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Las invenciones de tu intelecto

1 de marzo de 2020

Una de las razones por las que odio ponerme enferma es que eso me hace residir indefectiblemente en mi cuerpo, me lleva a conectar con él a la fuerza. La siguiente pregunta es obvia: ¿y dónde diablos me encuentro cuando no estoy enferma?

¿Dónde me encuentro cuando no estoy enferma?

Con la meditación me pasa lo mismo que cuando me pongo enferma: tengo que estar ahí sentada, habitando mi cuerpo, sin nada más que hacer que respirar y ser consciente de mi respiración. Es aburrido, es tedioso, no se corresponde con mis ansias de superación. Esa normalidad y monotonía no es lo que yo voy buscando, así que mi mente trata como loca de encontrar en algún lugar distinto de esa monotonía todo el glamour y la intensidad que le está faltando a la experiencia.

Lo que ocurre es que, igual que en algunos momentos he podido llegar a ver la enfermedad como una bendición, precisamente porque me hace salir de la vorágine del día a día y me conecta con el cuerpo (que buena falta me hace), gracias a la práctica de la meditación he podido llegar a ver con claridad cómo se las apaña mi intelecto para rellenar todos esos huecos de mi vida que no me convencen o no encajan con lo que yo quiero, y cómo ese mecanismo me hace vivir fuera de mí.

Cómo escapar de una granítica realidad

Desde niña he recurrido a mi imaginación para hacer un trabajo de reconstrucción muy laborioso con una vida más bien insípida, deprimente y falta de afectos. Y es que hacía falta muchísima habilidad para convertir lo que me iba sucediendo, que estaba en el otro extremo de lo que yo deseaba, en todo un mundo de potencialidades brillantes que, aunque se iban postergando indefinidamente, brillaban con mucha más validez, para mí, que la granítica realidad.

Fui creciendo, y esa capacidad se fue haciendo más y más sofisticada. Me acostumbré a vivir sin tocar el suelo ni, por supuesto, a las personas que me rodeaban. Como quien está soñando, escogía algunos elementos casi aleatorios de mi vida y construía alrededor de ellos —ayudada por la literatura y el cine— toda una fortaleza romántica que me protegiese de lo que, de hecho, estaba sucediéndome.

Me acostumbré a vivir sin tocar el suelo ni a las personas que me rodeaban. Escogía algunos elementos aleatorios de mi vida y construía a su alrededor una fortaleza romántica que me protegiese de lo que sucedía de verdad Clic para tuitear

Y supongo que ahí seguiría, volando por las alturas, si en un momento dado (propiciado por la muerte de mi padre) no me hubieran fallado las alas y no hubiese empezado a estamparme, periódicamente, contra el suelo. La frecuencia de los porrazos se incrementó especialmente al introducirme en la práctica de la meditación, y se ha multiplicado con el paso del tiempo, de manera que ya casi no me da tiempo a levantarme del suelo cuando me vuelvo a encontrar tirada en él.

Durante mucho tiempo mis pretensiones y mis fuerzas se concentraron, como es lógico, en fabricarme acolchamientos, paracaídas, trenes de aterrizaje y todo tipo de artilugios para no hacerme tanto daño con los trompazos. Traté de convertir la meditación, de hecho, en un colchón mullidito donde caer en blando y soñar a gusto por toda la eternidad.

Traté de convertir la meditación en un colchón mullidito donde caer en blando, pero cada vez se desencadena más rápido y fuerte una descarga eléctrica de realidad que me cuestiona dónde estaba antes Clic para tuitear

De hecho, sigo tratando de hacerlo cada vez que me siento a meditar. Lo que pasa es que cada vez se desencadena más rápido y más fuerte una descarga eléctrica de realidad que me hace preguntarme no por la forma más rápida y eficaz de protegerme contra ella, sino por dónde demonios estoy viviendo cuando no toco el suelo ni habito mi cuerpo. Y ahí es cuando he pillado a mi mente in fraganti o, mejor dicho, mi mente se ha pillado a sí misma in fraganti, en todo ese proceso de rellenado y reconstrucción con que —como una cuadrilla de eficientes albañiles— trata de montar, de algo tan normal como estar sentada y respirar, un palacio elegante y laberíntico lleno de falsas realizaciones.

