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Pensar es estar enfermo de los ojos

Mujer con los ojos vendados, pensar es estar enfermo de los ojos

13 de abril de 2020

 

A Margarita Rodríguez, a la que se le llenan los ojos de lágrimas fácilmente también.

A Sole y a Roge, por dar en el clavo, siempre.

Me ha costado mucho ponerme a escribir esta semana. Creo que no soy la única. Mis alumnos y alumnas estaban también bastante bloqueados en estos días. Yo les decía que el bloqueo tenía que ver con el colapso del intelecto, del orangután desquiciado, pero que la creatividad no estaba dañada con lo que estaba ocurriendo, sino todo lo contrario, irradiante a más no poder. Que se pusieran a escribir sin más, sin hacer ni caso de su sensación de bloqueo. Esta mañana, en el grupo de proyectos colaborativos, Sole decía: «Si escribo, lo haré sin red», y me pareció que daba en el clavo.

«Si escribo, lo haré sin red». En estos días de confinamiento, todos los que usamos la palabra para acariciar la realidad, lo hacemos sin red. Clic para tuitear

Para quienes escribimos, escribir ahora es hacerlo sin red. Como los que están componiendo canciones, como los actores, los enfermos, los mimos, los pintores, los poetas, los que se mueren, los ancianos, como los sanitarios, farmacéuticos, trabajadores sociales, como los cajeros del supermercado y los de Mercamadrid, quienes recogen nuestra basura, los que limpian el portal, quienes hoy han tenido que ir a trabajar sin distancia de seguridad que valga para sostener la economía de los políticos y también para sostenerse a sí mismos… Todos hacemos y creamos sin red en el presente, en medio del «no saber».

Movimientos lentos para activar la consciencia

Así que este escrito va a ser un caos, porque no quiero que se cuele el intelecto para bloquearme. No llevo ni tres párrafos y ya tengo lágrimas en los ojos, porque esto de vivir sin red es la hostia, y cuando digo «la hostia», quiero decir que no sé si es bueno o malo, porque no puedo ponerle etiquetas. Es indescriptible, y por eso a quienes usamos habitualmente las palabras para acariciar la realidad, no se nos abre el paracaídas por más que tiremos de la anilla, y mira que el suelo no deja de acercarse a velocidad de vértigo.

Llevo casi dos semanas con algo de fiebre, muy abatida física y emocionalmente. No sé si tengo el bicho o no (es solo una de la infinidad de cosas que no sé; como Remy, el ratón de Ratatouille, decía a su hermano:  «Se podría escribir un libro con las cosas que papá no sabe»), pero de lo que tiene a bien mi cuerpo informarme es de que no estoy tan mal como para irme corriendo al hospital ni estoy tan bien como para poder acelerarme y trabajar a destajo en plan huida, según mi tendencia habitual.

Así que voy lenta, muuuuuuyyyy lenta.

Nazareth Castellanos (maravillosa neurocientífica que habla del lenguaje del corazón) dice que no tiene nada que ver mover un brazo rápidamente (de modo automático) con moverlo con lentitud y, por lo tanto, no es lo mismo hacer spinning que practicar chi-kung, por poner un ejemplo. El hacer movimientos lentos activa la consciencia (los que crearon la ceremonia del té algo debían de saber de esto), y la apertura de la consciencia propicia la sanación. Por eso, también, para meditar nos obligan (y es que lo vivimos casi siempre como una obligación) a sentarnos y estarnos quietos de una puñetera vez.

He dicho que esto no iba a tener orden ni concierto, ¿verdad?

Hablando de «concierto», estoy escuchando más música que en toda mi vida. Y me he dado cuenta de por qué llevaba tantísimo tiempo (años) sin escuchar música apenas. Porque la música me emociona, y emocionarme me desborda. No me deja «pensar», no me deja «resolver». Me aturde. Me vuelvo una niña pequeña que quiere bailar y llorar. Llorar y bailar. Bailar y llorar. Como si la vida consistiese en esa tontería tan grande.

Seamos serios.

«No quiero volver a la normalidad». Realmente no quiero volver a «esa» normalidad de antes. Clic para tuitear

El otro día me di cuenta de algo al meter un plato en el friegaplatos: fui consciente del plato. Sí, sí, del plato. De su textura. De su brillo. De su peso. De su consistencia. De su antigüedad. De su fiel compañía. No era bonito ni feo. Era «ese» plato. Y me emocioné. Ya lo sé, vas a decir que soy una de las muchas damnificadas psicológicas por el confinamiento. A lo mejor sí pero, como decía Carlos Candel en un artículo que leí hace un par de días, «no quiero volver a la normalidad». Realmente no quiero volver a «esa» normalidad de antes.

