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Análisis de ‘El principito’ del XVII al XXI

El principito y el zorro. Análisis de El principito capítulos del XVI-XIX. Imagen generada con IA

Seguimos con el comentario literario de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, que estamos viendo por partes. Aquí tienes el análisis de los capítulos XVII hasta el XXI.

Si quieres releerte estos capítulos antes de leer el análisis, en este enlace encontrarás la obra completa.

Si quieres acceder al análisis de los capítulos del VIII al XVI, pincha aquí.

Allá voy.

Capítulo XVII

Este episodio vendría a representar el encuentro del principito con la muerte, simbolizada por una serpiente. Esta, por compasión a un ser tan puro como él, le concede una suerte de aplazamiento, de prórroga. El tiempo necesario, por lo demás, para que el pequeño príncipe concluya su ciclo vital, su aprendizaje.

Después del anterior capítulo (el de los planetas), más irónico y humorístico, aquí el narrador vuelve a ponerse serio, solemne, conservando siempre, eso sí, la concreción, el lenguaje simbólico a través de objetos concretos. Aquí no se habla de la muerte, de la existencia ni del aprendizaje, sino de flores, estrellas, desiertos, navíos y granito. Todo bien sólido y palpable, para que no nos perdamos en ningún momento.

Capítulo XVIII

Es un capítulo de transición que sirve, fundamentalmente, para reflejar el paso del tiempo y el avance espacial. Aun así, el autor no se resiste a resumir ese tiempo a través de una escena, con diálogo incluido, con una flor de tres pétalos que, en su estrechez de miras, cree que el mundo está habitado solo por siete u ocho hombres nómadas, incapaces de echar raíces, al contrario que ella.

Capítulo XIX

Aquí el principito se encuentra con el eco de las montañas, y cree haber sido respondido por los hombres, con lo que se siente más solo aún. Con la misma estrechez de miras que la flor del capítulo anterior, cree que la Tierra consiste en un montón de terreno seco y salado y unos hombres que repiten lo que les dices. Todavía le quedan cosas, pues, que aprender.

 Escribir bien, en narrativa, equivale a contar con eficacia. Angel Zapata Share on X

Capítulo XX

En este episodio el principito encuentra un jardín de rosas y cae en crisis. Al final, él que se creía tan puro y generoso, adolecía, ciertamente, de los mismos males que todos los habitantes de los planetas que ha visitado, a pequeña escala, eso sí. Se creía poseedor de una flor única en el universo, y de tres volcanes majestuosos. Pero en este planeta, en la Tierra, en el que las flores se repiten y las montañas son inmensas, se siente pequeño y desgraciado. Quizá aquello a lo que daba tanta importancia no era, tampoco, lo más importante…

Y, tendido sobre la hierba, el principito lloró.

Así termina el capítulo. El narrador no elige las palabras rimbombantes que, quizá, habría escogido un escritor principiante e inseguro. No dice «Y, dejándose caer sobre el verde frescor de la hierba, permitió que manaran de sus ojos gruesos goterones salados». Dice «Y, tendido sobre la hierba, el principito lloró». Dice, exactamente, lo que quiere expresar. Como nos desvela Ángel Zapata en su libro La práctica del relato: «Escribir bien, en narrativa, equivale a contar con eficacia».

Capítulo XXI

Es este uno de los capítulos más largos e importantes de la novela, el del encuentro entre el principito y el zorro. Es curioso —y no parece casual— que Saint-Exupéry use personas para exponernos los defectos del ser humano y un animal para hablarnos de las cualidades. Y, además, un animal tan desprestigiado por la fabulística como es el zorro. Ciertamente, el autor de este libro no parece tener mucha querencia por las personas, en particular por las personas mayores.

Es también impresionante cómo se las apaña el autor para reducir cualquier comportamiento del ser humano, por complejo que este sea, a un esbozo esquematizado y comprensible. En este caso, nos habla de la amistad (por supuesto, sin mencionar esa palabra) a través del proceso de domesticar a un animal. No solo nos habla de ello, sino que muestra, en un espacio récord, la historia de la amistad entre el principito y el zorro. Y, lo más increíble de todo: ¡en forma de diálogo! Este es un magnífico ejemplo de cómo a través de un diálogo se puede hacer avanzar la acción.

—[…] ¿Buscas gallinas?
—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa «domesticar»? […]
—Es una cosa demasiado olvidada —dijo el zorro—, significa «crear lazos»…
—¿Crear lazos?
—Sí —dijo el zorro—. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a otros cien mil zorros. Pero si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo…
—Empiezo a comprender —dijo el principito—. Hay una flor… Creo que me ha domesticado.

