Escribir y meditar https://escribirymeditar.es Soy Isabel Cañelles, escritora, profesora de talleres literarios, y meditadora. Si deseas explorar tu mente y expresarte por escrito con el corazón y la técnica, para vivir una vida más plena, lejos del autoengaño. Tue, 29 Nov 2022 09:52:57 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=6.1.1 https://escribirymeditar.es/wp-content/uploads/2020/05/cropped-icono-512px-32x32.png Escribir y meditar https://escribirymeditar.es 32 32 7 consejos para superar el bloqueo del escritor ante la hoja en blanco https://escribirymeditar.es/7-consejos-para-superar-el-bloqueo-del-escritor-ante-la-hoja-en-blanco/ https://escribirymeditar.es/7-consejos-para-superar-el-bloqueo-del-escritor-ante-la-hoja-en-blanco/#respond Mon, 28 Nov 2022 20:05:08 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=21131 Cuando nos bloqueamos ante la hoja en blanco no tiene tanto que ver (como nos podríamos imaginar) con la falta inspiración como con un estado mental y físico de tremenda tensión en el que choca el deseo o la necesidad de escribir con la incapacidad y el rechazo a hacerlo.

A veces, cuando pienso en ponerme a escribir, siento ganas de vomitar. Las náuseas no se me pasan porque me ponga delante del papel y escriba unas frases, sino que aumentan. Escribir se convierte en una pesadilla, en algo que debo hacer, pero contra lo que todo mi ser se rebela.

Los síntomas se parecen mucho a cuando tenemos miedo, ¿no? Miedo a que no nos quieran, miedo a que nos recriminen, miedo a que no nos lean, a hacer algo fuera de lugar o a llenar la hoja de lugares comunes, miedo a la imperfección… Miedos viscerales que no nos permiten dar lo mejor de nosotros mismos y contra los que nuestra razón se rebela.

Pero lo que realmente genera el bloqueo no es el miedo, sino nuestra lucha encarnizada contra él. La razón nos dice que tenemos que escribir, que eso nos va bien y es necesario para nosotros; el cuerpo y el corazón nos dicen que no, que da mucho miedo escribir. En este estado de tensión y lucha interna, se hace muy complicado que la creatividad se abra camino, y esta imposibilidad no hace sino aumentar el miedo y la lucha. Este círculo vicioso es lo que solemos llamar «bloqueo ante la hoja en blanco».

Si lo miramos a la luz del sentido común (más unificador) ambas partes en contienda saben lo que hacen. Es cierto que al escribir (al actuar, al existir) corremos el riesgo de que nos recriminen o nos envidien, de meter la pata y de no ser perfectos, de adentrarnos en terrenos pantanosos, de sentir el peso de la edad y ver acercarse la muerte con cada golpe de teclado. Y no es una mera hipótesis: seguro que nos pasa todo eso y mucho más si perseveramos en la escritura.

Pero también es verdad que, a pesar de eso, o precisamente por eso, escribir forma parte de nuestra vida, nos hace personas, nos saca de un automatismo enfermizo.


Superar el bloqueo consiste, pues, en admitir nuestros miedos, rendirnos a ellos y abandonar las armas.
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Superar el bloqueo consiste, pues, en admitir nuestros miedos, rendirnos a ellos y abandonar las armas. Están ahí, sí, pero no para herirnos sino como parte consustancial del territorio a explorar. Sin miedo no habría escritura, solo evasión. Sentir su aliento en el cogote es el síntoma más claro de que estamos vivos y de que tenemos el coraje de seguir estándolo.

Todo esto se resume, para mí, en una frase que leí a Eloy Tizón: «Sé que mientras estoy escribiendo no puedo morir». En la misma escritura de esta frase se consigna la fusión del cuerpo, el corazón y la mente de un escritor. Ahí está el miedo. Y ahí está —sin divisiones, pura trascendencia— la superación del miedo. Del bloqueo.

A continuación, te voy a dar algunos consejos prácticos que puedes aplicar cuando sientes el bloqueo ante la hoja en blanco:

1. No te escapes

La incomodidad y el bloqueo es la fase previa a cualquier actividad creativa. La diferencia entre las personas que tienen práctica y las que no es que las primeras ya se lo saben y no le dan importancia, mientras que las segundas se dejan ganar el pulso rápidamente, tirando la toalla y desviando su atención hacia otra actividad que les genere más placer o, al menos, no tanta incomodidad.

Si tienes en cuenta que no es más que una fase, y te mantienes en contacto con lo que sientes (por más incómodo que sea) sin huir y con una voluntad firme, esa incomodidad se irá transformando. Es decir, se trata de aplicar una actitud de no lucha ante la lucha, y esa forma expansiva de comportarnos alivia rápidamente la tensión y se va abriendo el espacio suficiente para que podamos lanzarnos a escribir. A partir de ahí, podremos permitir que la escritura misma tome posesión de nosotros y el poder de la creatividad se manifieste.

2. Ponte un tiempo

A veces el bloqueo tiene que ver con un miedo irracional a caer en zonas oscuras y desconocidas de ti mismo de las que temes no poder salir. Así que si te pones un tiempo limitado para escribir (15, 20 o 30 minutos) es como decirle a tu parte asustada: «No te preocupes, podemos explorar sin miedo en ese territorio desconocido, porque dentro de 30 minutos todo acabará, no será para siempre». Parece una tontería, pero es un método muy eficaz, se trata de irte llevando poco a poco de la mano, sin forzarte a entrar en lugares donde no estés preparado para entrar.


La hoja en blanco no es una cárcel sino tu cuarto de juegos, donde eres libre de hacer todas las tonterías del mundo, porque para eso está.
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3. Escribe sobre cualquier cosa

A lo mejor al ponerte delante del papel tienes una idea sobre lo que quieres escribir (de hecho, es mejor que tengas alguna idea previa), pero cuando te pones a hacerlo no te sale, no encuentras la forma de afrontar esa temática. Entonces, yo te sugiero que te pongas a escribir un poco a lo tonto, sobre cualquier cosa. No estás todavía escribiendo el texto que tú querías, sino que es como un ejercicio previo, como cuando los jugadores de fútbol entrenan media hora antes de que empiece el partido. Entonces, te pones a escribir sin más y, en algún momento, poco a poco, vas dirigiendo tu escritura hacia la temática que querías tratar, pero como quien no quiere la cosa. El caso es no hacer un parón para ya ponerte a escribir en serio, sino continuar con el ejercicio previo hasta que la propia escritura te enganche, capte tu atención y te veas inmerso casi sin darte cuenta en algo que te interesa, aunque no sea exactamente lo que tenías en mente al principio (eso es lo de menos).

4. Tómatelo como un juego

Te voy a contar un secreto: escribir es jugar. Cualquier actividad creativa es jugar. Cuanto más «adulto» y «serio» te pongas, más posibilidades tienes de bloquearte, de congelarte. La hoja en blanco no es una cárcel sino tu cuarto de juegos, donde eres libre de hacer todas las tonterías del mundo, porque para eso está. Nadie te va a juzgar dentro de ese cuarto, nadie te va a castigar, nadie te va a exigir. Está lleno de bolas de colores que son palabras que puedes juntar de la manera que te apetezca para que dibujen paisajes que van más allá de su significado literal. Déjate jugar, no te pongas tan serio, por favor, déjate vivir en ese terreno de juegos que es como una película, en que el miedo, las sonrisas, las lágrimas, los acantilados, las calles estrechas y cualquier otra cosa que aparezca en tu imaginación son aventuras entretenidas de las que saldrás bien parado.

5. Manda al crítico a dar un paseo

Tu crítico interno es un plasta. Nada más que te pongas ante el papel te empezará a decir que no eres capaz, que te va a salir fatal, que todo el mundo se reirá de ti… y más aún cuando empieces a escribir las primeras palabras y los primeros párrafos. «Pues vaya mierda de frase», «Un niño de tres años lo haría mejor», «¿Pero a dónde vas con estas idioteces que estás diciendo?». Estas son solo algunas de las lindezas que me dice a mí mi crítica interna. Y no sirve de mucho enfadarse con él, porque siempre te va a ganar a eso, es experto en enfadarse e insultarte. Así que yo lo que te recomiendo es que dialogues con tu crítico y le convenzas, de buenas maneras, de que te deje un ratito en paz, solo un ratito. Dile que luego, cuando hayas acabado el primer borrador de tu texto, podrá venir a ayudarte en la fase de revisión, y entonces escucharás todo lo que tenga que decirte. Pero que ahora necesitas un poco de paz para que puedan aflorar las palabras. Incluso, si quieres, puedes escribir este diálogo que mantengas con él, poniéndote en el lugar de las dos partes en lucha, para que lleguen a un acuerdo en que ambas se queden conformes.

6. Abandona toda expectativa

Nuestra mente es muy fantasiosa y, a veces, perfeccionista: se pone grandes metas imposibles de alcanzar. Muchas veces tenemos unas expectativas tan altas con respecto a lo que vamos a escribir, que esas mismas expectativas nos aplastan antes de empezar. Yo recomiendo a los participantes en mis acompañamientos que se pongan el listón al nivel del suelo. Cualquier cosa que escriban que supere el suelo (es decir, que sea mayor que cero) será un éxito. Porque el verdadero éxito (sobre todo en la primera fase del aprendizaje) es escribir un texto, sea como sea. No se trata de hacerlo bien, se trata de escribir, de practicar, de entrenarse. La repetición, como en la práctica de cualquier oficio, es esencial. No tener grandes expectativas es, justo, lo que nos acerca al éxito, porque nos da la libertad que necesitamos para crear conectados con el presente, y no con un futuro hipotético. Si estamos pensando en los resultados, no estamos en contacto con la experiencia de la escritura misma momento a momento, y es ahí, en el prsente, donde se está fraguando lo que verdaderamente importa.

7. Busca una situación, un personaje y/o una voz

Si al ponerte frente al papel en blanco no sabes sobre lo que vas a escribir, yo te recomiendo que busques primero una situación, un personaje y/o una voz. Cualquiera de estas tres cosas te puede servir como punto de arranque para ponerte a escribir, y cualquiera de ellas te puede llevar fácilmente a las otras dos. Cuando tengas las tres juntas es muy fácil que te salga el arranque de una historia. Si no tienes ninguna de las tres, yo te recomiendo que te sientes un ratito a meditar, que conectes con tu sentir y, al final de la meditación dejes que aflore alguna imagen a tu mente. A poco que la dejemos libre, la mente genera imágenes, y las imágenes, por su poder simbólico, nos pueden llevar a una situación concreta que nos sirva para arrancar a escribir.

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Espero que estos consejos te valgan para superar tu bloqueo frente al papel en blanco.

Si quisieras aprender y poner en práctica algunas técnicas más sobre cómo hacer frente al bloqueo del escritor, te invito al próximo WEBINAR GRATUITO, que tendrá lugar el 8 de diciembre de 2022 a las 15:00h (hora Madrid). Solo tienes que inscribirte aquí mismo: WEBINAR «TÉCNICAS DE DESBLOQUEO» 

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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XXIV https://escribirymeditar.es/algo-diminuto-pero-que-no-puedes-ignorar-xxiv/ https://escribirymeditar.es/algo-diminuto-pero-que-no-puedes-ignorar-xxiv/#comments Mon, 21 Nov 2022 20:00:00 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=21045 Capítulo XXIV

Sincronicidades

Martes, 6 de julio de 2021

Hoy tienes cita con la doctora B. Es la primera vez que te ve después de la operación, y estás allí más de una hora, mientras te explora del derecho y del revés. Cuando termina la exploración te dice que te ve estupendamente, pero entonces empieza el interrogatorio emocional. Le hablas de tu hartura, de tu tristeza, de que —al estar a la espera de que te avisen para la radioterapia— no has podido planificar nada para el verano, y contando con que el año anterior estabais en plena pandemia, tienes una agobiante sensación de claustrofobia. Pero también le hablas de que estás organizándote para trabajar menos, y de tus paseos al sol, y de la extraña paz interior que te invade a veces, sin que sepas a cuento de qué viene, y de que empiezas a sentirte acompañada por ti misma.


Acércate a los árboles y a los niños tanto como puedas. Esos seres llenos de vida e inocencia te aportarán paz. Las pequeñas cosas te harán sentir viva de verdad.
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—Por cierto, ¿qué hay de esa persona con la que estabas y que te dejó tirada en el peor momento? —te pregunta, como quien no quiere la cosa.

—Bueno —dices, bajando la cabeza—, todavía me pongo triste cuando me acuerdo, pero es una tristeza calmada. Y tengo claro que no quiero saber nada de él.

—Cuando sales a pasear, ¿a dónde vas? —te pregunta.

—Depende… Suelo ir a un parque que hay cerca de mi casa, al parque del Canal.

Está muy bien que vayas a un sitio donde haya árboles y niños.

—¿Cómo lo has adivinado? A veces me quedo mirando a los árboles, y a veces a los niños.

Acércate a los árboles y a los niños tanto como puedas —te dice—. Esos seres llenos de vida e inocencia te aportarán paz. No necesitas emociones exaltadas; las pequeñas cosas te harán sentir viva de verdad.

No sabes muy bien por qué te está diciendo eso, pero esta mujer parece hablarle a una parte de ti que está más allá de la que le (y te) estás mostrando, como si a través de las exploraciones que le hace a tu cuerpo entendiera más profundamente que tú lo que te ocurre. El caso es que, aunque no sepas muy bien a qué se refiere con lo de los árboles y los niños, se te queda tatuado en la memoria y reverbera en todas tus células.

Se despide diciéndote que sigas con el Iscador, que os veréis después del verano, y que le sigas la pista a esa sensación de paz que a veces viene a tu encuentro. Mientras caminas hacia la parada del autobús te dices que, ciertamente, desengancharte de las emociones intensas y del dramatismo es lo mejor que puedes hacer, aunque en principio te parezca que te vas a morir de aburrimiento.

Mientras esperas en la parada, miras el móvil, donde te espera una sorpresa extrañamente coincidente. ¿O será una sincronicidad? Él te ha enviado un mensaje con el asunto «My deep excuses and the wish to hear how you are» («Mis sinceras disculpas y el deseo de saber cómo estás»), que te atraviesa el sistema nervioso y se te clava entre los ojos. No puede ser que después de cuatro meses, justo ahora, cuando empiezas a tener momentos de paz y luz, aparezca de nuevo. A la mierda los árboles y los niños.

Te hundes en el asiento del autobús y lees el mensaje en diagonal, para que no duela tanto. Es la primera vez que te quedas fría ante sus palabras. En realidad, da igual lo que te dijera, porque el cable está cortado. Sabes que, en este momento, no te puedes permitir conectar, porque se te vendría encima todo el dolor de estos cuatro meses de silencio, de distancia, de duelo, de soledad, y no puedes con ello. Te podías haber muerto, y él no se habría enterado. Así que es como si sus palabras avergonzadas le llegasen a un cadáver.

Jueves, 15 de julio de 2021

Has quedado con tu amiga C. en una terracita de Olavide para cenar. No os veis desde antes de la operación, así que tenéis mucho que contaros, aunque habéis permanecido en contacto por whatsapp. Te dice que se está haciendo una revisión ginecológica de rutina, y que mañana precisamente le harán la mamografía. Le comentas que antes de lo del cáncer pensabas que era una chorrada lo de las revisiones, pero que ahora comprendes su importancia, así que te alegras de que se esté haciendo una. Te dice que llevaba posponiéndolo un tiempo, pero que precisamente lo que te había pasado a ti le había hecho ponerse las pilas. Quería hacérsela, además, antes de marcharse de vacaciones.

—Pero vamos —le dices, apoyando tu mano en su brazo—. Todo va a estar bien.

—Claro, seguro. Sería demasiada casualidad, ¿no crees? Además, no me puede pasar nada, que el sábado me voy a Menorca.

Os reís juntas. Te pregunta por tus pruebas, por la doctora B., por él… Le cuentas que estás en espera de que te avisen para la radioterapia, que la doctora B. te ve estupenda y que él volvió a aparecer hace diez días, deshaciéndose en excusas y mirándose el ombligo a partes iguales. C. te interroga con los ojos y tú niegas con la cabeza.

—No me he molestado en contestarle.

—Mejor. Qué huevos.

Pasáis a otro tema, y a otro, y a otro… Hace una noche no excesivamente calurosa y la veraniega plaza de Olavide es como una noria encendida de risas y luces. Un chico se pone a tocar la guitarra y a cantar demasiado alto en vuestra terraza, hasta el extremo de que tenéis que gritar para escucharos. Os quejáis al camarero, pero resulta que el camarero es en realidad un músico disfrazado de camarero solo para sacarse unas perras que le permitan cantar, así que defiende al chico y dice que no se pasa de decibelios, así que no piensa decirle nada.

