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Análisis de ‘El principito’ I y II: La esencia de lo invisible

El principito, análisis de capítulos

El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, es uno de esos pocos libros universales, que interesa tanto a niños como a adultos y que, si alguien no lo ha leído, yo creo que debería hacerlo.

Hace años realicé un análisis bastante exhaustivo de esta obra que creo que no ha perdido vigencia, y que he pensado que sería interesante compartir contigo en el blog de Escribir y Meditar. El principito, como toda la buena literatura, es profundamente espiritual, y ya su mensaje principal («lo esencial es invisible para los ojos») apunta al misterio de la vida, a aquello que a todos nos une, pero que no se puede atrapar.

Por eso me gustaría irte enviando poco a poco el análisis de este relato universal, para que, juntos, nos acerquemos a aquello a lo que el autor quería señalar, en la medida de lo posible. Es un análisis muy «mío», muy subjetivo, pero que aun así espero que te inspire para que realices tu propia lectura.

Seguramente ya te hayas leído el libro, pero aun así te animo a que vayamos releyéndolo, por capítulos, para luego poder desgranarlo juntos. Por si no lo tienes en casa, en este enlace lo encontrarás. En este post analizaremos los capítulos I y II.

Allá voy.

El principito nos introduce en un mundo diferente de aquel en que todos solemos vivir. Un mundo en el que todas esas cosas a las que solemos dar tanta importancia adquieren un valor inverso que nos deja a la altura del betún. Clic para tuitear

Capítulo I

El primer capítulo de El Principito lo utiliza Saint-Exupéry para poner en ridículo a las personas mayores. Bueno, no a las personas mayores, sino algunas de sus características más destacadas:

  • Su estupidez:

Dibujé entonces el interior de la serpiente boa a fin de que las personas grandes pudieran comprender. Siempre estas personas necesitan explicaciones.

  • Su rigidez y encasillamiento, y las repercusiones que esto produce en la infancia:

Las personas grandes me aconsejaron que dejara a un lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas y que me interesara un poco más en la geografía, la historia, el cálculo y la gramática. Así fue como, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor.

  • Su falta de sensibilidad:

Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, y es agotador para los niños tenerles que dar una y otra vez explicaciones.

  • Su falta de imaginación:

Cuando encontré alguna que me pareció un poco lúcida, la sometí a la experiencia de mi dibujo número 1, que siempre he conservado. Quería saber si era verdaderamente comprensiva. Pero siempre me respondía: «Es un sombrero». Entonces no le hablaba ni de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su altura. Le hablaba de bridge, de golf, de política y de corbatas. Y la persona grande se quedaba muy satisfecha de haber conocido a un hombre tan razonable.

Así nos introduce, en muy pocas palabras (a través de describirnos, la reacción de los adultos ante un dibujo de una boa que se ha tragado un elefante y que para ellos no es más que un sombrero) en un mundo diferente de aquel en que todos solemos vivir. Un mundo en el que todas esas cosas a las que solemos dar tanta importancia (el dinero, el estatus, la realización personal, la autoimagen) adquieren un valor inverso que nos deja a la altura del betún.

Y lo hace el autor a través de un estilo limpio, exento de adornos, con un tono algo formal que no sirve sino para parodiar esa forma de hablar de ciertos niños algo redichos, a través de una supuesta imitación del lenguaje adulto; o, lo que es casi lo mismo, esa forma de hablar de ciertos adultos, a través de una supuesta imitación del lenguaje infantil. En cualquier caso, un estilo que le aporta al discurso una considerable carga de ironía y también (por esa mezcla del lenguaje adulto con el infantil) una increíble frescura. Tenemos así, un estilo natural que nos va a acompañar el resto del relato, que se amolda perfectamente al contenido y que nos va a permitir tomar contacto directamente con la materia narrada.

Veamos el siguiente fragmento:

Tuve así, en el curso de mi vida, muchísimas relaciones con muchísima gente seria. Viví mucho con personas grandes. Las he visto muy de cerca. No he mejorado excesivamente mi opinión.

