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El verano más extraño de mi vida

Glorieta de cuatro caminos en este verano tan extaño

Sábado, 1 de agosto de 2020

 

Juro que no quiero escribir sobre esto. Juro que he hecho todo lo posible para evitarlo, evadirme lo primero. Apenas llevo una frase y ya me veo como una especie de agorera, como una catastrofista que parece anhelar el final de los tiempos. Además —me digo—, a qué viene esta sensación de alarma, si no pasa nada. Todo está tranquilo. La pandemia pasó de moda, aunque siga asolando el mundo. Solo hace un pelín más de calor del habitual en Madrid el 1 de agosto.

Pero es que yo no elijo lo que escribo. La escritura me elige a mí y hace días que me viene meneando para que escriba esta historia, que aún no sé de qué va, pero algo en mí (o a través de mí) sí lo sabe. Creo que el primer flash lo tuve hace una semana. Sí, me parece que fue el sábado pasado, en que fui a hacer una gestión al centro de Madrid, y a la vuelta, no sé por qué, me dio por meterme en el Burger King de Cuatro Caminos. Bueno, sí sé por qué, porque tiene unas vistas a la glorieta en la segunda planta que me fascinan. Hacía mucho calor, un calor horroroso, y me pedí una cerveza y una de esas hamburguesas que dice mi hijo Elmo que hacen con pollitos recién nacidos triturados.

Hamburguesas del Burger King y mi extrañeza

Lo de los pollitos recién nacidos triturados tiene que ver con la historia que te quiero contar (o que esta espada que me atraviesa quiere que te cuente), porque la última vez que habíamos comprado hamburguesas en el Burger King (o en el Mac Donalds, yo qué sé; son lo mismo, ¿no?) le prometí a mi hijo que no volvería a hacerlo. Y, sin embargo, allí estaba, masticando esa masa rebozada y crujiente de pollitos descuartizados mientras contemplaba por las grandes cristaleras la glorieta de Cuatro Caminos.

Estaba mi mirada llena de extrañeza, viendo de pronto esa glorieta como símbolo del paso del tiempo de los hombres Clic para tuitear

No había apenas nadie en la planta de arriba y se estaba fresquito. El vidrio debía de ser insonorizado, porque se instaló un inquietante silencio en la escena que se desplegaba ante mis ojos. Parecía una película muda. Tampoco creas que te voy a contar nada del otro mundo. A ver, era la glorieta de Cuatro Caminos, la de toda la vida. Con sus autobuses, sus coches, la gente de aquí para allá… y sus cuatro caminos como los radios de una rueda ancestral, aunque en realidad son cinco si contamos las dos patas de Bravo Murillo, y seis si contamos una pequeña y discreta callecita que se inserta entre Bravo Murillo y Raimundo Fernández Villaverde, y que tiene cierta importancia —aunque sea tangencial— para esta historia que te estoy contando.

De pronto noté algo extraño. Muchas ganas de llorar, lo primero. Como si estuviese viendo la película más emocionante de mi vida. Pero en la escena, ya te digo, no había nada del otro jueves. Ni siquiera era todavía obligatoria la mascarilla para ir por la calle en Madrid (eso no fue hasta al cabo de tres días de esta desescalada escalante), así que una pareja de adolescentes se besuqueaba y hacía manitas a la sombra del quiosco, ajenos a mi mirada y a ese virus al que le había dado por asolar el planeta como en las malas pelis. Y luego, pues eso, gente entrando y saliendo del Carrefour, el sol cayendo a plomo sobre las enormes mochilas amarillas en forma de cubo de los ciclistas de Glovo, el anacrónico puesto de castañas asadas… Y poco más.

Pero sí había algo más. Estaba mi mirada llena de extrañeza, viendo de pronto esa glorieta como símbolo del paso del tiempo de los hombres. ¿Sabes cuando en las pelis sacan la imagen de una ciudad a vista de pájaro y se ve en unos segundos a cámara rápida cómo se va haciendo de noche y de día, de día y de noche, y de pronto ha pasado un mes o un año a velocidad de vértigo? Pues algo parecido ocurrió en mi retina sin que nada variase fuera.

