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Parar la locomotora o el sentido de la vida

una locomotora de vapor

2 de febrero de 2020

Es increíble cómo, con la de años que llevo meditando, cada vez que pongo el culo en el cojín me replanteo el sentido de hacerlo. Como ya me lo sé, me entra la risa, porque veo hasta qué punto me engaño a lo largo del día, creyéndome todas las patrañas que aparecen en mis pensamientos, heredando así la ansiedad del instante anterior e inyectándola en el siguiente. Y me doy cuenta de que por eso precisamente es importantísimo parar, poner el culo en el cojín y, simplemente, respirar.

Si ya me lo sé y me doy cuenta de esto es porque he pasado por la experiencia cientos, miles de veces. Aun así, sigo engañándome a mí misma y creyéndome que (salvo el tiempo que dedico a meditar) este corre que te corre es lo que me toca hacer en la vida, que no hay más remedio, que así soy yo o es la cruz que me ha caído en gracia. No me quiero ni imaginar cuál sería el frenesí en que viviría si no hubiera entrado la meditación en mi vida.

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Una locomotora sin frenos y un conductor dormido

Somos locomotoras sin freno y, encima, el conductor va dormido. Solo despertamos cuando nos estampamos: se muere alguien a quien queremos mucho, nos rompemos la cadera, nos dicen que tenemos cáncer, se desencadena una guerra… Las crisis vitales nos sirven para despertarnos y darnos cuenta de que nuestra existencia era una carrera hacia ninguna parte.

A mí me ocurrió cuando murió mi padre. Tenía veintisiete años y me di cuenta de la inutilidad de todo. A veces a eso se le llama depresión. La depresión te entra, claro, cuando no le ves un sentido a tu vida. Pero es que, ¿cómo le vas a ver un sentido a tu vida cuando nunca se lo has otorgado, cuando has vivido siempre con el piloto automático puesto, cuando has actuado como un ordenador que simplemente ejecuta los programas preinstalados sin ponerlos nunca en tela de juicio? Y eso que yo tenía el arte, la escritura, pero ni siquiera el arte puede dar sentido a una vida, como demuestra el sufrimiento y la desesperación que a menudo invaden los entornos creativos.

En ese acto aparentemente insignificante de llevar la atención a la respiración está, para mí, el sentido de la vida Clic para tuitear

Así que a los veintisiete años caí en crisis, a los treinta encontré la meditación y, con ella, el sentido de mi vida. Logré detener por primera vez esa inmensa maquinaria humeante sin conductor al darme cuenta de su irrealidad. Y desde entonces eso hago, una y otra vez, cuando me siento a meditar. En ese acto aparentemente insignificante de llevar la atención a la respiración está, para mí, el sentido de la vida. Por ese rato, dejas simplemente que las cosas pasen sin evadirte de ellas, te permites experimentar el presente sin manipularlo en base a tus programas preinstalados, o ves cómo estos operan sin caer en el engaño de considerarlos verdaderos. «Dejar que las cosas pasen, sin más». Da vértigo solo mencionarlo, ¿verdad? Parece imposible. Si lo hago me arruinaré, mi marido me abandonará, mis hijos no me querrán, perderé el trabajo, mi estatus, mi móvil de última generación. Somos hiperactivos, reactivos, compulsivos. Nos sale humo de las orejas y las ruedas sacan chispas a los rieles de lo preestablecido.

Somos hiperactivos, reactivos, compulsivos. Nos sale humo de las orejas y las ruedas sacan chispas a los rieles de lo preestablecido. Clic para tuitear

Se cuenta de Milarepa (un gran yogui realizado del s. XI) que alguien le preguntó cómo había conseguido la realización. Él se dio la vuelta y enseñó el culo. Lo tenía calloso de tanto meditar.

Nosotros queremos realizarnos corriendo sin control, pero eso no es posible.

Mi propuesta es que, por mucho vértigo que te dé, lo pruebes al menos un día. Que pruebes a abrir el hueco para dejar de hacer y fabricar. Para simplemente sentarte, quedarte quieto, estar en contacto con tu respiración, y permitir que todo lo demás vaya y venga sin aferrarte a ello ni rechazarlo. Al ego (esa pequeña parte nuestra que se cree tan grande) no le gusta nada esto, y tratará de convencerte de que es una idiotez y de que hay cosas mucho más importantes que hacer. Aquiétalo diciéndole que solo será un día.

Y de esta forma puede que ese día, justo ese día, se despierte el conductor y eche el freno, sin necesidad de atropellar a nadie, de que te digan que tienes cáncer, de que sufras un accidente, de que estalle una guerra ni de que se muera tu padre.

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