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Atravesar el miedo

Mapa de la pandemia de coronavirus, atravesar el miedo

Dedicado a mis alumnas y alumnos, por su valentía y su compañía a la hora de atravesar las negras nubes del miedo.

Hace unos cuatro años visité el campo de concentración de Auschwitz. Iba con —en aquel tiempo— mi pareja, Markus. Estar en aquel lugar ya era tremendo de por sí, pero además hacerlo con un alemán fue escalofriante, por su implicación emocional.

Lo que más me impresionó fue la meticulosidad y la sangre fría que fueron capaces de desplegar los nazis para realizar el exterminio. Cómo clasificaban por categorías a las personas que entraban en el campo de concentración con símbolos que les estampaban como a ganado (los romaníes, los asociales, los homosexuales, los judíos, los polacos…); cómo usaban la psicología para desempoderarlos de una forma sistemática; cómo los despojaban de sus ropas y enseres que, a su vez, clasificaban con extremo cuidado…

En fin, era un tipo de ira calculada que para mí resulta desconocida. Mientras veía todo aquello me daba cuenta de que en un país como España habría sido muy difícil que ocurriese un holocausto de esas características: somos capaces de matarnos unos a otros, y lo hemos demostrado en no pocas ocasiones, pero nuestra ira es ardiente, nos sería imposible aplicar una crueldad tan fría y analítica.

En España habría sido muy dificil que se produjera un exterminio como en Alemania. Podemos matarnos los unos a los otros, pero nuestra ira es ardiente; no podríamos aplicar una crueldad fría y analítica como se hizo en Auschwitz. Clic para tuitear

Confinados de primera clase

No sé por qué me ha dado por pensar en eso en estos días. Tampoco es que nos encontremos en un campo de concentración precisamente; en ese sentido, somos confinados de primera clase. Pero supongo que ahora vienen de la memoria ancestral a nuestras diminutas mentes otras situaciones de sufrimiento masivo por las que ha pasado el ser humano. Ahora, de alguna manera, podemos empezar a vislumbrar el espanto de lo que tuvieron que vivenciar tantísimas personas a lo largo de la Historia.

Ahora podemos empezar a vislumbrar el espanto de lo que tuvieron que vivenciar tantísimas personas a lo largo de la Historia. Clic para tuitear

Por lo demás, da la impresión de que cada cultura llevará el confinamiento a su manera. Aquí en España somos fogosos, para vivir y para morir. Hemos ardido y agotado nuestras fuerzas en los primeros días, como si esto fuese a ser cosa de una semana, y el desgaste empieza a pasar factura. Hemos aplaudido hasta hacernos ampollas, hemos cantado «Resistiré» a voz en grito y nos hemos quedado afónicos, estamos saturados, necesitamos aire fresco y sol, empezamos a ponernos tristes, las pantallas nos repelen, no entendemos cómo esto no se acaba de una vez y las noticias nos debilitan… Somos como niños hiperactivos atados a una silla.

Las diferentes fases del confinamiento: la responsabilidad se abre paso

He estado esta semana con mis dos hijos adolescentes, de trece y catorce años, a los que fui a buscar el lunes pasado a casa de su padre en un Uber con los cristales tintados, como si estuviese cometiendo un delito. Ha sido una semana intensa, con momentos de tristeza, enfado, confusión, estrés y también con espacios luminosos que de pronto se abrían como flores hermosísimas y atemporales: un atardecer explosivo, una sesión irrepetible con mis alumnos, un abrazo estremecedor con mi hijo pequeño, un ataque de risa de los tres, un baile improvisado en la cocina con la música salsa del vecino, un grito por el balcón, un mensaje de gratitudcosas simples que antes me habrían pasado inadvertidas y que ahora suponían la vida en estado puro.

Ha sido una semana intensa, con momentos de tristeza, enfado, confusión, estrés... y también con espacios luminosos, como una sesión irrepetible con mis alumnos, un abrazo estremecedor con mi hijo pequeño o un ataque de risa de los… Clic para tuitear

He ido pasando, supongo que como todos, por las diferentes fases de choque, incredulidad, negación, perplejidad, euforia, impotencia, enfado, saturación, desesperanza y una profunda tristeza. Todas atravesadas por ráfagas de solidaridad, compañerismo, alegría y ternura. He visto en mis hijos otras fases diferentes: euforia, hiperactividad, evasión, cansancio y aburrimiento. Ayer me decía Elmo, mi hijo mayor: «A lo que tenía más miedo era a hartarme del móvil, y me está pasando… ¡El aburrimiento me va a matar, mamá!».

