fbpx

Blog

Quitarle las comillas al «amor»

India, el AMOR con mayúsculas

 

26 de octubre de 2020

A la pequeña India

 

Nunca pensé que escribiría un post que, directamente, tuviera que ver con el AMOR con mayúsculas.

«El amor» nunca ha sido mi fuerte. «El amor» siempre iba entre comillas Clic para tuitear

Quitarle las comillas al «amor»

Como persona con profundas carencias afectivas, «el amor» nunca ha sido mi fuerte. Para mí, «el amor» siempre iba entre comillas, tan mezclado como estaba con apegos, miedos, aislamiento, autoengaño, peligro, abusos, ansia, malentendidos, ingenuidad, fantasía… Siempre he sido muy romántica y escéptica frente a ese romanticismo, ese ambiente glamuroso de velas y cuerpos a media luz con que disfrazaba mentalmente escenas de sometimiento, desconfianza, lucha de poder, dependencia y búsqueda compulsiva de momentos cumbre. ¿Cómo iba a fiarme del amor? Para mí era un desconocido que, a la puerta del colegio, te regalaba caramelos que contenían droga.

La primera muestra de amor incondicional que tuve cerca fue la de mi maestra, a la que me agarré como a un clavo ardiendo o como a un oasis en medio de un desierto. Eso fue a los 33 años, la edad a la que murió Jesucristo. Afortunadamente, la vida me ha dado cierto margen de error. De algún modo extraño, parecía que no todo estaba perdido.

A todas mis parejas las he querido, por supuesto. Y a mis amigos y amigas. Y a mis hijos los amo con locura. Pero nunca he tenido una relación fluida con ese sentimiento. Una parte de mí siempre se escabulle, se disfraza de culpabilidad, de reproche, de víctima, de lo que sea antes que entregarme a amar sin más.

Es complicado que el amor comulgue con la fuerte creencia (física, emocional y mental) de que no deberías haber existido, de que no mereces que nadie te quiera, de que van abusar de ti o de que eres defectuosa de nacimiento Clic para tuitear

Es complicado que el amor comulgue con la fuerte creencia (física, emocional y mental) de que no deberías haber existido, de que no mereces que nadie te quiera, de que van abusar de ti o de que eres defectuosa de nacimiento. Acabas por no fiarte ni de tu madre. Bueno, de ella menos que de nadie. Espera, rectifico, de ti misma menos que de nadie, y luego ya de quien heredaste la infamia. Te cubres de una coraza, y con razón, porque el daño es demasiado atroz. Nada parece salir en tu vida como debería, y no sabes por qué.

Muchos años de meditación, terapias y escritura me han enseñado que una cosa son las predisposiciones mentales que nos hacen ver el mundo de determinada forma (el oleaje), y otra cosa es lo que subyace, la realidad última (el océano, que incluye las olas, pero no se reduce a ellas). Eso que subyace es AMOR, aunque tan difícil me sea conectar con esa inmensidad abrumadora.

Hace dos meses mis hijos y yo adoptamos una gatita. Se llama India. Apenas tenía un mes y medio cuando la trajimos a casa. Nos cabía en una mano. Era tan pequeñita, tan frágil, tan confiada, tan dulce… Los tres a una nos hemos volcado en amarla y cuidarla. Y yo creo que con ella he aprendido más sobre el amor que en cincuenta años tratando de descifrar mis relaciones defectuosas. Con una gatita es más fácil, claro. La puedes amar sin más… Pero para mí incluso eso es un mundo. Igual que ella se tambaleaba para subir las escaleras hacia mi dormitorio, con peligro de abrirse la cabeza, vigilada de cerca por mis ojos, los de mis hijos y los de mis dos enormes gatos negros, Maha y Kala (que la adoptaron desde el minuto uno), ella me enseñaba a mí a dar mis primeros pasos —cautelosa— hacia el amor incondicional.

