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El círculo del agua

 1. Llaman a la puerta del iglú

Me gusta mi iglú. Está ordenado, nada fuera de su sitio, y mi vista alcanza a todo lo que hay en él: una pequeña cama nacarada, una alfombra, una silla de plástico transparente donde deposito la ropa al irme a dormir, un baúl con muchas cosas de antaño que nunca abro y un escritorio de Ikea con un pequeño flexo azul que suelo dejar siempre encendido sobre mis papeles y mis libros. Todo está bajo control y eso es lo más importante. Además, las paredes son gordos bloques de hielo que no dejan pasar el ruido, ni las voces de los forasteros, ni el viento. Tampoco los rayos del sol, es verdad, porque no hay ventanas. De todas formas, no suele salir mucho el sol en el Polo Norte.

A veces me siento muy sola, cuando reparo en que la blanca colcha de mi cama no tiene una sola arruga, o en lo perfectamente rectangular que es la alfombra, o en las fotos en las paredes con paisajes de lugares en los que he estado (¿he estado en esos lugares?)… pero pienso que mejor así. Mi vida, en realidad, es perfecta, y no tengo de qué quejarme. Cuando me aburro, leo o me invento historias, y ya está.

Así que cuando escucho unos golpes sordos en la puerta, me sobresalto. Esto, desde luego, no augura nada bueno. ¿He dicho que no me gustan los cambios? Me cuesta abrir la puerta (lleva demasiado tiempo cerrada). Por el hueco se cuela la nieve y la ventisca. Allí, oblicua, casi volándose, hay una mujer de mi misma edad, envuelta en un anorak rojo empapado. Me mira suplicante. Estoy a punto de cerrarle la puerta en las narices, hacer como que nunca ha estado aquí, pero hay algo en sus ojos que me recuerda a mí, no sé, un destello de reconocimiento me empuja a dejarla entrar.

Me dice que fuera hace frío, que si le permito pasar la noche en el iglú. Le contesto que no estoy acostumbrada a recibir visitas, pero que se puede quedar. Podemos habilitar la alfombra para que haga de cama. Podemos compartir mi bocadillo de sardinas de lata, que es lo que ceno todas las noches. Y mi vaso de cerveza. Podemos también compartir mi insomnio, porque no duermo bien. Nunca he dormido bien.
—Te noto un poco tensa —me dice, mientras extiende el anorak empapado en el respaldo de la silla—. ¿Estás bien?
—¿Tensa yo? —le respondo, dando un respingo—. Qué va. Este es un iglú muy calmado.
—¿Qué son esos papeles? —me pregunta.
—En ellos invento historias en las que me gusta vivir.

Asiente, sonriendo, mientras se arrodilla en la alfombra con su vestido de colores. Casi de inmediato se tumba de costado, apoyando la cabeza en su brazo, y me lanza una última mirada adormecida antes de caer en un sueño profundo.

La miro mientras me como mi bocadillo de sardinas, que hoy está especialmente grasiento. De la cerveza solo pego dos tragos, para pasar el pan. Y luego voy corriendo a lavarme los dientes. Antes de irme a la cama cubro a la extraña con mi colcha, y ese gesto me hace sentirme arropada. Me tumbo de lado en la cama y me duermo mirándola, al ritmo de su placidez.

2. Amanece en el Polo Norte

Noto una sacudida en el brazo y abro los ojos, alarmada. Ya está. Ha llegado la hora de la verdad. Ha logrado entrar el oso de mis pesadillas en el iglú… Pero no es ningún oso, es la extraña que está zarandeándome.
—Despierta, tienes que ver esto —me dice, entusiasmada.

La puerta está abierta de par en par y ella me señala al exterior. ¿Qué se habrá creído? Puede entrar la nieve. Pueden entrar los osos. Puede entrar la vida. Estoy rabiosa, pero no me atrevo a echarla para siempre. Soy una chica educada.
—Vamos a tomar un café —le digo en cambio, dirigiéndome al fogón y restándole importancia al hecho de que la puerta esté abierta de par en par.