Me he enfadado en varias ocasiones con ellos, especialmente cuando —el tercer día de confinamiento— hicimos una vídeollamada a mi madre y, en vez de estar «ahí», tratando de animar a la yaya, se pusieron a hacer tonterías y a reírse, mientras mi madre repetía una y otra vez que no oía nada ni veía nada y que lo único que hacía era pasear por el pasillo arriba y abajo. Me puse rabiosa con ellos, les acusé de insensibles y perdí los nervios, y al cabo de un rato me di cuenta de que había sido por la sensación de impotencia que me causaba la situación: mi madre encerrada en su casa, yo en la mía… exactamente en la misma situación de aislamiento e incomunicación que habíamos estado siempre desde mi nacimiento; se ve que me creía que una pandemia iba a cambiar eso.

Entonces convoqué a Elmo y a Ari a una asamblea familiar, y les expliqué cómo me afectaba esta situación, cómo me tocaba atender a muchos frentes a la vez: el de la salud, el de mi trabajo y mis cursos, el de los problemas económicos que estaba causando esta situación a mí y a tantas personas, el de la gente que lo estaba pasando mal a mi alrededor, el de la vulnerabilidad de mi madre encerrada con la cuidadora… Que ese estrés hacía que estuviera volcando cosas en ellos que no les correspondían, cuando en realidad estaban haciéndolo genial. Ellos, a su vez, me dijeron la carga que les suponía las clases online con una plataforma que no funcionaba la mayoría de las veces, la preocupación por qué pasaría con el curso cuando volviesen al instituto, lo duro que resultaba no poder hacer skate y la separación de su novia (para Elmo), lo que odiaban estar encerrados… Ahí fue como si se liberase toda la presión contenida de lo no dicho. Nos ardían las mejillas y, simplemente, estábamos ahí, unidos ante esto de una manera compacta e irreversible.

Me ha sorprendido lo responsables que han sido: por la mañana estudiaban, por la tarde hacían ejercicio físico, leían… También han estado mucho con el móvil, con el Mindcraft y con Netflix, desde luego, pero no tanto como yo imaginaba. Por otra parte, han preparado la comida o la cena cuando yo tenía clase, han limpiado la casa, han metido los cacharros en el friegaplatos todos los días… Cuando salía agotada de las sesiones de vídeoconferencia, allí estaba en la mesa mi plato calentito. Lo que no había conseguido en todos estos años se ha desarrollado esta semana de una forma natural, sin que ni siquiera tuviese que decirlo. Y a las ocho, los tres a aplaudir en el balcón. Nos hemos vuelto muy mimosos, nos abrazábamos a todas horas. El contacto físico parecía imprescindible entre nosotros y con nuestros gatos, que no han sido más acariciados y besados en su vida. Un día Ari se prestó voluntario para llevar el vidrio y el papel al contenedor (algo inédito en él) mientras yo me acercaba al supermercado. Me hizo salir del portal veinte segundos antes que él, para no ir juntos y que no nos parase la policía. Así que así fuimos, a dos metros el uno del otro, riéndonos por la calle desierta y haciendo como que no nos conocíamos.

Dar la bienvenida a las emociones en un mundo en disolución: el miedo

Y atravesando todo esto, en todo momento, el MIEDO.

Se ha hablado mucho del miedo en estos días, aunque es curioso que cuanto más extrema se vuelve la situación, menos se oye hablar de él. En los círculos en los que me muevo (personas que meditan, que cuidan su cuerpo, que realizan trabajo emocional, que hacen actividades creativas…) se tiene asumido que las emociones y las enfermedades están muy relacionadas, que cuerpo y mente son una sola cosa, y que el miedo, el odio, el orgullo, la ira, etc. bajan las defensas y provocan enfermedades, mientras que el amor, la generosidad o la compasión las pueden curar.

De ese entorno proviene uno de los múltiples discursos que he venido escuchando estas semanas con algunas variantes: no hay que dar noticias alarmantes, el gobierno está actuando fatal metiéndonos el miedo en el cuerpo, el miedo y la depresión van a matar a más personas que el virus, hay que fomentar las emociones positivas, lo que necesita la gente es tomar el sol y pasear para fortalecer su sistema inmunitario, etc. El mensaje subliminal que yo percibía era el siguiente: «No tengas miedo, porque el miedo baja las defensas y entonces será más fácil que te infectes por el virus». Y a donde nos ha llevado ese discurso (y lo que subyace a él) no es ya a que tengamos miedo del virus (que lo tenemos), sino a que además tengamos miedo del miedo.