Lo que me pasó con el plato me está pasando con más cosas. Con una anciana que se pasea por la terraza de enfrente de un lado a otro por las mañanas, que sale a las ocho de la tarde a aplaudir, y que —entre aplauso y aplauso— saluda a todos como si fuera la reina de Inglaterra, con una sonrisa benévola, sintiéndose también merecedora de nuestros aplausos. En los tres años que llevo viviendo aquí, nunca había visto a esta señora que ahora me enternece hasta las lágrimas mientras la aplaudo gustosa.

Me está pasando cuando me despierto sudorosa en medio de la noche con dolor en todo el cuerpo, y alargo la mano, y toco a mis gatos, extendidos a lo largo de mi cuerpo dándome amor. Cuando veo una pelusa en la alfombra, me agacho lentamente, la apreso con suavidad entre mis dedos índice y pulgar, y la llevo a la basura a paso de tortuga como si sostuviera la llama olímpica. Cuando miro el vídeo del simulacro en miniatura de Semana Santa que una alumna, Chus, ha montado con sus padres, con nazarenos hechos con cerillas, una maqueta de casas con gente en los balcones montada por el padre y la virgen con un mini-manto de pedrería bordado por la madre. Cuando estoy en pleno enfado con mi hijo mayor y de pronto lo «veo». Lo veo de verdad. El pelo que va creciendo en forma de casco según pasan las semanas. Sus ojos vivos y tristes. La pelusa oscura que le empieza a crecer sobre el labio superior. El rictus irresistible de su sonrisa siempre irónica.

Despertar de la anestesia de una enfermedad ancestral

Decía Fernando Pessoa —a través de su/mi heterónimo favorito, Alberto Caeiro— que «pensar es estar enfermo de los ojos». Me parece estar despertando por momentos de la anestesia de esa enfermedad ancestral. Solo por momentos. Enseguida me vuelvo a hundir, joder.

Y entonces —cuando me hundo— me desespero. Me vuelvo ciega y pienso que no hay forma de salir de esto, que nuestros políticos (y todos los demás políticos) tratan de clavar el alfiler al burro con los ojos vendados, que volver a lo de antes va a terminar de arruinar el planeta, pero que no volver a lo de antes es inviable económicamente si no es con enormes pérdidas (siempre para los más desfavorecidos). En esos momentos (que son los más) me castigo por mi contribución a la inconsciencia global, me corroe mi pequeñez mezclada con mis aires de grandeza. Me digo que esto es una pesadilla y que se estaba mejor en el sueño estúpido pero dulce de que yo era inmortal mientras no se demostrara lo contrario, de que los humanos podíamos seguir consumiendo sin fin y de que existían salvadores que velaban por nuestra cándida estupidez.

Mi memoria (esa mezcla de corazón y mente) se ha vuelto loca en estas semanas también. Dicen que cuando uno se va a morir pasa por delante de sus ojos toda su vida en cuestión de instantes (¿eso es porque la vida es incompatible con el tiempo?). Yo no me voy a morir (no me voy a morir por el momento, me refiero), pero sí está pasando toda mi vida por delante de mis ojos. Pero, ¿qué ojos son los que ven tan nítidamente los recuerdos?

Es como si al género humano le hubieran puesto un espejo delante y no le hubiese quedado más remedio que verse. No es ni bueno ni malo, es lo que hay. Pero nos parece aterrador. Clic para tuitear

(De alguna manera, es como si al género humano le hubieran puesto un espejo delante y no le hubiese quedado más remedio que verse la verruga esa de la barbilla, los pelos saliendo de la nariz, las legañas en el lagrimal, el rictus neurótico en la boca, un puñal en la mano estilo Psicosis… Ver esto no es bueno ni malo, es lo que hay. Pero a nosotros nos parece aterrador).

De esa misma forma veo mi vida, como si la estuviesen proyectando en una pantalla de cine. A ratos es aterradora, y a ratos inexpresablemente dulce. Se abren paso momentos de crueldad, ceguera, inconsciencia, sufrimiento atroz, de esos que al presenciarlos a una le entran ganas de correr por los pasillos del tiempo y darle de hostias a su antecesora o de llorar sin fin colgada de su cuello. Y momentos de inocencia, de resplandor o de amor incondicional, y al ver esas escenas se me ablanda el corazón y reconozco —con dificultad— eso a lo que llaman compasión hacia uno mismo. En la pantalla veo todos los detalles, y hasta mis gestos de arrogancia me enternecen cuando están envueltos en el amor.

Es como esta mañana cuando iba al Hospital San Carlos a por medicamentos para mi madre y, de pronto, he percibido muy claramente el olor de mi propia respiración dentro de la mascarilla, algo que podría haber resultado repugnante (lo ha sido en un primer instante) y, sin embargo, ha pasado a ser algo íntimo y hasta tranquilizador desde el punto de vista del amor. Y ha sido una especie de elección. Como cuando quieres tanto (tanto) a alguien que eres capaz de abrazar aun aquello que te hace sufrir más de esa persona, aquello que —justo— te separa de ella implacablemente, porque lo que más deseas —por encima de todo— es su felicidad, que no está separada de la tuya. Es algo mucho más matizado que el resentimiento, el odio o el orgullo, creados básicamente por pensamientos planos de cartón piedra. Lo que he visto (¿pero con qué ojos, dios mío?) es que es una elección.

Esto me lleva, y no me preguntes por qué (ya te dije que esto no tiene ni pies ni cabeza), a que este fin de semana he tenido un seminario con mi maestra, el que solemos tener en Valencia en Semana Santa, solo que esta vez ha tenido que ser por vídeoconferencia. ¡Había más de cien personas! Estábamos todos allí, encerrados en pequeñas celdas a lo ancho y alto de cuatro pantallas del Zoom, tratando inútil y enternecedoramente de hablar unos con otros antes y después de las enseñanzas, como diminutas cobayas enjauladas o caballitos de mar en un acuario, golpeando la naricilla contra el cristal para sentir un poco de calor ajeno. Me entraban ganas de llorar, creo que era de amor, y no sabía gestionar eso, me sentía tan torpe, así que me conectaba cada vez más tarde y me desconectaba cada vez más pronto, no se fuesen a ver mis lágrimas resbalando por el cristal del acuario.

Ojalá pueda ir aprendiendo —ayudada por la lentitud— a sostener tanta belleza. Clic para tuitear

Esta mañana, cuando salía de la unidad de Oncología del hospital San Carlos, he pasado delante de la imponente entrada trasera. El cielo estaba plomizo, no había apenas nadie por allí y el edificio tiene algo de soviético, así que aquello parecía Moscú en plena guerra fría (esto lo sugirió Roge, del grupo de Proyectos Colaborativos, al que mandé la foto minutos después, y dio en el clavo de mi sensación previa). Y de pronto, allí estaban, sentados en las escaleras, varios brochazos verdes y blancos en el paisaje gris, un grupo de sanitarios comiéndose el bocata del mediodía y charlando distendidamente, como un grupo de soldados descansando unos minutos en las trincheras. Y de nuevo las lágrimas en los ojos, y el no saber qué hacer con toda esa humedad amorosa salvo sacar una foto disimulada con el móvil lo suficientemente lejos para que no se dieran cuenta.

Hospital San Carlos, sanitarios descansando antes de entrar en las trincheras

Estas cosas pasan —creo— cuando la mente cesa en su ajetreo. El sábado mi maestra nos estaba guiando en la meditación y empezó a hacer preguntas. No era la primera vez que mi lama le hacía preguntas a mi mente, pero sí era la primera vez que lo hacía de «esa» manera y con esa insistencia. Y también era la primera vez que yo, en vez de ponerme a pensar cuál era la respuesta a esas preguntas, simplemente miraba mi mente (¿alguien me puede decir con qué ojos?). Eran preguntas de este tipo: «¿Dónde está mi mente?», «¿Por qué no la dejo estar aquí?», «¿En qué me ocupo?», «¿Qué quiero dominar?». «¿Por qué siempre quiero ir allí?». «¿Dónde está “allí”?». «¿Por qué quiero controlar?». «¿Por qué no me dejo en paz?». «¿De qué huyo?». «¿Por qué me explico todo el tiempo las cosas?». «¿Por qué quiero manipular lo que aparece?». «¿Por qué estoy siempre interpretando?». «¿Por qué no simplemente experimento?». «¿Por qué me agito con todo esto?»… Mientras mi maestra hablaba yo vi muy claramente cómo mi mente quería huir, cómo quería controlar, cómo interpretaba, construía, manipulaba, se retorcía, se asustaba y se ponía a dar vueltas sobre sí misma como un gato que persigue su propio rabo.

