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Análisis de ‘El principito’ del VIII al XVI

El principito y los planetas, análisis por capítulos

Seguimos con el comentario literario de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, que estamos viendo por partes. Aquí tienes el análisis de los capítulos VIII hasta el XVI.

Si quieres releerte estos capítulos antes de leer el análisis, en este enlace encontrarás la obra completa.

Si quieres acceder al análisis de los capítulos V, VI y VII, pincha aquí.

Allá voy.

Capítulo VIII

Este episodio está plagado de claves narrativas: se nos presenta al tercer personaje principal (la flor amada por el principito); se narra el conflicto de arranque, el que provoca la marcha del principito de su planeta y por el que, de hecho, estamos leyendo el libro que tenemos entre las manos; y se nos revela, por último, el proceso de maduración que ha sufrido el principito desde su marcha. Todo en muy pocos párrafos y en forma de escenas con diálogos.

A estas alturas nos podemos percatar de la increíble astucia narrativa del escritor, que en muy poco espacio ha establecido los elementos necesarios para hablarnos de grandes problemas existenciales del ser humano: la amistad, el amor, la pérdida… Y lo ha hecho por medio de símbolos:

  • el dibujo de la boa: lo que esconden las apariencias;
  • el dibujo de la caja con un cordero dentro: lo invisible a los ojos necios;
  • el planeta del principito: la infancia;
  • los baobabs: los prejuicios y egoísmo que nos pueden destruir;
  • la rosa: el amor;
  • las espinas de la rosa: el sufrimiento y contradicciones que implica el amor;
  • el viaje del principito: la huida del amor y el principio del aprendizaje.
Para hacerse adulto no es necesario dejar en el camino las cosas esenciales. Madurar no consiste sino en estar abierto en todo momento al aprendizaje. Share on X

Este es un ejercicio que podríamos hacer quizá con cualquier historia (e incluso con nuestra vida), pero dudo que en cualquier historia se haga de forma tan precisa y clarividente, para que sea entendida y elaborada desde por un niño de seis años hasta por un viejo de noventa. En este sentido, podríamos decir que este relato tiene mucho de poesía, tanto, casi, como de narrativa. La poesía, no lo olvidemos, es el lenguaje de los símbolos por excelencia.

De modo que en este capítulo se nos cuenta por qué el principito decidió marcharse (de alguna forma, para vengarse del ser amado que le hacía sufrir) y lo absurda que le parece, después de todo lo aprendido, dicha decisión, provocada por el orgullo herido.

Cabe señalar que esta es la primera vez que vemos al principito como una especie de adulto. Solo alguien a quien la vida le ha hecho madurar diría algo como:

No supe comprender nada entonces. Debí haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me perfumaba y me iluminaba. ¡No debí haber huido jamás! Debí haber adivinado su ternura, detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla.

Podría ser un hombre de setenta años quien nos habla así. Y aquí está, a mi modo de ver, una de las claves, de los mensajes ocultos en la botella de El Principito. Para hacerse adulto no es necesario dejar en el camino las cosas esenciales. Madurar no consiste sino en estar abierto en todo momento al aprendizaje. Solemos tener un concepto muy equivocado de lo que es hacerse mayor, cometemos un error de partida que pagamos muy caro, con la infelicidad permanente. ¿No os ha ocurrido que las personas más sabias que os habéis encontrado a lo largo de vuestra vida tienen mucho de niños? ¿Por qué pensaremos que hacerse mayor es convertirse en un ser aburrido y anquilosado, incapaz de apreciar una puesta de sol? El principito es la prueba viviente de que nos equivocamos. El principito es un adulto que conserva toda la frescura de un niño, es decir, un ser en continuo aprendizaje que, por tanto, tiene mucho que enseñarnos.

Capítulo IX

Es necesario pasar por la experiencia del sufrimiento para conocer la verdadera felicidad. Share on X

Aquí tenemos el episodio de la despedida del principito con la rosa. Aquí se refleja, a través de un diálogo entre ellos, que a nuestro pequeño todavía le quedan un par de cosas que aprender. Y he aquí la paradoja: si se quedara con el ser amado, su incapacidad para entenderlo le haría infeliz; si se marcha, entenderá que nunca se debería haber ido de su lado. Ha de marcharse, pues, para permanecer. ¿No nos ha ocurrido a todos esto más de una vez? Este tipo de situaciones son, de hecho, las que nos rompen el corazón.

Veamos el diálogo sin acotaciones:

—Adiós.
—He sido una tonta. Perdóname. Procura ser feliz. Sí, yo te quiero, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz… Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.
—Pero el viento…
—No estoy tan resfriada como para… El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
—Y los animales…
—Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras. Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.

En este breve diálogo vemos a la flor más sabia que a nuestro personaje. Ella sabe por qué se marcha el principito, y se lamenta de que no haya sabido darse cuenta de que ella lo ama, de que se haya dejado engañar por las apariencias. Ella sabe, además, que ha de irse, no intenta retenerlo ni manipularlo. Ella sabe, por último, que ambos serán desgraciados con la separación y, a pesar de eso, la acepta con entereza.

Y esto se nos cuenta no con palabras abstractas, sino en un magnífico y condensado diálogo contrapunto en el que se habla de fanales, de resfriados, de fieras, de garras, de orugas y de mariposas, con esa maestría de Saint-Exupéry para los diálogos. Yo diría que la frase clave de este episodio es:

Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas.

