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Sobre mis pies – De Mercedes Adán

Autora: Mercedes Adán

Prueba a poner los brazos estirados en alto y mantenerlos. Al principio, te aburrirás, y estarán más presentes tus pensamientos que los brazos. Si aguantas, entonces tus brazos empiezan a ser pesados. Cuando te parezca que ya no puedes más, sigue; si estás pensando en bajarlos, no lo hagas. ¡Aguanta un poco más!

La palabra sostén a mí me sonaba a los sujetadores que quemaban las mujeres en el 68. Hasta que conocí a Luchy Lopez y su proyecto «A corazón abierto». Allí comprendí lo que abre la acción de sostener. Clic para tuitear

Lo que me pasó a mí cuando hice este ejercicio es que, cuando no podía más, de pronto, con enorme claridad, me percaté de que los dedos de la mano, allá en lo alto, se relajaron. Sentí las palmas y el dorso de mis manos muy nítidas, mientras los brazos se vencían por su peso insoportable. Estiré los brazos por última vez con la intención de bajarlos, y los hombros y los omoplatos cogieron el peso y sujetaron los brazos, y la espalda entera ayudó. Por un momento, ni sentí los brazos, pero sí sentí con nitidez la espalda, los costados, y el pecho. Estaban ahí todo el tiempo, pero no los noté hasta que mi cuerpo se recolocó, casi sin moverse.

La palabra sostén a mí me sonaba a los sujetadores que quemaban las mujeres en el 68. Hasta el verano que conocí a Luchy López y participé en su proyecto “A corazón abierto”. Allí comprendí lo que abre la acción de sostener. También aprendí que para que sirva, además de sostener, hay que tener la mente y el corazón abiertos. Ahora, sostener es para mí una acción fundamental para darme cuenta.

En julio del 2008 estaba en la sierra de Ávila con mi amiga Rosa haciendo un curso. Y se repitió algo que me sucedía muchas veces en esa época: los dedos de mi pie izquierdo se ponían a palpitar, el latido crecía y se extendía cada vez más rápido  subiendo por mi pierna. Mi pie daba unos puntapiés al aire, y luego una patada, y otra, y otra, hasta que en un punto empezaba a parar, también poco a poco. Duraba unos segundos, un minuto, o algo más. Tenía cita en el neurólogo a finales de ese año.

En esa casa rural de Ávila, la pulsión en los dedos del pie llegó mientras dormía y me despertó. Llegó el puntapié, la patada, cada vez más alto y más fuerte. Me senté en la cama, apoyé el pie en el suelo, intenté llamar a Rosa, y no pude hablar. Me tumbé en el suelo y esperé a que pasara.

Mientras esperaba en urgencias, notaba que los que vestían bata me miraban. Tal vez ya sabían que tenía un tumor como una pelota de ping-pong en la cabeza. Por el pasillo, una mujer con bata verde vino hacía mí como en el comienzo a cámara lenta de una serie. En una sala pequeña y estrecha, la doctora de ojos claros me miró de frente y me dijo que tenía un meningioma parasagital y que intentaría operarme cuanto antes.

Mi madre dijo que, al salir de la operación, la doctora tenía la mirada más cansada del mundo, y también le dijo, «he tenido que elegir entre tocar la zona de la movilidad o la de la sensibilidad del pie izquierdo». Me acostaba con la zapatilla porque no la sentía puesta y cojeaba porque a mi pierna le costaba levantar el pie del suelo. Decían que los seis primeros meses el cerebro se regenera, y luego ya no.

Me apunté a clases de baile. Y bailé, bailé mucho. El baile es un collage de cuerpo, música, movimiento, disfrute, sentir… Mi pie se integró poco a poco. El cuerpo es mágico. Y vivimos ajenos a eso. Clic para tuitear

 Qué misterioso mundo. Ahora se sabe que el cerebro es más plástico de lo que se pensaba. Yo no estaba dispuesta a que mi pierna no siguiera al resto del cuerpo. Antes se movía por su cuenta y ahora se resistía a moverse. Me apunté a clases de baile. Y bailé, bailé mucho. El baile es un collage de cuerpo, música, movimiento, disfrute, sentir… Mi pie se integró poco a poco. El cuerpo es mágico. Y vivimos ajenos a eso.

Sé que estoy hablando de sostener…, aunque me vaya por las ramas.

Cuando me operaron, durante un tiempo dejé el cuerpo en manos de otros. Debí de pensar que mejor sentir lo menos posible. Me distraje con otros casos del hospital, las visitas, dormir, la primera ducha con la mano agarrada a la barra, preocupada por mi equilibrio, sin notar el agua fresca en la piel. A lo que llamaba «yo» no sentía mucho, y a veces no pensaba.

A veces huir, hasta de uno mismo, es lo más sensato y humano que podemos hacer. Cuando no puedo comprender algo, intento hacerlo en la escritura. He aprendido que aquí cuesta menos sostener. Clic para tuitear

Unos días después de volver a casa, una prima quiso hacerme una sesión de reiki de regalo. Yo me dejé hacer. Cuando sus manos me tocaron, fui recordando que yo estaba aquí y que mi cuerpo seguía conmigo, en su sitio. Lo recuperé, palmo a palmo, a la vez que ella hacía contacto con sus manos en las plantas de mis pies, mis tobillos, cada pierna, palmo a palmo hasta la nuca. Recuperé incluso lo que no tocó: la zona cosida y dañada que de pronto tenía forma y contorno. Cuando me quedé sola me puse a llorar. Volvió el sentir, que fue tomándome como un mar de nubes.

