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El amor incondicional y el amor condicionado

Amor incondicional, mi yo en la infancia

Últimamente, cuando alguien usa la expresión «amor incondicional» se me ponen los pelos de punta, porque entra dentro de esos términos espirituales (tipo «fluir», «vibrando alto» o «vacío») que suelen significar que quien lo emite está tapando con conceptos la experiencia real, la cual suele estar bastante lejos de la tapadera conceptual.

Sin embargo, también me parece un tema sobre el que vale la pena detenerse a reflexionar. Pero no lo voy a hacer desde lo intelectual, porque en ese caso estaría haciendo justo eso que me pone los pelos de punta. Yo no estoy aquí para darte lecciones sobre amor incondicional, sino para contarte que estoy a años luz de poder sostenerlo más de tres segundos seguidos, porque duele demasiado.

Como todo ser humano, supongo que vine a este mundo con un corazón puro sediento de amar y ser amado y, como a todo ser humano también, me salió el tiro por la culata pero bien, porque muy prontito empecé a sufrir a lo bestia.

Hace unos años me pasó algo que supuso un choque para mí. Revisando fotos antiguas, di con una en que aparecía una niña en el sofá del salón de la casa de mis padres, agarrada del brazo de mi madre, quien, a su lado, fumaba impasible mirando a la cámara. Esa niña tenía unos seis años, cara de susto, y se aferraba al brazo de mi madre como a un madero en medio del mar. Observé mejor. Esa niña era yo. Al mirarla, percibí con toda claridad que su corazón aún no se había cerrado, y por eso se aferraba a su madre: estaba asustada e imploraba un cariño y una protección que no llegaban. Esa niña (¿seguro que era yo?) aún no había cortado —para protegerse— el cable de amor que la unía a su madre y a ella misma. Esa niña aún no había respondido aislándose a la profunda estocada de la traición.

La sensación de extrañamiento al observar esa foto fue brutal. Yo «sabía» que esa niña era yo; pero no me veía en absoluto reflejada en esa expresión pura, abierta e inocente. Si veo fotos de la niña algo más mayor, ya reconozco en su mirada la veladura de mi coraza defensiva, esa misma impasibilidad con la que mi madre mira a la cámara mientras fuma.

Esa distancia y extrañamiento que, como cuando me invento un personaje, me permitió precisamente identificarme con aquella niña, a la vez me hizo sentir de golpe el profundo dolor que yace bajo mi desconexión. Cortar un cable inexistente para desvincularse de un corazón que se empeñaba en latir cien veces por minuto fue la única salida que esa niña encontró (poco después de que le sacaran la foto) para sobrevivir en una situación de la que no tenía escapatoria. Pero no es un buen negocio a largo plazo, te lo puedo asegurar.

Me he tirado media vida inventándome un personaje que fingiera ser yo mientras mi tierno corazón permanecía bien salvaguardado tras un grueso muro de protección. Y la otra mitad de mi vida la he dedicado, ya sí, a la demolición. Pero te diré que aún estoy muy lejos de la apertura inocente de aquella niña asustada cuya madre estaba tan desconectada que ni siquiera podía ver que su hija estaba ahogándose —prendida de un brazo inerte— en un mar de privación emocional.

Con cada relación que he tenido, a poco que quisiera intimar y abrirme, esa herida tan profunda empezaba a sangrar.

¿Qué iba a hacer, sino volver a recluirme en mi caparazón?

El personaje (como un muñeco de trapo) tenía tablas para desenvolverse en la vida sin que —aparentemente— el corazón se viese involucrado. Pero al ir demoliendo los muros, lo que asomaba era esa niña desamparada que no sabía defenderse.

La meditación me enseñó a ser cabezota, a volver una y otra vez al soporte, a abrir una y otra vez el corazón como una rosa. Así hasta que, a golpe de sístole y de diástole, la niña va creciendo y al rosal le van saliendo espinas, lo que no es incompatible con el florecimiento, sino consustancial a él.