Las filigranas del intelecto también se cuelan en la escritura

Recordé que uno de los errores en que suele caer un escritor principiante es representarse sofisticados planos de significados superpuestos que, trasladados al papel, se convierten en una sucesión de lugares comunes y chatos, caducos y sin brillo. No es fácil llegar a entender que las filigranas de nuestro intelecto distan mucho de la experiencia extremadamente real de la buena literatura, porque nuestra experiencia presente es, al fin, lo único que podemos compartir con el lector. Lo que se tira buscando un escritor honesto toda su vida es esa instantánea simplicidad.

Con la meditación pasa lo mismo. Cuando empiezas a meditar, das rienda suelta a las filigranas de tu intelecto para que configuren tu práctica, con lo que solo puedes alcanzar una simplicidad impostada y banal, como un techo con molduras que tratan de ocultar que los techos son, al fin y al cabo, techos.

La práctica de la meditación me enfrentaba con una realidad poco agradable, y en esos momentos invocaba a mi maestra, como una niña indefensa llama a su mamá para que la proteja de la dureza del suelo Clic para tuitear

Descubrir esto a través de la experiencia no fue agradable. Me hizo sentirme poquita cosa, nada del otro mundo, una más entre tantos otros ahí sentada, llevando la atención a mi respiración. No quería por nada del mundo estar donde estaba, sentirme como me sentía ni aceptar que yo era un puntito más entre la inmensidad de puntitos que se encendían y se apagaban en el universo. En esos momentos era cuando invocaba a mi maestra con todas mis fuerzas como una niña indefensa llama a su mamá. Ella era la única que, en esos momentos de desesperación, me inspiraba confianza para ampararme en ella de corazón, con el deseo intenso de heredar su entereza y poder afrontar ese suelo tan duro, tan áspero, y echar a andar por él poquito a poco, de su mano.

Solo después de muchos años empiezo a apreciar los beneficios de las descargas eléctricas, de las enfermedades o del tedio de estar sentada día tras día llevando la atención a la respiración, o sea, de estar aquí y ahora, al ver que mis limitaciones y mis alas fallidas son a la vez las que me permiten contactar con la realidad, que ese sentirme poquita cosa es, justo, lo que me une a todas los demás seres, que la enfermedad es una bendición sin la que no habría sentido tampoco los rayos del sol en mi piel, o que el hecho de meditar y dedicar el mérito me acostumbra al menos a abrir el puño, normalmente cerrado por la avaricia y el miedo a la entrega, lo que a su vez me permite mostrarme amable con el dependiente del supermercado o dar un abrazo a alguien que llora.

Las descargas eléctricas ya tienen bondades para mí: hacerme estar aquí y ahora, conectarme con los demás, y abrir el puño, dejando atrás la avaricia y el miedo a la entrega Clic para tuitear

Es poca cosa, pero al menos tiene la cualidad de estarme pasando de verdad, no como esas hechizantes filigranas del intelecto en las que se me iba la vida como un suspiro.

Para mí, ahí radica la importancia de tener un maestro. Tantas veces he sentido la imposibilidad de recorrer sola este camino al que mi ego tiene tanto miedo y tan identificada como me encuentro con él, que ¿de dónde iba a sacar el valor, sin mi maestra, para reconocer las descargas eléctricas o los trompazos contra el suelo como el punto justo de claridad en que he de ir abriéndome y abandonándome?

Y en la medida de mis grandes limitaciones, es mi aspiración ser un canal para que otras personas puedan llegar a experimentar este cambio de punto de vista que te permite renunciar a las bellas pero irreales invenciones de tu intelecto y convertir, así, las adversidades (o lo que tú en un principio consideras como adversidades) en camino.

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Si deseas experimentar los beneficios de la escritura y la meditación, hasta el día 4 de marzo puedes inscribirte al Minirretiro de Escritura y Meditación que impartiré en Madrid el sábado 7 de marzo de 2020. Tengo muchas ganas de compartir contigo :-).

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6 comentarios en “Las invenciones de tu intelecto”

  1. Hola Isabel

    Cada vez encuentro más sentido a esta frase de John Lennon:

    ‘La vida es eso que pasa mientras haces otro planes’

    Está bien eso de tener foco y planificación, pero la vida es otra cosa.

    Un abrazo

    Responder

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