Pensad en esta frase: ¿no lo explica todo? Es necesario pasar por la experiencia del sufrimiento para conocer la verdadera felicidad.

Capítulos X, XI, XII, XIII, XIV, XV y XVI

El principito recorre, a lo largo de estos episodios, seis planetas, antes de llegar a la Tierra. Siguiendo con su recorrido simbólico, Saint-Exupéry vendría a representar ciertos planetas mentales en que nos encerramos los seres humanos. Por eso es que los habitantes de estos planetas están muy solos. Son, en realidad, esclavos de sus propias tendencias enfermizas, que les impiden abrirse a los demás. Cada uno vive en su película, como de hecho vivimos por lo general los seres humanos.

Pero, de nuevo, el autor hace gala de gran eficacia narrativa, pues todo esto nos lo cuenta de una forma bien concreta, con personajes específicos y diálogos en que el principito se sitúa (nos sitúa) en la posición del sentido común para que observemos, desde ahí, lo absurdo de nuestras propias actitudes.

Los planetas, con sus habitantes y tendencias, que recorre el principito, son:

  • Planeta del rey: la soberbia, la arrogancia.
  • Planeta del vanidoso: la competitividad, el complejo de inferioridad.
  • Planeta del bebedor: la adicción, el consumismo.
  • Planeta del hombre de negocios: la avaricia.
  • Planeta del farolero: la pereza, la inercia.
  • Planeta del geógrafo: la acumulación estúpida de conocimiento.
  • La Tierra: aquel planeta que abarca todas las demás tendencias.

El hecho de que todos los planetas estén habitados por una sola persona es de vital importancia, porque es la forma de poner de relieve, de destacar, nuestra estupidez.

Nos creemos muy poderosos cuando mandamos sobre los demás y estos obedecen nuestras órdenes, pero, ¿no nos convertimos así en esclavos de nuestro propio poder?; ¿sobre quién mandamos, pues, en realidad?; ¿no acabamos siendo víctimas de nuestro afán de control?

Queremos que nos admiren, que nos aplaudan sinceramente, nos sentimos tan poco valorados por nuestros esfuerzos, pero ¿acaso no nos esclaviza esa necesidad constante de atención?; ¿no resulta muy infantil esa actitud?; ¿no nos lleva constantemente al agravio comparativo, a la envidia, a la ira y al rencor?; ¿y no estamos verdaderamente aislados en ese territorio?

Consumimos como posesos (drogas, ropa, objetos de lujo) para tratar de olvidar que todas esas cosas, al fin y al cabo, no nos hacen más felices, sino más voraces, más acaparadores, más competitivos; ¿no estamos muy solos, también, en el círculo vicioso de nuestras adicciones?

Queremos cada vez más dinero y más posesiones, y se nos va la vida en administrarlas y conservarlas, en una preocupación constante que nos convierte en unos amargados y nos impide atender a nuestras verdaderas necesidades y, por supuesto, a las de los demás; ¿es esta, acaso, una manera de conducirse madura y adulta?

Gastamos nuestras fuerzas y energías en atender a consignas y dogmas que nunca hemos puesto en cuestión, en una inercia agotadora, pero muy cómoda; y nos sentimos tan cansados… querríamos dormir para toda la eternidad, en un sueño tan alienante y cómodo como es el de seguir agotándonos por algo que ni siquiera sabemos si tiene sentido; como dice el principito del farolero: «Es el único de quien pude haberme hecho amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño y no hay lugar para dos…»; y es que en el reino de la inercia, de la pereza, no hay lugar para el diálogo, para la comunicación ni para el crecimiento.

Acumular conocimiento como quien colecciona chapas no sirve sino para hacerse cada vez más estúpido. Share on X

El planeta del geógrafo, es decir, el del conocimiento, es en apariencia mucho más grande, pero es una grandeza de mentirijillas; acumular conocimiento como quien colecciona chapas no sirve sino para hacerse cada vez más estúpido. Se alude, así, al materialismo espiritual y, en ese sentido, da igual acumular monedas que montañas o nuevos saberes. Puedes creerte muy rico o muy sabio, pero si no sabes usar esa riqueza y sabiduría más que para acumular más riqueza y sabiduría, estás encerrado en tu propia avidez.

Y por último, la Tierra (el ser humano) es ese planeta que agrupa todas las demás tendencias, que está siendo devorado, pues, por su propia estupidez. Somos muchos, pero estamos cada vez más solos.

Si os fijáis, siempre terminan estos capítulos con un pensamiento del principito: «Las personas grandes son muy extrañas». Sí, verdaderamente, las personas mayores no parecen usar el sentido común para conducirse. Y, lo peor de todo, estas tipologías tan aberrantes son (somos) las que están (estamos) formando a los futuros adultos.

¿En qué pretendemos que se conviertan, pues, los niños? ¿No es realmente urgente escribir un libro (y hasta mil) como El principito?

1 comentario en «Análisis de ‘El principito’ del VIII al XVI»

  1. Gracias Isa por tu forma de desmenuzar la historia del principito.
    Me has hecho recorrer la historia de un modo enriquecedor y valioso.
    Voy a leerla de nuevo con mejor perspectiva
    De nuevo gracias . 🌹
    Asun

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