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Con los cordones bien atados – De Marta Pato

cordones atados y bien atados

Autora: Marta Pato

Salgo de la planta de psiquiatría del hospital. Entro en el metro. En el borde del andén flirteo con la línea amarilla. Una ráfaga de aire caliente y sucio levanta el flequillo de mis ojos. Clavo la vista en un hombre de mediana edad, menudo y corpulento que está al otro lado. Se parece a mi compañero de habitación. Nos conocimos el fin de semana, después de lo del viaducto.

Antes tenía una buena vida, pero no sabía que mi vida era buena hasta que perdí lo que tenía. Primero el trabajo, luego la casa y, por último, la pareja.

—Mírate. Siempre vas por ahí con los cordones sueltos.

Fueron las últimas palabras que ella me dijo cuando me dejó.

A partir de entonces, los días transcurrieron sin que pudiera dormir, comer, ni vivir. Acabé perdiendo también la salud.

Una noche en que me preguntaba acerca del sentido de mi existencia, me subí a la barandilla del viaducto. A una altura suficiente como para traspasar la línea que divide la vida de la muerte, miré al suelo. Tenía los cordones desatados. No era capaz de controlarme, pero sí de atarme las zapatillas. Bajé del puente. Tuve miedo de hacerme daño y me hice un nudo doble. Con los empeines sujetos, me sentí seguro. Eché a andar rumbo al hospital movido por un sutil instinto de supervivencia. Pediría ayuda para que me extirparan esa idea que se me había colado en la cabeza. El médico de guardia que me atendió, como tenía más miedo que yo de que volviera a intentarlo, confirmó mi ingreso. Sentí alivio de pasar la noche a salvo. Por voluntad propia subí directamente a planta. Me libré del trauma de la camisa de lona blanca con cinchos y hebillas, pero me quitaron los cordones de las zapatillas.

—No podemos correr riesgos —me dijo un enfermero antes de darme una ducha a presión, un pijama áspero y una cápsula de color verde en un vaso de plástico.

Luego me acomodé en una habitación doble con vistas y ventanas selladas herméticamente.

—¿Qué te ha pasado? —me preguntó con amabilidad un bulto, tapado bajo las sábanas en una de las camas.

Alguien se interesaba por mí aunque fuera invisible, pensé.

—En un mes lo he perdido todo. Casi me tiro —respondí sin avergonzarme.

—Una cosa es pensarlo y otra es hacerlo —decretó la voz con solemnidad (parecía saber de lo que hablaba) y, dándose media vuelta, comenzó a roncar.

El panorama que me rodeaba en la planta era una réplica exacta del que había visto en las películas de enfermedades mentales protagonizadas por Jack Nicholson.(...) Una vez dentro, comencé a ver a Jack por todas partes. Clic para tuitear

A la mañana siguiente me levanté antes de que el desconocido con el que había pasado la noche se despertara. Salí de la habitación. El panorama que me rodeaba en la planta era una réplica exacta del que había visto en las películas de enfermedades mentales protagonizadas por Jack Nicholson. Un médico, distinto al de la noche anterior, me informó de que debía permanecer en observación un par de días. No me importó. Necesitaba descanso, estaba cómodo en la habitación y mi compañero me inspiraba confianza. Atravesé el pasillo gigantesco que conducía a la sala común de actividades. Una vez dentro, comencé a ver a Jack por todas partes. Un hombre, que hacía equilibrios sobre una pierna, escapaba de un abismo de baldosas en blanco y negro. Otro se encaramaba con la agilidad de un acróbata en un ventanal que había al fondo, en una de las paredes. Un tercero, que mostraba dos hileras de dientes perfectos con la mirada desorbitada, corría detrás del aire perseguido por algún recuerdo. Pensé en mí, subido a la barandilla del puente, perdido en el horizonte y con la mirada en los cordones desatados de mis zapatillas. Sobrecogido, me dejé caer en una butaca en un intento de recuperar el aire. Sentí un escalofrío que me pinchó la piel bajo el pijama.

¿Era yo uno más? ¿Uno de Los renglones torcidos de Dios?

De pronto, delante de mí, un hombre sentado en uno de los sofás, hundió la cara en un cojín y apretó las manos sobre él como si fueran las garras de un animal salvaje. Lo mordía y gritaba. Eran gritos ahogados por la gomaespuma y el grueso tejido que sujetaba con la boca. Furioso, se levantó y se abalanzó sobre los dibujos que colgaban en uno de los tablones de anuncios de la pared opuesta a la cristalera. Se podían escuchar los gritos como los rugidos de un felino hambriento al que habían arrebatado un bocado de carne roja y fresca. Arremetía con todas sus fuerzas contra lo que pillaba a su alcance. Una vez que lanzó por los aires unas cuantas sillas y una mesa, unas personas vestidas con bata vinieron a buscarle. Fue entonces cuando su cuerpo recobró la apariencia humana y vi sus facciones por primera vez.

