fbpx

Blog

LA COLMENA- De Noelia Álvarez Díaz

la colmena de abejas escritoras

Autora: Noelia Álvarez Díaz

Estoy lavando un envoltorio hecho de cera ecológica. Mientras lo hago, rememoro con una media sonrisa aquella vez que escribí a los nueve años un relato sobre una abeja viajera porque mi abuelo, que había sido apicultor, siempre me estaba hablando de ellas. Estuve un viernes por la noche escribiendo en la cama con un boli Bic en una hoja medio arrugada que había arrancado de un cuaderno. El sábado por la mañana me levanté temprano, cuando mi padre acababa de irse a trabajar, y fui corriendo a la habitación donde dormía mi madre. Me metí en la cama, impaciente por leerle mi relato, e intenté despertarla varias veces dándole golpecitos en el hombro, pero ella se hacía la remolona igual que lo hacía yo cuando tenía que ir al colegio. Le dije que quería leerle una historia que había escrito y le mostré el papel. Sin embargo, ella, aunque me miró un instante, cogió la sabana, se la echó sobre la cabeza y se dio la vuelta. Suspiré fastidiada y salí de la cama a toda deprisa y corrí a mi habitación. Me senté orgullosa en el suelo y me leí el relato en alto una y otra vez. Después lloré tanto que los ojos me escocían de la misma forma que cuando me caía champú.

Me senté orgullosa en el suelo y me leí el relato en alto una y otra vez. Después lloré tanto que los ojos me escocían de la misma forma que cuando me caía champú.

A lo largo de mi vida me han preguntado en varias ocasiones cuándo empezó mi interés por la creación literaria. La primera vez fue en un taller de escritura, en mi juventud. Conté que los dibujos de la abeja Maya, que estaba viendo aburrida en el sofá una tarde de verano cuando tenía siete años, me inspiraron para escribir una breve historia sobre una abeja huérfana que buscaba abejas en otras colmenas con las que poder chocar el aguijón y hacer panales de cera. Lo escribí un viernes a escondidas en la clase de matemáticas, justo debajo de una raíz cuadrada. Se lo leí ese mismo día a mi madre mientras comíamos en la cocina y me escuchó tan ensimismada que se echó demasiado tomate en los espaguetis y me dijo que me compraría un cuaderno nuevo para que siguiera escribiendo historias tan originales. Me fui corriendo a mi habitación, me senté en el suelo y me leí el relato en alto una y otra vez. Después me reí tanto que tenía agujetas en los mofletes.

Me fui corriendo a mi habitación, me senté en el suelo y me leí el relato en alta una y otra vez. Después me reí tanto que tenía agujetas en los mofletes.

En la universidad conocí a un chico que tenía en común conmigo la pasión por la lectura y la escritura. En una de nuestras primeras citas me preguntó si recordaba qué era lo primero que había escrito y le narré emocionada y con aspavientos, como si llevara todo el tiempo esperando esa pregunta, que cuando tenía ocho años, mientras chapoteaba en la piscina del pueblo me picó una abeja en el dedo gordo de la mano izquierda. El dedo se inflamó y me dolía como si me fuera a morir, por lo que dejé de nadar y me senté bajo la sombra de un olivo a escribir un poema sobre una abeja que atacaba a sus compañeras y a la que echaron de la colmena. Cuando lo terminé se lo llevé a mi madre, que estaba en una hamaca charlando con una vecina. Mi madre no quiso leerlo pero la vecina sí. Deseaba leerlo por la noche a Samuel, que era su hijo y también muy testarudo, como la abeja. Saqué una de mis mejores sonrisas y se lo regalé. Regresé a mi rinconcito a la sombra del árbol. Recité el breve poema en alto varias veces para no olvidarlo y volver a escribirlo. Después aplaudí tanto por mi éxito literario que olvidé que una abeja me había picado y me dolía el dedo.

Me fui a mi habitación y me senté en el escritorio a releer mi relato en alto. Después lo taché hasta romper el papel, lo arrugué y lo tiré a la papelera.

Recuerdo también a mi amiga Alba, del instituto, que siempre andaba sorprendida con mi capacidad imaginativa. Y un día le desvelé mi secreto, casi susurrando, porque estábamos tomando un batido en un bar y no quería que nadie descubriera mi pócima mágica. Le conté que todo empezó cuando tenía once años. Había ido de excursión con el colegio a una feria apícola en Pastrana y había comprado miel para mi abuela y la había guardado en la mochila. Pero no tuve cuidado, golpeé la mochila y rompí el tarro dejando todo pringoso. Saqué mis objetos personales más importantes y tiré todo lo demás a la basura. Cuando llegué a casa, a mi madre no le dije lo que había pasado, sino que decidí confesarlo mediante un relato. Por la noche escribí uno sobre una abeja torpe que rompió un panal y se quedó llena de cera por todos lados y cómo intentó ocultarlo sin éxito al resto de abejas. Mi madre lo leyó al día siguiente, mientras tomaba un café con leche, y lo único que hizo fue mirarme atónita, devolverme el cuaderno y decirme que lo que yo tenía era muchos zumbidos en la cabeza y que menudas tonterías escribía. Me fui a mi habitación y me senté en el escritorio a releer mi relato en alto. Después lo taché hasta romper el papel, lo arrugué y lo tiré a la papelera.

El sonido del móvil me trae de vuelta al presente. Sigo con el envoltorio. Miro el móvil. Es Elsa. Necesita hoy mismo mi reflexión para el blog. No tengo claro aún si enviarle el primer cuento que escribí con diez años para un concurso de relatos que anunciaban en la biblioteca. Trataba sobre una abeja escritora que fundó una colmena con otras abejas escritoras que querían aprender a escribir. Lo escribí una tarde que mi madre me castigó sin salir a jugar a la calle por arañar la cara a mi hermana pequeña. Se lo di a leer para ver si así me perdonaba el castigo. Me miró y me dijo con una seriedad militar que, por supuesto, continuaba castigada toda la semana. Sorprendentemente, fue algo que me alegró, porque me pasé esa semana dedicada a la escritura y ya nunca la abandoné.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp

9 comentarios en «LA COLMENA- De Noelia Álvarez Díaz»

  1. Noe, me ha encantado. Son muchos relatos en uno. Me he sentido muy cercana de alguna de esas niñas, pero sobre todo me he descubierto abeja.
    Un abrazo
    Sole

    Responder
  2. Nokia. Muy bonito tu relato. Tiene mucha ternura. Es muy dulce. Y tu eresesas abejitas que no cesan de hacer miel igual que tu haces relatos. Muy bonito. Te felicito.

    Responder
  3. Simplemente, magnífico.
    Mis felicitaciones de todo corazón.
    Me siento una obrera en esa colmena. La abeja reina se llama Isa, verdad?
    Abrazos

    Responder
  4. Noelia, he disfrutado de tu frescura y rica imaginación. Siento tu curiosidad y admiración por las abejas a quienes les otorgas un papel de maestras y compañeras de momentos claves de tus experiencias. También podemos conocerte y conocer a tu madre siempre presente, a veces dispuesta a sorprenderse, otras guardada entre sus cosas. La ternura y sensaciones que me despertaron tu relato me llevaron de este momento actual a los recuerdos de mi infancia.

    Responder

Responder a Matilde Martínez Amores Cancelar la respuesta

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños

¿Quieres conocer mis cursos?

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños