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Análisis de ‘El principito’ V, VI y VII

El principito y los baobad

Seguimos con el comentario literario de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, que estamos viendo por partes. Aquí tienes el análisis de los capítulos V, VI y VII,

Si quieres releerte estos capítulos antes de leer el análisis, en este enlace encontrarás la obra completa.

Si quieres acceder al análisis de los capítulos III y IV, pincha aquí.

Allá voy.

Capítulo V

Con el fuerte anclaje que el narrador de la historia ha hecho en el capítulo anterior, ahora ya se siente libre para contarnos la historia sin estar demasiado pendiente de captar nuestra confianza a cada instante. Por tanto, su tono se vuelve algo más serio, menos inclinado a la ironía o el sarcasmo (aunque sigue usándolo, desde luego, a lo largo de casi toda la historia), para desplegar ante nuestros ojos todo ese mundo donde las cosas importantes tienen que ver con flores o semillas o baobabs o corderos o amaneceres.

También aquí se retoma la trama de la historia, aprovechando el dibujo del cordero, y se nos informa del problema al que se enfrenta el principito (que no es sino la tapadera de otro mucho más grande): en su planeta hay todo tipo de semillas, y él necesita deshacerse de aquellas que se convertirán en baobabs, árboles que podrían llegar, si no se los arranca con prontitud, a destruir su planeta. El cordero le servirá a tal fin, si le adiestra para que se coma los brotes de baobabs.

En El Principito siempre se nos está hablando de algo por debajo de lo que se nos está contando. Bajo la imagen de los baobabs que destruyen pequeños planetas se esconde la del ser humano destruyendo su planeta y la del egoismo de… Clic para tuitear

Por si acaso volvemos a caer en la tentación de tomarnos este argumento a risa, el narrador se ocupa, al final del capítulo, de afianzar su importancia. Para el principito (y, por tanto, para el narrador y, por tanto, para nosotros, los lectores) es importante que haga llegar a los niños de la tierra este mensaje: ¡cuidado con los baobabs! Para ello, el narrador usa su caja de lápices (que en todo momento, a lo largo del libro, no es sino una metáfora de las herramientas del escritor). Veamos los dos últimos párrafos:

Y, según las indicaciones del principito, dibujé aquel planeta. No me gusta mucho adoptar tono de moralista. Pero el peligro de los baobabs es tan poco conocido, y los riesgos corridos por quien se extravía en un asteroide son tan importantes, que, por una vez, salgo de mi reserva. Y digo: «¡Niños! ¡Cuidado con los baobabs!».

Para prevenir a mis amigos de un peligro que desde hace tiempo los acecha, como a mí mismo, sin conocerlo, he trabajado tanto en este dibujo. La lección que doy es digna de tenerse en cuenta. Quizá os preguntaréis: «¿Por qué no hay, en este libro, otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs?». La respuesta es bien simple: he intentado hacerlos, pero sin éxito. Cuando dibujé los baobabs me impulsó el sentido de la urgencia.

Si os fijáis, en El Principito (como en todas las buenas narraciones) siempre se nos está hablando de algo por debajo de lo que se nos está contando. Cuando el narrador habla de que la grandeza de su dibujo de los baobabs responde al sentido de la urgencia, con que creía que debía avisar a los niños del peligro que pueden suponer dichos árboles, está hablando —o puede estar hablando perfectamente— del sentimiento de urgencia que debe asaltar al contador de historias por hacer entender al lector la importancia de lo que le está contando.

En este caso, bajo la imagen de los baobabs que destruyen pequeños planetas se esconde, a mi modo de ver, la del ser humano destruyendo su planeta y, a más pequeña escala, la del egoísmo de la mente de las personas, que solo se preocupan por su propia comodidad sin atender a las necesidades de quienes las rodean. Y, a más pequeña escala todavía, la de las perniciosas semillas que sembramos en los niños y que, con el tiempo, se convertirán en egoísmo y desatención a la esencia de la vida. Y, a más pequeña escala todavía, cualquier conflicto que el lector sienta que está invadiendo su vida y no le deja empatizar con los demás.

Por supuesto, todo esto el lector no lo percibe por medio del raciocinio. Como todos los símbolos, la imagen de los baobabs ataca directamente al inconsciente, es decir, ahí donde más nos duele.

Fijaos si es serio aquello de lo que nos está hablando el autor del libro, por medio de un sencillo argumento de un hombrecito venido de las estrellas y un lenguaje más sencillo todavía. Y fijaos cómo el narrador nos señala dicha importancia con todos los medios narrativos a su alcance sin, en ningún caso, recurrir a la abstracción o a la moralina que —he de reconocerlo— rezuma mi párrafo anterior.