A veces huir, hasta de uno mismo, es lo más sensato y humano que podemos hacer. Me siento bien si me pregunto si puedo quedarme, y si siento que puedo elegir. Hago las paces con mi cuerpo, que entiende antes que yo cosas que parecen misteriosas e inalcanzables.

Cuando no puedo comprender algo, intento hacerlo en la escritura. He aprendido que aquí cuesta menos sostener. Con la consistencia de arena, como un castillo con una ola lamiendo la muralla,  aprendo, a la vez, a sostener y a dejarme ir. Esa sensación tengo cuando escribo. Doy a las teclas, a ratos incómoda, con la esperanza de encontrar un sentido. Cuesta. Pero si llega una luz de comprensión ya mereció la pena.

Conectada a los sentidos despejo mi mente, y si me doy cuenta de que huyo, lo anoto para recordarlo. Moverme entre mente y cuerpo, como en una danza, es liberador. Y si escucho y aprendo el ritmo lo puedo disfrutar.

No sentí muchas cosas en el proceso de la enfermedad, pero cuando los sentidos se conectaron y solté un tapón de emociones, entré en mi cuerpo como no había estado antes. Así que admito que mi cuerpo sepa cosas que yo no sé. Por ejemplo, el momento adecuado.

Recuerdo ahora la sensación de la espalda sujetando los brazos levantados cuando ellos no podían mantenerse más tiempo en alto, y cómo el cuerpo se adaptó, reajustando lo mínimo necesario. A veces no me hace falta sostener. Solo vuelvo al cuerpo y siento el latido del corazón. Me doy cuenta de que está en su sitio y abro los brazos. El corazón y la mente se reajustan con lo mínimo necesario, casi sin sentir. Y sigo bailando sobre mis pies.

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17 comentarios en «Sobre mis pies – De Mercedes Adán»

  1. Ohh! Que bonito Mercedes! Y cuanto me identifico contigo cuando hablas de sostener y a la vez dejarse ir a través de la escritura.
    Nunca dejes de bailar!
    Un abrazo

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  2. Viva, Merce! Qué bonito relato, cuanta emoción compartes y qué suerte que tu pie delator mostró un “engendro”que había que sacar a toda costa.
    Gracias a ese “pie futbolero” tenemos una Mercedes que sostiene, baila y escribe como una diosa.
    Te abrazo

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  3. Ligia, que alegría leerte. Y que bonito lo que dices. Me reconcilia con mi «pie futbolero».
    Te mando un abrazo muy, muy fuerte para ti y para que llegue a todos los tuyos.

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  4. Querida Mer, como me gusta leerte. Contigo las palabras se vuelven dóciles y se entrelazan en un baile que es capaz de convertir una experiencia dolorosa en un texto que irradia luz y nos devuelve ese cuerpo que olvidamos continuamente como si fuera a ser eterno.
    Un abrazo enorme
    Solé

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  5. Te recuerdo cuando vibiste a bailar, yo estab aahí. Me he emocionado. Y me gusta leer que el cuerpo siemore sabe. Y para romper la melancolía, te digo que me quiero tomsr unas cañas en el buendi y hacer dibujos en el papel, de esos que tienen sentido con dos o tres cañas y sin ellas los pierden. Recuerdo cuando viniste a clases, he aprendido mucho de ti. Eres ejemplo.

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    • ¡Si supieras lo bien que me sentaban tus clases! Y lo feliz que era caminando a un punto…, y luego a otro…. Me encantaban esas cosas que no eran exactamente baile y que le daban otro aire a todo, a lo del cuerpo y a lo que no era del cuerpo. ¡Lo hemos pasado tan bien! Todo el que baila o hace teatro contigo tiene mucha suerte y no sabe la de cosas que trabaja. De hecho, ¿tú sabes la cantidad de cosas que trabajas? Te las apunto en un taco de servilletas del Buendi el día que quieras… ¡Gracias, profe!

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  6. Qué belleza de texto, con un equilibrio de bailarina sostenida en un pie entre el dolor y el placer, entre la vida y la muerte, en el momento presente mismo que es todo lo que tenemos. Un abraza de ultramar, Mercedes.

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      • Adela, es así la vida, un equilibrio donde solo se puede bailar con la música que llegue y sentir el cuerpo como esté. Y reconfortarse con abrazas de ultramar que traen aire y agua salada y saben muy rico 😉

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  7. Mercedes, alucino contigo ¡Cuanta poesía! y además malabarista de palabras. Desde que te conocí en Veneras sabía que tu triste sonrisa encerraba cosas que no decías. Ahora comprendo, te admiro , y te envío, desde el corazón, un abrazo muy fuerte.

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    • Mariluz, si me has leído hasta el aburrimiento, yo creía que os había contado toda mi vida… Pues me alegro de que alucines 😉 A veces creo que se van a acabar la cosas sobre las que escribir, pero ocurre lo contrario. Como si la vista fuera haciéndose más fina para encontrar historias.
      Un abrazo enorme. Yo te admiro mucho a ti.

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  8. Que bonito Mercedes!…. como.me ha llegado!!…,otro tipo de intervenciones han tocado mi sensibilidad y se ha entablillado!!…. y mira tu, aqui estoy emocionada, muy emocionada con tu relato!!…gracias Mercedes!!!

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