Pero ella ya está fuera. Dentro solo está su brazo haciéndome un gesto insistente para que salga yo también. Hace muchos años que no salgo. Puede que nunca haya salido de aquí. Saco mi abrigo marrón del baúl. Está lleno de polvo y pesa una tonelada sobre mis hombros. Salgo, y el resplandor de la nieve me deslumbra.

Tardo en acostumbrarme a tanta luminosidad, que ya no sé si viene de la tierra o del cielo. Cuando me habitúo las cosas no mejoran, porque lo que veo es una inmensa planicie nevada que me hace sentir mareos. No hay paredes con las que mi vista choque. Sobre la línea del horizonte, el sol asoma tímida pero insistentemente, llenándome el alma de tonos rojizos. El silencio es ensordecedor. Siento que esto, precisamente esto, no lo puedo controlar. Suena algo parecido a unas campanillas. Es la risa de la extraña, que está a mi lado echándole un pulso de miradas al sol. Ninguno de los dos parece dispuesto a parpadear.
—¿De qué te ríes? —le pregunto.
—¿No te parece precioso?
—¿El qué?
—El amanecer.
—Sí —digo por decir algo.

Pero la verdad es que me parece abrumador. La inmensidad del espacio me da vértigo.

3. El frío

Me estremezco.
—¿Tienes frío? —me pregunta la extraña del anorak rojo.

Su pregunta me deja pensativa. El abrigo pesa, pero no abriga. Debajo del abrigo resulta que tengo un cuerpo, en el que reparo gracias a su pregunta. Y ese cuerpo tiene una sensación que no me gusta nada. ¿Será frío? Odio estar aquí, en medio de este espacio abrumador y con esta sensación. A la vez me siento viva, con este cuerpo-iglú que desea —él sí— calentarse desde tiempos inmemoriales. Trato de acordarme de la sensación de calor, pero creo que nunca la he tenido. Nací de un iglú que nació de otro iglú, que a su vez venía de una estirpe de iglúes aislados y gélidos.
—Sí, creo que esto es frío —le digo.
—Vamos a casa y encendamos la chimenea.
—¿La chimenea? —salto, y rápidamente añado—: está estropeada.
—¿Has probado a encenderla alguna vez? —la extraña del anorak rojo inclina un poco la cabeza y me mira con ojos pícaros.

Que la chimenea está estropeada es una información que llevo tatuada en la garganta, desde hace casi tanto tiempo como la de que el frío —el cuerpo— es algo que hay que ignorar. Es el mantra de mis ancestros. «No existes. No existes. No existes». No es necesario probar. No hay nada que probar. Así que le doy la espalda a la extraña y me voy en dirección contraria al iglú, para que entienda que hay cosas que es mejor no cuestionar. Cuando llevo un rato andando, muy digna, me vuelvo ligeramente, lo suficiente para ver los reflejos rojos del anorak de la extraña dirigiéndose hacia mi iglú, al que ella ha llamado «casa». Sabía que su llegada no podía traer nada bueno.

4. Una chimenea donde calentarse

Cuando me canso de anularme a mí misma caminando por la nieve sin límites hacia ningún lugar, regreso al iglú, a lo malo conocido. Ojalá se haya ido la extraña. Ojalá me deje en paz con mis historias, mis sardinas y mis cervezas. No necesito nada más para ser feliz. Mejor dicho, para vivir. Vale, para sobrevivir. Lo mejor de estar muerta en vida es que las sardinas en lata encajan unas con otras. Nunca falta ni sobra ninguna. En la vida de fuera siempre sobra o falta algo o alguien.

Abro la puerta del iglú y la noto más ligera, como si hubieran engrasado los goznes. Percibo una oleada de algo que nunca antes había experimentado. ¿Será eso a lo que llaman calor? Ni siquiera sé si me gusta o no me gusta. Está ahí, me envuelve y parece comunicarse sin problemas con mi piel, y también con algo más interno que late tímidamente y le lanza señales, como si el calor y eso que late se hubieran reconocido, ante mi estupefacción. No entiendo nada. No tiene ninguna lógica ni encaja a la manera de las sardinas.