[…] el zorro volvió a su idea:

—Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente que los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llamará fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será maravilloso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo…

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

—¡Por favor… domestícame! —dijo.
—Me gustaría —respondió el principito—, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que buscar amigos y conocer muchas cosas.
—Solo se conocen bien las cosas que se domestican —dijo el zorro—. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los tenderos. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
—¿Qué hay que hacer? —preguntó el principito. 

—Hay que ser paciente —respondió el zorro—. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca…

El principito volvió al día siguiente.

—Hubiese sido mejor que vinieras a la misma hora —dijo el zorro—. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
—¿Qué es un rito? —inquirió el principito.
—Es también algo demasiado olvidado —dijo el zorro—. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días y una hora de las otras horas. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. El jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasear hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

Así, el principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:

—¡Ah!… —dijo el zorro—. Voy a llorar.
—Tuya es la culpa —dijo el principito—. No deseaba hacerte daño, pero quisiste que te domesticara…
—Sí —dijo el zorro.
—¡Pero vas a llorar! —dijo el principito.
—Sí —dijo el zorro.
—Entonces, no ganas nada.
—Gano —dijo el zorro—, por el color del trigo. 

Luego, añadió:

—Ve y mira nuevamente las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver nuevamente las rosas.

—No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún —les dijo—. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron molestas.

—Sois bellas, pero estáis vacías —continuó—. No se puede morir por vosotras. Sin duda un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa que puse bajo un fanal. Puesto que es ella la rosa que abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a la que escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.

Y volvió hacia el zorro.

—Adiós —dijo.
—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
—Lo esencial es invisible a los ojos —repitió el principito, a fin de acordarse.
—El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
—Es el tiempo que perdí por mi rosa… —repitió el principito, a fin de acordarse.
—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro—. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…
—Soy responsable de mi rosa… —repitió el principito, a fin de acordarse.

Así, en muy poco espacio, el zorro le explica y enseña al principito el significado de la amistad, y también de los ritos, que no sirven sino para perpetuar lo esencial de la vida. Y así es como el principito resuelve el conflicto con su amada rosa, pues se da cuenta de que la ama, y que su amor por ella la hace única en el mundo. Igual que el campo de trigo adquiere relevancia en tanto lo relacionemos con un sentimiento o recuerdo entrañable, todo se hace único y expresivo cuando se observa con los ojos del corazón. Y he aquí la frase de El Principito que lo abarca todo:

El principito es una historia que han servido para ablandarnos el corazón lo suficiente como para que este sea permeable al significado profundo de lo que aquí se dice: Lo esencial es invisible a los ojos. Share on X

Lo esencial es invisible a los ojos.

Esta frase, en efecto, lo dice todo. Podríamos pensar que el autor se podía haber ahorrado todo lo demás, pero es que para que esta frase se abra paso con eficacia en la anquilosada mente del lector, para que no sea tomada como una mera máxima para ser almacenada en nuestra lista de citas célebres o ingeniosas, ha de venir envuelta en toda una historia, con una serie de personajes, que han servido para ablandarnos el corazón lo suficiente como para que este sea permeable al significado profundo de lo que aquí se dice.

Cuando leemos esta frase, a estas alturas, sabemos adónde apunta. Casi sin querer, a lo mejor de forma inconsciente y como a pesar nuestro, pensaremos en nuestra madre o en nuestros hijos, en nuestra pareja o en un amigo lejano, en cómo los hemos descuidado quizá por estar sumidos en la rutina frenética del día a día, en que gastamos más tiempo atendiendo a las demandas de nuestro jefe o de personas a las que no apreciamos en exceso que en cuidar a nuestros seres queridos, quizá porque ellos tienen la delicadeza de no exigírnoslo o, simplemente, están habituados a nuestro desdén. «Yo soy responsable de mi rosa», termina diciendo el principito, como para recordarnos que dejemos de echar la culpa a los demás de lo que solo es responsabilidad nuestra.

En cualquier caso, Saint-Exupéry se ha ocupado de ir amasando el corazón del lector como si estuviese confeccionando una pizza, y solo en este momento la masa está a punto para darle la consigna mágica que esconde esta novela, para que esta haga su efecto y provoque una suerte de maduración en el lector, niño o adulto.

Y esto, no lo olvidemos, no lo ha hecho con un lenguaje erudito ni por medio de referencias cultas o literarias. Lo ha hecho con un lenguaje prácticamente infantil y por medio fundamentalmente de diálogos. En esto reside la auténtica maestría de Saint-Exupéry.

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