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Solsticio de fin de curso

Mandalas o soslticio de verano

Lunes, 22 de junio de 2020

 

El cierre del curso siempre me pone en un estado anímico agridulce muy especial. Para mí diciembre no representa el fin del año, sino que lo es junio. En junio se me echa el tiempo encima con su carga de nostalgia y el solsticio de verano.

También es cuando la ausencia de un futuro claro me hace un nudo en el estómago. Hace muchos años que soy autónoma, lo cual quiere decir que nunca nada está asegurado. No sé qué pasará el curso que viene, si será una buena decisión realizar todos los acompañamientos online (por si acaso tenemos rebrotes en otoño), qué nuevos cursos será conveniente abrir, etc. Yo, que siempre quiero tenerlo todo controlado, me tengo que mantener en la cuerda floja del no saber.

A ratos me entran ganas de meterme debajo de la mesa a esperar que los acontecimientos avancen sin mi intervención. En esos momentos, maldigo esta energía ventiscosa que no me deja parar, que me mantiene siempre en tensión, siempre en acción, siempre cerrando y abriendo ciclos sin poder posarme en ningún lugar, como los vencejos. El otro día una participante del acompañamiento Romper el Hielo hablaba en un escrito de la pereza, comparándola con la sensación de zambullirse en un bote de leche condensada de cuyo dulzor y textura es difícil despegarse, aunque te sienta fatal. Yo nunca he degustado las mieles de ese tipo de pereza. Ni siquiera me permito mirar la leche condensada en las repisas del supermercado.

Hora de hacer balance

Por otra parte, junio es el momento de hacer balance, de preguntar a las personas a las que he acompañado cómo han vivido los cursos, qué creen que ha faltado, cómo se pueden mejorar. Dado que soy tremendamente sensible a mis defectos y limitaciones, lo paso fatal con aquello que me hacen ver que se podría mejorar, a la vez que lo agradezco infinitamente, porque es la única manera de crecer en mi profesión. La dificultad de perdonarme aquello en lo que he metido la pata se mezcla con el impulso de hacerlo mejor en la próxima ocasión, la capacidad de ver con perspectiva los puntos de mejora y la posibilidad de afrontarlos. Todo eso se convierte en un gran molinillo de viento de tonos grises y azulados que gira a velocidad de vértigo en mi pecho, que parece a punto de estallar.

Durante todo el curso tengo la agradable sensación de estar trabajando en la construcción de una ciudad secreta excavada bajo tierra. Nadie fuera de esta maravillosa ciudad sabe lo que está pasando en Escribir y Meditar. Clic para tuitear

Es el momento también de mostrar al mundo los frutos de tantos meses de trabajo y compenetración en los grupos. Como es una parte muy satisfactoria, también es conflictiva para mí, pues mis patrones parecen denegarme el permiso para «mostrarme» o visibilizar mi trabajo o, simplemente, gozar de la tarea bien hecha. Durante todo el curso tengo la agradable sensación de estar trabajando en la construcción de una ciudad secreta excavada bajo tierra. Nadie fuera de esta maravillosa ciudad —que se crea y despliega con su propia fuerza intrínseca— sabe realmente lo que está pasando en Escribir y Meditar, ni siquiera pueden llegar a imaginárselo. Incluso los habitantes de la ciudad que comparten casa no saben lo que ocurre en la de al lado.

Yo disfruto de cómo las corrientes subterráneas permiten que el agua salga de todos los grifos, de cómo las sinergias que surgen en un grupo se transfieren a otro como por arte de magia, de cómo el parterre de flores que cultivamos en una parte de la ciudad puede aportar su fragancia a la parte más alejada… Me siento una cocreadora especial y la única espectadora privilegiada del espectáculo al completo.

Me quedaría a vivir para siempre en esta ciudad, pero la propia dinámica del despliegue no lo permite. Las semillas germinan y salen a la superficie. De las corrientes subterráneas acaban brotando manantiales. Todo lo oculto ha de salir a la luz, es su proceso natural, y yo también he de salir para acompañar a mi gente en ese tránsito. Pero mis ojos no están acostumbrados a la luz y me da miedo y vergüenza que los desconocidos nos miren demasiado, como si se fuera a devaluar la preciosa joya que lleva tanto tiempo gestándose aquí abajo.

Hay que permitir que quienes se han descubierto pájaros vuelen, que quienes se han convertido en mariposas llenen de colores el mundo, que quienes nacieron para moteros se alejen a gran velocidad por la autopista. Clic para tuitear

Ese tránsito hacia la superficie supone, además, despedirse. Despedirse de la ciudad subterránea. Despedirse de los mandalas que adornaban cada fachada, dibujados entre los que habitaban cada casa y que representaba su tipo de energía multicolor y particular. Y, sobre todo, despedirse de las personas. Quizá no para siempre, pero sí dentro de un contexto determinado que en parte las configuraba. Hay que permitir que quienes se han descubierto pájaros vuelen, que quienes se han convertido en mariposas llenen de colores el mundo, que quienes nacieron para moteros se alejen a gran velocidad por la autopista, que quienes son montaña alcen su cima al cielo, los que son río fluyan por las tierras secas, los que son fuego ardan de pasión, los que son viento toquen su música entre las ramas de los árboles y los que son aire se expandan hacia el infinito.

Decir adiós me desgarra el alma, y a la vez año a año voy aprendiendo a hacerlo sin aspavientos. Igual esto me va preparando para, en algún momento, decir adiós a mis hijos, cuya partida ya no queda muy lejos. Pero eso no quita para que me desgarre el alma. Las despedidas son necesarias para los reencuentros y los renacimientos, y también son como pequeñas muertes. Así que en junio estoy, por si lo demás fuera poco, de duelo.