Cuando encontré alguna que me pareció un poco lúcida, la sometí a la experiencia de mi dibujo número 1, que siempre he conservado. Quería saber si era verdaderamente comprensiva. Pero siempre me respondía: «Es un sombrero». Entonces no le hablaba ni de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su altura. Le hablaba de bridge, de golf, de política y de corbatas. Y la persona grande se quedaba muy satisfecha de haber conocido a un hombre tan razonable.

Rasgos característicos del lenguaje formal serían expresiones como «en el curso de mi vida», «no he mejorado excesivamente mi opinión», «la sometí a la experiencia», «me ponía a su altura», «se quedaba […] satisfecha»... Rasgos del lenguaje infantil serían, por ejemplo, las repeticiones exagerativas (muchísimas / muchísima / mucho / muy / muy), los modalizadores (excesivamente, un poco, siempre, verdaderamente), las frases cortas («Viví mucho con personas grandes», «Las he visto muy de cerca», «No ha mejorado excesivamente mi opinión») o las enumeraciones caóticas («de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de las estrellas», «de bridge, de golf, de política y de corbatas»).

Capítulo II

El autor hace aparecer a esa personita, la única en todo el universo que podría solucionar el mal endémico que sufre el protagonista, es decir, la soledad Clic para tuitear

Tras esa pequeña introducción, el narrador-protagonista nos sitúa en pleno conflicto: él, una persona solitaria, incapaz de comunicarse con sus congéneres (los adultos) tiene un accidente de avión y se encuentra en pleno desierto, sin saber cómo abordar una reparación complicada y con agua solo para ocho días. El colmo, podríamos decir, de la soledad. Algo que se ocupa de recalcarnos machaconamente:

  • Viví así, solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente.
  • Y como no tenía conmigo ni mecánico ni pasajeros, me dispuse a realizar, solo, una reparación difícil.
  • La primera noche dormí sobre la arena, a mil millas de toda tierra habitada.
  • Estaba más aislado que un náufrago sobre una balsa en medio del océano.

Entonces, solo entonces, el autor hace aparecer a esa personita, la única en todo el universo que podría solucionar el mal endémico que sufre el protagonista (¿y el género humano?), es decir, la soledad (porque en realidad ya estaba solo antes de ir a parar a un desierto). Y esa personita aparece con una frase un tanto extravagante: «Por favor…, ¡dibújame un cordero!». No le dice: «Hola, buenos días, es un placer conocerle». No. Aparece con un ruego, casi un mandato, el de que le pinte un cordero.

A estas alturas, por fortuna, el autor ya ha distanciado al lector del mundo «serio» de los adultos, a través de ese intermediario entre los dos mundos que va a ser en todo momento el narrador. Lo suficiente, al menos, como para que una aparición así no se nos haga inverosímil. Se nos ha preparado previamente, mediante los dibujos de supuestos sombreros que en realidad son serpientes que se han tragado elefantes. Así que aceptamos sin chistar pulpo como animal de compañía… digo… un pequeño ser vestido de príncipe que va pidiendo por el desierto que le pinten corderos, por más que nos parezca bastante extravagante.

Nuestro narrador no es la típica persona que se va a amilanar ante un reto semejante. Puede que no sepa arreglar su avión, pero va a saber reaccionar sin duda (aun con la torpeza que le ha conferido el implacable paso del tiempo y el roce con tanta persona mayor) ante un niño. Añora demasiado a aquel que él fue y que se vio aplastado por el cálculo, la geografía y la gramática.

En este punto, si os fijáis, nosotros ya hemos cedido a identificarnos con nuestro narrador. Hemos bajado nuestros humos de adultos ocupados y admitimos la posibilidad de que quizá haya otras cosas más importantes en nuestra vida que el dinero, el trabajo, la hipoteca y ver una serie de Netflix.

El principito no es cualquiera de nosotros. Es aquel que ve cosas donde nosotros no vemos nada Clic para tuitear

Por tanto, no nos sorprende en exceso que el protagonista le siga el juego al principito (con el que no nos podríamos haber relacionado de entrada sin la ayuda de un intermediario algo más parecido a nosotros). Pero, antes que nada, el principito ha de pasar la prueba que requiere ese en quien ya confiamos para ponerse, como mínimo, a su nivel: el test del dibujo de la boa. Una vez que el principito ha superado esa prueba como si nada, sin darle la menor importancia, lo incluimos (junto con nuestro protagonista) en el ámbito de nuestra confianza.

Así que al narrador ya no le queda más remedio que seguir comunicándose con el principito. No solo eso, sino que, ante sus continuas críticas de los corderos que sucesivamente le dibuja, le hace un juego de manos (que, si os fijáis, es el inverso al de la boa): le dibuja una caja y dice que el cordero está dentro. Cualquiera de nosotros, si nos hicieran eso, diríamos: «Te estás burlando de mí». Pero el principito no es cualquiera de nosotros. Es aquel que ve cosas donde nosotros no vemos nada. Es aquel que ve un corderillo dormido donde nosotros vemos una simple caja mal dibujada.

El estilo sigue siendo limpio, nítido, acorde en todo momento con la historia que se cuenta.

Un fragmento de muestra:

Miré, pues, aquella aparición con los ojos absortos por el asombro. No hay que olvidar que me encontraba a mil millas de toda región habitada. Además, el hombrecito no me parecía ni extraviado, ni muerto de fatiga, ni muerto de hambre, ni muerto de sed ni muerto de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un niño perdido en medio del desierto, a mil millas de toda región habitada.

De nuevo las repeticiones infantiles, de nuevo cierto tonillo de fingida formalidad. Un lenguaje sencillo, limpio de toda retórica, la cual, en este texto, hubiera ido contra el mensaje de fondo de la historia. El lenguaje nos traslada lo que se quiere decir sin llamar la atención sobre sí mismo.

9 comentarios en «Análisis de ‘El principito’ I y II: La esencia de lo invisible»

  1. Es una maravilla de obra. Me lo he leído en español y en francés. Ha sido traducido a un montón de idiomas.
    En francés me conmueve más que en español.
    Me toca el alma en toda su profundidad.
    Cantidad de valores nos transmite: el amor, la amistad, cuidar las relaciones, cuidar el medio ambiente, una maravilla, me emociono.

    Muchas gracias Isabel.

    Abrazo enorme

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  2. Qué gran idea, Isa. Como siempre tus rscritos no tienen desperdicio. He disfrutado como un niño leyendo tu comentario. Cuenta conmigo para releer este maravilloso cuento.

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  3. Es genial. Como obra narrativa está bien. Como adaptación teatral, también. Y cómo guía para la vida. Y es que sus enseñanzas sirven para todo. No tiene desperdicio.

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  4. Me gusta esta idea Isa! El principito tiene la cualidad de hablar el lenguaje del corazón, y ese siempre es el camino. Gracias.
    Maite Corroto

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  5. Isa: Me encanta tu idea de estudiar de este modo EL PRINCIPITO. Lo tengo en casa por duplicado. Uno en una edición corriente y otro en una edición de lujo que me compré por capricho y por amor a ÉL.
    Es una idea genial. Tu siempre las tienes.
    Un gran abrazo.

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  6. Me ha gustado siempre, pero lo leí de adulta y con el prejuicio de que era un libro para niños. A pesar de que no lo entendí y pensé que era por mi edad, me dejé llevar.
    Gracias por llevarme de nuevo con el Principio, Isa.

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  7. De los pocos libros que, cuando estoy de bajón, me apetece releer,
    Y tengo el disco con la voz de Gérard Philippe.
    Me encanta.
    Esta vez lo leeré contigo.
    Un abrazo.

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  8. El autor era una persona de alta sensibilidad PAS, por eso nos gusta…porque nos identificamos con sus sutilezas y sus antenas amplificadas. Porque somos como él y le entendemos…! Estamos en un entorno seguro. Gracias por tidas?estas explicaciones…Lo que no sé es cómo se lo publicaron, era un adelantado a su tiempo.

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