El discurso que escuchaba en mi entorno era: 'No tengas miedo, porque el miedo baja las defensas y entonces serás más vulnerable al virus' Clic para tuitear

Ahora ya no se oye ese discurso.

Padres y madres de amigos que se mueren solos y aterrados en el hospital, familiares hospitalizados, personas muy graves a las que les quitan los respiradores para salvar a otras con más años de vida por delante, cadáveres de ancianos abandonados hallados por el ejército en las residencias, el pabellón del IFEMA convertido en hospital de campaña y el Palacio de Hielo, en morgue.

Nos hemos quedado mudos.

¿Cómo no vamos a sentir miedo? ¿Acaso hemos trascendido nuestras emociones y el apego al yo? ¿Acaso podemos extirparnos nuestro cerebro reptiliano? ¿Acaso hemos dejado de ser humanos para convertirnos en robots? Pues no, lo único que pasa es que nos resulta difícil aceptar que tenemos miedo y nos engañamos con la idea de que lo hemos trascendido. Y además nos creemos que podemos dar lecciones a los demás.

Los que me han salvado desde el principio de escaparme del miedo (y de que, por tanto, este se volviera mucho más peligroso) han sido mis alumnos y alumnas. En las clases me veía obligada a poner en práctica con ellos aquello que llevábamos tanto tiempo practicando juntos: el no huir de las emociones negativas, sino darles espacio, cariño, voz, y transformarlas en belleza a través de la creatividad. No podía escaparme de eso, se lo debía.  Y claro, una cosa es hacer eso (o jugar a hacer eso) cuando crees que existe un mundo «seguro» ahí fuera que te sostiene, y otra cosa es experimentarlo en un mundo en disolución.

Y lo cierto es que está siendo la experiencia más extraordinaria de mi vida.

Permitirnos sentir lo que sentimos, el miedo, la rabia, la tristeza, la preocupación, la culpaHacerle frente al sufrimiento existencial del ser humano (el sufrimiento ante el dolor, ante la enfermedad y la muerte, ante la impermanencia y ante el aferro a nuestra identidad). Darle cabida entre todos, ponerlo en palabras y vivencias concretas y, a través de ellas y de la escucha atenta, llegar a sus opuestos: la entereza, la alegría, la ternura, la empatía, la confianza… Entender que nuestro presente es lo único importante (el pasado se ha borrado y el futuro es totalmente incierto), sostenernos juntitos en la cuerda floja, quebrarnos, llorar a través de la pantalla del ordenador, traspasarla con nuestros corazones palpitantes sin necesidad de palabras. Estar ahí, todo el rato ahí. Sin falsedad. Con miedo. Con mucho miedo. Miedo por los seres queridos. Miedo a perder el control de nuestras vidas tan organizaditas hace unas semanas. Miedo a no poder respirar. A tocarnos la cara. A morir.

Bendito miedo cuando no se le trata como al enemigo, cuando se lo acoge como uno más, como algo natural; cuando se admite y se atraviesa, porque solo entonces, a través de él, podemos vislumbrar todo ese sufrimiento por el que ha… Clic para tuitear

Pero ahí. Todo el tiempo ahí. Unidos entre nosotros. Unidos al planeta entero por ese miedo atávico y muy humano. Meditando juntos todos los días a las siete de la tarde, escribiendo, explorando nuestros patrones. Dejando salir a los niños internos para que se expresen, y arropándolos. Al principio, el miedo nos atravesaba. Ahora, atravesamos el miedo en compañía, como estas nubes tan negras de hoy en Madrid que, por contraste, nos permiten apreciar el resplandor del sol. Bendito miedo cuando no se le trata como al enemigo, cuando se lo acoge como uno más, como algo natural si las personas se están muriendo a tu alrededor, cuando se admite y se atraviesa, porque solo entonces, a través de él, podemos vislumbrar todo ese sufrimiento por el que ha atravesado el ser humano a lo largo de la historia y compadecernos verdaderamente de él y de nosotros mismos aquí y ahora. Y entonces, cuando eso sucede, la compasión acuna al miedo y este se queda dormidito como un bebé.

Hoy me he enterado de que mi madre (de ochenta y siete años) tiene cáncer y que tendré que acompañarla al hospital en las próximas semanas para que se ponga en tratamiento. Más que el cáncer (muy lento al tratarse de una persona tan mayor), me ha impactado el hecho de tener que exponerla a un hospital en plena pandemia. He sentido miedo por ella, y también por mí.