La pandemia que nos unió y nos hizo más creativos, si cabe

Este año, además, la pandemia y el confinamiento parecen habernos unido de manera especial. Nos pilló a mitad del camino, y provocó una gran cohesión en todos los grupos. De pronto, todos y todas nos convertimos en sostén de los demás y viceversa. Abrí un grupo de whatsapp —que aún perdura— a través del cual nos reunimos a meditar todos los días a las siete de la tarde, en el que se escribieron cartas preciosas a las personas que estaban solas en los hospitales o en las residencias y en el que nos íbamos pasando propuestas creativas que nos pudieran ayudar en esa situación que nos tenía en estado de shock. Cuando caí enferma, me sentí cuidada y arropada por todas y todos, que se preocupaban de que no me esforzase en exceso. Confeccioné un diario de confinamiento que no voy a decir que me salvó la vida, pero si de caer en una depresión profunda, porque me permitía ir dando salida a mis inquietudes —que eran similares a las de quienes me rodeaban— de una forma creativa y catártica.

Es difícil, imposible, transmitir con palabras todo lo que hemos pasado a lo largo de este curso, y qué diferente hubiera sido para todos nosotros de no tener ahí el sostén de los grupos, de la escritura y de la meditación, que en el caso de algunas personas pasaron de ser un vago deseo de expresarse a través de las palabras o de calmarse un poco a convertirse en una tabla de salvación ante el maremoto que se presentó en modo de pandemia de un día para otro.

El último elemento que constituye este agridulce solsticio de fin de curso es la lógica consecuencia de la aparición del fruto, y se trata de la celebración. No basta asumir la disolución de los mandalas y el abandono de la ciudad, no basta poner de manifiesto el aprendizaje, no basta aceptar la muerte para dejar sitio al renacimiento… Además, hay que celebrarlo. Es un paso necesario para cerrar sanamente un ciclo y abrir el siguiente con poder.

Si salir a la luz del sol me da vergüenza y miedo, ante la posibilidad de ser el centro de un evento entro en pánico, me pongo literalmente enferma. De este tipo de retos —tan asumidos por la mayor parte de la gente y que pueden parecer tan tontos— se compone mi vida, marcada desde la infancia por creencias autodestructivas.

El sábado 27 de junio es momento de alegría, es momento de celebrar cuarenta y cinco relatos como cuarenta y cinco lunas de solsticio bajo el título Relatos Imperfectos. Clic para tuitear

Este sábado, 27 de junio, a las 19h, se hará por vídeoconferencia la presentación oficial del libro de relatos compuestos por los participantes en los cursos de Escribir y Meditar, cuarenta y cinco relatos como cuarenta y cinco lunas de solsticio, bajo el título de Relatos imperfectos.

Es momento de alegría, de encontrarse en campo abierto todos los habitantes de la ciudad subterránea, de conocer a otras personas, de risas, de que los familiares y amigos valoren los resultados de este aprendizaje, de que los portavoces de los grupos expresen su experiencia a lo largo del año, de que yo exprese mi inmensa gratitud, de que digamos tonterías, contemos chascarrillos, brindemos virtualmente con cava o cerveza o vino o fanta de limón. Y yo me cago de miedo.

Sin embargo, ese miedo ya no logra eclipsar la inmensa luna que nos ampara en este solsticio de fin de curso y que reparte bendiciones para todas las almas que este año han compartido la inigualable experiencia de escribir y meditar en armonía y colaboración con otras almas únicas y especiales.

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4 comentarios en “Solsticio de fin de curso”

  1. Sensibilidad, ingenio, dulzura, duda, belleza de alma, indecisión, aparente fragilidad pero dura como la joya más preciada. Así es Isabel Cañelles. Un alma que se cree frágil pero no lo es. Es algo tan cálido y valiosa que conocerla es amarla y es querer tenerla siempre al lado porque te enseña, te da fuerza y te lleva por la, senda apropiada. Todo eso lo hace sin saberlo. Lo hace con dudas pero lo hace con tanto amor. A veces sin creer en ella misma y está entonces ran equivocada. Isabel es la luz y la esperanza en un mañana mejor. Isabel es mi amiga. Es una de esas amigas que cuando las tienes a tu lado solo ves el sol, el mañana y la, esperanza en un todo mejor

    Responder
    • Hola, Matilde,

      Muchas gracias por tu dulzura y tu sensibilidad. Es precioso todo lo que dices, y verme con las tonalidades de la luz que desprendes es el mejor regalo para mí.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

      Responder
  2. Creo que no exagero si os digo que he conocido mi verdadera naturaleza, esa que está bajo todas las superficies, bajo todas las capas, gracias a Isa.
    Gracias a su enorme, a su tremenda sinceridad, he aprendido a confiar en mi, a bucear en las profundidades, a soltarme, a volar y a ser. Porque cuando comencé mi aprendizaje quería ser escritora, quería escribir…ahora sencillamente sé que soy escritora, escribir es lo que me sustenta, lo que me permite comprender a los que me rodean y comprenderme. Y eso hubiera sido imposible sin la practica de la escritura y la meditación.
    Y ese ambiente de honestidad y sinceridad es el que se impregna en los grupos de trabajo.

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    • Gracias, Sole,

      Qué gran suerte he tenido de que me escogieras para acompañarte, porque cuando hay una buena materia prima (y no me refiero en absoluto al «talento», sino a las ciertas cualidades como persona) es fácil hacer de espejo y reflejar, simplemente, lo que hay.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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