Tampoco encaja la extraña en mi iglú, en cuclillas frente a la chimenea encendida, con su vestido estrafalario de colores intensos. Así que esas lenguas amarillas, rojas y azules que lamen el aire insaciablemente son el famoso fuego del que tantas veces me han prevenido. «Huye siempre del fuego —lo llevo tatuado en el pecho—. Te hipnotizará y te hará cometer tonterías o, lo que es peor, errores».

La extraña del vestido de colores se vuelve hacia mí. Su cara está teñida de rojo y sus ojos de carbón. Se deja caer hacia atrás y palmea el suelo para que me siente a su lado. No lo haré. Ni en mil años lo haría. ¿Para qué ha venido? ¿Por qué no se ha ido? ¿Qué diablos quiere de mí? Tratando de no incluir el fuego en mi campo de visión me siento, más bien me acurruco, todo lo alejada de la extraña que me permite mi obediencia.
—¿De qué tienes miedo? —me pregunta.
—¿Cómo sabes que tengo miedo?
—Porque yo también lo tengo. Todos tenemos miedo.
—Pero el mío es mayor. Es terrorífico.
—¿Y dónde está eso a lo que temes? ¿Fuera o dentro?
—Fuera… digo… dentro.
—Entonces acércate a la chimenea y deja que el fuego te caliente.

Me atrevo a levantar la vista y a dejarme arrastrar por la sonrisa de la extraña hasta que llego a su misma altura. Desplazo mi mirada a las llamas un instante y, en una especie de juego de espejos, sin que me dé tiempo a evitarlo, una chispa prende en mi pecho y se convierte en una hoguera, dejando el tatuaje ancestral reducido a cenizas. Yo misma ardo y lato envuelta en llamas. Pienso que el fin del mundo ha llegado, el apocalipsis, la bajada a los infiernos. Quiero llevarme a la extraña por delante, al fin y al cabo ella tiene la culpa de todo, pero cuando la agarro se transforma en aire, mientras los colores de su vestido quedan suspendidos en el espacio al igual que un arcoíris. No me queda otro remedio que meterme debajo del grifo del fregadero. Las llamas se van apagando por fuera, aunque dentro, en el centro de mi pecho, se quedan las brasas.

La extraña vuelve a hacerse tangible y yo me pregunto por qué estoy tan inmensamente triste. ¿A estas brasas palpitantes de tristeza será a lo que llaman corazón? Tengo muchas ganas de rendirme, incluso de abrazar a la extraña, pero en ese momento me dice, algo preocupada:
—Están a punto de llegar.

Vuelve a dejarme desconcertada.
—¿Quiénes?
—Los invitados de tu fiesta —dice, mientras abre el baúl y saca un vestido de lentejuelas del año de la polca—. Toma, puedes ponerte esto.

5. El baile de disfraces

No me siento nada bien embutida en este traje de lentejuelas tipo charlestón, y los tacones me van a matar. Echo en falta mis vaqueros, mi camisa beige y las botas de nieve. La extraña se ha puesto una máscara veneciana de tonos morados por debajo de la cual fuma un pitillo muy largo, con pose de femme fatal.
—¿Qué hacemos vestidas así? —le pregunto.
—Es un baile de disfraces —dice, y se ríe con sus leves tañidos.

Antes de que me dé tiempo a negarme en redondo, aparece el primer invitado por la puerta, un pirata con un parche en el ojo izquierdo, una pata de palo y una botella de ron añejo en la mano. Me saluda con una reverencia, lo que no pega nada con su disfraz, y menos todavía pega lo que me dice:
Bonjour, mademoiselle.