John Wellwood, en su libro Psicología del Despertar, define el amor incondicional como la capacidad de «abrirnos y amar al otro sin reservas, suspendiendo todo juicio y valorándolo tan solo por lo que es» Clic para tuitear

John Wellwood define el amor incondicional como la capacidad de «abrirnos y amar al otro sin reservas, suspendiendo todo juicio y valorándolo tan solo por lo que es». ¿Soy capaz de hacer eso conmigo misma? Todavía no. Y hasta que no sea capaz de amarme sin reservas, ¿cómo lo voy a hacer con el otro? Pero a la vez, ¿cómo voy a verme a mí misma sin el espejo del otro? En este vaivén entre mí misma y el otro, entre la apertura y la protección, entre lo incondicional y lo condicionado, es donde se da el aprendizaje, al menos en mi caso.

Dentro de ese vaivén, me ha tocado confundir mi dificultad para poner límites y conservar mi centro con el amor incondicional. Esa actitud infantil —la de la niña que se agarra a un madero poco fiable en medio del mar— me ha llevado a permitir el maltrato en numerosas ocasiones y, por tanto, a que ese amor que yo creía puro se transformase en resentimiento.

Esto es un largo proceso, duele que te cagas y no me va a alcanzar esta vida para completarlo. Pero es la única vía posible de acercamiento a la realidad de que no hay protección que valga, solo anestésicos que nos convierten en zombies y perpetúan el sufrimiento generación tras generación. Si mi corazón sangra, he de atreverme a mirar la sangre para poder limpiarla y sanar la herida. Pretender que no sangra o huir de todo contacto verdadero con el otro me devuelve al engaño de la desconexión.

La apertura del corazón es la fuerza transmutadora de la alquimia del amor Clic para tuitear

Y sangra, vaya si sangra. Más sangra cuanto más me abro, cuanto más amo. Pero me abro. Amo. Me veo reflejada en el otro. Veo mi propia sangre. Sigo el rastro. El rastro de la sangre me lleva a la herida. Me hago cargo de ella. De la niña, a la que he de ayudar a crecer. Muestro las espinas. Pongo límites y condiciones. Si no me amo a mí, ¿qué amor puedo ofrecer? Pero pronto vuelvo ahí afuera, nada de cables cortados, ni hacia mí ni hacia el otro. Esta es mi particular forma —peliaguda, dolorosísima— de practicar el amor incondicional. Yo no sé de otra.

Voy a volver a citar a John Wellwood, a través de algunos fragmentos de su libro Psicología del despertar:

«Creer que debemos soportar incondicionalmente lo condicionado (la personalidad, la conducta o el estilo de vida de otra persona), puede tener consecuencias sumamente desastrosas. El amor incondicional no implica que tenga que gustarnos lo que detestamos o que debamos decir «sí» cuando necesitamos decir «no». El amor incondicional brota espontáneamente de una dimensión interna completamente ajena a los gustos, las aversiones, las simpatías y los rechazos condicionados. El amor incondicional es un reconocimiento de ser a ser de lo que, en sí mismo, es incondicional, la bondad intrínseca del corazón de otra persona, más allá de todas sus defensas y pretensiones.

[…]

»El dolor que conlleva esta contradicción entre el amor perfecto y las imperfecciones que encontramos en el camino de la relación rompen nuestro corazón y lo abren. En palabras del maestro sufí Haztal Inayat Khan, el dolor del amor es «la dinamita que abre nuestro corazón, por más que sea tan duro como una piedra». Pero hay que decir que, en realidad, resulta imposible abrir el corazón, puesto que su naturaleza esencial ya es abierta y receptiva. Lo que sí podemos es abrir el muro que hemos erigido a su alrededor, el escudo defensivo que hemos construido para tratar de proteger nuestras facetas más vulnerables, aquellas en las que nos sentimos más profundamente conmovidos por la vida y por los demás.

[…]

»Podemos permitir que el corazón roto nos despierte al misterio de amar, cosa que no podemos dejar de hacer por más que nos desagrade, sin más razón que porque nos conmueve de un modo que no llegamos a comprender. Lo que amamos en los demás no es solo su corazón puro, sino también su lucha con todos los obstáculos que impiden su expresión más plena y resplandeciente. En tal caso, es como si nuestro corazón quisiera aliarse con el suyo y acompañarle en su lucha por alcanzar, más allá de todas sus aparentes limitaciones, la dimensión más elevada de su ser.