—Vosotras no sabéis lo que es tener que buscarse la vida así —os reprocha, señalando a su amigo.

Como no tenéis un aparato de medir los decibelios y os sentís un poco culpables de que el camarero os vea como dos señoritingas, pues hacéis la vista gorda, pedís otra cerveza y seguís hablando a gritos. De literatura, del trabajo, de espiritualidad, de relaciones, de conflictos y complejidades, de la vida que os recorre de arriba abajo y, a veces, os arrasa. Hasta que la noche se cierra demasiado y os marcháis cogidas del brazo, ahítas de comunicación y cariño.

Viernes, 16 de julio de 2021

Son las nueve y media de la mañana y estás trabajando cuando suena el móvil. Ves en la pantalla que se trata de C., y te extraña, ya que os visteis ayer y no os soléis llamar por teléfono. ¿Por qué te llamará en vez de mandarte un mensaje de whatsapp? Contestas, un poco alarmada.

—Acabo de salir de la consulta de ginecología —te dice, muy seria—. Han visto algo que no tiene buena pinta en la mamografía.

Se te baja la sangre a los pies. Te dice que no sabe qué hacer. Que no se atreve a llamar a su pareja porque no quiere asustarle. Que solo se le ha ocurrido llamarte a ti, porque tú sabrías mejor que nadie cómo se sentía en esos momentos. Tiene que volver a la consulta por la tarde a primera hora, cuando la ginecóloga pueda ver la mamografía y decirle algo más. Quedáis en que comeréis juntas cuando salga de trabajar, y luego la acompañarás a la consulta. Su trabajo está muy cerca de la plaza de Olavide, así que volvéis a quedar allí.


Es curioso cómo la mente es capaz de pasar en un tiempo record de un estado a otro, y amoldarse a cualquier situación que le propongan los acontecimientos vitales.
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Cuando te ves atravesando la plaza de Olavide para dirigirte al Mama Campo, te recorre un escalofrío, aunque hace un calor de aúpa. ¿Será esto lo que llaman sincronicidad? La vida os ha situado dos días seguidos a las dos en el mismo lugar, pero en situaciones totalmente diferentes. C. aparece en el restaurante con cara preocupada. Os abrazáis de nuevo, y el abrazo es también muy diferente del de ayer, un abrazo solidario lleno de interrogantes. Durante la comida habláis de los diferentes escenarios posibles, saltando del «no va a ser nada, ya verás» al «pero si lo fuera (que no lo va a ser)…». Es curioso cómo la mente es capaz de pasar en un tiempo record de un estado a otro, y amoldarse a cualquier situación que le propongan los acontecimientos vitales.

Cuando termináis de comer os acercáis a la clínica de Asisa, que es la que le cubre la mutua y está también allí cerca. Subís a la consulta, pero la ginecóloga aún no ha llegado, y no saben cuándo lo hará. Esperáis un rato allí, sentadas en asientos separados por la distancia de seguridad, hasta que una enfermera te dice que si no eres paciente has de esperar abajo, por el protocolo anti-Covid. Así que te sientas en la sala del piso inferior, y empezáis a comunicaros por mensajes de whatsapp, lo que resulta absurdo y extraño. Desde luego, el ser humano se acostumbra a lo que sea, sobre todo en época de Covid. Después de un tiempo que parece interminable, la misma enfermera que te había echado de arriba se apiada de ti y te dice que subas. La ginecóloga no aparece y tú tratas de entretener a C. hablándole de kinesiología. Hasta le haces una muestra con el cuerpo de cómo testar: si el cuerpo se va hacia delante, la respuesta es positiva, y si se va hacia atrás, es negativa. Son esos momentos previos a una sentencia que nunca se olvidan. Por fin aparece la ginecóloga, y C. desaparece detrás de ella. Esperas otro rato que parece interminable hasta que C. sale con la cara traslúcida. Te dice que la ginecóloga le ha recomendado que se haga una biopsia urgente, porque tiene un bulto en la mama izquierda que tiene toda la pinta de ser cancerígeno. Salís de la consulta agarradas, con las piernas temblorosas, y le propones que vayáis a tomar algo, para respirar y evaluar la situación.


En tiempo record, su mente se ha acomodado a la nueva situación, y tú te sientes una privilegiada de poder presenciar y ayudar a sostener ese prodigio que es la resiliencia humana, en particular la de tu amiga C.
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Os dirigís de nuevo a la plaza de Olavide, y mientras le dais la vuelta, buscando un maldito bar en el que no hayáis estado en las últimas veinticuatro horas, os parece que nunca hubierais salido de esa especie de ruleta en que la vida ha querido poner vuestras fichas en la misma casilla. Os sentáis, respiráis, y tratas de ayudar a C. a atravesar esa fase onírica en la que no se cree todavía lo que está pasando, en la que pasa de la risa al llanto y del llanto a la perplejidad sin solución de continuidad. Sostenéis todo eso, y te admiras de ver en ella —con cristalina transparencia— lo que hace tan poco ocurrió en ti. Y así, poco a poco, C. va tomando decisiones: renunciar al viaje a Menorca, llamar a su pareja (que ahora resulta que no coge el teléfono) y, finalmente, dirigirse cuanto antes al hospital por Urgencias para acelerar el proceso en la medida de lo posible. De nuevo, en un tiempo record, su mente se ha acomodado a la nueva situación, y tú te sientes una privilegiada de poder presenciar y ayudar a sostener ese prodigio que es la resiliencia humana, en particular la de tu amiga C., cuya amistad se está convirtiendo —también a marchas forzadas— en hermandad.

Cuando los próximos pasos están decididos, pagáis y salís por fin de esa plaza que ya ha quedado marcada para siempre (en vuestro google maps interno) con el pin de la sincronicidad, para dirigiros a la calle Luchana a coger un taxi que os lleve a la Fundación Jiménez Díaz.

Un viernes post-pandemia y pre-vacaciones, las Urgencias de la Seguridad Social son un avispero en el que parece que no te harán ni puñetero caso en la vida. Es la fase, además, en la que C. quiere salir corriendo porque no quiere pertenecer al inframundo de los enfermos, y mucho menos al de los borregos enfermos. Pero allí os apostáis las dos, muy juntitas, apoyándoos en la sensatez, tratando de que el pasar de las horas esté al servicio de la vida y no de la evasión o del tedio. Justo cuando C. sale de la sala para hablar con su pareja por teléfono la llaman por el altavoz, así que pasas a triaje y te haces pasar por ella para que no se le pase la vez; al fin y al cabo, aunque no seas ella es casi como si lo fueras, te sabes bien de qué va la cosa. Cuando te piden datos que desconoces, les ruegas que esperen un segundito y sales al pasillo a avisar a C. por gestos para que entre. Ella te ve, cuelga rápido y viene corriendo. Después de clasificarla, os indican que sigáis a una enfermera que os lleva, junto con un rebañito de mujeres (la mayoría de ellas embarazadas) y a sus acompañantes, a la sala de espera de ginecología. Allí tenéis que esperar casi otra hora hasta que la llaman por fin. Miras el reloj. Son ya las nueve de la noche. De pronto sientes el cansancio. El cansancio del día. El cansancio de los nervios. El cansancio del cáncer. El cansancio de la vida, que no da respiros y arrambla con todo.

C aparece con una cita para la biopsia el próximo martes y aliviada por encontrarse ya en los rieles del carrusel médico. Salís cogidas del brazo y os tomáis una última cerveza juntas para sacudiros la adrenalina del día. Os alivia no hacerlo, esta vez, en la plaza de Olavide, y así poder romper de una vez ese hechizo algo macabro. Estáis un poco eufóricas y os deshacéis en carcajadas cada dos por tres (inmersas en la fase del «habrá que reírse por no llorar»). Da la impresión de que no queráis separaros, como si lo sucedido os hubiese convertido en una suerte de siamesas, unidas ya para siempre por estar atravesando las mismas áreas de la misma enfermedad con tan poco tiempo de diferencia, como un dueto en que empieza el solo de piano, y el violín se incorpora al cabo de un rato, acompañándose ya el uno al otro a partir de ese momento y hasta el final de la pieza.

Pero hasta un piano y un violín siameses necesitan descansar, así que por fin os despedís, agotadas, fundiéndoos en un abrazo que estrecha vuestros pechos hermanados por bultitos con mensajes encriptados que iréis descifrando entre las dos, poco a poco, para enfrentar las causas profundas por las que vuestros cuerpos se han visto obligados a lanzaros un mensaje tan radical.

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¿Hay historias sin conflicto? Fundamentos de la escritura creativa https://escribirymeditar.es/hay-historias-sin-conflicto-fundamentos-de-la-escritura-creativa/ https://escribirymeditar.es/hay-historias-sin-conflicto-fundamentos-de-la-escritura-creativa/#comments Mon, 14 Nov 2022 20:02:09 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=21034 Escrito por: Mercedes Adán

Me encantan las historias pequeñas con final feliz que hablan de cosas que pasan todos los días. Eso sí, siempre que me las crea y sean reales.

Si son como las fotos de las redes o como una cara de treinta años en alguien de setenta o como una pareja perfecta, pues creo que me dan gato por liebre. Para escribirlas hay que tener una mirada lúcida, porque a veces el personaje más miedoso es el más lanzado, o un famoso actor el más vergonzoso, o esa mujer tan normal, en un acto heroico, puede salvar el mundo.


No es fácil expresar el mundo interno del personaje a través de sus acciones, como tampoco es fácil ver nuestro propio mundo interno
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No es fácil expresar el mundo interno del personaje a través de sus acciones, aunque no hay otra manera de hacerlo. Como tampoco es fácil ver nuestro propio mundo interno.

Al escribir hay que ir más allá de la apariencia para sacar al aire deseos, odios, miedos, anhelos, amores, fobias, resquemores, pesares, pasiones… que no se cuentan a nadie. A veces ni siquiera los reconozco en mí misma, a veces ni soy consciente de estas sensaciones. Pero incluso si no las veo son las que tiran de mí. Eso sí lo puedo sentir.

Estas sensaciones ocultas se hacen presentes ante mí de una forma sigilosa e imprevisible, digamos que se disfrazan. Estoy al acecho para descubrirlas. Alguna sensación la veo rápidamente. Por ejemplo, soy una persona pacífica, pero de vez cuando me salta una mala respuesta como un resorte. Y me quedo revuelta, con un malestar como un ovillo de metal en el estómago. Necesito entender por qué saltó el resorte porque unas veces resulta ser una defensa y otras un ataque. Cuando lo entiendo puedo pedir disculpas o sé qué hacer.

Otras sensaciones las tengo mucho tiempo dando vueltas. Durante treinta años he pasado las mañanas en un trabajo que me aburría y las tardes dedicadas a la escritura y al baile. En mi trabajo he vivido envidias, compañeros quemados y me ha tocado cerca un expediente y un juicio. Y estaba siempre cansada. La escritura y el baile siempre me han sentado bien y no las he dejado por muy agotada que estuviera. Por fin, este verano he tenido valor de intentar vivir de lo que me apasiona.


Hoy intento dedicarme a la escritura y vivo con incertidumbre. Una sensación de no tener suelo bajo los pies. Y percibo que en la incertidumbre hay mucho miedo. Y aquí estoy, sosteniendo el miedo. Incluso cuando la situación es…
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Pues detrás de ovillos de metal, agotamiento, malos ambientes, excesivos conflictos, incomunicación, sensaciones de malestar en el cuerpo… suele haber una contradicción. Tengo un trabajo cómodo, pero no me gusta, me enfado y ataco porque no sé decir no, estoy harta de cuidar a mi madre enferma aunque tengo claro que lo quiero hacer, me da mucho miedo la muerte, pero la veo lejos y creo que no me preocupa, temo la soledad pero no me apetece vivir con nadie, quiero mucho a mis amigos pero me aburren… Estas contradicciones que todos llevamos dentro son la materia para entendernos a nosotros mismos y para escribir.

Ahora intento dedicarme a la escritura y vivo con incertidumbre. Es una sensación de no tener suelo bajo los pies. Y percibo que en la incertidumbre hay mucho miedo. Y aquí estoy, sosteniendo el miedo. Incluso cuando la situación es buena, elegida y la queremos, llega con un conflicto.

El conflicto es la piedra que persigue a Indiana Jones en la película En busca del arca perdida. Es un obstáculo que parece que va a aplastarte y del que no tienes ni idea de cómo escapar. Da miedo lo grande y sólida que es la piedra y lo pequeño y frágil que es Indiana Jones. ¡Y eso que es Indiana Jones! Así que es normal que muchas veces no quiera ver mis conflictos. Además, tengo peor concepto de mí que de Indiana Jones. Aunque soy, al menos, igual de aventurera y valiente.

Él tiene un guión y yo tengo la escritura. Me siento a escribir para crear la piedra, empujarla y ver cómo rueda cada vez más rápido hasta que casi alcanza a mi protagonista, que siempre, con el aliento de la piedra en el cogote, encuentra la manera de hacer algo. Lo que sea. Siento su miedo hasta que me llega ese clic, y sé lo que va a hacer. Tengo que sostenerlo para llegar a ese cambio que está un nivel por encima de las soluciones que ella y yo conocíamos hasta ahora. Es mágico y liberador ver finalmente esa piedra cayendo por un barranco desde un lugar seguro.


¿Qué es para ti la felicidad? Es estar donde elijo estar. Y la escritura me ayuda mucho porque escribiendo me doy cuenta de lo que quiero y lo que no.
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No me olvido de hablar de la felicidad en las pequeñas historias. Hace poco mi querido amigo Leo me preguntó qué es para mí la felicidad. Y dije que es estar en lo que elijo estar. Intentó ponerlo más difícil: «Y si estás en un velatorio, ¿también eres feliz?». Dije que no podría estar en otro sitio si ese velatorio era de alguien a quien quería. Así que la felicidad para mí es hacer lo que mi corazón quiere hacer: llorar, abrazar, reír o pegar un golpe en la mesa. Difícil, ¿verdad?

Pues la escritura ayuda mucho, porque escribiendo me doy cuenta de lo que quiero y lo que no. Mi protagonista llega a esa comprensión que no conocía hasta ahora, y yo con ella. Para eso la pongo en situaciones complicadas. Si su madre está enferma, le ofrecen lejos el trabajo de su vida. Si se queda a cuidarla, es que de verdad quiere hacerlo. Si no pasan cosas, ¿cómo puedo saber que de verdad esa es su elección? Sus acciones me dicen lo que quiere o no quiere. Y a través de ella, me descubro a mí.

En la felicidad siempre hay una cara B que es renuncia o dolor. Mi protagonista se casa. Es su momento feliz. Pero también acaba su vida sin responsabilidades. Después aumenta su felicidad con un hijo. Y llegan miedos y está siempre cansada. Puedo poner el conflicto donde quiera, pero la cara A y la B no pueden ser la una sin la otra, no puedo quedarme solo con una, están en el mismo sitio. De hecho, aprecio la felicidad de manera diferente si soy consciente del dolor.

Mi mirada de escritora tiene que abrirse al conflicto para ver su trasfondo y su profundidad. He de dejar de juzgar para abrirme a la enorme cantidad de matices de lo que está ocurriendo. Vivir la aventura de la vida y de la escritura con toda su riqueza, sin perderme nada. Aunque me abrume. Así creo un puente entre la vida y la escritura que me hace feliz porque no quiero estar en otro sitio.

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Responder en lugar de reaccionar https://escribirymeditar.es/responder-en-lugar-de-reaccionar/ https://escribirymeditar.es/responder-en-lugar-de-reaccionar/#comments Mon, 07 Nov 2022 20:05:35 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=21020 Se habla mucho ahora de cultivar la actitud de «responder» en lugar de «reaccionar». A mí personalmente me ha llegado por Michael Brown, a través de su muy recomendable libro El proceso de la presencia, y me parece muy interesante. Curiosamente, desde que leí esta noción desarrollada por Brown, la veo por todas partes. Me sigue pareciendo muy interesante, y a la vez desconfío un poco de cómo este tipo de consignas se extienden como la pólvora, como los memes, como lo del «fluir» y tantos conceptos que muy fácilmente convertimos en carnaza mental para alimentar nuestros patrones en lugar de para contrarrestarlos.

Así que voy a hablar un poco de lo que para mí tiene de interesante esta consigna, tratando de ser pragmática y de no quedarme en lo meramente conceptual o racional.