Miro a la extraña enroscándome el índice en la sien, pero ya no está allí, ha desaparecido. Mientras tanto, ha entrado una mujer vestida de institutriz junto a un hombre engominado que se parece terriblemente a James Dean. Detrás una chica con peluca de varios estratos vestida de siniestra. Y un clown. Un domador de leones. El capitán de un buque. Entra hasta el oso de mis pesadillas, que en realidad es un hombre alto y delgado al que le queda demasiado grande el traje de peluche raído. Y entra mucha más gente, malabaristas, farmacéuticos, directores de cine, gente de la calle. A mí me entra el pánico porque no van a caber en mi pequeño iglú y se van a comer todas mis sardinas, pero de alguna manera prodigiosa caben. De hecho, el iglú ha dejado de ser un iglú para transformarse en un inmenso palacio de hielo, dentro del que aparece una amplia pista de baile. Alguien ha sacado un viejo tocadiscos del baúl y ha puesto un disco de Charlie Parker. Hay personas disfrazadas de camareros con las bandejas en alto que reparten canapés y copas de champán. Me dejo llevar por la embriaguez de la música y el champán. Las brasas de mi corazón se ven atraídas por uno u otro de los invitados.

Bailo un rato con el hermano gemelo de James Dean. Me da tiempo a enamorarme de él y a jurarle amor eterno, pero cuando aún no he terminado de pronunciar la «o» de «eterno» le llaman por el móvil y me dice que es su esposa, que lo reclama, que lo siente mucho, que soy la mujer de su vida pero vivo demasiado lejos y hace demasiado frío en el Polo Norte. Siento como si un buitre estuviese cebándose en mis entrañas y le grito que pare, que aún estoy viva, que me deje en paz. El buitre se va gorjeando y me quedo tirada en unas largas escaleras de hielo, bajo los efectos del abandono. Se me acerca una mujer vestida de miliciana y me golpea en el brazo con la culata de su rifle.
—Eres tan frágil… Tienes que sobreponerte.

La miro y la odio, pero la obedezco.

Voy al centro de la pista de baile, y me dejo llevar por el pirata bajo el efecto de una canción de Edith Piaf, por un aviador a ritmo de Brahms, por una mujer vestida de esqueleto a ritmo de tango, por un gladiador, por el dueño de un banco, un político, un secuestrador, el oso de mis pesadillas, que me pisa todo el rato los pies… Todos me dicen dulces palabras al oído que al cabo de un rato se transforman en mentiras y después en reproches, para terminar en gritos que me expulsan hacia atrás, momento en que caigo en los brazos del siguiente. Esto parece no tener fin. Es un torbellino confuso en el que giro y giro y giro, sostenida por la droga del champán y del movimiento. Cada persona por la que me dejo llevar me hace entrar en su película y desempeñar el rol de esclava, de reina, de pobre víctima o de atenta admiradora. Paso por cientos de ambientes diferentes según la película sea de cow boys o de romanos, o francesa, o alemana, o rusa. En sus películas todo les sale genial a los protagonistas, pero para mí nunca hay un final feliz. Cuando se acaba su película, cada uno me deja un regalito en forma de pesadas pulseras y collares de bisutería barata: la desconfianza, el fracaso, la culpabilidad, el miedo, la vergüenza… Giro y giro y giro y cada vez peso más. Un escalador, una poetisa, un catedrático.

Cada vez giro más rápido, rabiosa, hasta que la propia fuerza centrífuga hace que nadie pueda acercarse a mí. Estoy yo sola girando, pero los largos y pesados collares se me enroscan en el cuello, estrangulándome. El silbido que producen mis veloces giros se convierte en voces cortantes como cuchillos: «No te fíes ni de tu sombra», «Siempre la cagas», «No vales para nada», «Por más que te esfuerces, siempre terminarás en el lodo», «¿Y tú quién te crees eres? Pobrecita estúpida»… Los collares que aprietan mi garganta se transforman en una serpiente que me asfixia y me silba al oído: «¡No existes, no existes, no existes!». Estiro de ella con todas mis fuerzas, pero lo único que consigo es estrangularme más. Ya solo me queda arrodillarme y rezar a las brasas de mi corazón para que me ayuden. Entonces se produce una explosión que hace saltar todo por los aires, incluida yo.