He podido sentir, ver con claridad y hasta palpar físicamente el efecto que el amor de mis hijos y el mío han hecho en India. Y solo plasmar esto en palabras me hace llorar. Era una gatita separada de su madre a las dos semanas, recogida de la calle por el amoroso responsable de una asociación protectora de felinos y entregada a unos extraños (nosotros) tres semanas después. Era un pequeño ser vivo con tres únicas necesidades: alimento, afecto y juego. Cuando comía metía las patitas en la comida y las movía acompasadamente como si fuera el pecho de su madre. Comprobé que si la acariciábamos mientras comía, se sentía mucho más tranquila, se ponía a ronronear y era capaz de comerse un plato más grande que ella misma.

Después de comer jugaba con los gatotes, se les tiraba al cuello como si fuese la reina de la selva, y ellos aguantaban, la lamían, le seguían el juego, fingían que se asustaban… Y cuando terminaba de jugar se quedaba dormida en cualquier parte, por lo general en las manos de mis hijos o en las mías, totalmente despatarrada y feliz.

Yo no sé hacer reiki, pero sé que cuando acaricio a India, casi se podría decir que le «impongo» las manos, depositando toda mi intención en trasmitirle el amor que le tengo. Y noto (físicamente lo noto, es una intensa vibración) cómo eso la nutre, cómo se relajan sus músculos, cómo reposan los órganos. Así, día a día, crece feliz, exultante, luminosa, devolviendo todo este amor que le damos en forma de vida, belleza y salud.

Como podrás imaginar, estoy amando también, a través de India, a la niña herida que fui, y a la que nadie acarició ni nutrió afectivamente. No pude hacerlo tan límpidamente con mis hijos (demasiado miedo, demasiado bloqueo) ni con mis otros gatos (demasiada desconexión). Lo estoy haciendo ahora con India. Exorcizando el demonio de mi interior, desvinculándome de los mandatos familiares («tú no eres nadie», «ni se te ocurra ser feliz», «el amor no existe»). De pequeña me negaba a comer y enfermaba a menudo por falta de amor. A veces, cuando mimo a India, cuando la acaricio mientras come, escucho en mi cabeza y en mi cuerpo: «Te estás pasando, no PUEDES amarla así, es demasiado». Y me respondo asombrada: ¿demasiado?, ¿demasiado amor?, ¿qué es demasiado amor?

El amor duele, es tremendo, tiene que ver con mirar de frente los embates más fuertes de la vida. Pero ahora creo que puedo sostenerlo: el mío y, por tanto, también el de los demás. Clic para tuitear

Así, estoy pudiendo cortar —por fin— el cordón umbilical con mi madre. Ahora ya casi puedo decir (aún con muchísima cautela) que yo no soy mi madre. Que no estoy destinada a ser una víctima.

La revelación: cambiar la perspectiva

Hace unos días he tenido una especie de revelación o comprensión no conceptual, no sé cómo llamarlo. Hay una persona, una sola persona en mi vida, aparte de mi maestra, a la que me entregué por completo, sin reservas. A la que amé (amo) incondicionalmente. Y por la que me siento amada incondicionalmente, a pesar de haber estado separados los últimos cinco años, y lo que queda, que a lo mejor es para siempre. Es —y mira que me suena cursi esto que voy a decir— el amor de mi vida. Y cuando digo que es el amor de mi vida, me refiero a que tengo la honda certeza de que en una vida —al menos en la mía— no caben más amores de pareja como este.