Reaccionar implica, de alguna forma, que proyectas sobre el mundo tus conflictos internos.
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Reaccionar significa, según Brown, actuar de la manera en que estás programado para hacerlo según la configuración física, emocional y mental que llevas impresa desde tu nacimiento, tu infancia y tu adolescencia. Por poner un ejemplo, si naciste en una familia en que no se expresaba el cariño y te sentiste abandonado en tu niñez, en tu edad adulta, si has quedado con un amigo y te manda un mensaje para decirte que no puede quedar, puede que te sientas abandonado de nuevo y, según la programación que hayas asumido de pequeño para sobrellevar el dolor de ese sentimiento, reaccionarás de un modo u otro (teniendo una rabieta, reprimiendo tu enfado y contestándole que «no pasa nada», diciéndole que no vas a volver a quedar con él, etc.).

Reaccionar implica, de alguna forma, que proyectas sobre el mundo tus conflictos internos. Así que tu reacción no responde, en realidad, a lo que ha hecho tu amigo, sino a lo que eso ha despertado en ti. Así que, al final, reaccionas ante ti mismo, aunque lo achaques al otro.

Responder, sin embargo, implicaría darte cuenta de ese mecanismo por el cual te sientes abandonado y, en lugar de hacer al otro pagar el pato de lo que te ocurrió en el pasado, darte el espacio y el tiempo para discernir lo ocurrido en tu experiencia, separar el pasado del presente, los hechos de tu propia interpretación, etc., porque esa es la única manera de elegir la respuesta más adecuada de entre todas las posibles en el momento presente.

Reaccionar, entonces, implica:

  • Inmediatez o urgencia.
  • Separación (entre yo y el otro).
  • Proyección (sobre el otro).
  • Identificación (con los pensamientos y emociones).

Responder, por su parte, implica:

  • Elección, libre albedrío.
  • Paciencia (sostener en el tiempo cierto grado de incomodidad).
  • Interdependencia (entre yo y el otro).
  • Responsabilidad (sobre mi experiencia)
  • Desidentificación (yo no soy mis pensamientos ni mis emociones).

Ahora voy a explicarte los pasos que a mí me sirven, en mi día a día, para ser menos reactiva e ir entrenándome en el dificilísimo arte de «responder»:


¿Y cómo puedes percibir el impacto antes de una reacción?, te preguntarás. Es una cuestión de entrenamiento. El mindfulness o la meditación suponen un entrenamiento de la atención que previene el automatismo y la desconexión
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1. Nota el impacto

Antes de que reaccionemos suele haber un disparador externo que hace saltar un automático interno. Aguza el oído para poder escuchar ese «clic» primero, o ese «bang», o ese «bum» (hay veces que es más estruendoso que otras). Es como un impacto (más o menos grande) que nos hiciese saltar. En mi caso, suele ir acompañado de niebla mental, cierta parálisis y un fogonazo emocional. Un poco como si metiera los dedos en un enchufe.

Y, cuidado, esto me pasa no solo con situaciones desagradables, sino también con situaciones agradables. Por ejemplo, alguien se deshace en halagos conmigo… y zas… yo siento un impacto (porque me es difícil procesar algo a lo que no me acostumbraron de pequeña). Mi reacción automática posterior suele ser de incredulidad, falso agradecimiento o mutismo.

Entonces, percibir el impacto sería el primer paso para transmutar una reacción en respuesta. Si no lo percibimos, no hay nada que hacer, cuando nos queramos dar cuenta ya habremos reaccionado. Aunque más vale tarde que nunca, porque siempre hay la posibilidad de dar marcha atrás o de no empeorar las cosas.

¿Y cómo puedes percibir el impacto?, te preguntarás. Es una cuestión de entrenamiento. El mindfulness o la meditación (y también la escritura, o cualquier actividad creativa) suponen un entrenamiento de la atención que previene el automatismo y la desconexión, y nos permiten ir percibiendo lo que nos ocurre instante a instante.

2. Baja al cuerpo

Lo más normal es que después del impacto, que creemos que proviene del exterior y que nos mueve a reaccionar, nos dejemos llevar por las emociones y pensamientos recurrentes que nos asaltan cada vez que nos vemos en una situación parecida. Es decir, realizamos una interpretación del presente en base a unas coordenadas del pasado, nos creemos a pies juntillas esa interpretación y actuamos en base a ella.

Para evitar esta concatenación, en el momento en que notes el impacto y sientas la enorme tentación de irte detrás de las emociones y los pensamientos que las acompañan… no lo hagas, o si ya lo has hecho, deshaz el camino y siente tu cuerpo, quédate en las sensaciones físicas, no desconectes de ellas. Notarás también emociones, energía, pensamientos… No los rechaces, pero no te enganches a ellos. Todo será extremadamente desagradable, te pondrás ansioso y querrás huir de inmediato, sacando una rápida conclusión que te lleve a actuar y zanjar el asunto de una puñetera vez. No lo hagas. Si en ese momento sostienes esa experiencia, por desagradable que te resulte, no te arrepentirás.

3. Date tiempo

Ya, ya lo sé… Darte tiempo es lo último que querrás hacer en ese momento. Te parece que si no saltas, que si no reaccionas al instante, algo horrible sucederá: te dejarán de querer, te abandonarán, te atacarán, te humillarán, perderás la oportunidad de tu vida, yo qué sé. Erupcionará todo un volcán de terrores infantiles. Da lo mismo: date tiempo. Nunca en mi vida me he arrepentido de aplicar esto, y sí me he arrepentido muchas veces, en cambio, de no aplicarlo.

A veces he tenido que aporrear una pared o darme cuatro vueltas a la manzana a paso de maratón para calmar la pulsión de reaccionar inmediatamente. A mí me sirve decirme: «Isa, si es tan buena idea (escribir ese e-mail, mandar a ese gilipollas a la mierda, borrar a tu amiga de tus contactos, arrodillarte y pedirle perdón… aquí, rellenar con lo que corresponda), mañana por la mañana seguirá siendo una excelente idea. Así que espérate a mañana. Solo son unas horas, cálmate y no te preocupes, mañana te dejaré actuar». Por lo general, al día siguiente, eso que me parecía tan buena idea y lo único viable el día anterior se ha diluido entre unas cuantas opciones más.

No es ninguna tontería: date tiempo.

4. Mira debajo de la alfombra

En ese tiempo que te des pasarán muchas cosas interesantes dentro de ti. No las barras debajo de la alfombra. Es cuando puedes discernir ante qué estás reaccionando realmente, y que no suele tener tanto que ver con la otra persona, sino con heridas del pasado que no han sido curadas del todo. Es cuando pasas de mirar hacia fuera a dirigir los ojos de tu inteligencia hacia dentro. Lo normal es que te encuentres con partes de ti que no has querido ver, con un niño que se sintió traicionado, una adolescente excluida, un bebé al que no acunaron… No encierres a esas partes en el sótano de nuevo. Permanece con ellas, acompáñalas, deja que te hablen. Este paso requerirá de valentía, presencia, apertura y la responsabilidad del adulto que puede lanzar una mirada más amplia sobre toda la situación.

5. Abrázate

Mirar debajo de la alfombra también requerirá de tu amor y compasión hacia ti mismo. Si has querido reaccionar ante algo externo, es porque hay cosas dentro que no quieres ver, y no las quieres ver porque te parecen inaceptables o terribles, cuando en realidad son simplemente humanas y comprensibles. Así que, en lugar de fustigarte, harías bien en abrazarte, abrazar a todas esas partes (incluida la del látigo, que al fin y al cabo solo quiere protegerte del dolor) e integrarlas en esa consciencia mayor que puede abarcar y apreciar todo lo que ocurre sin dejar fuera nada.

6. Admite tus limitaciones del momento 

Si has dado los pasos anteriores, habrás visto claras muchas cosas, y la mayoría de ellas no encajarán con la imagen que tenías de ti mismo. A lo mejor tienes la tentación de forzar las cosas para adaptarte a quien te gustaría ser y responder a la situación del modo que tu razón considera el mejor. Puedes ceder a la tentación de creer que te has perdonado cuando no lo has hecho, o de perdonar al otro cuando no lo has hecho, de ser muy civilizado cuando internamente estás en llamas, o de cualquier otra cosa que encaje en tu autoimagen, pero que a lo mejor no tiene que ver con tus sentimientos reales. En este momento podrías liarte y volver a caer en reaccionar en lugar de responder.

Una verdadera respuesta requiere que tu mente, tu corazón y tu cuerpo estén alineados. Y esto implica admitir tus limitaciones del momento. A lo mejor a tu mente le gustaría que las cosas fueran de otra manera, pero tu corazón (para proteger al niño herido) requiere un tiempo de soledad o de distancia en una relación. O cualquier otra cosa. El caso es que has de tener cuidado de no forzar las cosas para que tu puzzle mental encaje. Encajar todas las piezas requiere, precisamente, no forzar.

7. Apaga el interruptor de la razón

Para que el paso anterior dé sus frutos has de suspender la racionalidad y dejarte sentir hasta que veas claro. Ver claro es muy reconocible: es la alineación de cuerpo, corazón y mente. Suele venir acompañado de una sensación de expansión, apertura, alivio. De pronto todo encaja. Pero encaja de verdad. No porque tú hayas hecho nada, sino porque sencillamente encaja. Donde antes veías conflicto y contradicción ahora ves una total integración. No se excluye nada, y todo puede convivir dentro de una perspectiva más amplia.

Pero si no apagas el interruptor de la razón, esta apertura nunca se dará. Te dejarás arrastrar por tus pensamientos recurrentes, que te harán reaccionar, en lugar de responder.


Nota el impacto, baja al cuerpo, date tiempo, mira debajo de la alfombra, abrázate, admite tus limitaciones... y responde. Ahora sí, actúa, da la respuesta que consideras mejor para este momento presente, no la que venía impuesta…
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8. Ábrete a la creatividad 

Otra característica de la apertura y alineación que menciono más arriba es que es un espacio creativo. De la estrechez de miras de la reactividad, que parece darte una sola opción, hemos pasado a un abanico de posibilidades, entre las que podremos elegir la que consideremos más adecuada para el momento presente. Muchas veces es algo que nunca se nos habría ocurrido hacer antes, o incluso que nos resulta un poco extraño o excéntrico. Eso es porque no proviene de nuestro yo pequeñito, de esa identidad en la que solemos encajonarnos, sino de algo más grande que nos abarca.

Entonces nos podremos ver haciendo un collage, escribiendo una carta de despedida, decidiendo marcharnos a París, comprarnos un perro, poniendo un límite claro a la otra persona, pidiéndole perdón… o incluso algo tan peregrino como no hacer nada de nada. Vete a saber. Es algo que no podemos saber de antemano, sino que surgirá de todos los pasos previos.

9. Responde 

Y ya solo te queda un paso: actúa. Ahora sí, ahora es el momento de hacerlo. Puede que en este momento tengas la sensación de que vas a hacer el ridículo, o de que estás cometiendo el mayor error de tu vida, o de que te van a mandar a la mierda, o de que te saldrá el tiro por la culata… Son resistencias comunes de esas partes que te quieren defender del dolor con estrategias ya anticuadas. Arriésgate a meter la pata. Lo que importa en ese momento no son esos miedos, sino que sientas que tu corazón, tu mente y tu cuerpo estén juntos en esa acción. La reacción del otro no la puedes prever ni controlar. Es suya y solo suya. Pero tú, darás la respuesta que consideras mejor en este momento de tu vida, la que has elegido con consciencia, y no la que te venía impuesta por tus patrones ni la que has forzado con el intelecto.

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Todo esto que te cuento tiene base en mi experiencia. Cuando he hecho las cosas de este modo, me ha funcionado. Y es un camino de continuo aprendizaje. Es decir, que se puede adaptar al momento y a la capacidad de cada uno, y a la vez se puede ir profundizando sin fin en ello. Espero que te sirva, como a mí me ha servido escribirlo, porque mientras iba haciéndolo iba pasando vivencialmente por todos los pasos, de manera que espero que se hayan quedado anclados en mis circuitos neuronales, y que la próxima vez que me salte el automático pueda realizar el camino hacia mi respuesta con mayor facilidad. Así hasta que se convierta en carretera y, en algún momento de esta vida o la próxima, en autopista. Deseo esto mismo para todos los que me leáis. Y para quienes no me lean, que encuentren otros modos de llegar a ello.

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El círculo del agua https://escribirymeditar.es/el-circulo-del-agua/ https://escribirymeditar.es/el-circulo-del-agua/#comments Tue, 01 Nov 2022 07:21:49 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=17825 1. Llaman a la puerta del iglú

Me gusta mi iglú. Está ordenado, nada fuera de su sitio, y mi vista alcanza a todo lo que hay en él: una pequeña cama nacarada, una alfombra, una silla de plástico transparente donde deposito la ropa al irme a dormir, un baúl con muchas cosas de antaño que nunca abro y un escritorio de Ikea con un pequeño flexo azul que suelo dejar siempre encendido sobre mis papeles y mis libros. Todo está bajo control y eso es lo más importante. Además, las paredes son gordos bloques de hielo que no dejan pasar el ruido, ni las voces de los forasteros, ni el viento. Tampoco los rayos del sol, es verdad, porque no hay ventanas. De todas formas, no suele salir mucho el sol en el Polo Norte.

A veces me siento muy sola, cuando reparo en que la blanca colcha de mi cama no tiene una sola arruga, o en lo perfectamente rectangular que es la alfombra, o en las fotos en las paredes con paisajes de lugares en los que he estado (¿he estado en esos lugares?)… pero pienso que mejor así. Mi vida, en realidad, es perfecta, y no tengo de qué quejarme. Cuando me aburro, leo o me invento historias, y ya está.

Así que cuando escucho unos golpes sordos en la puerta, me sobresalto. Esto, desde luego, no augura nada bueno. ¿He dicho que no me gustan los cambios? Me cuesta abrir la puerta (lleva demasiado tiempo cerrada). Por el hueco se cuela la nieve y la ventisca. Allí, oblicua, casi volándose, hay una mujer de mi misma edad, envuelta en un anorak rojo empapado. Me mira suplicante. Estoy a punto de cerrarle la puerta en las narices, hacer como que nunca ha estado aquí, pero hay algo en sus ojos que me recuerda a mí, no sé, un destello de reconocimiento me empuja a dejarla entrar.

Me dice que fuera hace frío, que si le permito pasar la noche en el iglú. Le contesto que no estoy acostumbrada a recibir visitas, pero que se puede quedar. Podemos habilitar la alfombra para que haga de cama. Podemos compartir mi bocadillo de sardinas de lata, que es lo que ceno todas las noches. Y mi vaso de cerveza. Podemos también compartir mi insomnio, porque no duermo bien. Nunca he dormido bien.
—Te noto un poco tensa —me dice, mientras extiende el anorak empapado en el respaldo de la silla—. ¿Estás bien?
—¿Tensa yo? —le respondo, dando un respingo—. Qué va. Este es un iglú muy calmado.
—¿Qué son esos papeles? —me pregunta.
—En ellos invento historias en las que me gusta vivir.

Asiente, sonriendo, mientras se arrodilla en la alfombra con su vestido de colores. Casi de inmediato se tumba de costado, apoyando la cabeza en su brazo, y me lanza una última mirada adormecida antes de caer en un sueño profundo.

La miro mientras me como mi bocadillo de sardinas, que hoy está especialmente grasiento. De la cerveza solo pego dos tragos, para pasar el pan. Y luego voy corriendo a lavarme los dientes. Antes de irme a la cama cubro a la extraña con mi colcha, y ese gesto me hace sentirme arropada. Me tumbo de lado en la cama y me duermo mirándola, al ritmo de su placidez.

2. Amanece en el Polo Norte

Noto una sacudida en el brazo y abro los ojos, alarmada. Ya está. Ha llegado la hora de la verdad. Ha logrado entrar el oso de mis pesadillas en el iglú… Pero no es ningún oso, es la extraña que está zarandeándome.
—Despierta, tienes que ver esto —me dice, entusiasmada.

La puerta está abierta de par en par y ella me señala al exterior. ¿Qué se habrá creído? Puede entrar la nieve. Pueden entrar los osos. Puede entrar la vida. Estoy rabiosa, pero no me atrevo a echarla para siempre. Soy una chica educada.
—Vamos a tomar un café —le digo en cambio, dirigiéndome al fogón y restándole importancia al hecho de que la puerta esté abierta de par en par.

Pero ella ya está fuera. Dentro solo está su brazo haciéndome un gesto insistente para que salga yo también. Hace muchos años que no salgo. Puede que nunca haya salido de aquí. Saco mi abrigo marrón del baúl. Está lleno de polvo y pesa una tonelada sobre mis hombros. Salgo, y el resplandor de la nieve me deslumbra.