Capítulo VI

Seguimos en este capítulo intimando con el principito. En este caso, el narrador adopta una segunda persona, como si fuese al mismo principito a quien se dirige, para acentuar la emotividad que le causa su recuerdo. Y también un marcado efecto lírico que, a partir de aquí, va a salpicar de vez en cuando la narración.

Se habla aquí del gusto del principito por las puestas de sol. También de cómo en su pequeño planeta (el de la infancia) es capaz de disfrutar muchas veces de ese privilegio sin que se convierta en rutina, cosa de la que seríamos incapaces los adultos, que ni siquiera podemos disfrutar de una puesta de sol cada diez años sin que se nos abra la boca de aburrimiento.

Capítulo VII

Ningún niño sería capaz de articular el discurso que lanza el principito, pero, lo que hace el autor a través de este personaje, es articular con palabras el punto de vista de los niños para que sea comprensible a los adultos Clic para tuitear

En este capítulo, bajo la arboladura de una discusión sobre corderos que se comen flores con espinas, a la vez que se continúa con el argumento, se esconde un verdadero debate dialéctico sobre la postura de los adultos (representados por el narrador) con respecto a los niños (representados por el principito). Cuán dañina puede llegar a ser aquella y cuánto tienen que enseñarnos estos, a los que, por lo común, despreciamos.

Por supuesto, ningún niño sería capaz de articular el discurso que lanza el principito, pero, de alguna forma, lo que hace el autor a través de este personaje es articular con palabras el punto de vista de los niños para que sea comprensible a los adultos, que solo parecemos entender las cosas a través de la lógica y el razonamiento. Solo de este modo nos daremos cuenta de lo estúpidos que podemos llegar a ser despreciando la capacidad de los niños para dar importancia a lo que de verdad vale la pena.

Para verlo mejor, dejemos este diálogo pelado, sin acotaciones:

Principito: Si un cordero come arbustos, ¿se comerá también las flores?

Narrador: Un cordero se come todo lo que encuentra.

P: ¿Hasta las flores que tienen espinas?

N: Sí. Hasta las flores que tienen espinas.

P: Entonces, las espinas, ¿para qué sirven?

N: Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.

P: ¡Oh! ¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas… ¿Y tú, tú crees que las flores…?

N: ¡No, no! ¡Yo no creo nada! Te he contestado cualquier cosa para que te calles. ¡Yo me ocupo de cosas serias!

P: ¡De cosas serias! ¡Hablas como las personas grandes! ¡Confundes todo!… ¡Mezclas todo! Conozco un planeta donde hay un señor muy colorado. jamás ha olido una flor. Jamás ha mirado una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más que sumas y restas. Y todo el día repite como tú: «¡Soy un hombre serio!». Se infla de orgullo. Pero no es un hombre; ¡es un hongo!

N: ¿Un qué?

P: ¡Un hongo! Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos comen igualmente las flores. ¿Y no es serio intentar comprender por qué las flores se esfuerzan tanto en fabricar espinas que no sirven nunca para nada? ¿No es importante la guerra de los corderos y las flores? ¿No es más serio y más importante que las sumas de un señor gordo y colorado? ¿Y no es importante que yo conozca una flor única en el mundo, que no existe en ninguna parte, salvo en mi planeta, y que un corderito pueda aniquilarla una mañana, así, de un solo golpe, sin darse cuenta de lo que hace? ¿Esto no es importante? Si alguien ama a una flor de la que no existe más que un ejemplar entre los millones y millones de estrellas, es bastante para que sea feliz cuando mira a las estrellas. Se dice: «Mi flor está allí, en alguna parte…». Y si el cordero come la flor, para él es como si, bruscamente, todas las estrellas se apagaran. Y esto, ¿no es importante?

Podemos concluir aquí: sí, claro que es relevante, lo que pasa es que no puedo darme cuenta de su importancia hasta que tú, principito, me lo dices. Porque solo a través de tus palabras, de tu historia, de tu sinceridad y de tu sentido de la urgencia, se produce el milagro de la transmisión. Y solo al dejarme contagiar por esa urgencia, seré capaz de dejar a un lado los tornillos, las tuercas, los números, las preocupaciones diarias, la evasión nocturna de la serie de turno en la televisión. Todo eso que de pronto, me parece tan nimio.  E ir a consolarte por todo el daño que te he hecho con mi estúpido orgullo de persona seria. Y esto lo digo yo, que aunque analizo esta obra literaria, también soy una persona, y me dejo impregnar por la verdad.

2 comentarios en «Análisis de ‘El principito’ V, VI y VII»

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