Esta tarde he acompañado a los niños abajo, al portal. Germán, su padre, venía a buscarlos en un taxi. Traía una mascarilla puesta. Se la ha bajado para abrazar a los niños y para que nos besáramos, en una representación perfecta del miedo y de la ausencia de miedo. He dado un último e intenso abrazo a los niños. Ari se ha despedido diciéndome: «Cuídate mucho. No toques la barandilla de la escalera. Y si te pones mala, nos lo dices y venimos enseguida. Te quiero mucho, mamá».

Quiero convivir con el miedo y con todos los seres humanos del planeta. Este miedo —tengo la impresión— tiene algo importante que transmitirnos. Clic para tuitear

He esperado a que se montaran en el taxi y se alejaran, con un nudo en la garganta como si no los fuera a volver a ver. Estoy triste. Y tengo miedo. Lo siento en mi estómago, en mis manos, en mi faringe. Es muy claro, muy nítido, y puedo convivir con él. Quiero convivir con él y con todos los seres humanos del planeta. Este miedo —tengo la impresión— tiene algo importante que transmitirnos.

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37 comentarios en “Atravesar el miedo”

  1. Ha conseguido, lo que venía buscando dese hace dos semanas. Liberar esas lágrima calientes que ruedan gordas por mis mejillas, y que no me dejan ver el teclado.
    Bravo, queridA!
    Bravo por el miedo!

    Responder
    • …gracias Isa por explicar tan maravillosamente el miedo que vive con todos nosotros y que intentamos ignorar cerrandole las puertas, las ventanas y los cajones. Impresionada al leer tus palabras. Quisiera decirte muchas cosas. Quisiera alargar los brazos, atravesar esta pantalla (que nos une estos días) y darte un abrazo poderoso con presión, con olor, con calor, con palabras. Quisiera, quisiera, quisiera…

      Responder
      • Muchas gracias, Àngels… Me llega ese abrazo. Estoy segura que nos lo daremos algún día con presión, olor, calor y tacto. Será un gran día cuando nos juntemos después de todo esto.

        Un abrazo enorme,

        Isa

        Responder
    • Gracias, Nanen. Eso mucha energía positiva… Y la negativa… a aprovecharla también de forma alquímica ;-).

      Un abrazo,

      Isa

      Responder
  2. Gracias Isa, gracias, gracias por poner en palabras lo que nos está pasando. Gracias por escribir con tanta claridad sobre temas tan delicados que sentimos y no sabemos bien como manejar. Es la magia de la escritura, y tú eres una gran escritora, con una capacidad increíble de honestidad, análisis y compasión. Un gran abrazo y nos encontramos como todos los días en la meditación.

    Responder
  3. Me has hecho aterrizar. “Pobre de mi”, yo era de esos, los que creían que “ya lo tenía superado” y he dicho a uno, a otro que “cuidado con el miedo que te baja las defensas”. Me vuelvo a reír de mi….Que tontita me he sentido viendo esta especie de soberbia, pero que real me siento ahoRa. Gracias Por destaparme Isabel❤️

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    • Gracias, por tus palabras tan honestas, Alicia. Yo era la primera que tenía ese discurso al principio, cuando la cosa quedaba lejos, en China o en Italia… Esto está siendo un choque para el orgullo de todos los occidentales que nos creíamos a salvo de la miseria y la enfermedad…

      Responder
  4. Isabel me ha gustado mucho tu relato Madre mía, que bien escribes .Me ha emocionado la relación con tus hijos , se ve como os queréis y como han estado ahí , a tu lado en estos momentos tan dficiles. En cuanto al miedo, y las emociones que nos aparecen estos días de tristeza , frustración, miedo etc nos las tenemos que permitir para transmutar las en amor y compasión.

    Responder
    • Gracias, Marisa, es gracias a vosotr@s que puedo escribir estas cosas, ya sabes cómo funciona la escritura.

      Un abrazo muy fuerte en este tránsito,

      Isa

      Responder
  5. Hola Isabel!
    Gracias por compartir algo tan profundo y sensible. Hizo que pueda abrazar el miedo, tristeza y angustia que estamos viviendo.
    Gracias!

    Responder
  6. Cariño! Me has dejado los pelos de punta y tristes, miedo si todos lo tenemos , creía no tenerlo has que te he leído, soy buena poniéndome coraza .
    Te quiero desde lo más profundo de las letras. Un besito Dulce isa. Siempre gracias
    Eres de las escritoras que no dejaría de leer

    Responder
  7. Oooooohhh Isa. Me ha encantado. Que manera más bonita de describir, de compartir y explicarte. Yo me he sentido muy reflejad en algunos momentos. Soy una persona con muchos miedos, una miedosa de categoria. Y aunque llevo años intentando trabajar esta tendencia, en momentos como el actual me descontrolo bastante. Y mi miedo vuelve a ser el rey, (sin cororna).
    Gracias, me alegro mucho de que un dia subieras al tren de mi vida

    Responder
    • Gracias, Mari Pau :-). Me encanta la expresión «soy una miedosa de categoría» :-DDD. Yo también me alegro mucho de que vayamos en el mismo tren :-).

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
  8. Muchas gracias por tus palabras tan intensas te deseo todo lo mejor y que todo todo ralga bien erer una persona muy grande Isa, un abrazo enorme

    Responder
  9. Muchas gracias por tus palabras Isa, me han permitido reconectarme con mi miedo y a la vez con el miedo y el dolor de todas las personas que están sufriendo ahora, como si fueran parte de mí o yo de ellas, no sé… He podido sentir su soledad y la mía y a la vez sentirme arropada. Te agradezco de corazón tus palabras

    Responder
    • Gracias, Luz :-). Expresas muy bien esa paradoja de sentirse uno solo y a la vez acompañado por todos los demás.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  10. Gracias, Isa, gracias por compartir tus sentimientos con esa sinceridad tan tuya porque nos permites, al hacerlo, que podamos mirarnos y reconocernos en ellos.
    Un abrazo enorme Isa, un abrazo de esos que no sé cuando volveremos a darnos y a regalarnos, en el que nos digamos cuanto nos queremos
    Sole

    Responder
    • Hola, Sole,

      Muchísimas gracias por leerme y por tu apreciación. Yo también tengo muchísimas ganas de que nos podamos abrazar. Y lo haremos, seguro que lo haremos :-).

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  11. Me ha encantado tu reflexión. Cómo suele ser valiente y tierna, una deliciosa montaña rusa que tan pronto desnuda una cruda realidad cómo embelesa con el guiño de una anécdota de las que marcan un antes y un después. Me quedo con la sabia recomendación de mirar a nuestro miedo, rabia, impotencia… a la cara con ternura y acurrucarles desde ese espacio cálido mayor para que puedan desenvolver esa enseñanza y esa energía que nos traen y podamos descansar arropados por esa colcha de aceptación. Cuídate mucho y reparte besos a los niños.

    Responder
    • Hola, Montse, muchas gracias. Qué bien lo cuentas, mucho mejor que yo 😉

      Cuídate tú también, y espero que nos podamos ver pronto.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  12. Es cierto lo que dice mi hija: Eres una escritora brillante. Yo te diré que eres extraordinaria describiendo sentimientos. Mi hija es Elisa, Isabel. Enhorabuena!

    Responder
    • Hola, Sagrario,

      Muchas gracias por tus palabras, es un placer y un honor recibirlas, viniendo de ti :-). Elisa es una gran amiga y profesional, y de hecho este texto se inspiró en parte en el vídeo que ella grabó. Vamos juntas en el camino de ser más conscientes y más compasivas, en la medida de nuestras posibilidades.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  13. Wowwww
    Me ha encantado 😶
    Me parece tener un bloqueo de comunicación y al hacerlo tú
    Nos liberas de esa energía estancada 🤫
    gracias 🙏

    Responder
    • Hola, Martha,

      Muchas gracias por tus palabras. Esa es la magia de la escritura, que nos permite salir de los bloqueos que nos impone nuestra mente cortocircuitada en estos momentos en que las cosas no se corresponden con el control que solemos querer ejercer sobre ellas.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
  14. Hola Isa

    Más que miedo, yo estoy empezando a sentir rabia. Las enfermedades van y vienen y son parte de la Naturaleza con mayúscula.

    Pero la gestión de una pandemia es ya otra cosa. Cuando acabe todo esto será cuestión de echar cuentas. Y hay gente que saldrá muy mal parada.

    Y no es odio… solo justicia.

    Un abrazo

    Responder
  15. Llevo 1 semana con tu texto pendiente de leer, y créeme que ha sido el momento preciso (cómo no! Otra vez la causalidad!), de sentir/me/nos … has destapado una realidad impalpable al tacto, Una virtual inimaginable, y un mundo con corazón, cosas impensables están cambiando en el planeta Tierra en cuestión de segundos… Gracias por darnos un poco de Aquí y ahora, lo necesitamos más que nunca (o eso espero!!)
    Un fuerte, cálido y agradecido abrazo!!
    Cris (Amiga de Elisa)

    Responder

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