Tardo en acostumbrarme a tanta luminosidad, que ya no sé si viene de la tierra o del cielo. Cuando me habitúo las cosas no mejoran, porque lo que veo es una inmensa planicie nevada que me hace sentir mareos. No hay paredes con las que mi vista choque. Sobre la línea del horizonte, el sol asoma tímida pero insistentemente, llenándome el alma de tonos rojizos. El silencio es ensordecedor. Siento que esto, precisamente esto, no lo puedo controlar. Suena algo parecido a unas campanillas. Es la risa de la extraña, que está a mi lado echándole un pulso de miradas al sol. Ninguno de los dos parece dispuesto a parpadear.
—¿De qué te ríes? —le pregunto.
—¿No te parece precioso?
—¿El qué?
—El amanecer.
—Sí —digo por decir algo.

Pero la verdad es que me parece abrumador. La inmensidad del espacio me da vértigo.

3. El frío

Me estremezco.
—¿Tienes frío? —me pregunta la extraña del anorak rojo.

Su pregunta me deja pensativa. El abrigo pesa, pero no abriga. Debajo del abrigo resulta que tengo un cuerpo, en el que reparo gracias a su pregunta. Y ese cuerpo tiene una sensación que no me gusta nada. ¿Será frío? Odio estar aquí, en medio de este espacio abrumador y con esta sensación. A la vez me siento viva, con este cuerpo-iglú que desea —él sí— calentarse desde tiempos inmemoriales. Trato de acordarme de la sensación de calor, pero creo que nunca la he tenido. Nací de un iglú que nació de otro iglú, que a su vez venía de una estirpe de iglúes aislados y gélidos.
—Sí, creo que esto es frío —le digo.
—Vamos a casa y encendamos la chimenea.
—¿La chimenea? —salto, y rápidamente añado—: está estropeada.
—¿Has probado a encenderla alguna vez? —la extraña del anorak rojo inclina un poco la cabeza y me mira con ojos pícaros.

Que la chimenea está estropeada es una información que llevo tatuada en la garganta, desde hace casi tanto tiempo como la de que el frío —el cuerpo— es algo que hay que ignorar. Es el mantra de mis ancestros. «No existes. No existes. No existes». No es necesario probar. No hay nada que probar. Así que le doy la espalda a la extraña y me voy en dirección contraria al iglú, para que entienda que hay cosas que es mejor no cuestionar. Cuando llevo un rato andando, muy digna, me vuelvo ligeramente, lo suficiente para ver los reflejos rojos del anorak de la extraña dirigiéndose hacia mi iglú, al que ella ha llamado «casa». Sabía que su llegada no podía traer nada bueno.

4. Una chimenea donde calentarse

Cuando me canso de anularme a mí misma caminando por la nieve sin límites hacia ningún lugar, regreso al iglú, a lo malo conocido. Ojalá se haya ido la extraña. Ojalá me deje en paz con mis historias, mis sardinas y mis cervezas. No necesito nada más para ser feliz. Mejor dicho, para vivir. Vale, para sobrevivir. Lo mejor de estar muerta en vida es que las sardinas en lata encajan unas con otras. Nunca falta ni sobra ninguna. En la vida de fuera siempre sobra o falta algo o alguien.

Abro la puerta del iglú y la noto más ligera, como si hubieran engrasado los goznes. Percibo una oleada de algo que nunca antes había experimentado. ¿Será eso a lo que llaman calor? Ni siquiera sé si me gusta o no me gusta. Está ahí, me envuelve y parece comunicarse sin problemas con mi piel, y también con algo más interno que late tímidamente y le lanza señales, como si el calor y eso que late se hubieran reconocido, ante mi estupefacción. No entiendo nada. No tiene ninguna lógica ni encaja a la manera de las sardinas.

Tampoco encaja la extraña en mi iglú, en cuclillas frente a la chimenea encendida, con su vestido estrafalario de colores intensos. Así que esas lenguas amarillas, rojas y azules que lamen el aire insaciablemente son el famoso fuego del que tantas veces me han prevenido. «Huye siempre del fuego —lo llevo tatuado en el pecho—. Te hipnotizará y te hará cometer tonterías o, lo que es peor, errores».

La extraña del vestido de colores se vuelve hacia mí. Su cara está teñida de rojo y sus ojos de carbón. Se deja caer hacia atrás y palmea el suelo para que me siente a su lado. No lo haré. Ni en mil años lo haría. ¿Para qué ha venido? ¿Por qué no se ha ido? ¿Qué diablos quiere de mí? Tratando de no incluir el fuego en mi campo de visión me siento, más bien me acurruco, todo lo alejada de la extraña que me permite mi obediencia.
—¿De qué tienes miedo? —me pregunta.
—¿Cómo sabes que tengo miedo?
—Porque yo también lo tengo. Todos tenemos miedo.
—Pero el mío es mayor. Es terrorífico.
—¿Y dónde está eso a lo que temes? ¿Fuera o dentro?
—Fuera… digo… dentro.
—Entonces acércate a la chimenea y deja que el fuego te caliente.

Me atrevo a levantar la vista y a dejarme arrastrar por la sonrisa de la extraña hasta que llego a su misma altura. Desplazo mi mirada a las llamas un instante y, en una especie de juego de espejos, sin que me dé tiempo a evitarlo, una chispa prende en mi pecho y se convierte en una hoguera, dejando el tatuaje ancestral reducido a cenizas. Yo misma ardo y lato envuelta en llamas. Pienso que el fin del mundo ha llegado, el apocalipsis, la bajada a los infiernos. Quiero llevarme a la extraña por delante, al fin y al cabo ella tiene la culpa de todo, pero cuando la agarro se transforma en aire, mientras los colores de su vestido quedan suspendidos en el espacio al igual que un arcoíris. No me queda otro remedio que meterme debajo del grifo del fregadero. Las llamas se van apagando por fuera, aunque dentro, en el centro de mi pecho, se quedan las brasas.

La extraña vuelve a hacerse tangible y yo me pregunto por qué estoy tan inmensamente triste. ¿A estas brasas palpitantes de tristeza será a lo que llaman corazón? Tengo muchas ganas de rendirme, incluso de abrazar a la extraña, pero en ese momento me dice, algo preocupada:
—Están a punto de llegar.

Vuelve a dejarme desconcertada.
—¿Quiénes?
—Los invitados de tu fiesta —dice, mientras abre el baúl y saca un vestido de lentejuelas del año de la polca—. Toma, puedes ponerte esto.

5. El baile de disfraces

No me siento nada bien embutida en este traje de lentejuelas tipo charlestón, y los tacones me van a matar. Echo en falta mis vaqueros, mi camisa beige y las botas de nieve. La extraña se ha puesto una máscara veneciana de tonos morados por debajo de la cual fuma un pitillo muy largo, con pose de femme fatal.
—¿Qué hacemos vestidas así? —le pregunto.
—Es un baile de disfraces —dice, y se ríe con sus leves tañidos.

Antes de que me dé tiempo a negarme en redondo, aparece el primer invitado por la puerta, un pirata con un parche en el ojo izquierdo, una pata de palo y una botella de ron añejo en la mano. Me saluda con una reverencia, lo que no pega nada con su disfraz, y menos todavía pega lo que me dice:
Bonjour, mademoiselle.

Miro a la extraña enroscándome el índice en la sien, pero ya no está allí, ha desaparecido. Mientras tanto, ha entrado una mujer vestida de institutriz junto a un hombre engominado que se parece terriblemente a James Dean. Detrás una chica con peluca de varios estratos vestida de siniestra. Y un clown. Un domador de leones. El capitán de un buque. Entra hasta el oso de mis pesadillas, que en realidad es un hombre alto y delgado al que le queda demasiado grande el traje de peluche raído. Y entra mucha más gente, malabaristas, farmacéuticos, directores de cine, gente de la calle. A mí me entra el pánico porque no van a caber en mi pequeño iglú y se van a comer todas mis sardinas, pero de alguna manera prodigiosa caben. De hecho, el iglú ha dejado de ser un iglú para transformarse en un inmenso palacio de hielo, dentro del que aparece una amplia pista de baile. Alguien ha sacado un viejo tocadiscos del baúl y ha puesto un disco de Charlie Parker. Hay personas disfrazadas de camareros con las bandejas en alto que reparten canapés y copas de champán. Me dejo llevar por la embriaguez de la música y el champán. Las brasas de mi corazón se ven atraídas por uno u otro de los invitados.

Bailo un rato con el hermano gemelo de James Dean. Me da tiempo a enamorarme de él y a jurarle amor eterno, pero cuando aún no he terminado de pronunciar la «o» de «eterno» le llaman por el móvil y me dice que es su esposa, que lo reclama, que lo siente mucho, que soy la mujer de su vida pero vivo demasiado lejos y hace demasiado frío en el Polo Norte. Siento como si un buitre estuviese cebándose en mis entrañas y le grito que pare, que aún estoy viva, que me deje en paz. El buitre se va gorjeando y me quedo tirada en unas largas escaleras de hielo, bajo los efectos del abandono. Se me acerca una mujer vestida de miliciana y me golpea en el brazo con la culata de su rifle.
—Eres tan frágil… Tienes que sobreponerte.

La miro y la odio, pero la obedezco.

Voy al centro de la pista de baile, y me dejo llevar por el pirata bajo el efecto de una canción de Edith Piaf, por un aviador a ritmo de Brahms, por una mujer vestida de esqueleto a ritmo de tango, por un gladiador, por el dueño de un banco, un político, un secuestrador, el oso de mis pesadillas, que me pisa todo el rato los pies… Todos me dicen dulces palabras al oído que al cabo de un rato se transforman en mentiras y después en reproches, para terminar en gritos que me expulsan hacia atrás, momento en que caigo en los brazos del siguiente. Esto parece no tener fin. Es un torbellino confuso en el que giro y giro y giro, sostenida por la droga del champán y del movimiento. Cada persona por la que me dejo llevar me hace entrar en su película y desempeñar el rol de esclava, de reina, de pobre víctima o de atenta admiradora. Paso por cientos de ambientes diferentes según la película sea de cow boys o de romanos, o francesa, o alemana, o rusa. En sus películas todo les sale genial a los protagonistas, pero para mí nunca hay un final feliz. Cuando se acaba su película, cada uno me deja un regalito en forma de pesadas pulseras y collares de bisutería barata: la desconfianza, el fracaso, la culpabilidad, el miedo, la vergüenza… Giro y giro y giro y cada vez peso más. Un escalador, una poetisa, un catedrático.

Cada vez giro más rápido, rabiosa, hasta que la propia fuerza centrífuga hace que nadie pueda acercarse a mí. Estoy yo sola girando, pero los largos y pesados collares se me enroscan en el cuello, estrangulándome. El silbido que producen mis veloces giros se convierte en voces cortantes como cuchillos: «No te fíes ni de tu sombra», «Siempre la cagas», «No vales para nada», «Por más que te esfuerces, siempre terminarás en el lodo», «¿Y tú quién te crees eres? Pobrecita estúpida»… Los collares que aprietan mi garganta se transforman en una serpiente que me asfixia y me silba al oído: «¡No existes, no existes, no existes!». Estiro de ella con todas mis fuerzas, pero lo único que consigo es estrangularme más. Ya solo me queda arrodillarme y rezar a las brasas de mi corazón para que me ayuden. Entonces se produce una explosión que hace saltar todo por los aires, incluida yo.

6. La resaca de los recuerdos

Cuando abro los ojos, lo primero que veo es la cara de la extraña a escasos centímetros de la mía. Por primera vez está seria, y sus ojos parecen preocupados. Me acaricia suavemente la mejilla con la mano.
—¿Qué ha pasado? —pregunto.
—¿No te acuerdas de la fiesta?
—Apenas. Pero me siento fatal.

Y es verdad. Mi cuerpo está tan cansado que apenas si puedo moverme. La cabeza me late con fuerza y tengo un permanente pitido en los oídos. Parece, además, que alguien me hubiera pegado un mordisco en la zona del corazón, dejando un boquete oscuro e insondable. Puede que esto, el hueco del olvido, sea lo mejor.

La extraña me ha preparado una sopa de verduras, que tomo sorbo a sorbo después de que me haya ayudado a incorporarme un poco sobre la almohada. La sopa está caliente y sentirme cuidada, aunque sea por una extraña, es reconfortante, así que al cabo de un rato ya puedo ponerme de pie, un poco tambaleante. Veo a la extraña en cuclillas frente al baúl, abriéndolo.
—¿Qué haces? —le pregunto, alarmada.
—Ha llegado el momento —dice con voz decidida.
—Sabes que no podré soportarlo.
—Sí podrás. Ven, siéntate.

No tengo fuerzas para negarme. Me arrodillo junto a ella, que acaba de sacar una muñeca hecha de ganchillo, de piel negra, pelo rizado y un vestido de rayas naranjas, rojas y amarillas. Se la arrebato de las manos y la huelo, reconociendo el perfume de la niñez.
—Se llamaba Flor, y era mi única compañía en el iglú —le cuento.

La aplasto contra mí y algo en el sótano de mi pecho, a lo lejos, comienza a parpadear, mientras que mis ojos se llenan de lágrimas.
—Es un amor —dice la extraña—, pero ya no la necesitas. Ahora me tienes a mí.
—A ti no te conozco —le digo, asustada.
—Yo creo que sí —me dice, enigmática.

Se da la vuelta y mete medio cuerpo dentro del baúl.
—¡Mira, mira! —dice enseguida.

Saca un montón de álbumes de fotos. Me echo a temblar.
—No puedo —susurro.
—Sí que puedes, ya verás.

Y abre uno de los álbumes. Aparece la foto en blanco y negro de alguien tremendamente parecido a James Dean. Tiene el rictus duro y la mirada dulce.
—¿Quién es? —me pregunta, como si jugáramos a reconocer caras de famosos.
—Me dio la vida y me rompió el corazón —le digo sin saber ni lo que estoy diciendo.

La extraña aplaude, y luego pasa la hoja. Aparece una mujer con cara de institutriz o de miliciana, no lo sé.
—¿Y esta? —pregunta.
—Sufre lo mismo que yo, pero no soy yo.
—¡Muy bien, genial! —grita la extraña, muy contenta—. Estás acertándolas todas.

Seguimos mirando el álbum. Me he tranquilizado y se van encendiendo lucecitas, como pequeñas estrellas, en el cielo nocturno de mi corazón. El pirata me robó la confianza y me prestó su creatividad. El secuestrador se quedó con mi alegría y con él gané la independencia. El gladiador me dejó sin fuerzas y me regaló un puñado de semillas. Y así vamos dejando atrás páginas y páginas y mi pecho se va haciendo más y más claro. La extraña se ríe a carcajadas con mis ocurrencias, que no sé de dónde vienen, pero me da igual. Cuando digo que la mujer esquelética me enseñó a morir, soy yo la que suelto una carcajada que suena a ramas quebrándose, pero bueno, para ser mi primera carcajada no está mal. En ese momento, que es justo cuando se acaba el último álbum, me doy cuenta de que estoy en paz.

7. Temporada de deshielo

Han pasado los meses y la extraña ya no es una extraña. No sabemos nuestros nombres, ni falta que hace. A veces me presta su vestido de colores, y me siento renacer. Todos los días, cuando anochece, enciende la chimenea, y ya no temo sentarme a su lado a mirar el fuego, reflejo de la pequeña hoguera de mi corazón. A veces hablamos y a veces no. Me ha enseñado a cocinar. Ahora preparo por las noches una riquísima sopa de líquenes, y de postre helado de musgo con cardamomo.

Por las mañanas, ella suele salir a buscar leña y yo me quedo en el iglú, escribiendo historias de esquimales o pingüinos. Un día, mientras estoy concentrada en una escena glacial, una gota cae sobre el folio. Y otra, y otra. Miro al techo, asustada, y veo que los bloques de hielo se están volviendo transparentes.

Sin ni siquiera ponerme el abrigo salgo corriendo del iglú. Mis botas chapotean sobre una masa pastosa. Miro a un lado y a otro. Al fondo, donde yo creía que siempre había habido solo nieve, veo el entramado blanco y verde de un bosque. ¡Claro, es de donde ella saca la leña! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Me dirijo hacia allí tan deprisa como me deja este suelo que parece estar deshaciéndose bajo mis pies.

Llego con la lengua fuera. Me la encuentro en el centro del bosque, en cuclillas a la orilla de un lago cuya superficie parece un espejo agrietado.
—¿Has visto? —le digo, alarmada—. No sé qué está pasando, pero a este paso en unas horas no tendremos suelo debajo de los pies.

Ella vuelve la cabeza y sonríe. ¿Por qué siempre sonríe cuando las cosas se ponen imposibles?
—No te preocupes —dice—. Es el deshielo.

Me señala la superficie del lago, que cada vez tiene más grietas.
—¿Qué es el deshielo? —pregunto, desconfiada.
—Cuando el hielo se transforma en agua.
—¿Y qué hay debajo del agua?
—La tierra.

