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Mi primer retiro de meditación online

10 de agosto de 2020

 

Desde el año 2003 llevaba reuniéndome dos semanas en agosto con mi grupo de meditación y mi maestra en Ávila. Ver y abrazar a mis compañeros y a mi lama, compartir sala y comidas, salir a tomar algo a las murallas por las noches, preparar la fiesta de despedida… Renunciar a todo eso y tener que realizar el retiro «online» hacía este verano más extraño todavía.

Si tratas de explicar o mostrar las experiencias vividas en la meditación, lo más posible es que las conviertas en cadáveres. Clic para tuitear

Es muy difícil contar a alguien que no lo haya vivido lo que es un retiro de meditación… y más todavía un retiro «online» de meditación. Es una experiencia que no se puede «mostrar» a través de acciones o elementos tangibles, a través de aquello que creemos que pasa u ocurre en la realidad o el mundo exterior. Cuando hablamos de meditar, hablamos de experiencias internas e intangibles, y si tratas de expresarlas, lo más posible es que las conviertas en cadáveres.

Y, sin embargo, el retiro online no ha sido en absoluto insulso, abstracto ni intelectual, como podría suponerse, sino muy vívido y experiencial.

La experiencia vivida en el retiro online

Fue la primera semana de agosto, durante cuatro días, mañana y tarde. Antes de la primera sesión, me preparé mi rinconcito, enfrente del altar. Tuve que buscar un alargador para que llegara hasta allí el cable del portátil, poner una mesa baja frente al cojín para colocar el ordenador y el cuaderno; mis gafas, el reloj, todo a punto. Fue un ritual parecido al de cuando llegaba a la residencia de Santo Tomás, en Ávila, e iba a la sala a preparar mi huequecito para pasar allí esos días reparando mis circuitos mentales con la ayuda de mi maestra y mis compañeros. Lo mismo, pero en mi propia casa.

Una vez habilitado el espacio, me dispuse ante el ordenador con talante pasivo, como cuando vamos a escuchar una vídeoconferencia. Alguien habla, yo escucho y saco mis conclusiones, que me servirán o no para mi vida. Pero las cosas no funcionan así con la meditación, ni tampoco con mi maestra. Enseguida se las apaña para que tú mismo seas el prota y el foco de atención. Su efecto «espejo» no se ha enturbiado lo más mínimo por la distancia. Yo diría, de hecho, que el espejo estaba más bruñido que nunca.

Las sesiones de meditación han sido muchas y largas, pero con instrucciones muy precisas sobre aquello en lo que nos teníamos que fijar, que era justo aquello en lo que normalmente no reparamos. Todo el retiro ha estado dedicado a descorrer el velo de la ignorancia. Sí, ese que todo lo cubre sin que nos demos cuenta. Para que veamos cosas que nuestros hábitos ancestrales llevan ocultándonos toda la vida, mi lama comparó la situación con una peli de espías, en que la ignorancia es el hombre misterioso con sombrero gris que está siempre en la penumbra, mientras que el apego es la espía seductora que nos quiere encandilar con sus encantos; ambos espías están en el mismo bando, y nosotros hemos de realizar el contraespionaje para descubrir sus tretas y ponerlos a nuestro favor.

Mi maestra habla de pedos debajo de la colcha, del efecto margarita, del mar de plástico, del huevo frito, del bizcochito mojado en leche, mil metáforas que nos ayudan a identificar nuestros estados mentales. Es como una maga. Clic para tuitear

Mi maestra también habla de pedos debajo de la colcha, del efecto margarita, del mar de plástico, del huevo frito, del salto a la vaca, del bizcochito mojado en leche y de mil metáforas más que nos ayudan a identificar nuestros estados mentales. Es como una maga, nos engatusa dibujando con sus dedos una imagen atractiva en el aire mientras con la otra mano nos abre de cuajo el corazón.

Los escenarios ficticios de mi mente

En este retiro he descubierto que mi mente, mientras medito, crea continuamente escenarios ficticios en los que yo rara vez reparo y que, sin embargo, condicionan y tiñen totalmente mi experiencia.

En la primera sesión cierro los ojos, y el espacio a mi alrededor se hace gris y desvitalizado como el escenario de las obras de Samuel Beckett; en el medio hay un cubo de basura, y yo vivo en él esperando a un Godot que ni en mil vidas llegará; cuando estoy ahí, pienso que nunca soy capaz de abrirme lo suficiente ni mis experiencias meditativas tienen ni una gota de interés, envuelta como estoy de peladuras de manzana y raspas de pescado. Puedo estar así mucho tiempo, llevando la atención a la respiración de una forma apática, sin darme cuenta del paisaje de pobreza en el que me encuentro. Estoy tan inmersa en él, tan embebida, me lo creo tanto, que no me percato de que mi experiencia está totalmente contaminada por él. Permanezco ahí hasta que se acerca el camión de la basura con su trituradora y descubro que el conductor lleva un sospechoso sombrero de ala gris.

En vez de asombrarme del poder necesario para congelar un océano entero, clavo un hacha de guerra en el bloque de hielo de mi corazón, que sale despedido en mil pedazos mientras que yo, vuelvo llevar la atención de nuevo al soporte… Clic para tuitear

En vez de apreciar esa maravillosa capacidad creativa de mi mente para montar escenarios portentosos entre bambalinas, me frustro, doy una patada a esa escena repulsiva y alzo a mi alrededor la coraza de la ira, introduciéndome sin darme cuenta en un territorio glacial en que todo está controlado y congelado. Estrangulo al soporte de la respiración con mis dos manos hasta dejarla convertida en un hilillo de aire que apenas se atreve a pasar por mis fosas nasales y en el que clavo férreamente mi atención. Al cabo de un rato empiezo a notar cierta incomodidad, dolor en la espalda y las mandíbulas, el aire que no me llega a los pulmones, el corazón endurecido, una actitud altiva que congela cualquier pensamiento antes de que pueda surgir, un frío de muerte… Hasta que caigo en la cuenta de que estoy en el puñetero Polo Norte y que el misterioso hombre de la penumbra —disfrazado esta vez del Yeti— me la ha vuelto a jugar. En vez de asombrarme del poder necesario para congelar un océano entero, clavo un hacha de guerra en el bloque de hielo de mi corazón, que sale despedido en mil pedazos mientras que yo, aplicada, vuelvo llevar la atención de nuevo al soporte de la respiración.

Y no me doy cuenta de que, por el camino, me he quedado sin corazón, sin confianza, sin alegría de vivir. El paisaje se ha vuelto árido y rocoso, parecido a la superficie lunar. Nada es como tendría que ser porque soy incapaz de hacer nada bien. Tanto tiempo practicando para qué, está claro que nunca llegaré a meditar bien, si no sé ni llevar la atención a la respiración. Seguro que hay una forma mejor de hacerlo, ¿por qué me empeño en seguir practicando algo para lo que no valgo en absoluto? Entorno los ojos, y veo a mis compañeros en sus cuadraditos del zoom, ellos sí que saben, están donde tienen que estar y no en la luna, como yo. Y zas, ahí me doy cuenta de que el hombre de las sombras, vestido de astronauta, ya ha plantado su bandera extranjera en mi territorio.

Sin haber sabido disfrutar de mi paseo por la mismísima Luna, borro compungida la pizarra de mi mente —como una niña que ha hecho mal las sumas— y vuelvo a poner la atención en el soporte con la cabeza gacha, mientras me hundo poco a poco en las aguas estancadas de la melancolía. Con cada inspiración los pulmones se me llenan de agua y tengo muchas ganas de llorar. Nadie me quiere ni vendrá a salvarme de la tristeza y el aislamiento. Con todo lo que yo me esfuerzo… La meditación no se acaba nunca, y yo me quiero morir. En el fondo hago todo esto para sentirme querida, ¿pero quién va a querer a esta pobre impostora que finge llevar la atención al soporte mientras se asusta de las algas y las feas carpas del pantano? Pero esa carpa… esa carpa tan grande y tan gris me recuerda a alguien… ¡Es el hombre misterioso!

Y entonces oigo la voz de mi lama que dice: «¿Dónde está tu mente ahora?». Y me pilla pero que bien empantanada, sin escapatoria. Pero entonces dice: «No menosprecies la experiencia. Aplica la apreciación». Y me vuelve a pillar in fraganti, claro. Por un instante se abre el entendimiento como si fuera un telón y soy capaz de apreciar el magnífico espectáculo que me provee mi propia mente, mientras yo busco reflejos de fuegos artificiales en el agua del retrete. Soy yo misma la que mato la experiencia, buscándola siempre en otro lugar, cuando a cada instante el espectáculo de la consciencia está asegurado. En ese instante, me acerco al hombre gris por sorpresa, le quito el sombrero y le doy un beso en la calva. Del susto que se pega, se desvanece en mil gotitas insípidas que flotan en el espacio infinito y luego desaparecen.