6. La resaca de los recuerdos

Cuando abro los ojos, lo primero que veo es la cara de la extraña a escasos centímetros de la mía. Por primera vez está seria, y sus ojos parecen preocupados. Me acaricia suavemente la mejilla con la mano.
—¿Qué ha pasado? —pregunto.
—¿No te acuerdas de la fiesta?
—Apenas. Pero me siento fatal.

Y es verdad. Mi cuerpo está tan cansado que apenas si puedo moverme. La cabeza me late con fuerza y tengo un permanente pitido en los oídos. Parece, además, que alguien me hubiera pegado un mordisco en la zona del corazón, dejando un boquete oscuro e insondable. Puede que esto, el hueco del olvido, sea lo mejor.

La extraña me ha preparado una sopa de verduras, que tomo sorbo a sorbo después de que me haya ayudado a incorporarme un poco sobre la almohada. La sopa está caliente y sentirme cuidada, aunque sea por una extraña, es reconfortante, así que al cabo de un rato ya puedo ponerme de pie, un poco tambaleante. Veo a la extraña en cuclillas frente al baúl, abriéndolo.
—¿Qué haces? —le pregunto, alarmada.
—Ha llegado el momento —dice con voz decidida.
—Sabes que no podré soportarlo.
—Sí podrás. Ven, siéntate.

No tengo fuerzas para negarme. Me arrodillo junto a ella, que acaba de sacar una muñeca hecha de ganchillo, de piel negra, pelo rizado y un vestido de rayas naranjas, rojas y amarillas. Se la arrebato de las manos y la huelo, reconociendo el perfume de la niñez.
—Se llamaba Flor, y era mi única compañía en el iglú —le cuento.

La aplasto contra mí y algo en el sótano de mi pecho, a lo lejos, comienza a parpadear, mientras que mis ojos se llenan de lágrimas.
—Es un amor —dice la extraña—, pero ya no la necesitas. Ahora me tienes a mí.
—A ti no te conozco —le digo, asustada.
—Yo creo que sí —me dice, enigmática.

Se da la vuelta y mete medio cuerpo dentro del baúl.
—¡Mira, mira! —dice enseguida.

Saca un montón de álbumes de fotos. Me echo a temblar.
—No puedo —susurro.
—Sí que puedes, ya verás.

Y abre uno de los álbumes. Aparece la foto en blanco y negro de alguien tremendamente parecido a James Dean. Tiene el rictus duro y la mirada dulce.
—¿Quién es? —me pregunta, como si jugáramos a reconocer caras de famosos.
—Me dio la vida y me rompió el corazón —le digo sin saber ni lo que estoy diciendo.

La extraña aplaude, y luego pasa la hoja. Aparece una mujer con cara de institutriz o de miliciana, no lo sé.
—¿Y esta? —pregunta.
—Sufre lo mismo que yo, pero no soy yo.
—¡Muy bien, genial! —grita la extraña, muy contenta—. Estás acertándolas todas.

Seguimos mirando el álbum. Me he tranquilizado y se van encendiendo lucecitas, como pequeñas estrellas, en el cielo nocturno de mi corazón. El pirata me robó la confianza y me prestó su creatividad. El secuestrador se quedó con mi alegría y con él gané la independencia. El gladiador me dejó sin fuerzas y me regaló un puñado de semillas. Y así vamos dejando atrás páginas y páginas y mi pecho se va haciendo más y más claro. La extraña se ríe a carcajadas con mis ocurrencias, que no sé de dónde vienen, pero me da igual. Cuando digo que la mujer esquelética me enseñó a morir, soy yo la que suelto una carcajada que suena a ramas quebrándose, pero bueno, para ser mi primera carcajada no está mal. En ese momento, que es justo cuando se acaba el último álbum, me doy cuenta de que estoy en paz.

7. Temporada de deshielo

Han pasado los meses y la extraña ya no es una extraña. No sabemos nuestros nombres, ni falta que hace. A veces me presta su vestido de colores, y me siento renacer. Todos los días, cuando anochece, enciende la chimenea, y ya no temo sentarme a su lado a mirar el fuego, reflejo de la pequeña hoguera de mi corazón. A veces hablamos y a veces no. Me ha enseñado a cocinar. Ahora preparo por las noches una riquísima sopa de líquenes, y de postre helado de musgo con cardamomo.

Por las mañanas, ella suele salir a buscar leña y yo me quedo en el iglú, escribiendo historias de esquimales o pingüinos. Un día, mientras estoy concentrada en una escena glacial, una gota cae sobre el folio. Y otra, y otra. Miro al techo, asustada, y veo que los bloques de hielo se están volviendo transparentes.

Sin ni siquiera ponerme el abrigo salgo corriendo del iglú. Mis botas chapotean sobre una masa pastosa. Miro a un lado y a otro. Al fondo, donde yo creía que siempre había habido solo nieve, veo el entramado blanco y verde de un bosque. ¡Claro, es de donde ella saca la leña! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Me dirijo hacia allí tan deprisa como me deja este suelo que parece estar deshaciéndose bajo mis pies.

Llego con la lengua fuera. Me la encuentro en el centro del bosque, en cuclillas a la orilla de un lago cuya superficie parece un espejo agrietado.
—¿Has visto? —le digo, alarmada—. No sé qué está pasando, pero a este paso en unas horas no tendremos suelo debajo de los pies.

Ella vuelve la cabeza y sonríe. ¿Por qué siempre sonríe cuando las cosas se ponen imposibles?
—No te preocupes —dice—. Es el deshielo.

Me señala la superficie del lago, que cada vez tiene más grietas.
—¿Qué es el deshielo? —pregunto, desconfiada.
—Cuando el hielo se transforma en agua.
—¿Y qué hay debajo del agua?
—La tierra.

No sé si estoy preparada para que mi mundo se disuelva, pero parece que a la hoguera de mi corazón le gusta esto, porque se ha puesto a bailar, y me empuja a que yo haga lo mismo, chapoteando y riéndome a partes iguales. Ella se quita su anorak rojo y baila conmigo, y acabamos patinando abrazadas sobre el espejo agrietado del lago. Los momentos de felicidad son tan fugaces como eternos. Cuando quiero que demos la vuelta para volver a la orilla noto un crujido bajo nuestros pies. Una grieta se abre justo entre nosotras y no nos queda más remedio que separarnos para no caer al agua.
—¡Hay que llegar a la orilla! —grito—. ¡Corre!

Voy saltando de islote en islote hasta alcanzar la orilla. Ella no se ha movido. Está en una isla de hielo en medio del lago, sonriéndome. Sin prisa, se quita su vestido de colores y me lo lanza. Me quedo con él en los brazos, sin saber muy bien qué hacer. Está desnuda en un islote cada vez más pequeño. Es hermosa, de piel casi transparente.
—No te vayas, por favor —le digo, con lágrimas en los ojos.
—Estoy en ti —oigo su voz muy cerca, como si me susurrara al oído.

Su figura se va volviendo más y más traslúcida mientras el islote se va haciendo más y más pequeño. Cuando es del tamaño de una moneda, ella va sumergiéndose en el agua, aunque su cuerpo ya es casi de aire. Lo último que desaparece es su sonrisa, y después se convierte en unas pocas ondas sobre la superficie cristalina.

Me siento en el suelo, ahora sólido y terroso, abrazada al vestido de colores, y lloro sobre él. Lloro y lloro y lloro y pienso que nunca podré parar de llorar. Los momentos de infelicidad son simplemente eternos. Paradójicamente, me siento arropada por ella, por el lago y por los árboles.

El mundo entero llora y se acompaña a sí mismo.

8. El círculo del agua

Vivo en una casa de madera muy cerca del lago. Otras personas han construido casas en otras partes del bosque, y por las tardes se oye a los niños jugando al escondite entre los árboles. A veces, al anochecer, me siento con ellos alrededor de una hoguera a la orilla del lago y les cuento historias que son verdades o verdades que son historias. Ellos se ríen o lloran o se rascan la cabeza.