No sé si estoy preparada para que mi mundo se disuelva, pero parece que a la hoguera de mi corazón le gusta esto, porque se ha puesto a bailar, y me empuja a que yo haga lo mismo, chapoteando y riéndome a partes iguales. Ella se quita su anorak rojo y baila conmigo, y acabamos patinando abrazadas sobre el espejo agrietado del lago. Los momentos de felicidad son tan fugaces como eternos. Cuando quiero que demos la vuelta para volver a la orilla noto un crujido bajo nuestros pies. Una grieta se abre justo entre nosotras y no nos queda más remedio que separarnos para no caer al agua.
—¡Hay que llegar a la orilla! —grito—. ¡Corre!

Voy saltando de islote en islote hasta alcanzar la orilla. Ella no se ha movido. Está en una isla de hielo en medio del lago, sonriéndome. Sin prisa, se quita su vestido de colores y me lo lanza. Me quedo con él en los brazos, sin saber muy bien qué hacer. Está desnuda en un islote cada vez más pequeño. Es hermosa, de piel casi transparente.
—No te vayas, por favor —le digo, con lágrimas en los ojos.
—Estoy en ti —oigo su voz muy cerca, como si me susurrara al oído.

Su figura se va volviendo más y más traslúcida mientras el islote se va haciendo más y más pequeño. Cuando es del tamaño de una moneda, ella va sumergiéndose en el agua, aunque su cuerpo ya es casi de aire. Lo último que desaparece es su sonrisa, y después se convierte en unas pocas ondas sobre la superficie cristalina.

Me siento en el suelo, ahora sólido y terroso, abrazada al vestido de colores, y lloro sobre él. Lloro y lloro y lloro y pienso que nunca podré parar de llorar. Los momentos de infelicidad son simplemente eternos. Paradójicamente, me siento arropada por ella, por el lago y por los árboles.

El mundo entero llora y se acompaña a sí mismo.

8. El círculo del agua

Vivo en una casa de madera muy cerca del lago. Otras personas han construido casas en otras partes del bosque, y por las tardes se oye a los niños jugando al escondite entre los árboles. A veces, al anochecer, me siento con ellos alrededor de una hoguera a la orilla del lago y les cuento historias que son verdades o verdades que son historias. Ellos se ríen o lloran o se rascan la cabeza.

Todos los días al despertarme me acuerdo de ella, y la reconozco en mí. Hoy, como todos los días, me levanto y salgo a pasear. Llevo piñones para los pájaros y las ardillas, que aletean o mueven la cola desde los árboles cuando me ven. A la vuelta, diviso a los niños en los alrededores del lago preparando montoncitos de leña para la celebración de esta noche. Cada año hacemos un ritual al que llamamos «el círculo del agua». Ellos no saben de dónde viene esta costumbre. Yo sí lo sé, porque la llevo dentro.

Por la tarde, después de escribir un rato, miro por la ventana. El sol ha empezado a recostarse sobre las copas de los árboles, lo que me indica que ha llegado la hora. Abro el baúl y con mucho cuidado saco un envoltorio de papel de seda dorado, y de él, el vestido de colores y la máscara morada. Me los pongo y me miro al espejo. Mi cabeza está llena de canas, que rodean la máscara como un óvalo de plata. Sonrío, y es una sonrisa que me suena mucho.

Me dirijo al lago, donde está ya reunida la gente de los alrededores, adultos y niños, todos con preciosas máscaras de muchos tipos y vestidos de colores. Ayudo a encender las hogueras alrededor del lago, mientras el sol termina de acostarse sobre el lecho del horizonte. A medida que se van encendiendo los fuegos, se van apagando las voces, y todos nos situamos circundando el lago. Lentamente, nos quitamos la ropa y las máscaras, que dejamos junto a las hogueras como formas vacías, y desnudos nos introducimos en el lago, que se deja penetrar entre los reflejos dorados del fuego y plateados de la luna. Cuando ya no hacemos pie nos damos las manos. Siempre hay un instante de miedo en que creemos que nos vamos a hundir en la oscuridad del fondo. Pero traspasado ese momento, sucede. Sopla un viento misterioso que agita el agua y nos mueve en círculo. Siento la piel sedosa de la mano del niño de mi derecha y la piel levemente rugosa de la mujer de mi izquierda. Siento el calor de su cuerpo y la vibración de su alma. El agua es un manto que nos arropa a todos, que nos lleva y nos sostiene sin que hagamos ningún esfuerzo. Sin oponernos, reposamos en el movimiento, mirando al cielo y sintiéndonos uno con el agua, el fuego, la tierra, el viento y el espacio.

FIN

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He querido recuperar este cuento para ti hoy como metáfora de mi propio recorrido y del recorrido que hacemos en el acompañamiento Romper el Hielo. Te invito a leerlo una vez más y, si algo se mueve dentro en ti, visites la página de Romper el hielo y solicites una entrevista conmigo, por si podemos acompañarnos en el camino hacia una vida más plena.

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Cómo resolver tus conflictos emocionales a través de la escritura https://escribirymeditar.es/como-resolver-tus-conflictos-emocionales-a-traves-de-la-escritura/ https://escribirymeditar.es/como-resolver-tus-conflictos-emocionales-a-traves-de-la-escritura/#comments Mon, 24 Oct 2022 19:13:27 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=20927 Cada vez que me siento a escribir me revuelvo en la silla y me entran ganas de salir corriendo. Hoy, que sabía además que iba a escribir sobre «los conflictos», no te puedes hacer una idea de la de cosas que se me han ocurrido hacer antes de sentarme al ordenador.

No creo ser la única a la que le pasa esto. A todos los escritores nos pasa. ¿Por qué? Porque escribir, si lo haces de forma honesta, siempre te pone en contacto con tus conflictos. Y para nadie es agradable tocar esa área, ya que duele. A la vez, quienes escribimos sabemos que, cuando nos permitamos tocar con las palabras adecuadas esa herida, estas serán como un bálsamo milagroso que convertirá el dolor en gozo creativo.

Pero vamos a empezar por el principio.


Cada vez que me siento a escribir me revuelvo en la silla y me entran ganas de salir corriendo. A todos los escritores nos pasa. Porque escribir, si lo haces de forma honesta, te pone en contacto con tus conflictos internos.
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¿Qué es un conflicto?

La propia etimología de la palabra lo dice: «conflicto» proviene del latín conflictus, asociado al verbo confligere, formado por el prefijo con-, que comprende la idea de «encuentro», y fligĕre, que señala un «golpe» o «choque», así que remite a una colisión a partir de la oposición de posturas. ¿Y quién quiere tener una colisión, aunque sea metafórica o emocional?

Sin embargo, hay otra cuestión muy interesante en la etimología de la palabra: alude a «movimiento», porque no puede haber colisión sin movimiento. El conflicto siempre es algo dinámico, tanto en su génesis como en su evolución y resolución. El conflicto, si lo dejas, no se detiene hasta extinguirse, hasta integrarse en algo mayor. Pero lo tienes que dejar, claro. Darle espacio.

Así que el conflicto es una colisión de posturas opuestas que, como un pequeño pero potente big bang, se mueve con rapidez, es dinámico. Yo diría que es hasta consustancial a la Naturaleza, y desde luego a la naturaleza humana.

Y otra cosa curiosa: como un madero en el agua, el conflicto tiende a flotar. Te puedes empeñar en taparlo y hacer ver que no está (de hecho, es a lo que nos dedicamos la mayor parte de nuestra vida), pero, a poco que relajes ese esfuerzo que has de ejercer para mantenerlo en las profundidades, saldrá de forma natural a la superficie, y te lo encontrás otra vez en tus narices.


Si notas uno o varios de estos síntomas (tensión, malestar, afán de control, ataques de ira, adicciones), estaría muy bien que hicieses algún tipo de actividad que te permita parar, conectar contigo mismo y dejar de ejercer presión…
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¿Cómo saber si tienes conflictos?

Si no sabes si tienes conflictos no es porque no los tengas (todo el mundo los tiene), sino porque los estás tapando inconscientemente. Así que una forma fácil de reconocerlos es por los síntomas que causa el no querer verlos. Quizá el más evidente puede ser la tensión, el malestar, la incomodidad… ¿Sientes que estás haciendo algún tipo de esfuerzo para vivir? ¿Quieres tenerlo todo controlado? ¿Te da cierta alergia estar sin hacer nada y, simplemente, experimentar la vida? Si te sientas a meditar, ¿te resulta difícil relajarte o tiendes a evadirte con fantasías? Si te pasan estas cosas, puede que haya por ahí conflictos que no quieres ver.

Aquí van algunos síntomas de que hay conflictos que no estás dejando salir:

  • Tensión, malestar e incomodidad.
  • Evasión, fantaseo, necesidad de entretenimiento continua.
  • Afán de control.
  • Hiperactividad.
  • Exceso de racionalidad.
  • Adicciones.
  • Arranques de ira.

Si notas uno o varios de estos síntomas, estaría muy bien que hicieses algún tipo de actividad (o, mejor dicho, de no-actividad) que te permita parar, conectar contigo mismo y dejar de ejercer presión sobre tu propia experiencia. Puede ser la meditación, la exploración corporal o algún tipo de actividad artística, como la escritura. O (mejor todavía) todo eso a la vez.

Relación entre los conflictos y las emociones

En cualquier conflicto hay un fuerte componente emocional, así que para explorar tus conflictos te puede venir muy bien descubrir las emociones que están en juego. Saber si la emoción predominante que te provoca la situación conflictiva es el miedo, o el enfado, o la tristeza… te puede ayudar a saber cómo relacionarte con dicha situación.

A veces no es tan sencillo, porque las emociones están muy mezcladas, o son confusas, o están disfrazadas de pensamientos, o porque están congeladas. A lo mejor sientes una fuerte tensión en el cuerpo, pero no tienes acceso a ninguna emoción. En ese sentido, las prácticas relacionadas con la relajación y con soltar el control (como son la meditación y la escritura) te pueden ser muy útiles: te ayudarán con el deshielo y, a poco que las practiques, las emociones aflorarán y empezarán a fluir, ayudándote a desenmarañar tus conflictos.


La narrativa está en estrecha relación, desde sus orígenes, con la resolución de conflictos humanos. No hay una sola buena historia donde no haya un conflicto,
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¿En qué te puede ayudar la escritura creativa?

La narrativa está en estrecha relación, desde sus orígenes, con la resolución de conflictos humanos. No hay una sola buena historia donde no haya un conflicto, y donde no se produzca una suerte de liberación de dicho conflicto (esto no quiere decir que tus historias hayan de tener un final feliz, pero sí ha de haber un cambio en cuanto a la apertura de consciencia del personaje). Así que, ¿qué mejor manera de resolver tus conflictos que a través de la escritura?

Cuando escribes historias, prestas a tus personajes tus conflictos y les dejas a ellos que los resuelvan por ti. Pero como ellos no son distintos de ti, cuando los resuelven ellos, también lo haces tú. Lo que hace que esto te lo permitas en el terreno creativo y no seas capaz de hacerlo en la realidad es que en esta última estás demasiado identificado con el personaje que piensas que eres, y al que no crees capaz de superar sus propios conflictos. Es por eso que necesitamos encarnarnos en otro personaje al que, de alguna manera, le prestamos los superpoderes que no sabemos que tenemos, y al que dejamos desenvolverse libremente a través de lo que creemos que es ficción.

A continuación, te voy a dar algunas ideas sencillitas que te pueden servir para ir entrenándote en resolver conflictos a través de la escritura, aunque es este un aprendizaje continuo a largo plazo.

1. Escritura libre

Este es un ejercicio que puedes realizar diariamente, durante cinco o diez minutos, y que te resultará útil para conectar contigo mismo. Simplemente tienes que poner el bolígrafo en el papel (o las manos sobre el teclado) y escribir sin detenerte todo lo que te salga, como si fuese un río que no para, sin preocuparte de que lo que escribas tenga sentido o no. De este modo, lo normal es que salgan muchas de las cosas que habitan en tu mente en el momento presente sin que te des cuenta.

Cuando releas lo que has escrito, te darás cuenta enseguida de si hay algo que te está perturbando. Como te decía más arriba, los conflictos son como maderos que tienden a subir a la superficie de nuestra conciencia. Y al permitirte escribir libremente, estás dejando de ejercer presión para mantenerlos ocultos.

El de la escritura libre es un buen método para detectar conflictos, pero no lo es tanto para resolverlos. ¿Por qué? Porque con la escritura libre estarás operando en el nivel de los pensamientos, y los conflictos no se resuelven en la esfera del intelecto sino en la esfera del corazón. Así que te sugiero que esta técnica la combines con algunas de las que te expongo a continuación.

2. Inventa imágenes para tus emociones

Esto es algo que también puedes hacer diariamente, a ser posible antes de acostarte. Se trata de que evoques las situaciones del día que han tenido para ti una carga emocional, que vuelvas a conectar con las emociones que te han causado (tristeza, rabia, alegría, enfado, impotencia… las que sean), y te inventes una imagen para reflejar cada una de ellas.  Dicha imagen puede ser una sola palabra concreta («chicle», «bailarina», «lluvia») o puede ser un grupo de palabras («un perro lanzando dentelladas», «vaso que estalla contra el suelo», «cables enredados»).

Ya solo el hecho de nombrar tus emociones de una forma visual y concreta te producirá cierto alivio, hará que parezcan menos amenazantes y más manejables. Y esto, si no tratas de racionalizarlo ni sacar conclusiones de ello, puede que a lo largo de los días te vaya dando claves útiles para resolver tus conflictos.

3. Anota tus sueños

Los sueños son el taller de reparación del inconsciente, donde todos los desajustes y descuidos que se producen a lo largo del día tratan de arreglarse por algo que está más allá de nuestro control. Lo que pasa es que, con esta vida que llevamos, el inconsciente no da abasto el pobre. Mejor si le ayudamos.

Si te acostumbras a tener un cuaderno en tu mesilla de noche y anotas tus sueños nada más despertarte, esto te puede ayudar muchísimo a entender qué conflictos tienes y por dónde pueden ir los tiros para resolverlos. De tus sueños, fíjate especialmente en el clima emocional, en los objetos simbólicos y en cómo terminan. No se trata tanto de buscarles un sentido racional, como de dejarles espacio en tu vigilia, porque al fin y al cabo, no dejan de ser experiencias por las que pasas y de las que puedes aprender.

4. Crea personajes con tus partes internas

En un conflicto siempre hay al menos dos partes en lucha, que tratan de imponerse una sobre otra. Por ejemplo, hay una parte de ti que se marcharía del trabajo en el que estás y otra que considera prudente quedarse. Y tú te debates, porque no sabes qué hacer.

Bueno, pues yo te recomiendo que crees personajes con tus partes en lucha. Ponles un nombre y un alias, y haz una pequeña ficha de cada uno, describiéndolo física y caracterológicamente. Por ejemplo, a la parte atrevida y valiente que quiere marcharse del trabajo la puedes llamar «Aire, la happyflowers», puede vestir con ropas vaporosas de colores pastel y ser alegre y fantasiosa, mientras que a la parte prudente que se aferra a la seguridad laboral la puedes llamar «Don Eulogio, el cortarrollos», puede tener bigote y gafas, vestir de traje gris y ser anodino y agrio. Es solo un ejemplo. Échale imaginación y pásatelo bien.

Si vas haciendo esto con todos los conflictos que tengas, te darás cuenta de que hay personajes que se repiten, a los que empieces a reconocer, y te digas: «Vaya, ya está aquí Rita, la cantaora». Esta es una forma imaginativa de no identificarte tanto con tus condicionamientos internos, de quitarle poder a tus creencias y patrones habituales, y de ver tus conflictos con una nueva perspectiva desde la que te puede resultar más fácil trascenderlos.

5. Pon a dialogar a tus partes en lucha

Este sería un paso más en la estrategia anterior. Una vez que tengas identificadas las partes en lucha y las hayas convertido en personajes, ponlos a dialogar por escrito. Dibuja un escenario (han quedado en una cafetería a tomar el té, o están sentados juntos en el autobús), y haz que entablen una conversación, en la que expongan cada uno su postura.

Es importante que, al hacer esto, te lo tomes como un juego y que no intelectualices. No eres TÚ quien está hablando por los personajes, más bien es al revés, son ellos los que están hablando por ti. Tienes que dejarlos completamente libres para que resuelvan aquello de la forma en que mejor les parezca. Y no solo pueden hablar, también pueden actuar. Si lo haces así, el resultado puede ser sorprendente para ti.

6. Narra historias

Y aquí está la guinda del pastel. Narra historias, cuenta cuentos, inventa relatos… Llámalo como quieras. Si quieres hacerlo con ayuda, estupendo, apúntate a algún curso de escritura.