Gracias a las indicaciones de mi maestra he podido vislumbrar los paisajes antes ignorados de mi mente, me ha permitido entender que esas experiencias internas no son distintas de las que considero externas, toda la vida se… Clic para tuitear

Cuando me quiero dar cuenta mi maestra ha tocado el cuenco y me ha vuelto a pillar en las nubes. Pero estas experiencias, gracias a sus indicaciones, han logrado reconciliarme con mi mente dispersa e imaginativa, llena de paisajes, texturas y personajes intrigantes. No paro de agarrarme a lo que me gusta y escapar de lo que no me gusta, pero haber podido vislumbrar —gracias a mi amigo del sombrero gris pero, sobre todo, a mi maestra, que me lo señala— los paisajes antes ignorados de mi mente, me ha permitido entender que esas experiencias internas (tan difíciles de transmitir) no son distintas de las que considero externas, sino que toda mi vida se desenvuelve en esos mismos escenarios creados por mis condicionamientos, y que en mi mano está vivir eso como un martirio (confundiéndolos con la realidad) o convertirlo en un viaje apasionante por la imaginería de Samuel Beckett, el Polo Norte, la Luna o las aguas misteriosas de la inmensidad de la consciencia.

Quizá ahora entiendas por qué este retiro online ha sido algo tan especial —o más— que los que he realizado durante tantos veranos en Ávila. Ávila o Madrid, el exterior o mi propia casa, fuera o dentro de mí… todo eso son convenciones que no atañen a la verdadera naturaleza de la realidad, que se desarrolla en un solo lugar: en el seno de nuestra propia experiencia.

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10 comentarios en “Mi primer retiro de meditación online”

  1. Muy bien descrito, Isa… Únicamente señalar que tus compañeros sentíamos lo mismo. Es más, aguanté los 42 grados sin aire acondicionado intentando mantener lo que podía el hilo de la maestra.
    Personalmente, una vez terminado el retiro necesité un par de días para recuperarme física y emocionalmente.
    JEJE…
    Sin embargo, aquí estoy para repetir otra vez y experimentar. Besitos y buen comienzo de curso.

    Responder
    • Gracias, Maribel, es bueno saber que estábamos todos ahí, manteniendo el tipo ;-D.

      Sí, toca repetir, a ver qué paisajes nos provee la mente, que no para…

      Un abrazo enorme, hermana del Dharma,

      Isa

      Responder
  2. ¡Genial tu viaje meditativo desde el cubo de la basura hasta el polo, la luna, el pantano! Aunque las experiencias de meditación son, como dices, personalísimas, aprecio y te agradezco tu capacidad para compartir las tuyas en palabras y permitirme imaginar ese viaje al tiempo que sigo haciendo el mío propio. Es increíble lo que puede hacerse en línea. Yo tampoco pensé que pudiera ser tan poderoso. Un abrazo grande y mis mejores deseos para el otoño, como quiera que sea.

    Responder
    • Hola, Adela,

      Sí, es algo muy personal, y a la vez compartido, es muy raro. Supongo que todos formamos parte de la misma sustancia multidimensional ;-D

      Un abrazo muy fuerte, y que vaya muy bien el otoño,

      Isa

      Responder
  3. Gracias Isabel, es una maravilla como describes tu experiencia, lo haces tan bien que aunque con matices diferentes acabo por sentirme tan identificada que dudo de mi experiencia. Y veo manipulaciòn por todas partes. Creo que la sangha se mimetiza y se crea un àmbito meditativo que es de todos y cada uno. Siento que el linaje siempre està ahí sostenièndonos sin condiciones, a travès de nuestra amorosa guía. Un abrazo

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    • Muchas gracias, Blanca. Sí, yo creo que cuando estamos en grupo con nuestra maestra hay un algo común que corre entre todos, nos unifica y también nos hace apreciar nuestra individualidad y sabor particular.

      ¡Que viva el linaje! 😉

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
  4. Hola Isa, precioso relato, constatar que viajamos, cada un@, por nuestros paisajes personales, cómo dice la Lama, es bueno o malo? … Y ahí está Ella para que saquemos provecho de nuestras experiencias, «con apreciación», como tú dices «es una maga». Besos

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