La glorieta de Cuatro Caminos ha servido de escenario a muchos seres humanos con sus pequeñas historias alegres o tristes, públicas o secretas. También a la mía: allí abracé por primera vez al amor de mi vida. Clic para tuitear

También es verdad que la glorieta de Cuatro Caminos lleva ahí la tira de tiempo, plantada en el mismo sitio, que ha servido de escenario a muchos seres humanos con sus pequeñas historias alegres o tristes, públicas o secretas. También a la mía: allí abracé por primera vez al amor de mi vida, a la entrada de esa discreta callecita entre Bravo Murillo y Raimundo Fernández Villaverde que se llama —qué curioso— de los Artistas, esa de la que ya te he dado un indicio con anterioridad. Ese abrazo instantáneo que aún no sabía que sería eterno y que marcaría —sin yo tener ni idea tampoco— que ahora viva junto a Cuatro Caminos, igual que a los asesinos en serie les gusta re-visitar el escenario de sus crímenes.

Ya estoy llorando, joder, pero no era de eso de lo que te quería hablar, ya te había dicho que esa parte de la historia era tangencial. Te quería hablar de la extrañeza, del tiempo que pasa, de la vida como un escenario por el que discurre nuestro cuerpo, el disfraz que nos ha tocado llevar por un tiempo limitado y con el que tanto nos identificamos, este disfraz con el que hace una semana me estaba comiendo pollitos machacados sin una gota de remordimiento, a pesar de haberle prometido a mi hijo que no volvería a hacerlo.

Porque así somos. Como la pareja de adolescentes haciendo manitas a la sombra del quiosco. Como los jóvenes que no van a renunciar a sus noches de juventud por una puñetera mascarilla. Como esa otra yo que se abrazaba a un clavo ardiendo en la calle de los Artistas hace seis años. A esa forma egocéntrica de vivir la vida, el amor, al que luego encima pedimos que nos salve de nuestra propia estrechez de miras.

De modo que allí estaba yo (¿en qué momento?; ¿y cuál de mis yoes?; ya me he perdido con tanta tangencialidad), contemplando con los ojos empañados la glorieta de Cuatro Caminos como Salvatore cuando veía las escenas de los besos prohibidos al final de Cinema Paradiso, como si viese tras las lágrimas y las cristaleras los últimos besos y abrazos —los últimos restos— de un mundo francamente entrañable, aunque bastante naif y estúpido.

Sensación de despedida o ¿despedida?

Desde ese momento estoy con la sensación de estarme despidiendo, igual que ahora siento que esta historia es el comienzo de una carta de despedida. ¿De qué me despido? No lo sé exactamente, no soy tan lista, ni mucho menos clarividente, ni siquiera soy catastrofista, y me aterra morirme. Simplemente soy como los animales, que huelen en el aire cuándo viene una tormenta de las gordas.

En algún momento tendremos que devolverle al mundo la deuda de nuestra devastadora civilización; es una pena que nos tengan que empujar a ello y el final haya de ser traumático. Clic para tuitear

No soy tan lista, te decía, y eso también forma parte de la ecuación que la escritura trata de resolver a través de mí. ¿No ves que devoro pollitos descuartizados? No voy a culpabilizarme ni a exculparme, pero es que hago lo mismo con todo. Me creo tanto mi disfraz… Me aferro desesperadamente a una existencia tan transitoria como una ola en el mar. ¿Con qué objeto? En algún momento habrá que empezar a despedirse de eso para abrirme a algo más grande, aunque me acojone. En algún momento tendremos que devolverle al mundo la deuda de nuestra devastadora civilización; es una pena que nos tengan que empujar a ello y el final haya de ser traumático.

No leo casi el periódico, solo lo suficiente para temer más y más que quizá no me pueda marchar de vacaciones el día 16 de agosto ni ver un poquito de verde antes de que me encierren de nuevo en el establo. Pero cuando leo los titulares, me hablan de tormentas solares que acabarían —que acabarán si no lo hace cualquier otra cosa antes— con la electricidad en todo el mundo —y, por tanto, con nuestra civilización—, de urbanizaciones de búnkeres que se cotizan al alza y que los más ricos del planeta están comprando a marchas forzadas para refugiarse cuando esto no dé más de sí, de pandemias más mortíferas que esta por la que pasamos… Y eso que solo ojeo los titulares y no veo la tele, joder.