Y si no, da igual, no te preocupes por la técnica. Cuenta historias que tengan un inicio, un nudo y un desenlace. Échale mucha imaginación, porque cuanta más imaginación le eches, mejor funcionará tu «resolvedor» de conflictos interno: el inconsciente (que, aunque no lo creas, es más consciente que tú).

No tienes que dedicar mucho tiempo a escribir, incluso te sugiero que te pongas la alarma y escribas durante quince o veinte minutos: en ese tiempo, el reto es contar una historia con un inicio, un nudo y un desenlace. Y no te quepa duda: cualquier historia que escribas, tendrá que ver con tus conflictos, lo hagas premeditadamente o no.

Si no sabes cómo arrancar a escribir, te sugiero que uses dos imágenes al azar de las que te hayan salido ese día en la práctica 2, y escribas un cuento a partir de esas imágenes. También puedes escribir historias a partir de tus sueños.

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Espero que estas ideas te sean de utilidad en tu día a día, para estar más atento a tus conflictos y a explorarlos sin temor, como una forma de crecer y madurar.

Si quieres que hablemos un poco más de ello, apúntate en este enlace a la Masterclass gratuita que impartiré el jueves 27 de octubre de 2022 sobre «Técnicas de Escritura y Meditación para resolver conflictos».

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Algo diminuto, pero que no puedes ignorar XXIII https://escribirymeditar.es/algo-diminuto-pero-que-no-puedes-ignorar-xxiii/ https://escribirymeditar.es/algo-diminuto-pero-que-no-puedes-ignorar-xxiii/#comments Mon, 17 Oct 2022 19:05:19 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=20897 Capítulo XXIII

El fin justifica los medios

Jueves, 24 de junio de 2021

Te despiertas con las palabras «TAC» y «mediciones» enredadas en las pestañas. Te diriges, resignada, a la maldita Ciudad Sanitaria de la Paz a someter a tu cuerpo a un nuevo traguito de cicuta. Te dejas caer resignada hasta el sótano 2, preguntas de nuevo a la oficiala de Auschwitz, y esta vez te señala con el gel hidroalcohólico otra puerta distinta del sombrío distribuidor. Allí, una enfermera te hace como doscientas preguntas (la mayoría de las cuales te las han hecho como doscientas veces desde que te detectaron el cáncer), que va anotando en un interminable cuestionario. Después te explica que van a realizar una simulación de lo que será el tratamiento de radioterapia, para saber a qué zonas exactamente se han de dirigir los rayos, y que la doctora Miralles pueda calcular, a partir de ahí, el número de sesiones y las dosis exactas de radiación a las que te van a someter. Asientes, básicamente porque ya te has acostumbrado a asentir como un borrego a todas las cosas insólitas que te está tocando escuchar, pero cuando entras con precaución en la sala del «simulador» —después de haberte desnudado de cintura para arriba y haberte puesto una de esas batas que solo sirven para hacer el pase de modelos desde el vestuario hasta la nueva máquina de tortura—, te sientes como una astronauta a punto de ser lanzada al espacio sideral.


«Cómoda» no es la palabra más adecuada para definir tu sensación de ser una rígida figurilla de cerámica a punto de ser introducida en el horno, sesión pre-inicial de radioterapia.
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El lugar en el que te toca tumbarte esta vez tiene el molde silueteado de un cuerpo humano. Una enfermera demasiado alegre —incluso dirías que extrañamente eufórica— sale a tu encuentro, te llama «cielo» y te invita a tumbarte. Intentas hacerlo sola, pero al final te tienen que ayudar la enfermera sonriente y un chico muy joven y guapo con pluma y tupé, que manipulan tus riñones, tus piernas y tus hombros para que cada parte se acople a la concavidad correspondiente, mientras te sientes muy torpe y avergonzada ante ese grado de sobeteo.

—¿Estás cómoda, cielo? —te pregunta la enfermera.

«Cómoda» no es la palabra más adecuada para definir tu sensación de ser una rígida figurilla de cerámica a punto de ser introducida en el horno, pero prefieres decirle que sí cerrando levemente los párpados, ya que ni siquiera el cuello lo puedes mover. Te dice que te dejarán sola unos minutitos, mientras te hacen el TAC. Debe de ver la alarma en tus ojos, porque añade:

—No te preocupes, cielo, esto es como una simple radiografía.

Y dale con el «cielo»; ¿acaso no se da cuenta de que esto es el infierno?

Se marchan y te quedas allí sola, mientras se apagan los fluorescentes, se enciende una luz roja encima de la puerta, y unas extrañas y enormes planchas se mueven y pitan alrededor de tu torso, haciéndote sentir más empaquetada todavía. No hay cosa que más odies que saber que están introduciendo radiaciones en tu cuerpo sin que puedas sentirlo. Es un enemigo invisible del que no puedes defenderte. Y, sin embargo, puedes oler el miedo y la congelación de tantos cuerpos empotrados en este molde de plástico duro y brillante. Cierras los ojos y visualizas pequeños y luminosos budas azules de la medicina que envuelven tu cuerpo con pequeños escudos antirrayos y se van multiplicando y expandiendo por todo el espacio de esa sala, purificando y oxigenando el sufrimiento acumulado en este lugar.

Al cabo de un ratito aparece de nuevo la enfermera, charlando por los codos con el enfermero guapo. Está despotricando de su ex porque tendría que haberse llevado a los niños el día anterior y había puesto una excusa para librarse de ellos.

—Cómo son los hombres, ¿verdad, cielo? —te dice, mientras aprieta un botón para que las placas se aparten de tu torso desnudo—. ¿Tú tienes hijos?

Le dices que sí, y que también estás divorciada. Eso parece darle carta blanca para despotricar más todavía. Agradeces su simpatía, pero también te estresa que no pare de hablar como si estuvieseis tomando un café juntas, mientras permaneces allí, en esa especie de envase de huevos plastificado, desnuda, en una franca desigualdad de condiciones. Además, no eres muy dada a despotricar de los hombres, y menos de tu ex marido. Te incorporas como para marcharte pitando de allí, pero el enfermero guapo te dice que no te muevas, que ahora te tienen que hacer las mediciones. Ah, vaya, las famosas mediciones, se te habían olvidado.

—¿Y en qué consisten? —preguntas.

La enfermera te dice que tienen que buscar la posición correcta del cuerpo y marcar algunos lugares para que cuando asistas a las sesiones de radioterapia puedan programar correctamente la máquina.

Te haremos unos pequeños tatuajes —te dice, tan tranquila.

¿Tatuajes? —Se te dispara la alarma. Nadie te había hablado de tatuajes.

—No te preocupes —te dice—. Son muy pequeños. Como puntitos de boli. Y cuando termines las sesiones te los puedes quitar con láser si quieres.


Algo se ha desbordado dentro de ti. Eres casi más sensible a lo pequeño que a lo grande. Te hiere que los que te hablan no den ninguna importancia a todas estas manipulaciones, que traten la superficie de tu cuerpo como una porción…
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Te da un escalofrío, acompañado de un profundo hartazgo y desánimo. Intentas pensar que no es para tanto. Que qué más darán ahora unos pocos puntitos de boli en tu cuerpo, después de la tralla que lleva el pobre, y la que le queda. Pero algo se ha desbordado dentro de ti. Eres casi más sensible a lo pequeño que a lo grande. Te hiere que los que te hablan no den ninguna importancia a todas estas manipulaciones, que traten la superficie de tu cuerpo como una porción de tela que se puede rasgar, coser, pintarrajear, perforar, extender, arrugar, parchear, retorcer, medir, fotografiar, radiar… Y nada parece tener importancia («No te preocupes, cielo»). A todo se supone que te tienes que someter con una sonrisa en los labios porque, al fin y al cabo, te están salvando la vida. Te la estarán salvando, pero también te la están ensuciando.

Si creías que antes te habían sobeteado, te das cuenta de que aquello era una bromita al lado de lo que te queda por pasar. Porque ahora sí que tienen que encontrar la postura exacta en que habrás de situarte en cada sesión de radioterapia. Y más te vale dejarte hacer, porque cualquier desviación —y esto no hace falta que te lo digan— podría ser fatal. Mientras la enfermera no deja de quejarse de las dificultades de ser madre separada, te suben y te bajan los brazos, te empujan por los costados, te estiran la piel del pecho, proyectan sobre tu torso una especie de reglas luminosas que van indicándoles con líneas rojas los meridianos y paralelos de tu cuerpo. Casi ni te atreves a respirar, hasta que la enfermera te dice:

Pero relájate, cielo. No estés tan tensa.

Te dan ganas de saltarle a la yugular, pero te contienes. Intentas relajarte con todas tus fuerzas, pero el esfuerzo no hace sino tensarte más. ¿Cómo diablos pretenden que te relajes en esta situación? Siguen estirando de aquí y allá, hasta que consiguen dar con la posición correcta: los brazos flexionados hacia atrás, rodeándote la cabeza, la mano izquierda agarrando la muñeca derecha, y la cabeza levemente girada hacia la izquierda. Te dicen que tienes que recordar esa postura, porque será en la que habrás de ponerte en cada sesión. Que tengas que ser tú quien recuerde la posición exacta te estresa más todavía. Vaya responsabilidad, con la mala memoria que tú tienes... Cuando salgas por la puerta ya no recordarás si la mano derecha ha de agarrar la muñeca izquierda o al revés. Así que empiezan a asaltarte los peores presagios: te radiarán la médula espinal, y encima será culpa tuya, por el despiste heredado de tu familia, como el cáncer…

En esas estás cuando notas unas punzadas: te están haciendo los malditos tatuajes. Ya, de paso, podrías haberles pedido que te hicieran unas florecillas, o algo un poco más atractivo que unos puntos de boli. La enfermera no se calla mientras te agujerea con tinta china, y te está poniendo la cabeza como un bombo. Esto no termina nunca, y tú en esa posición absurda, como si fueses la maja desnuda o estuvieses tomándote un mojito en una playa del Caribe. Hay que joderse.

Por fin terminan y te ayudan a salir del molde. Te duele cada músculo del cuerpo. Son solo las diez de la mañana y te irías directa a la cama; pero para no salir jamás de ella. En vez de eso, te toca pasar por la consulta de la enfermera jefa de Radiología, que te da un montón de instrucciones sobre lo que has de hacer y lo que no has de hacer mientras te estén haciendo la radioterapia. Te dice, para empezar, que no se te ocurra engordar o adelgazar antes de que te radien, porque eso afectaría a las mediciones y, por tanto, a las áreas de exposición. En cuanto te dice eso te agarran —del susto— unas ganas irreprimibles de hincharte a donuts, patatas fritas y un montón de otras opciones azucaradas o grasientas que te podrían convertir en un globo andante. Uf. Sacas todas esas imágenes de tu mente a hostias para tratar de concentrarte en el resto de instrucciones, afortunadamente más sencillas de cumplir, aunque bastante costosas para tu bolsillo, como la adquisición de un gel y una crema hidratante especiales en los que te gastarás del orden de setenta euros. Tener cáncer te está saliendo muy caro, en todos los sentidos, y eso que vives en un país con Seguridad Social. Pero la Seguridad Social no te cubre ni la seguridad emocional ni, al parecer, los desperfectos ocasionados por sus agresivas intervenciones sobre tu cuerpo.

Cuando sales de la consulta de la enfermera jefa, no te caben más cosas en la cabeza ni en el cuerpo, así que asciendes todo lo rápido que puedes a la superficie, como si subieras braceando desde el fondo de una piscina a por tu necesaria ración de oxígeno para sobrevivir.

Cuando sales al aire libre te detienes, te bajas por un momento la mascarilla y aspiras una bocanada de aire fresco.

Te das cuenta de que ya te has introducido de lleno en una parte especialmente oscura del túnel, llamada «radioterapia».

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Escritura Persuasiva frente a Escritura Creativa https://escribirymeditar.es/escritura-persuasiva-frente-a-escritura-creativa/ https://escribirymeditar.es/escritura-persuasiva-frente-a-escritura-creativa/#comments Mon, 10 Oct 2022 19:05:23 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=20779 Escribir para vender o escribir para que te lean

«Escritura persuasiva» es el eufemismo que se usa para la «escritura comercial» o para castellanizar el tan extendido término inglés «copywriting». Y consistiría, según San Google, en «la capacidad o el ‘arte’ para redactar textos comerciales que generan resultados para un negocio, ya sea a través de ventas, registros, clics o comentarios». Esto, a su vez, es la forma eufemística de decir: «escribir para vender».

Todos compramos (comida, objetos, servicios, entretenimiento, amor…) y todos vendemos (aunque solo sea nuestro tiempo). Sin embargo, la venta está muy mal vista, quizá porque en ese ámbito se ha llegado a tan alto grado de extorsión y engaño que, en general, estamos bastante alerta para que no nos vendan —con malas artes— algo que no queremos comprar.


Mi mentora en temas de marketing, Laura Ribas, siempre dice: «Si no quieres vender, no pretendas tener un negocio».
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A aquellos que nos dedicamos a proporcionar servicios que consideramos de interés para otras personas y pretendemos vivir de ello, no nos queda más remedio que abrirnos paso en un mercado hipersaturado, y tratar de que las personas que no nos conocen y que están potencialmente interesadas en lo que hacemos sepan de nosotros, se hagan una idea de lo que les podemos aportar y confíen en nuestra honestidad. Es decir, no nos queda otra que «vender». Mi mentora en temas de marketing, Laura Ribas, siempre dice: «Si no quieres vender, no pretendas tener un negocio».

Por mi experiencia y la de muchas/os compañeras/os emprendedoras/es, considero que se puede vender sin engañar a nadie, aunque soy la primera que ha tenido grandes dificultades en el aprendizaje de cómo hacerlo. Yo misma tengo tantos prejuicios en torno a la venta y tantos patrones contrarios a hacerme visible en el mercado, que es casi un milagro que pueda vivir de lo que más me gusta hacer, y a veces aún me siento culpable por ello.


La escritura persuasiva es un factor clave en este proceso de darse a conocer y ganarse la confianza de las personas. Según mi experiencia, la más persuasiva de todas las escrituras es la escritura creativa.
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La escritura persuasiva está claro que es un factor clave en este proceso de darse a conocer y ganarse la confianza de las personas. Y, según mi experiencia, la más persuasiva de todas las escrituras es la escritura creativa. Si manejas la escritura creativa, no tendrás ningún problema para vender por escrito, porque estarás acostumbrado a escribir teniendo siempre en cuenta el punto de vista del lector. En realidad, la clave está —en ambos tipos de escritura— en quitarte de en medio, para dar la mayor importancia a la persona que te recibe, para facilitarle las cosas y que se sienta —mientras te lee— cómoda, respetada y atendida en sus necesidades.

Veamos ahora algunas de las claves de la escritura persuasiva, y las compararemos sobre la marcha con las de la escritura creativa.

1. La repetición

Podríamos decir que la clave de esta herramienta estaría en repetir las cosas sin resultar repetitivos. A nadie le gusta que le repitan las cosas, pero lo cierto es que solemos estar muy distraídos y, si no nos las repiten, las olvidamos casi instantáneamente. Así que decir por escrito las mismas cosas de formas diferentes sería una de las cualidades de todo buen vendedor.

Piensa en tus canciones favoritas. ¿De qué te acuerdas? Posiblemente del estribillo. ¿Por qué? Pues porque se repite. En cuanto a la escritura creativa, también es fundamental la repetición: un personaje o varios con unos rasgos determinados que se muestran una y otra vez, objetos que aparecen muchas veces a lo largo de la narración, unos pocos lugares que se acaban convirtiendo en familiares para el lector a base de repetirlos, un mensaje que siempre es el mismo, aunque varíen las escenas y hechos a través de los que se transmite…

De hecho, la repetición es la clave para que las cosas se almacenen en nuestra memoria. Y la narrativa se encarga de repetir (a lo largo de los siglos) las cosas importantes de la vida de forma que las recordemos y nos hagan evolucionar.

2. Inclusión de datos y estadísticas

Una de las formas de reforzar tu mensaje a través de la escritura persuasiva es aportar datos objetivos y beneficios que puedas demostrar.

Esto, en la escritura creativa, lo obtendríamos a través de la concreción. Le ocurren cosas concretas a un personaje en concreto, en unos lugares concretos y a lo largo de un tiempo determinado. ¿Qué mejor forma de demostrar lo que uno quiera? El lector se sumergirá en una vivencia a través de toda esa concreción, y esa vivencia es irrebatible. Puede que todos esos datos concretos no sean reales, pero la vivencia sí lo es, y también la verdad experiencial que subyace a toda narración, y eso es lo que importa.

3. Dar la solución a un problema

Muchas de las cosas que compramos (y de las que vendemos) tienen que ver con dar solución a algo que no queremos en nuestra vida. Así que en la escritura persuasiva es importante mostrar ese punto de dolor y ponerle la tirita al lector a través de lo que ofrecemos.

En la escritura creativa esto estaría representado por el conflicto del personaje. En cualquier narración es esencial que el personaje tenga un conflicto humano (con el que cualquier lector podrá identificarse), y que este avance a lo largo de la historia hasta darle una resolución, produciéndose un cambio vital en el personaje. ¿No es esto persuasión en estado puro?

4. Autoridad y prueba social

En la escritura persuasiva es importante ofrecer testimonios de personas o entidades que hayan obtenido beneficios del producto o servicio que vendemos, para que quien nos lee pueda ver las cosas desde el punto de vista de quien ya ha comprado y está satisfecho con el resultado.

En la escritura creativa, la autoridad la pone la voz narrativa (que da fe, de alguna manera, de que aquello que está contando es cierto, o —lo que es lo mismo— que apunta a una verdad que va más allá de que lo narrado sea real o no), y la prueba social la dan los propios personajes, que son testimonios vivientes del mensaje que se quiere transmitir.

5. El compromiso y la reciprocidad

Los seres humanos somos agradecidos y generosos por naturaleza, y si a través de la escritura persuasiva pones de relieve tu compromiso con el cliente y le ofreces más de lo que, en principio, cabría esperar, este se sentirá agradecido y, por tanto, propenso a devolverte el favor comprándote lo que le ofreces.

En la escritura creativa, esto se traduciría en poner toda la carne en el asador, emocionalmente hablando. Si te ofreces por entero en tus historias, el lector lo agradecerá y te devolverá aquello que todo escritor va —en el fondo— buscando: su corazón.

6. La empatía

En la escritura persuasiva, cuanto más empatices con tu lector, más empatizará él contigo y con tus productos o servicios. Y cuanto más te mires el ombligo, menos resultados obtendrás. Muchas personas piensan que vender va de hablar de lo maravillosos que son sus productos o servicios, cuando lo verdaderamente eficaz es que pongan el foco en aquellas personas a las que se dirigen, que les hablen de cosas que ellas conozcan, de problemas con los que se sientan identificadas, de soluciones reales a esos problemas, y con un lenguaje que les resulte familiar y cercano.

En la escritura creativa, la empatía también es absolutamente esencial, y se aplica a través de los personajes. Como escritor has de empatizar con tus personajes para que el lector, a su vez, empatice con ellos. En realidad, se trataría de algo más que empatía, se trataría más bien de identificación o, como lo llamaba José Luis Sampedro, «transubstanciación». Te conviertes en tus personajes, y el lector hace lo propio. Si no eres capaz de sentir compasión y de ser comprensivo con tus personajes, todo se irá a la porra; el lector lo notará enseguida y no será capaz de introducirse en la historia que le estás contando. Resultado: dejará de leerte.

7. Adelantarte a las objeciones

Lo peor que puede pasar cuando usas la escritura persuasiva es que tu lector se quede pensando: «Sí, pero…». A todos, de hecho, nos encanta poner objeciones, sobre todo si hay pasta de por medio. Así que has de adelantarte a eso, y hacerle ver a tu lector en tus textos que conoces sus posibles objeciones, y que sabes cómo solventarlas. Eso le hará sentirse comprendido y atendido en sus necesidades.

En la escritura creativa también hay que adelantarse a las posibles objeciones del lector, en especial en cuanto a lo que atañe a la verosimilitud de nuestras historias. Lo que contemos no tiene por qué haber ocurrido en la realidad, pero tiene que parecerlo. En todo caso, en este tipo de escritura tenemos una ventaja, y es que las objeciones solo se pueden poner a nivel mental, a través del pensamiento y la argumentación, y cuando escribimos historias, nuestro objetivo es tener al lector permanentemente en la vivencia, y no en el intelecto.

En el terreno de la vivencia, de la acción, de aquello que ocurre, no hay posibilidad de objetar. La acción es irrebatible. A nadie se le ocurriría objetar nada a Don Quijote ni a Madame Bovary. Entonces, de lo que se ha de ocupar quien escribe ficción es de no ponerse a filosofar o a explicar su mensaje de forma explícita, porque entonces corre el peligro de que su lector empiece a usar el intelecto y, por tanto, a rebatir lo que se le dice.


Storytelling: narrar tus propias experiencias, o las experiencias de tus clientes, y especialmente si te muestras humano y vulnerable, hará que el lector conecte emocionalmente contigo y te acompañe a donde quieras llevarle.
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8. El storytelling

Y aquí es donde vienen a fusionarse definitivamente la escritura persuasiva con la escritura creativa. El storytelling es, como la propia traducción del término indica, «contar historias». Como decía al comienzo, no hay escritura más persuasiva que la escritura creativa. Narrar tus propias experiencias, o las experiencias de tus clientes, y especialmente si te muestras humano y vulnerable, hará que el lector conecte emocionalmente contigo y te acompañe a donde quieras llevarle, siempre que no rompas el pacto implícito de honestidad.

Hace unos cinco o seis años estuve en Marrakech con mis dos hijos, Elmo y Ari, que en aquel tiempo debían de tener diez y once años. Era la primera vez que visitaba Marruecos y yo iba con mucha prevención, porque me habían hablado innumerables veces de las instigaciones que sufriría por la calle por parte de los vendedores, del cuidado que tenía que tener para no acabar en la trastienda de algún comercio comprando una alfombra o cualquier otro artículo que no necesitaba.

Así que te puedes imaginar lo abiertos que tenía yo los ojos el primer día que nos dirigimos al zoco, ese conglomerado de calles estrechísimas en el que, como en los casinos de las Vegas o en el Corte Inglés de Madrid, es muy fácil entrar, pero imposible encontrar la salida. Recuerdo que Elmo y Ari me agarraban fuertemente cada uno de un brazo para protegerme, como dos aguerridos guardaespaldas. En realidad, estábamos los tres muertos de miedo. Pero allá nos internamos, valientemente, en la algarabía inextricable del zoco.

La mezcla de estímulos para nuestros sentidos hizo que cayéramos rápidamente en una especie de hechizo, como si nos encontráramos en un sueño: el olor a incienso, cuero, jabones, sudor, aceites, carne cruda, té, especias, kebab, perfumes…; el colorido de las telas, el brillo de los ojos de las personas con las que nos cruzábamos, el resplandor de las teteras; el roce inevitable del gentío, que nos llevaba en una marea; los pitidos, los gritos, los reclamos, las risas… Todo era tan inabordable, exagerado y diferente a la aburrida Madrid… que no quedaba más remedio que abrirse y dejarse traspasar por ello.

Con todo lo prevenida que estaba, empecé a experimentar una sensación totalmente opuesta a la alerta, algo así como una total rendición. Todo allí estaba pleno de vida, mientras que Madrid se asemejaba, en mi memoria, a un páramo gris e inerte. Se despertó en mí una parte totalmente afín a todo lo que allí se movía. Veía sonrisas sinceras, ojos serenos, miradas profundas, expresiones de una alegría inocente. Una inocencia que me era imposible reconocer en los adultos que me rodeaban en mi país. Era como si tuviese mucho más en común con aquellas personas, aunque no entendiera su idioma, que con quienes compartía cultura y lengua.

Casi sin darnos cuenta, mis hijos y yo empezamos a relajarnos. Nos parábamos en las tiendas, preguntábamos, nos reíamos. Nos entendíamos con la gente, no hacían falta palabras. Había algo mucho más instintivo y natural que nos unía. En uno de los puestos me puse a hablar con un chico que chapurreaba español. Debía de tener unos treinta años y era guapísimo, con unos ojos como avellanas en los que entraban ganas de quedarse a vivir. En la tienda vendían jabones, tes y un montón de cosas más que olían celestialmente. El chico era encantador y transpiraba alegría. Me habló de su familia, se interesó por la mía, me dijo lo guapos que eran mis hijos, y me invitó a un té.

Elmo, Ari y yo nos metimos en la tienda. Me tomé el té más rico que he probado en mi vida, junto con el chico y su padre, a quien nos presentó, y que estaba sentado en un taburete, sorbiendo de una cachimba mientras nos sonreía con los ojos y con sus miles de arrugas. Seguimos hablando ni sé de qué, pero lo que sí sé es que aquello era pura vida, y que cuando nos terminamos el té yo sentía un agradecimiento tan profundo que compré algunos jabones, tres cajas de tes de diferentes sabores, una bolsa con unas bolitas de no sé qué pero que era indispensable —al parecer— que las introdujera entre la ropa de mi armario… Nos marchamos de allí con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsita llena de cosas superfluas.

Hasta al cabo de un rato no me di cuenta. Paré a mis hijos en medio de la calle y les dije: «¡Nos lo acaban de hacer!». «¿El qué, mamá?», me preguntaron, sorprendidos. «Pues eso de lo que me habían avisado tantísimas veces», les contesté, y seguimos andando, mientras me sentía bastante confusa y pringada. Entonces volví a evocar —con el corazón— todo lo que acababa de ocurrir, dejando de lado el intelecto. Me volví a parar en medio de la calle, y les dije a mis hijos: «Pero, ¿sabéis qué? Que se lo ha ganado». Había aprendido más de cómo vender en media hora con ese chico que en todos mis cursos de márketing.

Si has llegado hasta aquí, es que el storytelling ha funcionado ;-). Y, como ves, vender no es tan diferente de contar historias, ni de la vida en sí. Todos somos muy parecidos. A todos nos gusta que nos traten bien, que nos digan lo guapos que son nuestros hijos, que se muestren alegres y diáfanos con nosotros, que nos inviten a un té, que nos abran la puerta de su casa, que nos hablen de su vida y nos presenten a su familia… ¿Quién puede resistirse a eso? Yo no, desde luego, ni tampoco quiero hacerlo. No se me ocurre ninguna objeción, la verdad, porque prima el corazón sobre el intelecto. Y he de confesar que sigo conservando aquellas bolitas en el armario, aunque ya no huelan a nada y ni siquiera sepa para qué servían.

Desde aquella masterclass sobre Marketing y Ventas que recibí en Marraquech a cambio de unos pocos dírhams, empecé a vender mis servicios de otra manera. No se trata de convencer a nadie de nada. Solo de invitarle a tomar un té y contarle una historia llena de verdad.

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Si estás pensando en escribir un libro, este artículo es para ti https://escribirymeditar.es/si-estas-pensando-en-escribir-un-libro-este-articulo-es-para-ti/ https://escribirymeditar.es/si-estas-pensando-en-escribir-un-libro-este-articulo-es-para-ti/#respond Mon, 03 Oct 2022 19:05:19 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=20751 ¿Estás pensando en escribir un libro?

Lo primero que te diría es que, antes de ponerte a ello, realices las siguientes comprobaciones:

1. Que surge de la motivación adecuada

Piensa «para qué» quieres escribir un libro. Puede que las respuestas sean similares a estas:

  • Para ganar dinero con él.
  • Para hacerme famoso.
  • Para que me quieran.
  • Para que me admiren.
  • Para pasar a la posteridad.

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Este tipo de motivaciones puede que te den el impulso suficiente para comenzar el libro, e incluso para concluirlo (redactar muchas páginas no es en sí mismo algo muy difícil de hacer), pero a medio o largo plazo te harán sentir mucha frustración porque (no nos engañemos) con los libros no se gana mucho dinero ni son el mejor camino para la fama, si te quieren o admiran por ello será algo efímero y tienes las mismas probabilidades de convertirte en un clásico como de ganar la lotería de Navidad.

Sin embargo, puede que las respuestas sean estas otras:

  • Para investigar en mí.
  • Para aprender por el camino.
  • Para trasladar mis experiencias y conocimiento a los demás.
  • Para trascender mis conflictos.
  • Para pasármelo bien.

Estas motivaciones están más en la línea de lo que te puede aportar realmente la escritura de un libro. Y si además de esto ganas dinero, te haces famoso, te quieren, te admiran y pasas a la posteridad, pues oye, estupendo.

2. Que no se trata de un anhelo pasajero

Escribir un libro (de ficción, de ensayo o de lo que sea) es una tarea ardua que requiere constancia y resiliencia. Por muy intensamente que sientas el deseo de hacerlo, comprueba antes de ponerte que no se trata de un capricho.


Escribir un libro es una tarea ardua que requiere constancia y resiliencia. ¿Estás dispuesto a hacer renuncias en tu vida para abrir el espacio, el tiempo y la energía que hacen falta para un proyecto como este?
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Algo que te puede servir para saber si se trata de un anhelo pasajero o no es que te plantees a qué estás dispuesto a renunciar en tu vida para abrir el espacio, el tiempo y la energía que requiere emprender un proyecto de estas características. ¿Renunciarías a salir de copas? ¿A levantarte tarde los fines de semana? ¿A asistir a eventos familiares? ¿A procrastinar? ¿A quejarte de que no tienes tiempo? ¿A evadirte?

Si sientes en tu interior que sí, que estás dispuesto a renunciar a determinadas actividades o hábitos para poder afrontar el proyecto de un libro, lo más posible es que no se trate de un deseo pasajero.

3. Que tienes los conocimientos suficientes sobre la materia

Si vas a escribir un libro de ficción, estaría bien comprobar de antemano que la tarea está dentro de tus capacidades y limitaciones. Por ejemplo, si quieres escribir una novela histórica, tendrás que tener conocimientos específicos sobre la temática que vas a recrear; o si vas a escribir una novela intimista, tendrás que estar acostumbrado a bucear en tu propia intimidad.

Si vas a escribir un ensayo, tendrás que ser un experto en la materia de la que vayas a escribir, y asegurarte que tienes algo que aportar en ese campo. Estaría bien que te hayas leído lo que se haya escrito sobre ello en el mercado o, al menos, que tengas claro que tu enfoque del asunto es original e interesante.

4. Que tienes los conocimientos suficientes sobre cómo escribir un libro

Por último, ten en cuenta que escribir un libro (sea de lo que sea) requiere ciertos conocimientos técnicos, sean relacionados con la narrativa (en el caso de la ficción), con la redacción, con el estilo, con cómo estructurar la información, con la persuasión, etc.

Algunos de estos conocimientos puedes adquirirlos por el camino, pero conviene que partas de unos mínimos, porque si no, lo más posible es que te quedes atascado en los primeros pasos, y tengas la sensación de haberte internado en unas arenas movedizas que se te van tragando sin remisión.

Por ejemplo, si quieres escribir una obra de ficción (sea novela o libro de relatos) conviene que tengas ya bastante experiencia escribiendo narrativa y conozcas las técnicas literarias básicas. Y si deseas escribir una obra ensayística, más vale que tengas cierta experiencia a la hora de redactar, de organizar la información y de hacer que tu discurso se haga interesante para el lector.

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Una vez hechas estas comprobaciones, te sugiero que evalúes estas dos alternativas:

1. Deseo realizar este camino por mi cuenta y en soledad

El ser autodidacta es una opción muy respetable pero, de nuevo, conviene que te representes de antemano qué supondrá hacer este recorrido en soledad.

Algunas cosas que te puede venir bien tener en cuenta son:

  • Tendrás que buscar solución tú mismo a los bloqueos, inseguridades y dudas que te surjan por el camino.
  • Carecerás de la posibilidad de tener un feed back mientras dure el proceso.
  • Has de tener una voluntad de hierro y una disciplina a prueba de bombas si no quieres caer en las trampas del desánimo, la pereza o la dejadez.
  • Correrás el riesgo de estar escribiendo para ti mismo, y que tu texto se haga incomprensible o falto de interés para los demás.

La parte buena de realizar el camino en solitario es que puedes organizarte como mejor te parezca, que no dependerás de unos plazos dados que provengan del exterior y que te evitas la presión de que otros te lean y opinen hasta que termines tu obra.

2. Deseo realizar este camino en compañía

Puede que prefieras realizar este camino con acompañamiento. En mi opinión, esto facilita mucho las cosas, pues tener un sostén y una mirada externa hace que sean más fáciles de superar los obstáculos que surgen —por necesidad— en un proyecto de largo alcance.

Los beneficios de esta vía son las siguientes:

  • Te beneficiarás de la energía grupal. En un grupo con una buena dinámica, la energía creativa se multiplica, en beneficio de todos y cada uno de los participantes.
  • Los demás siempre verán cosas que tú no ves. Todos tenemos puntos ciegos, que solo los demás nos pueden señalar. Por otra parte, los otros nos pueden aportar ideas y nuevas perspectivas que no habríamos tenido en cuenta de estar solos.
  • Podrás salir más fácilmente de los bloqueos. Cuando te bloquees, los demás estarán allí para apoyarte y para ofrecerte posibles salidas que te ayuden a salir de la inmovilidad.
  • El aprendizaje será mucho mayor. Con la ayuda de alguien experimentado en la materia partirás de una base segura, avanzarás más rápido e irás con paso firme.
  • Tendrás una muestra de cómo llegará tu obra a los lectores. Tener un grupo de lectores que te digan honestamente cómo les llega lo que escribes a lo largo de todo el proceso de creación es un privilegio, como una especie de muestra constante de la repercusión que puede tener la publicación de tu obra.
  • No caerás en el error de mirarte el ombligo. Escribir es de por sí un oficio muy solitario, y es muy fácil caer en los autoengaños de la mente, que es como un laberinto de espejos. El estar con otras personas te asegura un vínculo constante con la realidad.