Ayer, después de una mala noche (otra mala noche) me levanté deprimida. Nada tenía sentido. Esa maldita enfermedad que no me dejaba en paz. Lo que estaba pasando en el mundo entero. Trump, los franceses, Merkel, la presidenta de la Comunidad diciendo que hay que impulsar el turismo pero que la gente habrá de mantener la distancia de seguridad en las playas este verano (o sea, necesito que consumas, pero no hagas subir la curva). Personas del pasado golpeando su naricilla contra el cristal del acuario de mi móvil buscando un poco de calor. Mi madre con un cáncer extendido. El trabajo. El pago del alquiler. Los niños encerrados, languideciendo. Mi inconsciencia. El absurdo en el que hemos caído. En el que estamos cayendo. Sin paracaídas. Sin red.

Con todo esto en la cabeza, me dirigí al baño. Justo al entrar, vi lo que estaba pasando en mi mente y lo dejé caer sin más, escurrirse por mi alma como el jabón bajo el agua de la ducha. Fue una elección. Se me quedaron los pulmones encharcados de calma, tristeza y amor, de una forma tan intensa e insoportable que enseguida empecé a explicarme lo que había pasado a mí misma, volviendo a alzar el castillo de mi ego para huir de la experiencia. Fue otra elección.

Ante la impotencia del gato que persigue su propio rabo, la consigna de mi maestra fue distenderse en la consciencia que ve todo eso, con un corazón abierto que no juzga. A mí no me sale ni de coña pero, por momentos, veo. Veo con unos ojos nuevos limpios de pensamientos, que se me llenan de lágrimas a poco que me descuido.

Ojalá pueda ir aprendiendo —ayudada por la lentitud— a sostener tanta belleza, a no escapar del amor.

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26 comentarios en “Pensar es estar enfermo de los ojos”

  1. Gracias por estos maravillosos escritos que me llevan directamente a conectar con mi núcleo más tierno y humano. Se necesita mucha profundidad para llegar ahí y no es nada fácil alcanzarlo. Son, sin duda una forma de medicina muy necesaria en estos tiempos que vivimos. 👏👏👏👏👏

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    • Muchas gracias, Yolanda :-). La profundidad supongo que viene de la apertura a «lo que salga» ;-), a dejar que pasen las cosas a través de mí en lugar de fabricarlas con esfuerzo. Gracias por apreciarlo :-).

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  2. Has hecho que las palabras sean los nombres y apellidos de las emociones, no hace falta saber su dirección, basta con parar, y delicadamente mirar a nuestro alrededor

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    • Gracias, Rosario, así es, la lentitud ayuda a nuestra mirada a posarse sobre nuestra experiencia.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

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  3. Describes Isa, lo que supone «hacerse mayor» la persona adulta es esa que elige. Y al elegir, hay algo que duele y encoge, pero luego viene un sentiento grande de serenidad y ensanchamiento. Si. Igual que cuando lloras. Gracias por tanta honestidad de corazón.

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    • Hola, Pilar,

      Sí, supongo que tiene que ver con hacerse mayor… aunque yo creo que tiene más que ver con una apertura del grado de consciencia que con el que pasen los años. La elección viene del «ver» lo que realmente está ocurriendo en nuestra mente, y normalmente estamos tan identificados con sus contenidos que no vemos ni, por tanto, tenemos posibilidad de elección. Estamos enganchados a nuestros propios patrones. Pero en cierto modo sí, tienes razón, en ese dejarnos llevar somos como niños inocentes que se lo creen todo. Saber que podemos elegir tiene que ver con madurar.

      Un abrazo fuerte,

      Isa

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  4. Yo también soy llorona, y me lo controlo. No me gusta nada que me vean llorar, pues me parece de que además de ser un signo de debilidad, es algo que preocupa a los demás. Pero no puedo evitarlo, me emociono mucho, mismamente con la foto del personal sanitario comiendo su bocadillo en las escaleras. Eso me hace sentirme rara, muy rarita.

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    • Hola, Marilo,

      Eso (pensar que llorar es un signo de debilidad o que preocupa a los demás) son creencias que también se pueden dejar caer, y a lo mejor si ejerces esa elección, no te sentirás tan rara cuando llores, sin más :-).

      De momento, por lo menos, ya somos dos ;-p

      Un abrazo fuerte,

      Isa

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  5. Maravilloso, Isa. Con mil cosas por hacer, mojandome con una fina lluvia en la ventana que no he querido evitar, enfriándose el te que me había preparado… Te he visto lenta y calmosa, recogiendo las pelusas de tu gato y observandolas despacio. Ay! El mundo se ha parado con la belleza de tus imágenes. Gracias

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  6. Qué preciosidad. He llorado tanto que ahora me duele la cabeza de llorar. Pero es un dolor gustoso, como cuando tengo una contractura y mi fisio me masajea la zona dolorida. Me he ido a recoger los platos del fregadero y al mirar por la ventana he descubierto el arco iris sobre el mar y me he acordado de cuando estuviste aquí y me dijiste que te llevabas en la retina la vista desde la ventana de mi cocina. Yo también me llevo esta tarde en mi corazón, el tesoro de lo que has escrito desde el tuyo.