Pero esta no es la revelación, es solo la realidad. La revelación fue que hasta ahora he sido incapaz de sostener el amor que sentía (siento). Es decir, llevo cinco años negando y resistiéndome a una realidad que resultaba demasiado dolorosa para mí: que amaba a alguien por quien era amada pero con quien era imposible compartir mi vida. Por tanto, llevaba cinco años aplicando mis patrones mentales a la situación: «no soy digna de ser amada», «soy una víctima», «soy defectuosa por sentir esto por alguien que me ha hecho tanto daño», «estoy enferma», «no me fío», «qué ingenua soy»…

Al cortarse los hilos de la marioneta que manejaban los mandatos familiares, he podido ver la situación desde una perspectiva totalmente diferente. No soy la víctima sino la afortunada que ha podido acceder a este tipo de amor. No soy la enferma masoquista que sigue persiguiendo imposibles, sino la depositaria de una valiosa y extraña joya. No soy la pobre mujer a quien nadie ama, sino una mujer poderosa digna de ser amada, por mí la primera. No soy la niña incapaz de escalar una montaña demasiado grande para ella, sino alguien capaz de sostener la realidad de sus sentimientos, por duro que resulte. Nada ha cambiado en la situación, pero sí en mi forma de relacionarme con ella.

Esto ha hecho que me mire en el espejo de otra manera, como alguien que después de un largo viaje por fin regresa a casa y puede reconocerse. Siento a la vez un profundo alivio (el de poder confiar en mi corazón) y una honda tristeza, la de haber estado tanto-tanto tiempo fuera, completamente desubicada. Eso hace que a ratos llore, y no sepa si estoy llorando de felicidad o de dolor.

Pero lo más curioso de este amor es que es expansivo. No veo el amor solo en mí o en el cuerpo vigoroso de India, sino que lo veo en lo que me rodea. Y pasan cosas. Pasan cosas que posiblemente pasaban antes, pero yo no las veía. Mi mirada estaba ciega para ver en los demás lo que yo misma no podía sostener. Veo el amor que subyace, por ejemplo, en los textos de mis alumnas/os. En sus comentarios en los grupos de whatsapp. En cómo se ayudan a caminar en los momentos difíciles. El amor duele, es tremendo, tiene que ver con mirar de frente los embates más fuertes de la vida. Pero ahora creo que puedo sostenerlo: el mío y, por tanto, también el de los demás.

Sé que esto no es la bomba, sobre todo para quienes no han sufrido traumas complejos. Es solo una pequeña aproximación más a esa inmensidad que subyace, la del AMOR con mayúsculas. Pero quería volcar esta pequeña gota en ese océano para que se funda con él, con el deseo de que todos —apoyándonos unos a otros— desarrollemos la valentía para algún día dejarnos empapar por completo por la auténtica naturaleza de la realidad.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on telegram
Share on whatsapp

21 comentarios en «Quitarle las comillas al «amor»»

  1. ¡Qué belleza de texto, de experiencia y de gatita, Isa! Me ha alegrado tanto leerte, sentirte así de expansiva e intrépida y también me he identificado contigo y con tu deambular por el camino del amor, con miedo, sí, pero también con esa naciente confianza. A mi modo, lo he recorrido un poco igual: a trompicones, confiando demasiado o desconfiando demasiado… Como dice nuestro Khenpo Rinpoché, errando y errando recorremos el camino sin yerro. Te abrazo fuerte desde Barcelona.

    Responder
    • Muchas gracias, Adela, me alegro tanto de leerte… «Expansiva e intrépida», me encanta que me veas así :-D, porque son dos cosas que nunca me habían llamado. Y cuánto me alegro de tener compañía en este duro camino, porque es duro de cojones… Muy al caso la frase de Khenpo, que nos ampara a ambas bajo su amoroso paraguas. Espero que te esté yendo genial por Barcelona. Saludos para Joana, y un enorme abrazo para ti,

      Isa

      Responder
  2. Querida Isa: he terminado de leer tu texto con lágrimas en los ojos. Hice una parada en el día y al mirar mi correo encontré tu post que me ha emocionado por ti, por tus hijos, por el amor de tu vida y también por nosotros, tus alumnos, que tanto cariño y amor recibimos de ti.
    A mi, el escribir me ha cambiado, pero no me cabe duda que no habría sido igual sin tu acompañamiento sincero (no te callas nada) y a la vez compasivo (lleno de amor) así que me alegro de ese descubrimiento.
    Que el AMOR (sin comillas) te acompañe
    Sole

    Responder
    • Muchas gracias, Sole. Me emociona que te emocione el texto. Llevamos tanto detrás… Y aprendo tanto de vosotros… Hace poco escuché a alguien que decía que se había hecho profesor para aprender. Realmente puedo decir lo mismo.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
    • Muchas gracias, Palomita :-).

