasar por esa parte del túnel infernal que te había anunciado tu cirujana en la primera consulta, así que el hecho de que exista una sola posibilidad de que te ahorres ese trago ya te ha alegrado el día aunque, como el samsara es así de puñetero, esa alegría viene acompañada de un miedo atroz a perderla.

Tu oncólogo te saca de tu ensimismamiento haciéndote una extraña pregunta:

—¿Y dónde está en estos momentos su tumor?

Te encoges de hombros, sintiéndote un poco culpable de haberle perdido la pista a tu bultito una vez que te fue extirpado del cuerpo. Aun así, respondes:

—Supongo que en el Hospital de la Cruz Roja, donde me operaron.

—Pues lo necesitamos para hacer las pruebas —te dice, como si fuese cosa tuya el proveérselo.

—Ya, pues no sé, supongo que tendrán que solicitarlo al otro hospital.

—Tiene que traérnoslo —dice tu oncólogo, recostado en su sillón, y se queda tan pancho.

—¿Perdón? —preguntas, convencida de que has escuchado mal.

—Tiene que solicitar usted que se lo entreguen, y traérnoslo.

—¿Yo tengo que traerle mi tumor? —dices, sin dar crédito.

—Sí —dice, mirándote sin pestañear, sobre todo porque no tiene pestañas—. ¿Qué quiere? ¿Que vaya yo a por él?

Su respuesta te desconcierta aún más.

—Yo pensaba que tendrían algún sistema de transporte entre hospitales —balbuceas. Y, ante su mutismo, te explicas—: tipo «valija diplomática».

Ahora eres tú la que has dejado desconcertados a tu oncólogo y a su ayudante, que te miran como si fueses una extraterrestre. A ti, sin embargo, te parece de lo más lógico lo que acabas de decir.

—Además, ¿cómo voy a traer yo el tumor? —preguntas, angustiada.

De pronto te has visto portando en el metro una bolsa sanguinolenta y goteante con el cadáver de tu bultito dentro. La ayudante mira de reojo a tu oncólogo, cuyo cráneo está enrojeciéndose de ira, y luego se vuelve hacia ti para —en un intento de apagar las llamas— decirte amablemente:

—No hay ningún problema. Va a «Atención al paciente» del hospital, les entrega el papel que le vamos a dar, y ellos tienen que entregarle el tumor, en un recipiente adecuado. Nos lo trae enseguida, y ya está.

Y ya está, dice la tía. Tú abres mucho los ojos, y te entran ganas de pellizcarte, por si estás soñando. Esta es una de las escenas más surrealistas que te ha tocado presenciar en tu vida. Pero entiendes que no hay mucho que hacer, porque para ellos parece ser de lo más normal este trasiego de tumores portados por los ex portadores de un hospital a otro, y te deben de ver como una niña remilgada que no quiere ayudar a su madre llevando la bolsa del pescado.

—Bueno, vale —acabas diciendo—. Si este es el procedimiento normal…

El color del cráneo de tu oncólogo vuelve a la normalidad.

—¿Tiene alguna otra duda? —te pregunta, con tanta diplomacia como frialdad.

Tú niegas con la cabeza, pero entonces te acuerdas de algo que te comentó tu hermana:

—Sí, una cosa más. Querría que me hicieran un estudio genético, para saber si este cáncer tiene un origen genético, y poder avisar de los resultados a mi familia.

—Le pediré una cita para la Unidad de Cáncer de Familia —dice, volviéndose hacia el ordenador—. ¿Alguna cosa más?

Tu oncólogo parece harto, y tú también lo estás, así que consideras que es mejor que os dejéis mutuamente en paz. Para una primera cita, ha sido más que suficiente. Él se pone a teclear en el ordenador y a imprimir un montón de papeles, entre los que se encuentra el que has de llevar al Hospital de la Cruz Roja para pedir que te devuelvan el cachito de ti que te han quitado. Con tu taco de papeles debajo del brazo, te despides fríamente del oncólogo que te ha tocado en gracia o, más bien, en desgracia.

Todavía algo conmocionada por lo que te está tocando hacer, te diriges al Hospital de la Cruz Roja con tu papelito en ristre, porque sospechas que, si no les entregas el papel, no te van a creer. Te diriges a Atención al Paciente, pero allí no hay nadie. Te cuelas en un despacho, y aparece por una puerta una mujer de aspecto afable, que resulta ser precisamente la jefa del servicio de Atención al Paciente. Te dice que todos se han ido a comer, y te pregunta qué deseas. Le cuentas lo que te ha dicho hace un rato tu oncólogo.

—¿Cómo? —pregunta con los ojos muy abiertos—. ¿Que te han dicho que les lleves tú misma el tumor?

—Eso —dices, reconfortada por su extrañeza—. ¿A qué es raro?

Le alargas el papel, que lee y relee, sin dar crédito. Finalmente alza los ojos y te dice:

—De ninguna manera, tú no te llevas tu tumor a ninguna parte. Nosotros nos encargamos.

Tú sonríes, aliviada y triunfante.

—Si ya decía yo que no podía ser… ¿Cómo voy a ir yo por ahí con un tumor?

—Se lo llevará un bedel, no te preocupes —te dice, tranquilizadora—. Además, la última vez que un paciente llevó un tumor a otro hospital, se lo dejó en el taxi.

A ti te entra la risa, y os reís juntas. Te parece estar en un universo mucho más amable, desde luego, que el de la «Ciudad Sanitaria de la Paz». Aunque de pronto, te entra una duda que te corta la risa.

—Lo que pasa es que el oncólogo me ha dicho que le llevara yo el tumor. ¿Cómo me puedo asegurar que va a llegar a sus manos cuanto antes?

