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El placer y la culpa

El placer y la culpa

Hace un par de días Kike Parra colgó en Facebook un post en el que hablaba de mí como si yo fuese Gordon Lish (el editor de Raymond Carver) en versión mujer… bueno, no… como si yo fuese incluso mejor que Lish, quizá porque no bebo whisky con los autores a los que publico. Es broma. Le había revisado el libro de relatos que le publicaremos en RELEE  y había dado con la clave de sus temáticas (el desequilibrio brutal entre lo femenino y lo masculino en un mundo que se resiente por ello). También había hallado EL TÍTULO, porque los títulos no se «ponen», sino que se «hallan»; hay un título para cada obra igual que hay un nombre para cada persona flotando en el reino de las Nomenclaturas Intrínsecas; a veces se encuentran entre sí, y a veces nunca se juntan, como los calcetines desparejados o los corazones solitarios.

Cuando leí el post, mezclado con el cosquilleo de placer, me entraron muchas ganas de esconderme. Estaba hablando de MÍ. De NOSOTROS. De la comunión literaria. Algo tan íntimo y sagrado como la silueta desnuda de un cuerpo dormido perfilada por la luz del amanecer. Y eso suponía un doble placer: el de la intimidad y el cariño, y el de que eso fuese compartido —mostrado, expuesto— con honestidad y dulzura.

E inmediatamente, tan rápido que casi parecía que venía de la mano del placer, llegaron la incomodidad, la inadecuación, la vergüenza y la culpa. Las ganas de esconderme. La sensación de haber hecho algo malo. La amenaza de que alguien querría castigarme por haber sido tocada por la varita mágica del placer.

Creo que nunca he gozado sin sentirme culpable, y la culpabilidad es la tinta del calamar: enturbia cualquier sentimiento positivo que ose acercarse a mí

Me pasé todo el día escondida en el sótano oscuro de mi introversión. Si decía cualquier cosa se me iba a notar. Que gozaba. Que era feliz. Es mucho más fácil para mí sentirme y mostrarme desgraciada. Y culpable. La culpabilidad es, en mi caso, la tinta del calamar: enturbia cualquier sentimiento positivo que ose acercarse a mí. Con esa negrura, imposible ver claro.

Creo que nunca he gozado sin sentirme culpable.

Y sin embargo, había sido tan inocente… Habíamos quedado en la plaza de Ópera, y me acerqué después de hora y media de entrenamiento físico, con el cuerpo abierto y vibrante. Nos metimos en un café, en la mesa junto a la ventana y… ¿os habéis fijado en que cuando gozas el tiempo se vuelve de la textura de la miel? Un cuento, y otro, y otro. Escritor y lectora en un baile sinuoso, brillante. Yo soy un pato bailando… Pero Kike y yo sabemos bailar «ese» baile. Saber bailar no es dar los pasos correctos, es abrirse a la situación, empujar suavemente la cintura del otro solo cuando él ya ha empezado a moverla, acompañando al movimiento que se manifiesta por sí mismo, convirtiéndote en el movimiento. Y entonces no hay error, porque nada —nada— se fuerza: es la literatura que nace de la unión de dos almas, cuando el corazón solitario del escritor se ofrece al alma sedienta del lector. Y de esa comunión se abre de golpe el universo en el que todo —todo— cabe. A eso yo le llamo amor.

¿Por qué he de sentirme culpable por eso?

Así que le contesté (a Kike) que «para los que amamos la literatura hay otras formas de hacer el amor, sin necesidad de poner celoso a nadie ni de sentirse culpable». Pero lo que no le dije es que leer y escribir (bailar con la literatura) es mi única vía para gozar sin culpa.

 

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4 comentarios en «El placer y la culpa»

  1. Me parece precioso lo que has escrito, además de valiente. Quiero pensar que tal vez, en alguna ocasión, de alguna forma…he sentido esa comunión con alguien o algo, y quiero pensar también que lo sucedido una vez puede repetirse.
    Un abrazo.

    Responder
    • Muchas gracias, Marusela. Estoy segura de que has sentido esa comunión literaria… aunque sea con tus personajes y tus textos 😉

      Un abrazo,

      Isa

      Responder
  2. Querida Isa,
    En este post eres tú en tu mejor tú… y lo has sabido transmitir a tus alumnos. Hay que escribir desde ahí donde está lo más personal que, vaya paradoja, es lo más universal, lo que puede quedar a salvo del paso del tiempo, las modas, las prisas y las eras tecnológicas o robóticas que nos esperan.
    Gracias.
    Joana

    Responder
    • Mil gracias, Joana, me alegro de haber mostrado mi mejor versión de mí ;-p, que a la vez es la más problemática.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder

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