Blog

Sentirme vulnerable me da por saco

Sentirme vulnerable me da por saco.  Y, sin embargo, no es algo que pueda elegir. Estar —y ser— vivo significa ser vulnerable, y ser vulnerable significa que las cosas te afectan.  

Bueno, pues últimamente estoy descubriendo hasta qué punto me da por saco que las cosas me afecten.

Esta dificultad para sentir mi propia vulnerabilidad creo que tiene que ver con las corazas que tuve que ponerme en mi infancia para poder sobrevivir. Cuando eres pequeña y las cosas duelen demasiado y no tienes a nadie alrededor que pueda acoger tu dolor (porque de esa ausencia, precisamente, proviene tu dolor), la desconexión es la única opción. Pero, entonces, como no la has dejado al aire, esa herida se llena de pus y se queda ahí, encapsulada, cubierta por una falsa costra de negación y afán de control. Para tirar para adelante, me inventé a alguien que no sentía dolor, que no necesitaba a nadie y que podía con todo. Como esa costra era dura de la hostia, yo me hacía la dura también.

Llevo toda la vida haciéndome la dura, aunque desde que descubrí la meditación, hace veinte años, un fuerte instinto de libertad y verdad empuja hacia afuera desde el centro de mi pecho, desde el centro de mi herida. Lo que pasa es que la apertura de corazón hace que me sienta vulnerable. Y sentirme vulnerable me da por saco.

La sensación de vulnerabilidad despierta en mí una fuerte sensación de peligro; y sentirme en peligro me da por saco. Clic para tuitear

Y he descubierto por qué. La sensación de vulnerabilidad (el permitir que las cosas me afecten) despierta en mí una fuerte sensación de peligro. Es la misma que sentía en mi infancia cuando permanecía conectada al ambiente emocional inhóspito que me rodeaba. Así que para mí sentirme vulnerable significa sentirme en peligro. ¿Y a quién le gusta sentirse en peligro? A mí, por lo menos, me da por saco.

Hace poco descubrí por qué me acuesto con las gallinas y no me gusta salir por las noches. De niña padecía terrores nocturnos. Si recuerdo las noches de mi infancia, mi cuerpo entero tiembla. Pasaba horas despierta pensando que alguien vendría a asesinarme. Que me mordería un tiburón. Que habría un terremoto. Que caería una bomba nuclear. Que el mundo estallaría en pedazos. Tenía pesadillas, tanto despierta como dormida. Había una pesadilla en concreto que la tuve todas las noches durante años. Supongo que esos terrores nocturnos eran mi modo de darle formas concretas a mi insoportable dolor emocional.

Sin embargo, a medida que fui creciendo y la costra se iba haciendo cada vez más dura, yo decidí (con mi recién estrenado libre albedrío adolescente) la persona que quería ser. Yo quería estar rodeada de gente, ser sociable, ser feliz. Y, para eso, no quedaba más remedio que salir por la noche. Emborracharse. Dejarse llevar de aquí para allá.

Así inicié unas cuantas décadas de vida nocturna, en que tenía amordazada a aquella niña aterrorizada a la que le supuraban las heridas no curadas y cuya existencia yo no estaba dispuesta a admitir. Iba por los bares de copas, me fumaba dos paquetes de cigarrillos en una noche mientras bebía Mahou tras Mahou, alternaba con gente con la que no quería alternar, me acostaba con chicos con los que no me quería acostar a cambio de unas migajas de cariño… Y mientras, la herida se infectaba más y más, y el pánico dirigía mi vida sin que me diera cuenta. De este modo, acumulaba trauma sobre trauma y me convertía en víctima propiciatoria, mientras yo me creía la chica más dura, liberal e independiente del planeta. Me creía feliz. Pero esa felicidad era solo un pensamiento compulsivo, una etiqueta vieja sin pegamento que tenía que plantar cada diez minutos en la pantalla de mi mente para no caer al abismo.

Por las noches me pasó de todo, algunas cosas mucho más horribles que la más horrible de las pesadillas.

Cuando senté la cabeza las cosas no fueron mucho mejor por las noches. Siempre tendí a tener parejas a las que les costaba estar presentes casi tanto como a mí. Así que me tocaba dormir noche tras noche con un bloque de hielo al lado, lo que no mejoraba las cosas precisamente.

En algún momento tomé una decisión que no cumplí del todo, pero casi: no pasaría la noche en la cama junto a una persona con la que no me sintiera tranquila y segura. A partir de entonces, dormí muchos años sola, o con mis gatos. Y casi dejé de salir por las noches. Aun así, el miedo me suele asaltar mientras duermo. Tengo el sueño ligero, y me despierto con el corazón a cien, como si algo horroroso estuviese a punto de pasar. También me vienen todo tipo de pensamientos negativos que a veces me hunden en un pozo de desolación.

He tenido que pagar un precio muy alto por hacerme la dura, por no reconocer mis limitaciones, por no pedir ayuda cuando la necesitaba. He corrido un peligro real por no ser capaz de conectar con mi vulnerabilidad. Clic para tuitear

Sé desde hace tiempo, pues, que la noche no es mi mejor momento. Pero no fue hasta hace algunas semanas cuando me di cuenta de por qué. De hasta qué punto he maltratado a la Isa pequeñita que habita en mí. De hasta qué punto me he desentendido de tantas heridas sin curar. Del peligro real que he corrido por no ser capaz de contactar con mi vulnerabilidad.

He tenido que pagar un precio muy alto por hacerme la dura, por no reconocer mis limitaciones, por no pedir ayuda cuando la necesitaba, por ser dependiente de unos patrones subterráneos para conseguir un amor que no admitía que necesitara, por realizar sobreesfuerzos constantes para cubrir mis falsas expectativas de quién era yo, por ocultarme a mí misma el daño sufrido —una y otra vez, una y otra vez— al no atender a mis necesidades.

Ahora estoy aprendiendo a reconciliarme con esta sensación de vulnerabilidad. Me da por saco, porque me siento en peligro. Pero sé que atravesar esa incomodidad es un tránsito necesario para abrir el corazón, y que ese, el de la apertura de corazón, es el único camino auténtico, el único que me llevará a la verdadera felicidad.

Ahora ya sé —aunque me dé por saco— que es bueno para mi vida sentirme vulnerable. Al entender por qué al conectar con la vulnerabilidad me siento en peligro (con el historial que tengo, ¿cómo podría ser de otra manera?), al reconocer —por fin— que las cosas me afectan, puedo sacar las uñas cuando me siento agredida, poner límites a aquello que no me hace bien, admitir que no soy superwoman, pedir ayuda cuando la necesito, relacionarme con personas que me hacen sentir segura y querida, dejar de relacionarme con aquellas que me hacen sentir insegura y poco querida, darme tiempo y espacio para sentir lo que siento, resguardarme y dejar llorar a la pequeña Isa todo lo que necesite por las noches, abrazándola y diciéndole no te preocupes, todo está bien, estoy aquí para cuidarte, ahora sí estoy aquí y nunca —nunca— más te dejaré sola.

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en linkedin
Compartir en telegram
Compartir en whatsapp

19 comentarios en «Sentirme vulnerable me da por saco»

  1. Jo, Isa, a veces es como leer mi propia vida escrita por ti. Yo también llegué a correr un peligro muy real, y haciéndome la dura, poner mi propia vida en peligro, y estar sola, tan sola, y tan herida, y me ha llevado tantos, tantos años alejar al máximo las personas que me hacen mal, que se me ha ido la vida en este aprendizaje.
    Ahora me siento sobre todo muy cansada, como si mi mente y mi cuerpo tirasen sólo por los que quiero de verdad, pero aún así no encuentro la energía suficiente que salga de verdad de mi interior. Por eso doy gracias a ti, y a los grupos que comparto por ti, porque son el hilo del que me agarro para aferrarme a que puedo volver a la alegría y la paz

    Responder
    • Qué bello lo que me dices, Loreto… Pero que sepas que la alegría y la paz las llevas también en tu interior, y están saliendo a tope en tu novela. El cansancio tendrá que ver, posiblemente, con la autoexigencia… Porque, anda, que no nos exigimos ni nada a nosotras mismas ;-).

      Un abrazo muy cálido,

      Isa

      Responder
    • Hola, Ester,

      Me decía un amigo y ex alumno: «Isa es una mujer llena de miedo que se atreve con todo». Y bueno, yo creo que dio en el clave… Soy un poco adicta a las situaciones límite, aunque me muero de miedo.

      Un abrazo,

      Isa

      Responder
  2. Creo, Isa, q hay q ser muy valiente para mostrarse vulnerable. A mi también me da mucho por saco, muchisimo. Yo la he tapado tanto y tanto q creo q un día simplemente rebosó y empecé a ser consciente de todo lo q mi corazón habia callado siempre. Era eso o ahogarme. Yo tambien tuve terrores nocturnos, y diurnos, como no, y también terminé con unos cuantos barriles de Mahou, y de otras cosas…La meditación me abre la puerta a lo q siempre he escondido, es curioso… Y me da por saco bien de ello, pero me huele a verdad…y aquí estamos
    En fin. Un abrazo de los gordos, Isa.

    Responder
  3. Gracias Isa, te entiendo muy bien. Gracias por tu valentía y generosidad, por compartir y poner palabras.
    Abrazo largo, lov
    Chiky

    Responder
  4. Enhorabuena mi querida Isabel!
    En mi modesta opinión estás empezando a recordar quién eres a través de los terribles trances por los que la vida te lleva.
    Mi historia no es tan terrible como la tuya pero todas las historias humanas tienen puntos comunes. La vida nos invita a despertar o a seguir dormidas, la elección es nuestra.
    En este momento recuerdo un maravilloso libro que leí hace tiempo titulado: El caballero de la armadura oxidada. Si no lo has leído tal vez te apetezca en algún momento. El autor nos susurra a lo largo de todo el libro, como ir poco a poco soltando lastre. Eres más
    valiente de lo que crees. Un abrazo

    Responder
    • Hola, Marysa,

      Sí, leí hace muchos años «El caballero de la armadura oxidada»… Es un proceso de toda la vida, o de varias vidas… Al menos para mí ;-).

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  5. Gracias Isa, como admiro esa valentia para mostrar tu vulnerabilidad, Seguro que sabes que al mostrarla nos ayudas, a mi me ayuda. Ni que no sea a quitar una capa para dejar más cerca la propia vulnerabilidad.
    Un abrazo

    Responder
    • Gracias, Àngels… Otra que, como yo, con mucho miedo te atreves con todo. Como se atreve nuestra querida Estel.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder
  6. Querida Isa. Cuanto me alegro volver a leerte. Cada página, aprendo mas: de la vida, de ti… y sobre todo de mi. Yo también estaba mas cómoda en mi casa y en mi cama que en ningún otro sitio, pero «tener que ser sociable» me hacía salir a las discotecas… y quedarme dormida cuidando los abrigos de las amigas mas de una vez. La vulnerabilidad, en cambio, me conecta con mi niña frágil, que cree que puede con todo, pero que ya no quiere cargar con lo que no es suyo. Gracias Isa.

    Responder
  7. Gracias inmensas, Isa. POr tu valentía, y darnos el secreto para sentirnos protegidas. Es la paradoja, de sentirse fuertes cuando el peligro acecha… y cómo acecha! La vulnerabilidad es la puerta, si. Y lo de hacernos las duras.. por un rato sirve, pero no funciona en la noche oscura del alma, verdad? gracias, gracias, siempre!
    Pilar

    Responder
    • Gracias a ti, Pilar… Sí, hacernos las duras ya quedó atrás, esa es otra forma de cobardía. Ahora toca ser valiente y afrontar los propios fantasmas, que son los que más miedo dan.

      Un abrazo muy fuerte,

      Isa

      Responder

Deja un comentario

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete ahora y recibe gratuitamente mi guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, acceso a las meditaciones guiadas en directo y mensuales, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños

¿Quieres conocer mis cursos?

¿Quieres aprender a escribir y meditar?

Suscríbete y recibirás gratuitamente una guía para escribir y meditar. Tendrás además acceso a artículos semanales sobre escritura, meditación y trabajo con las emociones, así como a recursos para vivir con plenitud y sin autoengaños

Abrir chat
1
¿Necesitas más información?
Hola,
¿Cómo puedo ayudarte?