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El escritor al desnudo

Una de las mayores dificultades con las que se encuentra todo escritor en los inicios de su recorrido, y no solo en los inicios, es lo que yo llamaría el falso pudor o un miedo cerval a desnudarse delante de sus lectores. De hecho, esa es una de las más habituales fuentes de bloqueo.

Por supuesto, no hemos de confundir la falta de pudor o un saludable descaro con un afán exhibicionista a la hora de exponer sistemáticamente todas nuestras vergüenzas sobre el papel, porque esa no sería sino otra forma de autoinmolación, otro cilicio que usaríamos para esquivar, de nuevo, la libertad y responsabilidad creadoras.

Ambas actitudes extremas (la de disfrazarnos de ropajes virtuosos e impostados y la de rasgarnos las vestiduras para arrancarnos el corazón delante del lector) carecen de autenticidad. La primera proviene de una excesiva autoprotección que nos mantiene en un territorio donde nos sentimos seguros, rodeados de tópicos y lugares comunes, de experiencias y lenguajes prestados, de conceptos abstractos o disquisiciones eruditas que no toquen, en ningún momento, la herida abierta de la vida.

La segunda proviene de una excesiva agresividad y nos traslada a la esfera del pánico, de la pérdida de control. Al rodearnos de vómitos, bilis y sangre, rencores viscerales y pasiones incontenibles, somos incapaces de darle un cauce congruente a lo que escribimos, por lo que lo más normal es que acabemos regresando, despavoridos, a nuestro capullito egótico y seguro, del que no querremos salir por miedo a perder el control.

Entre ambos extremos hay, sin embargo, un saludable término medio, una franja bastante amplia en la que hemos de aprender a movernos. Buscar dicha franja con una actitud curiosa e intrépida —como un niño se encarama por primera vez a un tobogán, un aprendiz de conductor estrena una autopista o un explorador se interna en la selva amazónica, dependiendo de nuestra etapa del aprendizaje— entra dentro, además, de nuestras responsabilidades como escritores honestos.

Buscar la franja saludable del término medio con actitud curiosa e intrépida es nuestra responsabilidad como escritores honestos.

Un buen chivato que nos informará de que vamos por buen camino es sentir mientras escribimos cierto grado de desnudez no agresiva (como quien hace por vez primera un striptease a la luz de las velas delante de la persona amada).

 Independientemente de que estemos escribiendo un relato de fantasía lleno de dragones o una novela autobiográfica sobre nuestra infancia, hemos de tener en cuenta que la escritura siempre está —o más vale que lo esté, porque si no será una naturaleza muerta— vinculada al presente. Igual que los sueños no son más que representaciones simbólicas del paisaje emocional de nuestra psique en ese momento, en la literatura elaboramos creativamente los temas en función de nuestras inquietudes actuales. El Lector

Igual que los sueños no son más que representaciones simbólicas del paisaje emocional de nuestra psique, en la literatura elaboramos creativamente los temas en función de nuestras inquietudes actuales. 

Así pues, es normal que aunque estemos hablando de dragones y trolls, si lo hacemos de forma auténtica, plenamente identificados con nuestros personajes, sintamos que rozamos territorios inexplorados e impúberes de nuestra persona, como cuando acariciamos la piel del ser amado y descubrimos una rugosidad extraña, un lunar desconocido, una suave hendidura que permanecía en la sombra, la proyección inusitada de la luz sobre el glúteo dormido.

Rozar esa frontera puede atemorizar en un primer momento, por la intensidad de la experiencia, pero si en lugar de salir corriendo en dirección contraria o dispararnos hacia adelante nos relajamos en ese roce, en esa sensación de desnudez, nos daremos cuenta de que en ese punto justo (que varía a medida que vamos explorando) reside la auténtica literatura y nuestra propia personalidad como escritores

Así que una buena disposición y estrategia a la hora de ponerse a escribir es avanzar confiados y decididos a la búsqueda de esa frontera, superar el miedo inicial y abrirnos a la experiencia. Hay que trabajar el discurso y a nuestros personajes desde dentro de esa sensación de ritual desvestimiento, abriéndonos al temblor que nos produce lo desconocido. Y ahí, justo ahí, encontraremos el goce, el famoso placer del que hablan los escritores experimentados y del que al principio no se tiene mucha noción, porque lo confundimos con el miedo. Y es normal, porque ambos se hallan en el mismo lugar. Como buenos exploradores, hemos de cultivar la certeza de que detrás de un miedo siempre habrá algo interesante en lo que indagar.

Una de las cosas que más preocupan al escritor es que el lector descubra qué clase de persona es verdaderamente.

Una de las cosas que más preocupan al escritor principiante que explora esos territorios es que el lector descubra, detrás de sus palabras y por más ficción a la que recurra, qué clase de persona es verdaderamente. Y es que el ser de múltiples facetas (no todas agradables) que se va desvelando con la escritura no suele coincidir, en absoluto, con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Esto nos quita de debajo de los pies la tupida alfombra llena de arabescos que tanto habíamos tardado en tejer y nos estampa contra el suelo.

No obstante, coincidiréis conmigo en que es bastante egocéntrico y poco razonable pensar que el lector estará tratando de deducir qué es verdad y qué no de lo que le contamos, hasta qué punto somos buenas o malas personas o en qué grado de autoengaño hemos vivido hasta ahora. Más bien ocurre al contrario: si realmente hacemos las cosas de este modo, trabajando sin agresión en las fronteras de nuestros miedos y pudores, propiciaremos que el lector se identifique con nuestros personajes y vaya desvelando, a su vez, sus propios miedos.

El lector lo que quiere es un canal de transmisión y si se lo proporcionamos de forma auténtica se olvidará de nosotros mientras lee, empatizará con los personajes  y con la historia que le hemos brindado.

Igual le suena un poco duro a nuestro ego, pero al lector le importamos un pepino como personas, e incluso como escritores. Lo que quiere es un canal de transmisión para trabajar consigo mismo. Y si se lo proporcionamos de la forma más auténtica posible, se olvidará de nosotros mientras lee, empatizará con nuestros personajes, y al final solo sentirá agradecimiento por la oportunidad que le hemos brindado de sentirse guiado y acompañado en sus inquietudes más profundas. Le habremos permitido rozar, sin agresión e incluso con goce, la herida abierta de su vida, que es la de todos.

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1 comentario en “El escritor al desnudo”

  1. Estoy viviendo la aventura de escribir mi primera novela, basada en vidas reales y en un momento muy concreto de la historia de nuestra patria.
    Siento un gran respeto por los protagonistas, mis padres, Me han resultado muy interesantes estos consejos.

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