[…]

»La apertura del corazón es la fuerza transmutadora de la alquimia del amor que nos permite ver la bondad incondicional de las personas más allá de las limitaciones de su yo condicionado. La apertura del corazón nos ayuda a recuperar la belleza que se halla oculta en la bestia y a comprender la profunda relación existente entre los aspectos condicionado e incondicional de nuestra naturaleza. El desbordamiento del corazón roto y abierto empieza con la bondad hacia nosotros mismos y luego irradia en forma de compasión hacia todos los seres que ocultan su ternura por miedo a ser heridos y que necesitan de nuestro amor incondicional para despertar su corazón».

Mientras leo a John Wellwood y termino el post, me duele el corazón, que se empeña en seguir latiendo cien veces por minuto. Aún siento en mí el chasquido de la esperanza de aquella niña al romperse, cuando comprendió que nadie la salvaguardaría del mar embravecido del mundo, y que tendría que enfrentarse sola —muy niña y muy sola— a todo lo que vendría después. Así lo hizo.

Y no le faltó valor.

Gracias, niña Isa, porque eso nos trajo hasta aquí. Ya nos queda menos para restaurar juntas la esperanza, la apertura y la inocencia de tu mirada.

7 comentarios en «El amor incondicional y el amor condicionado»

  1. Precioso post Isabel.
    Los párrafos entre comillas muy complejos para mí. Me aturden.
    Sigo sin entender o no lo comparto, si uno no se quiere a sí mismo, no puede querer al otro.??? Una cosa no quita la otra.
    Muy guapa en la foto aunque tienes cara de asustada.
    Me encantan los tres últimos párrafos.
    Abrazo fuerte

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    • Hola, Marta,

      Si una no se quiere a sí misma el amor al otro estará muy condicionado a que el otro te quiera o te mire de determinada manera que te haga sentir bien. Si no lo hace, el amor se transformará en rechazo. Eso hace, a su vez, que te comportes de una forma que te asegure que el otro no te va a rechazar. Y, por último, si no te sientes digna de ser amada, ni siquiera te creerás que alguien te pueda amar. Cuanto más te quieras a ti misma, menos distorsiones habrá en tus relaciones con los otros.

      Besos,

      Isa

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  2. Muy buena reflexión sobre el amor incondicional, pensé que era algo del exterior como amar a tus hijos, a los animales o cuando acompañas a la muerte a una persona querida. Porque hacia nosotros seria el amor propio.
    gracias Isa

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  3. Permitir el maltrato lleva al resentimiento. Me impresiona eso y sé claramente que es así. Pero es difícil salir de ese círculo de amor-odio.
    Menos mal que encontramos grupos, amigas y espacios para trabajar con eso como hacemos aquí, porque yo no sabría hacerlo sola.
    ¡Gracias Isa!

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  4. Guau! , Isa. Cuanta apertura en este escrito. Gracias. Me has emocionado.
    ¿Quien dijo que la vida sería fácil?
    Aprendemos, al menos yo, a base de dolor. Yo soy esa madre , que a menudo se resiste a poner el brazo, quiero volverme impasible, para desconectarme de la realidad, pero cuando el mar se pone bravo brota en mi una fuerza descomunal que vence mi propósito intelectual, y de repente le doy el brazo y si hace falta hasta mi alma para que no se ahogue. Aunque eso signifique que yo acabe morimunda, una y otra vez.
    Así, qprendo, qún no sé muy bien qué, pero aprendo.
    Mi abuela decía, lo que pica , cura.

    Un abrazo , Isa

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  5. Si no me amo a mí, ¿qué amor puedo ofrecer?
    Gracias Isa, por ponernos palabras de tanta belleza y desgarro para volvernos a recordar lo importante. No se puede dar lo que no se tiene, no se puede buscar el amor negandose a una.
    ¡Cómo me gusta leerte!
    Abrazos

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