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    • Muchas gracias, Paloma, por tus bellas y delicadas palabras, que me llegan al corazón. Sí, sigo teniendo la vista desde tu ventana en mi retina, y vuelvo a ella a menudo, porque me transmite una calma luminosa muy necesaria. Ojalá volvamos a compartir alguna cena en esa mesa junto al mar.

      Un abrazo enorme,

      Isa

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  7. Me conmueves tanto Isa … gracias por tu honestidad, tu compartir ,tu luz… generosa por prestarnos tus ojos sean cuales sean … soy una explosión emocional después de leerte…GRACIAS

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    • Hola, Chus,

      Gracias por conmoverte con lo que escribo, es lo más bonito que le pueden decir a alguien que escribe. Espero que esa explosión emocional de muchos frutos de esos tan sabrosos que tú sabes dar para beneficiar a los demás.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  8. Soberbio. Enorme. Es una hermosura ver cabalgar como una amazona la lucidez de tu naturaleza despierta en el bosque intrincado de la pegajosa ilusión.
    Sin red…me encanta. Mero recuerda que no hay suelo donde estrellarse, ¡Ahhhhh! Lejos de ser un alivio es otra brutal invitación a caer y caer. Hasta que nos dejemos, por fin sostener por la energía del amor consciente (en sí mismo). El de nuestra maestra, el de nuestro linaje, el de nuestra consciencia que espera y espera paciente y se asoma al coger un plato 🙂
    La lentitud nos ayuda a sostener tanta belleza. ¿Y si la belleza te sostuviera a ti? ¿Y si tú lo fueras? Profunda, intensa, a veces arremolinada, pero bella y rica.

    Me pasó lo mismo un día vaciando el lavavajillas. Todo se ralentizó: el agacharse, el tocar el plato, sentir su peso, temperatura, el giro hacia el cajón, el sonido al guardarlo… y el espacio me susurró este mensaje: «Ya es hacer lo mismo, pero de otra manera». Como Neo al final de Matrix 1. Todo iba a cámara lenta, sin esfuerzo, claro, preciso, en un espacio sordo pero lleno, pleno de cualidades que no necesitaban ser nombradas. Quizá por eso pudieron ser expresadas por su propia energía sin la torpeza interpretativa del mental.
    Enorme tu texto. Vivo, auténtico, conmovedor.
    Gracias mil.

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    • Muchas gracias por tus bellas palabras, hermana vajra :-). Algo deben de tener los platos, está claro, que las dakinis deciden usarlos de herramienta para revelarse, con algunas al menos ;-D.

      Un abrazo muy fuerte, y seguimos en el camino,

      Isa

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  9. Lo leo y lo leo y soy capaz de sentir la intensidad del abismo bajo tus pies, a tu alrededor, a mi alrededor, en tu interior y en el mío. Leerte es dejarse llevar de la mano por un camino del sentir en carne viva. Y en esta ocasión con un vacio rodeándonos. El vacio de la incertidumbre, de lo no creado, de lo todo es posible y muy pocas cosas son ciertas…gracias

    Responder
    • Hola, Ana,

      Muchas gracias por tu aportación, tan certera y sentida, también. Como decía el maestro Chogyam Trungpa: «Tengo dos noticias que daros, una mala y una buena. La mala es que estamos en caída libre. La buena es… que no hay suelo».

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  10. Sin palabras ,emocionada estoy identificada con todo lo que he escribes en ese texto y que describe como me siento por momentos ,gracias

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  11. Me ha encantado tu escrito y de veras me he sentido identificada en muchos de los párrafos…..ha sido brutal….una mezcla de querer volver persona la vez no volver a sentir la normalidad anterior. Derrochas delicadeza, sabiduría y hasta empatía.

    Responder
    • Muchas gracias, Ana María. Un placer y un honor tener lectores sensibles y también empáticos :-).

      Un abrazo fuerte,

      Isa

      Responder
  12. De repente tus palabras van desgranando todas las que yo no he sabido poner a mis sentimientos en la peor etapa de mi vida, pero la sensación de sanación y esperanza que desprenden me ha conmocionado, gracias

    Responder

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