Te das cuenta de que lo que más pesa en tu vida no son las cosas, sino las ideas. Clic para tuitear

La mujer te asegura que ella misma hablará con tu oncólogo y te llamará a ti después. De todas formas, te da su tarjeta personal, para que la llames si lo necesitas o te impacientas. Te entran ganas de abrazarla, pero te limitas a sonreír y a darle las gracias varias veces. ¿Cómo puede haber tanta diferencia en el tratamiento al paciente de unos facultativos a otros?

Al salir del hospital, te sientes tan ligera como si te hubieran quitado una piedra de diez toneladas de la espalda, y eso que tu pequeño tumor de dos centímetros de diámetro no debe de pesar más de diez gramos.

Te das cuenta de que lo que más pesa en tu vida no son las cosas, sino las ideas.

11 comentarios en «Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XXI»

  1. Gracias Isa. Dentro de lo dramático de la situación… Esta lo cómico…. Andar por ahí con un trocito de una misma. No lo había oído nunca.
    Y lo de valija diplomática… que quieres que te diga…me encantó!!!
    Un abrazo

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  2. Que placer leerte Isa!!! He devorado los tres últimos post y ya tengo hambre de más. Que fácil haces que nos deslicemos en tu mundo. Gracias por este diario tan íntimo!

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  3. Qué pena que no se haya arreglado la situación con tu exnovio. Que tristeza. siempre albergué esperanzas. Yo no tengo suerte en el amor, en fin…
    El capítulo de lo diminuto a pesar de ser duro con esas metáforas tan fuertes, directas, ciertas y realistas que empleas se suavizan con la ironía de la frase del sexo opuesto y con la parte Daliniana de tener que transportar tú tu propio tumor, se me han quedado los ojos como los del búho.
    No daba crédito a lo que estaba leyendo.
    Mucha fuerza para seguir con todo.
    Que sigas disfrutando de tus vacaciones.
    Abrazo fuerte.

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  4. Es para llorar, si no fuera porque tu lo cuentas como un episodio para reír, imagino una viñeta con médico a un lado y tu, como paciente al otro, y un bocadillo que sale de tu boca con interrogantes, sapos y culebras.
    Hay médicos que pueden hundir a un paciente, sólo con su horrible trato.
    Un abrazo y disfruta mucho
    Loreto

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  5. Me siento identificada con muchas de las cosas que explicas y mi nivel de empatía es grande por una circunstancia personal que estoy atravesando en este momento. Al tiempo,me haces sonreír porque hay una pared muy fina entre lo dramático y lo cómico y hay situaciones que con distancia irremediablemente tiene una vis humorística.
    Gracias Isa! Y mucho ánimo no hay nada que dure para siempre y pasará seguro. Un abrazo

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  6. Qué buena la expresión: «valija diplomática». Tiene todo el sentido, dentro de la situación (más propia del teatro del absurdo), en que te colocaron el doctor del cráneo rosáceo y su ayudante de labios pintados. Esas consultas, a veces, son tan gélidas, que se nos hiela un poquito el corazón. Gracias por compartir, Isa. Felices vacaciones.

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  7. Todavía no he salido del asombro, Isa, te lo aseguro, es increíble lo de tu oncólogo. Me recuerda a una traumatóloga que me atendió no hace mucho, después de soportar una lista de espera de más de seis meses, va y me pide el volante, ¿Qué volante?, le dije, ella insistió y yo le dije que suponía que a estas alturas del siglo lo normal es que pudiera verlo en la pantalla del ordenador, pero no, no quiso atenderme, sin volante no hay nada que hacer. Y yo le dije que cómo pretendían que conservase un papel durante seis meses, que a saber dónde estaría, Así que tuve que marcharme por donde había venido y comenzar desde cero.

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  8. Me ha encantado este nuevo capítulo de lo diminuto (que cada vez lo es menos) El retrato del oncólogo es brillante y muestra hasta que punto la burocracia es la consecuencia de la falta de empatía con el paciente. Verse a uno mismo por encima de él. Tu humor es tan ácido como humano a la vez. Sabes mostrar la debilidad como algo inherente a la humanidad.
    Mil gracias
    Sole

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  9. Buenos días Isa, tu relato me ha servido para remover en mi pasado, y como un niño de 9 años, se hacía las preguntas mas normales para él y super raras para los demás niñ@s de su edad. Después de un tiempo de la operación y quitarme el ojo, le dije a mi padre que ya me podían haber dado mi ojo malo en un bote de cristal, mi padre el hombre se quedo a cuadros, o eso imagino. Lo mismo te paso a ti cuando el chalado del oncólogo, te dice que tienes que traer en un bote el tumor que te han quitado de un hospital a otro. Este tipo de situaciones descolocan a cualquiera, y hacen sacar el humor más irónico para poder sobrellevar esos golpes de realidad. Menos mal que ahora existe atención al paciente, creo que en el año 1983 no existía y te encontrabas con situaciones muy desagradables y surrealistas, a mi me da que por eso saco ese humor tan particular a pasear de vez en cuando, sobre todo cuando la realidad me sobrepasa. Te mando un abrazo muy grande Isa, has sido muy valiente en todo tu proceso de sanación y te felicito por ello.

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  10. Buenas noches Isa.Su relato se apega mucho a la realidad,el trato un tanto grotesco del oncologo;la inducción ala penuria de ser la transportadora de su tumor.Menos mal que la humanidad de aquella profesional,evita la odisea de cumplir con la exigencia del especialista.
    Así a sido placentero leer su descripción con matices de esperanza,de humor de dignidad.Saludos

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