      Para cuando tengamos esa conversación pendiente, no me va a quedar nada que contarte ;-p

      Un abrazo de osa,

      Isa

      Responder
  3. No deja de ser curioso, que para escribir y sentir con tanta fuerza la esencia del AMOR y transmitirlo con tanta hondura, sea después de haber vivido experiencias de desamor con lo que ello conlleva de dolor y dificultades para poder sostener.
    ¡¡¡¡Bienvenida, India!!!!!!!
    Eres grande. GRACIAS Isabel.

    Responder
    • Hola, Salomé,

      Muchas gracias por tus apreciaciones. Sí que es curioso, sí, que para llegar al AMOR haya que pasar por el desamor. Pero tiene su lógica, porque ese AMOR, que es lo único que somos en el fondo, lo cubren los velos, y solo relacionándonos con esos velos podemos trascenderlos.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  4. Isa, me has conmovido con tu escrito porque te has abierto en canal. Cuanta valentía y sinceridad con uno mismo se necesita para hablar de la forma que lo has hecho. Y sin embargo es la única forma de sanar e ir abandonando los lastres que todos, más o menos, arrastramos. Tu, al menos, has encontrado el camino del AMOR, pese a que ese camino sea incluso más difícil de recorrer que seguir cargando con la mochila de los traumas y el desamor, porque implica ser auténticos y sinceros con nosotros mismos cada día que nos despertamos y no siempre estamos preparados. Yo también espero algún día encontrar ese camino. Ah, la historia de India y la foto que compartes me ha llegado muy dentro.

    Responder
    • Muchas gracias por tus palabras, Miguela :-). Yo creo que tú ya estás recorriendo ese camino también. Si no, ¿de qué te habrías apuntado a un curso llamado «Escribir desde el Corazón»? ;-D Vamos, digo yo.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  5. Me ha emocionado, Isabel. ¡Cuánto nos cuesta dejar aflorar los sentimientos y reconocer en nuestras vidas que somos Amor y estamos hechos para amar!
    India ha destapado el frasco de tu mejor esencia.

    Responder
    • Gracias, María Jesús,

      Qué capacidad tienes para generar imágenes y metáforas… Hasta me huele a perfume.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder
  6. Qué bien describes tu experiencia, Isa. He podido recorrer el camino que relatas hasta que he llegado a un punto en que ya me he perdido. Ojalá yo también haga mi camino y encuentre luz. Tu experiencia me da esperanza. Cada uno de tus posts semanales son un faro en el laberinto. Gracias

    Responder
    • Muchas gracias por tus palabras, Garbiñe. Tú no sabes lo que me has ayudado tú también en mi camino, con tu capacidad para meterte en lo más oscuro del lado oscuro y abordarlo con lucidez, honestidad y compasión. Ojalá algún día puedas reconocer por ti misma lo que los demás vemos en ti.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  7. Querida Isa , te leo y te siento una vez más volcando hacia afuera todo ese torrente imparable de sentimientos y emociones que tienes dentro. Hablas del amor sin comillas, porque es un amor que se extiende, que se escapa, y al que no se le puede poner límite. Que unas veces es rojo pasión, otras amarillo bilis, otras verde esperanza , otras negro como la muerte o blanco como la paz. Y por ahí danzamos con nuestro corazón indefenso. Creo que eso es Vida. Gracias por hacerme pensar.

    Responder
    • Qué bonito lo has expresado, Mari Luz, gracias por ponerle colores a lo que trato de expresar :-). Y gracias por leerme. Y no pienses, ¡siente!

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder

Deja un comentario

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños

¿Quieres conocer mis cursos?

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños