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Desnudarte al escribir

atraviesa la barrera de tu miedos al escribir

Una de las mayores fuentes de bloqueo al escribir es el miedo al «qué dirán», una especie de pudor que te invade al pensar que las personas que te lean van a ver tus interioridades y te van a juzgar, algo ante lo que sientes un rechazo instintivo. Este bloqueo se puede ver incrementado si piensas que es tu marido o tu esposa quien leerá lo que escribas, o tus hijos o hijas, o tus padres, hermanos, o esa prima que te mira por encima del hombro…

Si escribes pensando en tus seres cercanos, tu discurso resultará impostado, tópico y carente de todo interés. Clic para tuitear

Pensar este tipo de cosas no te ayuda en absoluto, porque la escritura está precisamente para que te quites todos esos corsés que llevas en tu vida diaria para sobrevivir entre tantas personas que están pendientes hasta de cuándo vas al baño. Si escribes para ellas, tu discurso resultará impostado, tópico y carente de todo interés.

Así que, cuando te sientes a escribir, mejor imaginarte que escribes para un lector ignoto pero con quien, inexplicablemente, te une un hermosísimo hilo de intimidad. Como quien sale una noche, se emborracha, se desmelena, y acaba hablando de sus traumas de infancia con un absoluto desconocido en la barra de un bar. Ya decidirás, cuando llegue el momento, a quién le darás a leer lo que escribes, o si tienes que realizar algún cambio en aras de no ofender a alguien querido. Pero ese momento no es, desde luego, cuando estás delante de la hoja en blanco.

Las actitudes extremas de disfrazarte de ropajes virtuosos e impostados y la de arrancarte el corazón delante del lector carecen de autenticidad. La primera proviene de una excesiva autoprotección, y la segunda de la agresividad. Clic para tuitear

Cuidado con confundir esa intimidad y saludable falta de pudor con un afán exhibicionista o la exposición sistemática de todas tus vergüenzas sobre el papel, porque esa no sería sino otra forma de autoinmolación, otro cilicio que usarías para esquivar, de nuevo, la libertad y responsabilidad creadoras.

Ambas actitudes extremas (la de disfrazarte de ropajes virtuosos e impostados y la de rasgarte las vestiduras para arrancarte el corazón delante del lector) carecen de autenticidad. La primera proviene de una excesiva autoprotección que te mantiene en un territorio donde te sientes seguro, rodeado de tópicos y lugares comunes, de experiencias y lenguajes prestados, de conceptos abstractos o disquisiciones eruditas que no toquen, en ningún momento, la herida abierta de la vida.

La segunda proviene de una excesiva agresividad y te traslada a la esfera del pánico, de la desesperación, de la pérdida de control. Al rodearte de vómitos, bilis y sangre, rencores viscerales y pasiones incontenibles, eres incapaz de darle un cauce congruente a lo que escribes, por lo que lo más normal es que acabes regresando, despavorido, a tu capullito egótico y seguro, del que no querrás volver a salir por miedo a perder el control.

Entre ambos extremos hay, sin embargo, un saludable término medio, una franja bastante amplia en la que has de aprender a moverte y a correr riesgos. Buscar dicha franja con una actitud curiosa e intrépida —como un niño se encarama por primera vez a un tobogán, un aprendiz de conductor estrena una autopista o un explorador se interna en la selva amazónica, dependiendo de tu etapa del aprendizaje— entra dentro, además, de tus responsabilidades como escritor honesto.

Un buen chivato que te informará que vas por buen camino mientras escribes es sentir cierto grado de desnudez no agresiva, como quien hace por vez primera un striptease a la luz de las velas delante de la persona amada. Clic para tuitear

Un buen chivato que te informará de que vas por buen camino es sentir mientras escribes cierto grado de desnudez no agresiva, como quien hace por vez primera un striptease a la luz de las velas delante de la persona amada, que es ese lector desconocido pero a quien te une un hilo inquebrantable de humanidad.

Independientemente de que estés escribiendo un relato de fantasía lleno de dragones, una novela autobiográfica sobre tu infancia o un artículo para tu blog, has de tener en cuenta que la escritura siempre está —o más vale que lo esté, porque si no será una naturaleza muerta— vinculada a tus vivencias del presente. Igual que los sueños no son más que representaciones simbólicas del paisaje emocional de tu psique en ese momento, en la escritura creativa elaboras los temas en función de tus inquietudes actuales.

