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Cómo tramar tus historias: escribir sin explicar

Cómo tramar tus historias sin explicarlas

Narrar en concreto supone, para quien no lo ha hecho nunca, un salto al vacío y una sensación de impotencia. ¿Cómo hacer para que el lector entienda que el personaje no aguanta más sin decir que no aguanta más? En la mayoría de las ocasiones, sobre todo al principio, parece que te atasen de pies y manos y no pudieras avanzar.

Trataré de ir punto por punto, por aquellos que a mí me han servido siempre para salir indemne de ese salto al vacío y despojarme, sin miedo, de mis ataduras.

Visualiza tu historia

Yo te sugiero que mires tus relatos como si fuesen películas en tu mente. No trates de explicar lo que sucede. Visualízalo.

¿Tu personaje es empleado de una zapatería? Plántalo allí. ¿Ya ves a tu personaje en la zapatería? ¿Qué hace? ¿Cómo son sus clientes? ¿Qué le responde a la señora María cuando esta le hace sacar el décimo par de zapatos, ese día justo en que el protagonista ha discutido con su hijo? ¿Qué cara le pone su jefe? ¿Qué reacción tiene él?

Traslada todo eso al papel, a riesgo de que el lector no entienda a la perfección lo que significa, lo que late por debajo. Así, puede ser que encuentres el instante justo en que decide estallar, por ejemplo cuando su jefe le dice que se tiene que esforzar más si no quiere que le eche. Y entonces, tras lanzarle a su jefe un zapato de tacón de aguja que se le clava en el muslo, coge la puerta de la zapatería y se va dando un portazo, y… 

Así se cuentan las historias y, además, es mucho más satisfactorio y entretenido (para el que escribe el primero) hacerlo así que con grandes palabras abstractas.

La acción de una historia vendría a ser la consecución de los hechos en su sucesión temporal (lo que, resumido, constituiría el argumento del relato). La trama vendría a ser la consecución de los hechos en su sucesión causal (lo… Share on X

Acción y trama

La acción de una historia vendría a ser la consecución de los hechos en su sucesión temporal (lo que, resumido, constituiría el argumento del relato). La trama vendría a ser la consecución de los hechos en su sucesión causal (lo que, resumido, constituiría el tema del relato).

La línea de acción va por la superficie; la línea de trama suele ser subterránea. La acción es lo que el escritor «muestra» en concreto al lector. La trama es lo que quieres que el lector «interprete» o «abstraiga» a partir de esas acciones.

Entonces, la acción pertenece más al nivel textual y la trama al nivel intelectual, analítico o interpretativo. 

Este engranaje de poleas compuesto de acción y trama lo está manejando constantemente el escritor de forma intuitiva o consciente; el escritor y, en su momento, el lector, que analiza los hechos concretos y saca sus propias conclusiones, que en general coinciden con las pretensiones del escritor. 

Si analizamos una obra siguiendo la pista a estas dos orugas que son la acción y la trama, nos encontramos con que en cualquier ficción de calidad hay dos historias: una en el nivel superficial o textual, que es a su vez la que mantiene la atención directa del lector, la narración visual y concreta; otra, en un estrato más profundo o conceptual, cuyo entendimiento exige un esfuerzo de abstracción por parte del lector y a la vez le proporciona un enriquecimiento intelectual y espiritual.

Por poner un ejemplo de todos conocido: si analizamos Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, en su capa más superficial, nos encontramos con las entretenidas peripecias de una familia en sus sucesivas generaciones; pero si profundizamos más en su lectura, veremos que García Márquez nos está contando la historia de Colombia y, más allá, la mismísima historia de la humanidad.

Las dos historias deben llevar el mismo paso; una por la superficie, otra por el subsuelo. Si una avanza más rápidamente que la otra, la conexión entre ambas se pierde y la narración se descompensa.

En ocasiones la trama puede salir al exterior, normalmente por medio de pistas sutiles, o para ofrecer al lector informaciones que no tienen que ver directamente con la historia, pero que se necesitan para entenderla (detalles relativos a personajes secundarios, observaciones puntuales del narrador…), pero en general ha de permanecer bajo tierra.

Que la trama permanezca escondida no quiere decir que no exista. Imaginemos que la acción es la carretera bien asfaltada y visible —hecha de sólidos materiales— por la que avanzamos, y la trama, un río que siempre corre paralelo, pero oculto en su cauce, fluido y escurridizo. Pues bien, cada una de las acciones, objetos y diálogos que nos encontramos en la carretera son grandes señales de tráfico que apuntan al río que se esconde tras los matorrales, a la historia paralela y oculta.

Escribir un buen relato se basa, en buena medida, en lograr mostrar una trama densa sin ponerse a explicarla. Share on X

Mostrar la trama sin explicarla

Así que escribir un buen relato se basa, en buena medida, en lograr mostrar una trama densa sin ponerse a explicarla. Conseguirlo es harina de otro costal. Pero antes de conseguirlo hay que saberlo. Y antes de saberlo —de tenerlo interiorizado— hay que entenderlo.

Hay que sobreponerse a la frustración de irse dando cuenta de que escribir bien es algo mucho más difícil —o más sutil— de lo que creías, y de que por más que entiendas algo, eso no significa que logres aplicarlo de inmediato, sino que es una cuestión de práctica.

La razón de ser de la literatura, o de cualquier arte, es llegar a determinados aspectos sutiles (que no extraordinarios) de la condición humana a los que no se puede llegar de una forma directa o literal. La trama es aquello a lo que se señala por debajo de las acciones, los diálogos, las situaciones y hasta las reflexiones de los personajes. Se señala, de hecho, a una experiencia, a un proceso, que el escritor ha de estar viviendo mientras escribe, y que el lector ha de estar viviendo mientras lee; cada uno lo hará a su manera, pero el escritor ha de procurar que su forma de experimentar e interpretar lo narrado esté lo más cerca posible de la del lector, en un bello y generoso acto de transmisión.

Quien escribe un relato o una novela debe tener la mentalidad de un guionista, cuidándose mucho de no introducir elementos que no aporten nada a la trama Share on X

Desarrollo de la trama

Entonces, no basta anunciar en el primer párrafo del relato lo que se desvelará al final; hay que desarrollar la trama y el conflicto (y, por tanto, el tema) a lo largo de todo el texto y sin interrupción, desde la primera palabra hasta la última.

La narrativa implica un aprovechamiento integral de los recursos. Introducir una acción o una secuencia o a un personaje por capricho o estética o como simple interludio significa desaprovechar los recursos, y suele señalar a un estancamiento de la trama, de modo que se corre el riesgo de que el lector deje de prestar atención, se disperse, se evada.

Los escritores a veces están, en ese sentido, muy malacostumbrados. Por ejemplo, un guionista se cuida muchísimo de introducir cualquier secuencia en la que estrictamente no ocurra nada, o sea, en la que la trama no avance. ¿Por qué? Porque cuesta miles y miles de euros rodar cada secuencia de una película, contratar a una serie de actores, pagarles un día de rodaje, etc.

Quien escribe relato o novela ha de tener una mentalidad parecida. Imagina que cada personaje, escena o pasaje que escribes le costase miles de euros a la editorial (o lo tuvieses que poner de tu propio bolsillo). Luego, decide si lo incluyes o no.

El hilo experiencial que recorre la historia

¿Y por qué complicarse tanto la vida escondiendo bajo tierra justo aquello que queremos transmitir? 

Como decía anteriormente, a lo que llamamos «trama» es algo experiencial. Y toda experiencia es inefable por naturaleza. Solo podemos, por tanto, señalar hacia ella. Si intentamos atraparla y reproducirla tal cual, se convierte en una naturaleza muerta, inerte, desconectada, simples palabras en hilera, tanto para el escritor (si es honesto consigo mismo) como para el lector.

La raíz del problema es que no es tan fácil saber qué estamos transmitiendo cuando escribimos, ni conseguir que funcionen a la vez la parte creativa (loca, imaginativa, arrebatada) y la parte más técnica (calculada, artesanal, de puro dominio del oficio), en una integración consciente.

La solución del problema pasa por entender que no hay ningún problema que resolver, sino solo un proceso de aprendizaje y de familiarización con la técnica, y también con nuestras propias temáticas. Un proceso, en definitiva, de crecimiento personal.


Recuerda que en mi página de recursos gratuitos tienes a tu disposición el recurso «10 técnicas de escritura para desbloquearte», que puede ayudarte a iniciarte en este proceso de aprendizaje.

6 comentarios en «Cómo tramar tus historias: escribir sin explicar»

  1. Qué maravilla de post, Isa. Qué ganas de ponerme a escribir para explorar ese doble cauce, y cuánta resistencia ante la frustración que me genera su dificultad. Pero estamos en buenas manos 😉
    Un abrazo fuerte,
    Garbiñe

    Responder
  2. Copié esta cita de Goethe hace unos años:
    «Todo intento de expresar la naturaleza interior de las cosas es improductivo. Lo que percibimos son efectos, y un registro completo de tales efectos debería abarcar dicha naturaleza. Describir el carácter de una persona es un esfuerzo vano, pero al reunir sus hechos, sus actos, surge una imagen de ella». Creo que inventar imágenes es vivir muchas vidas, :=) ;=)
    ¡Gracias por el post!
    Un beso, Isa.

    Responder
  3. Estupendo, es como hacer magia que salga la trama como algo invisible a través de las acciones y las cosas. La literatura es lo más y el relato lo más de lo más. Qué bonito lo que hacemos aquí 😉

    Marusela, y esa cita de Goethe, maravillosa.

    Gracias, Isa, un fuerte abrazo,
    Mer

    Responder

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