Pero la sensación de «esto se acaba, chicos» no viene de ese tipo de noticias (en las que, de hecho, no he empezado a reparar hasta que tenía ya esta sensación): viene del fondo de mi alma, de una especie de agotamiento existencial. Estas películas egocéntricas que nos montamos los trituradores y devoradores de pollitos recién nacidos no tienen ninguna base real, pero con ellas manipulamos nuestra mente, nuestro entorno y a nuestros semejantes. No es tan mala noticia que no nos quede más remedio que dejarlas caer en algún momento como costras requemadas.

Quizá lo único que me queda ya por hacer en la vida —en esta pequeña ola inventada en la que me ha tocado surfear— es prepararme para regresar al océano a través de la meditación, de la escritura, de mi trabajo... Clic para tuitear

Sé que por debajo de este disfraz terrestre que me creo que soy yo, hay algo mucho más grande siempre dispuesto a acogerme —a acogernos— en su regazo. Quizá lo único que me queda ya por hacer en la vida —en esta pequeña ola inventada en la que me ha tocado surfear— es prepararme para regresar al océano a través de la meditación, de la escritura, de mi trabajo…

Así que —y por aquí debe de ir la resolución de las incógnitas— lo que estaba ocurriendo hace una semana era que la prota de esta historia, la devoradora de pollitos aplastados que lloraba tras la cristalera del Burger King de Cuatro Caminos, y no precisamente por los pollitos, sino por un espectáculo que —seamos honestos— no era para tanto, estaba empezando a despedirse de un mundo entrañable, engañoso y transitorio a partes iguales.

Y quizá por eso, porque me siento tan cercana a la protagonista de esta historia que a veces hasta la confundo conmigo misma, este está siendo el verano más extraño de mi vida.

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22 comentarios en “El verano más extraño de mi vida”

  1. Cuanta hermosura encuentro siempre en tus palabras.
    Me siento dichosa de poder leer tus bellos relatos, tu alma al aire, en cueros…ese arte de poder expresar lo que hay en ella fluidamente me maravilla.
    Gracias por compartirnos todo eso que vive en ti, sin miedo, con gracia y con verdad.

    Te deseo un verano de pies descalzos y bocanadas de aire nuevo y revitalizante. Gracias Isa!!
    Un abrazo desde Zaragoza…calentito y tierno a la vez.

    ….pan recién hecho en horno de leña…

    Responder
    • Hola, Chara,

      Muchas gracias por tus palabras, que también llenan el alma. Espero que las cosas mejoren por Zaragoza.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  2. Felicidades Isabel. Un abrazo desde Barcelona. Yo también siento últimamente, y Bastante, sensaciones extrañas, y lloro sin saber porqué………….. Un abrazo.

    Responder
    • Hola, Francisco Javier,

      Muchas gracias por compartirlo. Son tiempos de extrañezas, supongo, y tratar de vivir con «normalidad» puede llegar a escindirnos. Me alegro de haber podido servirte de espejo.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  3. Isa, a veces te diría que dejes de contarnos lo que te pasa. Sería más fácil dejar de leerte, pero no puedo. Te sigo igual que tu miras a la Glorieta de Cuatro Caminos. Solo que yo sí creo que podrás irte el día 15, bueno, igual no a cualquier sitio. Qué descanses y lo disfrutes todo lo que puedas¡¡¡

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    • Hola, Mer,

      Sí, lo siento, no siempre muestro la cara que queremos ver de la vida y de nosotros mismos. Afortunadamente, la literatura nos ayuda a mostrar las distorsiones y reflejos de nuestra mente como lo que son: combinaciones de colores ilusorias como las de un caleidoscopio.

      Ya queda menos para marcharme, sí :-).

      Un abrazo fuerte,

      Isa

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  4. Isa, que bonita lectura. Tal ve un poco triste, pero seguro que con un bonito final. i si no lo fuera lo pintaremos.
    Se feliz, sigue escribiendo y cualquier dia nos vemos en el Burguer King!!

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    • Hola, Mari Pau,

      Eso, eso, a pintar de colores lo que no nos guste… ;-p

      ¿Sabes? La tristeza es uno de los sentimientos con los que peor me relaciono. Supongo que por eso sale muchas veces en mis escritos, para hacerme ver que no es buena ni mala cuando la dejas que se desparrame por el papel libre de juicios.

