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Análisis de ‘El principito’ XXVI y XXVII

Análisis final del El principito

Terminamos con el comentario literario de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, que estamos viendo por partes. Aquí tienes el análisis de los capítulos XXVI y XXVII, los últimos.

Si quieres releerte estos capítulos antes de leer el análisis, en este enlace encontrarás la obra completa.

Si quieres acceder al análisis de los capítulos del XXII al XXV, pincha aquí.

Allá voy.

Capítulo XXVI

Aquí el relato se ha convertido definitivamente en poesía. Se habla de una serpiente que no es serpiente y de una muerte que no es muerte, de estrellas que ríen como cascabeles y de una responsabilidad que cumplir. Se habla, en realidad, de la ausencia del ser querido y de cómo llenar la amplitud de la pena, de la pérdida, con todo lo que el ser querido nos dio, y también con lo que le dimos nosotros, con ese tiempo que «perdimos» por él. Dejarnos llevar por la desesperación, en ese contexto, sería muy egoísta. En la tristeza honda de la pérdida se encuentra la inmensa alegría del recuerdo, de aquello que hace brillar las estrellas y todo lo que nos rodea. Tiene sentido que las personas aparezcan… y desaparezcan. Solo tenemos que encontrarlo en lo que no se ve con los ojos, sino con el corazón.

El principito, aparentemente, muere por la picadura de la serpiente. Pero ¿muere realmente o se ha marchado a su planeta a preservar a su flor? ¿Se ausenta para el narrador o permanece para siempre a su lado? ¿Y a nuestro lado? ¿No es acaso su muerte (la muerte del personaje) la que permite que exista esta historia inmortal? Entonces, ¿muere o no muere? ¿Qué es la muerte, al fin y al cabo, si no la forma de perpetuar la vida?

Podremos ponernos tristes, pero agradeceremos que las cosas hayan ocurrido así, porque de otra forma no habríamos tenido el privilegio de estar leyendo esta magnífica historia. Ni de transmitírsela, a nuestra manera, a aquellos que en breve transportarán, en nuestro lugar, la antorcha de la vida. Porque este libro no es sino eso, un espléndido canto a la vida y a cómo transmitírsela a los demás.

Y no lo olvidemos, toda esta poesía, todo este canto, está expuesto fundamentalmente en forma de diálogo. De un diálogo infantil, simple, cristalino. Cabe preguntarse cómo es posible este milagro. Y cabe contestarse que gracias a la inspiración literaria de su autor y, sobre todo, a su urgencia por transmitir, con todos los medios a su alcance, un mensaje de vital importancia para la humanidad. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el mundo es un poco mejor gracias a que el personaje del principito fue concebido un día por la mente de su creador.

Capítulo XXVII

«No me dejéis así. Decidme, por favor, si me habéis entendido. Si permitiréis al principito que vuelva una y otra vez sobre la Tierra para recordarnos nuestra responsabilidad: la de nunca dejar de ser niños, la de ser adultos… Clic para tuitear

En su despedida, el narrador habla de que han pasado seis años desde que vio por última vez al principito. Seis años, cabe suponer, de duelo por la pérdida del ser querido. Seis años necesarios para reconstruir la historia con lucidez, seis años en que le ha dado tiempo a apreciar lo verdaderamente relevante.

Y vuelve a sacar en este fragmento, por última vez, su caja de pinturas. Y sus dudas con respecto al trabajo realizado. Todo el mundo comete descuidos, y él olvidó pintar una correa de cuero para el bozal. ¿Se comerá el cordero finalmente la flor? Le queda esa duda existencial, que viene a ser la siguiente:

«¿Entenderá el lector lo que he querido decir, a pesar de todas las imperfecciones de mi prosa?».

Era su responsabilidad no defraudar la amistad del principito (transmitir con éxito su mensaje a todos los niños y adultos del mundo) y, sin embargo, olvidó algo tan tonto como la correa del bozal (mil posibles detalles reveladores, mil formas alternativas de contar lo mismo). Puede que esto no tenga ninguna importancia (que el principito haya tomado medidas, que los lectores entiendan a pesar de todo), y cuando piensa así todas las estrellas se ríen; o puede que sí tenga importancia (que el principito se descuide, que el lector no sepa valorar la importancia del mensaje que se le está transmitiendo), y entonces las estrellas lloran. No es una cuestión banal. El artista, como todos, es responsable de sus actos, de la eficacia de su transmisión.

Es una responsabilidad tan grande, que cada paisaje que dibuja con sus palabras es el más bello del mundo, pero también el más triste. En cada relato siente la presencia, pero también la ausencia de sus seres queridos. En cada historia tiene la esperanza de transmitir la esencia de la vida, pero también le abate la duda de no haberlo logrado.

Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis de reconocerlo, si viajáis un día por el África, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme enseguida, decidme que el principito ha vuelto…

Estas son las últimas palabras de El Principito. «No me dejéis así —parece decirnos el narrador—. Decidme, por favor, si me habéis entendido. Si permitiréis al principito que vuelva una y otra vez sobre la Tierra para recordarnos nuestra responsabilidad: la de nunca dejar de ser niños, la de ser adultos consecuentes con aquel planeta del que todos provenimos, el de la infancia, el de las cosas esenciales».

Parece una amarga ironía de la vida (tan amarga como las burlas que el escritor hace a «las personas grandes») las condiciones en que Antoine de Saint-Exupéry desapareció en 1944. Piloto de profesión, durante la Segunda Guerra Mundial escapó a la ciudad de Nueva York, pero volvería poco más tarde para volar junto a las fuerzas aliadas en un escuadrón instalado en el área del Mediterráneo. A la edad de 43 años se encontraba dispuesto a abandonar la aviación, pero su aeronave de reconocimiento, un Lockheed Lightning P-38, se estrelló en el mar Mediterráneo en lo que fue su última misión.

En 1998, un brazalete de plata fue encontrado por un pescador al este de la isla de Riou, cerca del lugar de la desaparición en la costa de San Salvador e identificado como perteneciente a Saint-Exupéry: estaba grabado con los nombres de su esposa y sus editores, Reynal & Hitchcock, y estaba enganchado a una pieza de tela de su traje de piloto.

En abril de 2004, el Departamento de Investigaciones Arqueológicas Submarinas francés confirmó que los restos del avión extraídos en octubre de 2003 de la zona donde se encontró el brazalete pertenecían al avión de Saint-Exupéry. A esta conclusión se llegó después de comprobar que el número de matrícula de los restos correspondían con el del escritor, según los archivos de la USAF (la Fuerza Aérea de los Estados Unidos).

En 2008 un piloto alemán llamado Horst Rippert confesó al diario francés La Provence que fue él quien derribó el avión en el que desapareció, en 1944, Saint-Exupéry. El militar de 88 años declaró: «Pueden dejar de buscar. Fui yo quien abatió a Saint-Exupéry», y agregó: «Fue después cuando supe que se trataba del escritor. Yo esperaba que no fuera él, porque en nuestra juventud todos habíamos leído sus libros y los adorábamos».

Después de la Segunda Guerra Mundial, Rippert se convirtió en periodista deportivo. Y no me extraña, después de haberse cargado al escritor al que adoraba en una guerra provocada por tremendos baobabs, cuyas semillas no se habían sabido detectar en las mentes humanas.

Quizá tendríamos que leernos El principito (y dárselo a leer a nuestros hijos) muchas más veces de las que lo hacemos, tantas como haga falta para que verdaderamente lo entendamos, para que nuestros actos —como especie y como individuos— hagan honor a su contenido.

5 comentarios en «Análisis de ‘El principito’ XXVI y XXVII»

  1. Gracias Isa por este último Post, preciosocomo todos.
    Un nudo en la garganta tengo.
    Una maravilla de obra, traducida a muchísimos idiomas.
    Que bien transmite el autor todas sus vivencias y sentimientos tanto los suyos como los de El Principito.
    Yo lo tengo en francés y en español, y no puedo leerlos, me conmueve muchísimo, porque el último dibujo ya no está El Principito.
    Obra que nos transmite multitud de valores.
    Valorar la esencia de las cosas y de las personas. Valorar la belleza de la vida y de las relaciones humanas porque son esos pequeños detalles los que nos aportan felicidad, dejando de lado el materialismo y la superficialidad.
    Abrazo enorme.

    Responder
  2. Querida Isa. Siempre adoré EL PRINCIPITO. Tengo el libro desde hace mucho años. Una edición que fue impresa en Argentina en el año 1951. Lo he leído varias veces. Es un libro que debe leerse de vez en cuando. Leerse y releerse. Siempre me ha emocionado. Y ahora con tus observaciones y comentarios ese libro adorado se enriquece y adquiere un valor increíble.
    Es un libro dedicado a las personas mayores que fueron niños. Todos hemos sido niños, pero muy frecuentemente lo olvidamos. Cuando sucede esto es cuando debemos recurrir al Libro de Saint Exupéry .
    Gracias, querida Isa. Gracias por todo lo que nos das. Por tu sensibilidad y tu atención a todas las personas que te rodeamos.

    Responder
  3. Muchas gracias, Isa. Nunca podría yo interpretarlo y analizarlo como tú lo has hecho, pero he sentido, como nadie, una tormenta de sentimientos y emociones. Es posible que El Principito nunca regresase a su pequeño planeta, que se quedase agazapado en mi interior, y en el corazón de todas las personas y personitas que han tenido la fortuna de conocerlo a través de la lectura.

    Responder
  4. Isa! Tu has comprendido perfectamente el mensaje “lo esencial es invisible a los ojos”, el libro es bellísimo y este último análisis ha llegado directo hasta mi corazón.
    Gracias gracias gracias.

    Maite

    Responder

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