Antes de que él saliera por la puerta de la sala, uno de los allí presentes me susurró:

A tu compañero le conocemos como El de los ocho intentos.

No volvería a verle hasta el final del día, en la intimidad de nuestra habitación.

¿Te da miedo dormir conmigo? —preguntó desde la cama.

Tengo más miedo de mí —contesté, sincero—. Me recordaste a cómo me siento yo a veces.

—¿Cómo?

A punto de reventar. No sabía que era posible sacarlo todo así. Yo lo acumulo dentro —confesé.

Me metí en mi cama, él se tapó con las sábanas hasta arriba y dejamos de hablar. Estaba tan cansado que no podía quedarme dormido así que comencé a tararear una canción. Se resistía a llegar a mi mente. «Hoy..», «Hoy…». Era una que hablaba de venenos y remedios.

Al día siguiente me desperté con la canción todavía dando vueltas en la cabeza. Mi compañero, que ya estaba en la sala de actividades, me explicó que los domingos eran los mejores días de la semana. No porque se comiera paella, como en casa, sino porque organizaban una fiesta para toda clase de gustos y anomalías. Algunos pintaban, otros tocaban un instrumento o bailaban, y unos pocos se juntaban con cartas, tableros y fichas de juegos de mesa. Yo me senté a componer la canción haciendo garabatos en un pedazo de papel. No recordaba cómo empezaba. «Hoy…», «Hoy vale más despertar que soñar en este juego». Estábamos todos reunidos. Todos, menos uno. Uno que padecía un tipo de miedo intenso que le impedía salir de la habitación. Mi compañero me contó que era uruguayo y escritor. Ingresó por el pánico al bloqueo creativo. Me dijo que él mismo lo había sentido muchas veces cuando empezaba a pintar uno de sus cuadros.

—Estará en el exilio —decía—. En un desierto sin letras del que no podrá volver. Desde que le internaron, en los días como hoy, han probado a sacarle de la habitación con diferentes estilos musicales. ¿Conoces alguna canción de esas que levantan el ánimo? —preguntó.

Estoy intentando recordar una. Mi revolución. Cuatro pesos de propina.

—¿Cómo dices? —me increpó.

Es el título y el nombre del grupo, son también uruguayos, de Montevideo.

—¡Ah! —suspiró—. Creí que me pedías pasta.

—¡No, hombre, no! —y solté una carcajada.

En ese preciso instante recordé el principio de la letra: «Hoy la pelea que doy es quererme más». Me puse a cantarla.

Entonces, ocurrió algo insólito: el escritor con miedo a salir de la habitación se reunió con todos nosotros. La sala de actividades se convirtió en un espacio donde todos los problemas, incluidos los más severos, parecieron disolverse en el tiempo que duró la canción. Canté. Bailé. Reí. Olvidé.

El último día, mi compañero de habitación me despertó antes de que saliera el sol.

Tengo algo para ti. Sígueme.

—¿Dónde vamos?

—Ahora verás.

Como un guía turístico, me llevó de viaje por el hospital. Él sabía cómo, cuándo y por dónde zambullirse. Nos detuvimos durante largo rato en algunas de las plantas donde lo que más había era dolor, un dolor que se respiraba en el aire. Mis problemas comenzaron a perder relevancia. En maternidad, unos recién nacidos que eran demasiado pequeños para estar fuera del útero sin cordón umbilical, lloraban desconsolados en incubadoras. En paliativos, algunos moribundos esperaban la hora en soledad conectados a unos sueros de morfina. De regreso a psiquiatría, los compañeros se levantaban con la resaca habitual después de la borrachera diaria de medicamentos.

¿Qué te ha parecido la sorpresa? —me preguntó al regresar a la habitación.

Que hay que echarle valor para nacer, para morir y para seguir viviendo —concluí.

Hay que echarle valor para nacer, para morir y para seguir viviendo. Clic para tuitear

Sigo con la mirada clavada en aquel hombre. El tren llega y mueve el aire viciado. Repito mentalmente las palabras que me dijo mi compañero de habitación la primera noche: «Una cosa es pensarlo y otra es hacerlo». Como siento que no quiero hacerlo, no hago caso a lo que pienso. Miro al suelo, a los cordones. Están atados, bien atados.

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24 comentarios en «Con los cordones bien atados – De Marta Pato»

        • Mi locura es la soledad y el no conocer el Real propósito de mi vida, aburrida de los mandatos sociales que nos catalogan como madre, hija, hermana, cocinera, vendedora, etc.
          Comenzando a meditar, aún no me encuentro, el fluir me deja todo el día tirada en el sillón dándole mil vueltas al asunto, no siento que nada me identifique.
          Me desuscribí (justo hoy) porque no me gusta estar pegada a la pantalla para que me «enseñen a vivir», así lo siento a todos los que dan lecciones o consejos. Y limpiando el correo veo este mail con ese encabezado referido a la locura… y bue, aunque sé que es una entrada para ganar suscriptores, me dejé tentar y entré!
          Es cierto que, nos sentimos sólos, sin importarle a nadie, pero, en realidad, sí importamos, al menos como los vínculos que mencioné anteriormente, sólo que, como también dije, son vínculos ya asumidos y nuestras relaciones no marcan alguna aventura que nos motive a valorar su presencia como parte de nuestra vida, sólo si se los considera herramientas para ponernos a prueba en distintas situaciones con las cuales, a medida que superamos o hacemos el intento, nos dejan una razón de ser parte del entorno con más sentido…
          Gracias por el espacio, tal vez, acá, alguien me lea…

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  1. Marta, muy buen relato. A la vez que inquieta, m identifico con la locura. Al menos, hay momentos vitales en que esta pasa a nuestro lado. Llevo los cordones de mis botas, enlazados pero flojos, desde que empezó la pandemia. Hoy los apretaré y haré una nudo en condiciones. 😉 Un abrazo¡

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    • Querida Mer, gracias. La locura nos rodea. Todos estamos un poco «locos». Habrá que perder el miedo y hablar de ella. Me miró los pies y veo la lazada doble😂. Besos.

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  2. Felicitaciones!
    Me ha estremecido…
    Por el temor a que se me desaten los cordones, uso zapatos cerrados que me cuenta una eternidad poner o sacar.
    Gran relato, un tema insondable
    Ligia

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  3. Muy bien, Marta. Excelente. Muy bueno y concreto además de bien escrito. Mi enhorabuena.
    Es toda una lección para luchar por la vida. Un abrazo.

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  4. Ufff…qué relato tan espectacular. Muchas gracias. Yo creo q todos llevamos los cordones sueltos con mucha frecuencia. Y a veces pienso que es mejor eso que decir si a todo. Casi mejor estar en la cuerda flota que comulgar con ruedas de molino. Me hace pensar mucho. Muchas gracias

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  5. Excelente relato Marta! Me transportó al hospital, claramente pude ver las caras y las expresiones, escuchar los gritos! Que buena narrativa tienes! Felicitaciones! La verdad la locura es como un velo que separa el consciente del inconsciente, que a mi particularmente siempre me ha producido miedo de traspasar…

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  6. Marta! me ha parecido buenísimo tu relato. He visto todas toditas, tus escenas. Y he podido sentir el miedo, escuchar los gritos, y la seguridad de los cordones bien atados. Bravísimo! narrativa muy sugerente!!!

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  7. Bravo Marta! Guauuu! He sentido el vértigo en la barandilla del viaducto, y el escalofrío. Menudo viaje tan bien contado, todos, toditos los detalles vistos, oídos, sentidos… Me encanta lo del escritor exiliado de las palabras, y la canción pegadiza, a querererse un poco más, eso! Felicidades bella! Y gracias!

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  8. Felicitaciones Marta! Un excelente relato. Me he visto paseando por cada escena descrita al detalle (lugar, percepciones, emociones, pensamientos …), en la locura que nos saluda a todos en un momento determinado. Llevaré los cordones bien atados. Un abrazo.

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  9. Gracias Marta! soy nueva en esto y ahora que casi he terminado el curso de escribir y meditar (que repetiré y repetiré…), comprendo la importancia de la manera de describir.
    He entrado en esos zapatos. un abrazo!!

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  10. Precioso relato Marta Pato.
    «Una cosa es pensarlo y otra es hacerlo» como muy bien dices.
    La vida es muy difícil, con muchas dificultades y obstáculos que a veces no se pueden resolver porque no están en tu mano.
    A veces el dolor y el sufrimiento causados por alguna persona en nuestra vida es tan grande que no le encuentras sentido a la vida y te llegan pensamientos sobre la muerte, pero al final encuentras algo que te agarra y que te hace olvidar todo esto.
    Gracias por este relato que nos hace valorar la vida a pesar de las adversidades que en ella podamos encontrar.
    Un abrazo para ti Marta Pato.

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