      Un abrazo enorme, ¡y nos vemos en el Burger King! ;-),

      Isa

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  5. Hola Isa, comparto la Glorieta de Cuatro Caminos contigo, como escenario de mi juventud, que fue tan difícil y tormentosa. Es por eso que yo no lloro porque ese tiempo se olvide, y lloro en seco cuando alguna sensación dolorosa del pasado se agarra en mi estómago.
    Vivimos tiempos extraños, difíciles, aún así, mejores. Muchas cartas que antes se ocultaban a nuestros ojos, están ahora sobre la mesa. Yo no digo que vayamos a salir mejores de esta crisis, pero sí te digo que ahora sabemos más y mejor quienes somos, qué nos importa de verdad, por qué vamos a luchar, aunque se pierda.
    Un abrazo emocionado y deseando puedas pisar la hierba con tus pies descalzos.

    que estoy más que agradecida de

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    • Hola, Loreto,

      Muchas gracias por compartir un trocito de tu historia vinculada a Cuatro Caminos. Es curioso cómo tanto ciertos recuerdos amargos (los tuyos) como felices (los míos) pueden llenarte de dolor. Y te recuerdo que cuando el pasado vuelve en forma de sensaciones dolorosas es que no se ha olvidado, sino que se quedado congelado en el interior y más vale descongelarlo. Afortunadamente, tenemos la escritura y la meditación para hacerlo :-).

      Tienes razón, más vale ver que no ver. Duele cuando se va pasando el efecto de la anestesia, pero el dolor de sentirte humano merece la pena sentirlo.

      Un abrazo muy fuerte, y gracias por tus buenos deseos,

      Isa

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  6. He llorado contigo Isa. Deseo y espero, y espero y deseo, que a partir del día 16 puedas disfrutar de esa maravillosa naturaleza que sana el alma.

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    • Hola, Paloma,

      Sí, ya sabes que de vez en cuando me da por ponerme lacrimógena ;-). Mi mirada se empaña a menudo con lágrimas acumuladas. Debo de tener una especie de géiser en mi corazón, al que de vez en cuando le da por brincar.

      Gracias por tus buenos deseos, y un abrazo muy fuerte,

      Isa

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  7. Gracias Isa por invitarnos a ese viaje interior que todas/os llevamos dentro. Gracias por dibujarnos el espacio, el tiempo, las despedidas…de alguna manera siempre nos estamos despidiendo de algo.
    Ese encuentro contigo misma a partir del día 16, tendrá un color mágico, renovador,, no lo dudes.

    Responder
    • Muchas gracias, Gloria, por tus cálidas palabras. Como dices, siempre nos estamos despidiendo, y es necesario para poder dar la bienvenida a los nuevos instantes nuevecitos.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
  8. Isa esos recuerdos son estupendos A veces lloramos y no sabemos por por que. nos sentimos solos aunque estemos rodeados de gente. Salir unos días aunque sea el verano más extraño de nuestras vidas. sonreír. viajar.ver a la familia te reconforta y se ven las cosas de otra manera.

    Responder
    • Hola, Mª Teresa,

      Sí, seguro que salir me va bien para que se me pasen las tonterías ;-).

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  9. Me encanta tu estilo Isa! Es una delicia, quizás precisamente por tu capacidad de articular en palabras la vida que fluye a través tuyo. Esa percepción cuidada con mimo para expresar lo humano: el caos, la sinrazón ,la estupidez…y también todo lo contrario. Me emocionaron tus lágrimas, quizás porque las neuronas espejo, reflejan en estos tiempos, más que nunca, la tristeza de la traicion que hemos cometido con la naturaleza para vendernos a la civilización.

    Un abrazo hondo!

    Harry

    Responder
    • Muchas gracias, Harry, qué preciosas palabras me diriges. Me han emocionado. A veces pienso que escribir es lo que hacen los tímidos en lugar de bailar. Pero es un baile con el lector al fin y al cabo. Encantada de haber bailado contigo :-).

      Responder
    • Hola, Jesús,

      Muchas gracias por tus palabras y tus buenos deseos :-). Todavía no las tengo todas conmigo, pero parece que podré irme, sí.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder

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