Así pues, es normal que, aunque estés hablando de dragones y trolls, si lo haces de forma auténtica, plenamente identificado con tus personajes y sus vivencias, sientas que rozas territorios inexplorados e impúberes de tu persona, como cuando acaricias la piel del ser amado y descubres una rugosidad extraña, un lunar desconocido, una suave hendidura que permanecía en la sombra, la proyección inusitada de la luz sobre el glúteo dormido.

Rozar esa frontera puede atemorizar en un primer momento, por la intensidad de la experiencia, pero si en lugar de salir corriendo en dirección contraria o dispararte hacia adelante te relajas en ese roce, en esa sensación de desnudez, te darás cuenta de que en ese punto justo (que varía a medida que vas explorando) reside la autenticidad de tu escritura, tu propia personalidad como escritor.

Hay que trabajar el discurso y a tus personajes desde una sensación de ritual desvestimiento, abriéndote al temblor que te produce lo desconocido. Y ahí, justo ahí, encontrarás el famoso gozo del que hablan los escritores… Clic para tuitear

Así que una buena estrategia a la hora de ponerte a escribir es avanzar con confianza y decisión a la búsqueda de esa frontera, superar el miedo inicial y abrirte a la experiencia. Hay que trabajar el discurso y a tus personajes desde dentro de esa sensación de ritual desvestimiento, abriéndote al temblor y a las mariposas en el estómago que te produce lo desconocido. Y ahí, justo ahí, encontrarás el famoso e inigualable gozo del que hablan los escritores experimentados y del que al principio no se tiene mucha noción, porque lo confundes con el miedo y lo evalúas como algo negativo, ante lo que mejor escapar. Y es normal, porque ambos se hallan en el mismo lugar. Como buen explorador, has de cultivar la certeza de que detrás de un miedo siempre habrá algo interesante en lo que indagar y una sensación de plenitud.

Una de las cosas que más preocupan al escritor principiante que explora esos territorios es que el lector descubra, detrás de sus palabras y por más ficción a la que recurra, qué clase de persona es verdaderamente. Y es que ese ser de múltiples facetas (no todas agradables) que se va desvelando con la escritura no suele coincidir, en absoluto, con la imagen que tenías de ti mismo. Esto te quita de debajo de los pies la tupida alfombra llena de arabescos de la autoimagen que tanto habías tardado en tejer y te estampa contra el suelo. Y, con el tiempo, también te quita el suelo de debajo de los pies y te deja flotando en un espacio inmenso, que tiene que ver con la auténtica libertad.

Es bastante egocéntrico pensar que el lector estará tratando de deducir qué es verdad y que no de lo que cuentas, hasta qué punto eres buena o mala persona o en qué grado de autoengaño has vivido hasta ahora. Más bien, ocurrirá lo… Clic para tuitear

No obstante, coincidirás conmigo en que es bastante egocéntrico y poco razonable pensar que el lector estará tratando de deducir qué es verdad y qué no de lo que le cuentas, hasta qué punto eres buena o mala persona o en qué grado de autoengaño has vivido hasta ahora. Más bien, ocurre lo contrario: si realmente haces las cosas de este modo, trabajando sin agresión en las fronteras de tus miedos y pudores, propiciarás que el lector se identifique con las vivencias que expresas y vaya desvelando, a su vez, sus propios miedos.

Igual le suena un poco duro a tu ego, pero al lector le importas un pepino como persona, e incluso como escritor. Lo que quiere —y es tu deber ofrecérselo— es un canal de transmisión para trabajar consigo mismo. Y si se lo proporcionas de la forma más auténtica y generosa posible, se olvidará de ti mientras lee, empatizará con tus personajes, y al final solo sentirá agradecimiento por la oportunidad que le has brindado de sentirse guiado y acompañado en sus inquietudes más profundas. Le habrás permitido rozar, sin agresión e incluso con gozo, la herida abierta de su vida, que es la de todos. Y esto, aunque ahora te parezca increíble, ocurrirá incluso con tus seres más cercanos.

¿Te atreves a desnudarte?

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