Después de todos estos planteamientos, seguro que tu corazón ya te está lanzando señales de si realmente quieres escribir un libro, si estás preparado para hacerlo y si prefieres afrontar ese proyecto en soledad o compañía.

Si tu corazón te dice que sí, quedaría aún una cuestión que resolver: ¿es este el momento de hacerlo? Para que la respuesta a esta pregunta te venga de forma natural, puede que te ayude plantearte estas cuestiones:

  • ¿De qué tiempo dispones? Si te vas a sumergir en la confección de un libro (y especialmente si este es de ficción) conviene que seas constante, al menos hasta que acabes el primer borrador. Es un proceso de inmersión en que los parones no son buenos. Asimismo, estaría bien que escribieses si no todos los días, sí al menos todas las semanas. Por último, cuando te sientes a escribir no tiene mucho sentido que estés media hora o una hora (ese es el tiempo que puedes tardar en coger carrerilla), sino un mínimo de dos horas. Teniendo estos mínimos en cuenta, podrás saber si puedes afrontar esta tarea en este momento o si puedes reorganizar tu vida para abrir el hueco necesario.
  • Nunca es el momento ideal. Para escribir un libro, como para tener un hijo, nunca parecen confluir los astros. A veces tenemos la tendencia no muy saludable de postergar las cosas que de verdad nos importan hasta encontrar «el momento ideal», un momento que —por supuesto— nunca llega. Si notas que te ocurre esto, yo te recomiendo ser un poco kamikaze y lanzarte a la tarea. A veces lanzarse a hacer algo es justo la forma en que abrimos espacio y tiempo para ello.

Espero que, si estabas preguntándote si escribir un libro, estos planteamientos te hayan ayudado a conectar contigo mismo y que la respuesta surja por sí sola.

Por último, te recuerdo que, si deseas escribir un libro (sea de ficción o de ensayo) en compañía, estaré encantada de acompañarte en la escritura del primer borrador a través del curso de ocho meses Escribe tu Libro YA, pensado para hacerte el trayecto más agradable y provechoso en un grupo de personas conscientes.

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Mi proceso personal en la meditación o la senda de los cangrejos https://escribirymeditar.es/mi-proceso-personal-en-la-meditacion/ https://escribirymeditar.es/mi-proceso-personal-en-la-meditacion/#comments Mon, 26 Sep 2022 19:25:27 +0000 https://escribirymeditar.es/?p=20611 La senda de los cangrejos

Te aviso de entrada, por si quieres dejar de leer: no soy un buen ejemplo a seguir.

Aunque quizá lo mejor que puedo ofrecerte es eso, que no soy un buen ejemplo a seguir, que he tenido —y sigo teniendo— todas las dificultades del mundo para avanzar en mi senda, como meditadora y como ser humano. En ese sentido te puedo decir que, si yo he podido continuar en el camino, tú también.

Creo que todo empezó cuando murió mi padre, en el año 1997. Yo tenía veintiocho años y, hasta entonces, había vivido en una pura fantasía mental, en la que todas las piezas encajaban a fuerza de control, presión y represión. Tenía en el escaparate de mi cabeza la maniquí de quién quería ser, y trataba de imitar a esa maniquí. ¡Y creía que yo era esa! Ahora me entra la risa. Aún no sé quién o qué soy, pero sé que no era esa que creía (y quería) ser.

Pero se murió mi padre, y todo se fue a la mierda. Porque en ese escaparate ordenadito, en el que todo encajaba a base de control y fantasía, las personas no se morían de verdad. Y mi padre se murió de verdad: lo ingresaron en el hospital un día con los pulmones destrozados sin que nadie supiera por qué, lo sedaron al cabo de una semana, y murió después de un mes. Yo creo que se murió de tristeza. Y todo se fue a la mierda. Mi familia, mi maniquí y yo. La vida se convirtió en una mala película en blanco y negro, en la que a la protagonista (que era yo pero que no era yo) no hacían más que pasarle mierdas imposibles de integrar.

En el año 1999 me pasó algo horrible que me fragmentó todavía más, pero también me enamoré de una forma en que nunca lo había hecho: a corazón abierto y sin casco protector. Me asusté tanto que empecé a ir a un psicólogo, pensando que iba porque me había enamorado locamente y descubriendo, un año después, que en realidad iba por otros asuntos que había enterrado en lo más profundo de mi ser y que, entre otras cosas, me impedían sostener una relación de intimidad con nadie (conmigo misma la primera). Desde entonces y a lo largo de estos veintitrés años, he tenido cuatro terapeutas diferentes, pero nunca he soltado ese asidero a la realidad, sin el que sé que mi mente se desharía en hebras de disociación.


Mi segundo terapeuta me dijo que meditara quince minutos al día y me enseñó cómo hacerlo. Para mí fue una especie de desvirgamiento mental
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En el año 2001 tomé contacto con la meditación por primera vez, a raíz de que mi segundo terapeuta me dijera que meditara quince minutos al día y me enseñara cómo hacerlo. Para mí fue una especie de desvirgamiento mental. Hasta entonces, nunca había reparado en que mis pensamientos no eran la realidad. Me los tragaba todos, cada uno de ellos, por descabellado que fuera. Y si en un momento pensaba algo y en otro momento lo contrario, yo daba la vuelta al mundo en un instante para adaptarlo a lo que pensaba. Y así segundo a segundo. Verlo en directo en mis sesiones de meditación fue todo un shock. ¡Era de locos! Yo estaba muy asalvajada, pero una cosa me salvó: la curiosidad. Una vez que vi lo que vi, no me quedaba más remedio que seguir investigando.

Así que, tumbada en una camilla, le pregunté a mi osteópata si conocía a alguien que enseñara meditación. Y ella me habló de una lama española que parecía ser que adaptaba muy bien las enseñanzas budistas al contexto occidental y que, casualmente, daba un curso en Salamanca unas semanas después. Y allí que me fui. Así conocí a la que todavía es mi maestra, y que lo será hasta que me muera. Cuando la escuché por primera vez sentí dos cosas: una fue que me hablaba solo A MÍ (como si no existieran las cien personas que tenía alrededor); la segunda fue que aquello de lo que hablaba (o que transmitía por debajo de las palabras, más bien) era lo que yo había estado buscando siempre sin saberlo.


Escuchaba a mi lama en los retiros y se me derretía el corazón, pero me ponía a meditar en mi casa y me convertía en un bloque de cemento
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Y así, proviniendo de una familia intelectual, comunista y atea, me hice budista. O, mejor dicho, me hice practicante de meditación, porque el budismo no es otra cosa que eso. Al principio me tomé la meditación como estamos acostumbrados a tomárnoslo todo en esta sociedad, con un objetivo (en este caso, iluminarme) y una serie de pasos que había que ir cumplimentando como quien va salvando créditos en una carrera universitaria, de la misma forma exactamente que monté por aquella época una empresa, la Escuela de Escritores.

Escuchaba a mi lama en los retiros y se me derretía el corazón, pero me ponía a meditar en mi casa y —¡qué casualidad!— me convertía en un bloque de cemento, tratando de atravesar las sesiones con la mente en estado de sitio, fulminando de antemano cualquier cosa que se moviera. Cada segundo se hacía eterno y aquello era agotador. Pero luego me felicitaba porque había cumplido un día más, porque muy pronto, seguro, me darían el diploma del despertar.

No sé en qué momento me di cuenta de que por ahí no iban los tiros, pero debió de ser pasados unos cuatro o cinco años.

En la meditación era incapaz de mantener la atención en la respiración más de dos minutos seguidos sin distraerme, y esa falta de control me ponía histérica. En mi vida paralela me casé y tuve dos hijos. Y empecé a pasarlas muy putas. Todo —como en la meditación, ¡qué casualidad!— se me iba derrumbando, y no podía hacer nada para mantenerlo en pie. Hasta tuve que dejar la dirección de la empresa que yo misma había creado. 

En esa época fue cuando un día le dije a mi maestra que tenía la sensación de ir hacia atrás en lugar de hacia delante. El barco hacía aguas por todas partes y, por más parches que pusiera, aquello se hundía sin remisión. Antes me creía una buena persona, con cualidades y valores, pero cada vez veía con mayor claridad mi falta de generosidad, mi dependencia, mi manera de manipular a los demás, el daño que hacía a quienes me rodeaban, el daño que me dejaba hacer y el que me infligía a mí misma… Yo sabía que lo de antes era un autoengaño, pero, ¿cómo solventar la desesperación del naufragio y de esa marcha atrás? Mi lama me dijo (como siempre me solía decir en las entrevistas) que eso era una buena noticia. Y que en realidad iba muy bien, solo que mi mirada crítica y exigente me hacía ver lo que me ocurría con un sesgo negativo que no tenía de por sí. Ese día descubrí algo importantísimo: estaba tiñendo la experiencia con el color de mis tendencias, y estaba tomando esa distorsión por la realidad.

Eso me llevó a dudar de todo.

Debía de correr el año 2010, y durante mis sesiones de meditación ya no trataba de controlar la situación, así que aquello era un caos morrocotudo con el que no sabía qué hacer: el soporte por un lado, la apertura por otro, los pensamientos como colibríes chupando el néctar de mi calma… También —¡qué casualidad!— dejé de controlarlo todo en mi vida, así que no me quedó más remedio que admitir la pantomima en la que estaba representando el papel de «vigilante de la playa». Me abrí de nuevo al amor y me separé de mi marido, con la ayuda de mi tercer terapeuta. El día que me quedé sola con mis dos hijos de cuatro y cinco años en aquella casa enorme e hipotecada fue el más triste de mi vida, pero también me sentí, por primera vez, un poquito auténtica.


Mi proceso personal en la meditación o la senda de los cangrejos
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En el 2011 vendimos la casa y me fui a vivir de alquiler con mi nuevo amor resplandeciente, mientras mi ex y yo nos pasábamos a los niños del uno al otro como pelotas de ping pong. Empecé a realizar la práctica de los Preliminares (Ngöndro), y todo en mi vida empezó a ir a cámara rápida. A principios del 2012 descubrí que convivía con un alcohólico y casi se puede decir que escapé aterrorizada de aquella casa para empezar una nueva vida de soledad, en la que comencé a reconstruirme, por fuera y por dentro. La meditación se convirtió en aquello que mi hijo pequeño (que en aquel entonces tendría siete años) definió a la perfección de esta manera: «mamá medita para no estar peor de lo que está». Es decir, seguía en la senda de los cangrejos, dándome cada vez más cuenta de lo mal que estaba, aunque todavía trataba de luchar contra ello.


Mi proceso personal en la meditación o la senda de los cangrejos
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En esa casa pasé cinco años (hasta el 2017), la mitad del tiempo con mis hijos, la otra mitad sola. En mi meditación pasaron cinco siglos. Mi egocentrismo (¡pero para mí era mi vida!) seguía despeñándose. El maestro Chögyam Trungpa decía: «Tengo dos noticias para ti, una mala y otra buena: la mala es que estás en caída libre; la buena es que no hay suelo». Esa sensación tenía, la de caída libre. También, alguna cosa buena tenía que tener, empecé a «sentir». Con mi cuarto y definitivo terapeuta no hacía más que llorar, y mis meditaciones eran desgarradoras, parecían una obra de García Lorca. Era tanta la intensidad del oleaje que no había forma de mantenerse en la tabla de surf del soporte.

En esa época abandoné definitivamente mi trabajo como profesora en la Escuela de Escritores, la empresa que había fundado doce años atrás y que había ido perdiendo a pedazos. Volví a empezar de cero laboralmente, dando talleres por mi cuenta. En el 2015 fundé una editorial. También me formé en psicología contemplativa y me volví a enamorar, más a lo bestia que nunca, toma ya. Caía en picado. Qué miedo y qué vértigo. El amor de mi vida me abandonó un año después. Más miedo y más vértigo. Pero también renací de las cenizas, me saqué el carné de conducir, me fui con mis hijos a París y empecé a impartir cursos de Escritura y Meditación.


Tienes que estar mínimamente abierta para poder asimilar que estás nadando en una piscina llena de mierda. Y tienes que ver que estás en una piscina de mierda para poder salir de una puñetera vez y darte una ducha.
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En 2017 la editorial se fue a pique, fundé Escribir y Meditar y me volví a mudar, a un barrio peor y a una casa mejor. Exactamente igual que en mis meditaciones —¡qué casualidad!—: mi mente empezaba a convertirse en un lugar más acogedor y habitable... mientras que veía un extrarradio bastante aterrador, lleno de torres de alta tensión. «Notad el ambiente —nos decía mi maestra— y daos cuenta de los pedos debajo de la colcha». Aludía a una película en la que la protagonista y su novio disfrutaban en la cama tapándose con la sábana y tirándose pedos. Tienes que estar mínimamente abierta para poder asimilar que estás nadando en una piscina de mierda. Y tienes que ver que estás en una piscina de mierda para poder salir de una puñetera vez y darte una ducha. A mí la ducha todavía me quedaba lejos, pero empezaba a oler la mierda… y a darme cuenta de que era totalmente adicta a ese asqueroso olor.

En 2018 estaba preparada para asimilar lo que salió en una sesión con mi terapeuta: estaba traumatizada hasta las trancas, y eso afectaba a mi sistema nervioso, a mi respiración, a mi intestino, a mi tensión arterial, a mi cerebro, a mis emociones… en realidad a toda mi persona. Una vez visto, ya sabes, no hay marcha atrás. Así que me arremangué y me puse a investigar qué fallaba en mi cableado. En la meditación, empecé a entender el porqué de esa tensión que nunca se iba de mis mandíbulas, de mi garganta, de mis trapecios y de mi cráneo. Empecé a sentir un pitido permanente en los oídos; no es que antes no estuviera, es que lo empecé a sentir. Empecé también a reconocer la ira congelada en mi corazón desde tiempos sin principio.

Después vino la pandemia. Después vino un cáncer y otro abandono, de la misma persona que me había abandonado tres veces. Entretanto mis miedos más profundos —los del feto, el bebé y la niña traumatizada que fui— salieron a flote y los pude sostener, a veces hasta los pude abrazar. En la meditación —¡qué casualidad!— mi relación con el espacio y el soporte se hizo más sedosa, menos corrosiva. La hondura de lo que iba viendo —de lo que antes no estaba preparada para ver— estaba en íntima relación con mi capacidad para abrir el corazón ante ello. Pero la sensación, siempre, era la de ir hacia atrás, como los cangrejos.

A día de hoy, a finales del 2022, veinticinco años después de la muerte de mi padre, el miedo no es tan insoportable pero sí más palpitante. El abandono me encharca el corazón, pero no me convierte en víctima. El dolor no me hace rasgarme las vestiduras.

Cuando me siento a meditar cada día, profundizo en la enormidad de mi tensión, la asumo como un elemento más en el espacio, y me monto en la tabla de surf del soporte, galopando las olas y aprendiendo a caerme cada vez más y mejor, o peor, yo qué sé, y qué más da.


El otro día se lo comentaba a alguien:no me gusta meditar. Pero el hecho de que las cosas me gusten o no me gusten, ya no tiene ninguna importancia.
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El otro día se lo comentaba a alguien: no me gusta meditar. Llevo veinte años haciéndolo cada día y no me gusta. Pero el hecho de que las cosas me gusten o no me gusten, me apetezcan o no me apetezcan, ya no tiene tanta importancia. Lo que me importa es la certeza de que, de no ser por la meditación, mi vida sería una auténtica estafa. Y ahora no lo es. No lo es. No sé todavía lo que es, ni quién soy, pero cada vez me siento más cerca de mis gatos o de una planta o de un ser humano. Y sigo yendo hacia atrás, en esta senda de los cangrejos, borrando las huellas en la arena del camino equivocado, para que otros no se confundan con ellas, desenmarañando esa enorme mentira en la que vine al mundo ya enredada.

No sé si te sirve, porque esto es muy personal y nada fácil, porque soy lo más opuesto a una meditadora ejemplar que te puedas encontrar. Pero es lo que hay, y quizá por ser lo que hay ya tenga algún valor. No lo sé, pero yo lo escribo, por si acaso.

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