Todos los días al despertarme me acuerdo de ella, y la reconozco en mí. Hoy, como todos los días, me levanto y salgo a pasear. Llevo piñones para los pájaros y las ardillas, que aletean o mueven la cola desde los árboles cuando me ven. A la vuelta, diviso a los niños en los alrededores del lago preparando montoncitos de leña para la celebración de esta noche. Cada año hacemos un ritual al que llamamos «el círculo del agua». Ellos no saben de dónde viene esta costumbre. Yo sí lo sé, porque la llevo dentro.

Por la tarde, después de escribir un rato, miro por la ventana. El sol ha empezado a recostarse sobre las copas de los árboles, lo que me indica que ha llegado la hora. Abro el baúl y con mucho cuidado saco un envoltorio de papel de seda dorado, y de él, el vestido de colores y la máscara morada. Me los pongo y me miro al espejo. Mi cabeza está llena de canas, que rodean la máscara como un óvalo de plata. Sonrío, y es una sonrisa que me suena mucho.

Me dirijo al lago, donde está ya reunida la gente de los alrededores, adultos y niños, todos con preciosas máscaras de muchos tipos y vestidos de colores. Ayudo a encender las hogueras alrededor del lago, mientras el sol termina de acostarse sobre el lecho del horizonte. A medida que se van encendiendo los fuegos, se van apagando las voces, y todos nos situamos circundando el lago. Lentamente, nos quitamos la ropa y las máscaras, que dejamos junto a las hogueras como formas vacías, y desnudos nos introducimos en el lago, que se deja penetrar entre los reflejos dorados del fuego y plateados de la luna. Cuando ya no hacemos pie nos damos las manos. Siempre hay un instante de miedo en que creemos que nos vamos a hundir en la oscuridad del fondo. Pero traspasado ese momento, sucede. Sopla un viento misterioso que agita el agua y nos mueve en círculo. Siento la piel sedosa de la mano del niño de mi derecha y la piel levemente rugosa de la mujer de mi izquierda. Siento el calor de su cuerpo y la vibración de su alma. El agua es un manto que nos arropa a todos, que nos lleva y nos sostiene sin que hagamos ningún esfuerzo. Sin oponernos, reposamos en el movimiento, mirando al cielo y sintiéndonos uno con el agua, el fuego, la tierra, el viento y el espacio.

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10 comentarios en «El círculo del agua»

  1. Pufff. No sé qué decir. Precioso….empecé a llorar en el segundo párrafo y no he pasado. Tal vez sea el deshielo…
    Un abrazo Isa. Gracias

    Responder
  2. Es precioso Isa, te arrastra, te envuelve, te obliga a identificarte con la prota y dejarte llevar por la historia. Magnífico relato envuelto en magia.

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  3. Es de lo mejor que has escrito, maestra. Me ha llegado al corazón, si es que tengo corazón. He disfrutado tanto y tanto con esa tu prosa irónica y a la vez tan penetrante, de lectura fácil y que te abre las entrañas. Al leerte ha sentido el frio del hielo y el calor del fuego, también el pringue del bocata de sardinas, y he oído el silencio clamoroso. Gracias por todo, Isa.

    Responder
  4. ¡Precioso, Isa, gracias!! Tantas frases que extraer y atesorar como auténticas perlas del deshielo, que se quedan con uno, aquí dentro del corazón.

    Responder
  5. Isa, me dejas sin palabras, es como si todas las que significan algo te las hubieses apropiado para expresar tantos sentimientos profundos, experiencias, sabiduría, amor…
    Y ahora, yo, no soy capaz de encontrar ninguna que signifique la emoción que he sentido al leer tu blog.
    Un abrazo y sigue escribiendo «desde el corazón»

    Responder
  6. Cuánta belleza en estas palabras. He sentido casi vergüenza por sentir que me colaba en tu intimidad, pero de alguna manera, igual que ha hecho la extraña, has conseguido que sepa que puedo entrar. Mil gracias!!

    Responder

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