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Sostener el miedo – De Mercedes Adán

Looping y el miedo que puedo sostener

Autora: Mercedes Adán

Empiezo otro intento de escribir un texto después de unos cuantos fallidos. Me ha pasado varias veces lo mismo: cojo un tema, le doy vueltas, no va, y lo abandono para volver a empezar. En cada intento me distraigo mucho: trabajo, limpio, miro internet, y no avanzo.

Este ir y venir es conocido. Funciono así. Me distraigo y cambio de actividad en cuanto me entra una inquietud que no sé lo que quiere decir. Pero cuando algo me gusta soy capaz de centrarme. Y cuando mi dispersión se acentúa hasta que se hace casi insoportable, sé que me pasa algo. Y me he dado cuenta de que ahora, me pasa. Y he visto lo que es.

Tengo miedo. 

No es muy evidente. No es un monstruo horroroso delante de los ojos. Si no me hubiera puesto a escribir para el blog seguramente no lo hubiera visto. Es un miedo un poco escondido que intuyo con el rabillo del ojo, en la oscuridad, como si fuera siempre detrás de mí oculto tras una cortina. 

A veces el miedo te toma de golpe. Si te despiertas un sábado por la noche antes de que amanezca, y en medio del calor de las sábanas te das cuenta de que no has oído volver a tu hijo, lo notas en tu interior como si hubieran encendido una mecha de pólvora. Pero hay otros miedos que llegan de puntillas, como si saliera un hilo del material del miedo de un volcán silencioso, que se extiende despacio y se alarga aquí y allá, tejiendo telarañas que te toman poco a poco. 

Me da miedo sentir miedo, pero una vez que lo siento y lo sostengo, me gusta. Clic para tuitear

Cuando me pregunto qué me pasa con este ir y venir que me impide escribir, y me doy cuenta del miedo que tengo, me paralizo. Se ha extendido tanto que no sé por dónde empezar a  hacer algo con él. Aprovechó las noches de insomnio cuando empezó la pandemia, creció durante meses en la soledad de casa, sin abrazos ni besos que me calmaran, se agrandó cuando enfermaron personas de mi familia, y se hizo gigante cuando este verano murió alguien que me importaba mucho, así, sin avisar, diciéndome con claridad inapelable, por última vez, que la vida no espera. Siento el agujero del miedo en mi garganta, mientras oigo en televisión el crujido de la lava avanzando con una precisión implacable y una indiferencia aplastante hacia lo humano. Después de esa imagen tan impactante, siento que el miedo de mi garganta se ha extendido como una pesada telaraña por todo mi cuerpo. 

Si me dejo sentir así el miedo, si no me escapo buscando otra cosa que hacer, voy un poco más allá de la horrible sensación de «no puedo con esto» o «voy a morir». Me doy cuenta de que me pongo alerta y se despiertan mis sentidos de una manera que me hace sentir muy viva. Me da miedo sentir miedo, pero una vez que lo siento y lo sostengo, llega ese punto que me gusta. El cosquilleo en la garganta es bueno y la telaraña que vibra en mi cuerpo me hace sentir cargada de energía. Pienso que da más miedo que esté escondido sin que me dé ni cuenta.

Cuando tenía unos veinte años, fui con mi amiga Blanca al parque de atracciones. Subimos al Looping, un tren de coches enganchados sobre raíles como un ciempiés. Nos atamos con un cinturón rojo y avanzamos subiendo, bajando, inclinándonos peligrosamente, hasta coger la velocidad suficiente para hacer un giro cabeza abajo, llegar al cielo y volver a bajar. Gritamos con todas nuestras fuerzas y las manos acabaron clavadas al cinturón. Al bajar recuperamos la respiración, nos dijimos lo horrible que había sido y lo locas que estábamos para subir ahí, nos colocamos el pelo y la cara desencajada, sentimos el suelo bajo nuestros pies, nos miramos…, y una dijo «¿repetimos?» y la otra contestó «sí».

Cuando contacto con el miedo, a veces siento que no puedo con ello de forma algo irracional, pues sé que viajo en la seguridad de mi raíl y con mi cinturón rojo. Otras veces sé que, a pesar de esa aparente seguridad, puede pasar cualquier cosa. Entonces siento un vértigo profundo, ni siquiera puedo gritar. Pero si aguanto lo suficiente para conectar con mis sentidos despiertos, siento el reto. Nos estamos jugando la vida todo el tiempo mientras confiamos en ir sobre un raíl y con cinturón de seguridad. Y vale la pena. Soy Jorge frente al dragón, o David ante Goliat. La boca se me seca pero no quiero retroceder ni achicarme. He retrocedido muchas veces. Tal vez no era capaz. Pero ahora me digo: «yo puedo». 

Tengo miedo porque ahora me atrevo a hacer cosas que no he hecho nunca antes. aunque sea pequeña. Me digo que puedo y pruebo. Clic para tuitear

Aunque piense que puedo, el miedo sigue ahí. Tengo miedo porque la muerte es una serpiente dormida que despertará cuando termine la digestión. Tengo miedo porque sé lo pequeña que soy. Tengo miedo porque en este mundo conectado nada está en mi mano ni bajo control.

Y, sobre todo, tengo miedo porque ahora me atrevo a hacer cosas que no he hecho nunca antes. Aunque tenga miedo, aunque tenga limitaciones, aunque sea pequeña. Me digo que puedo y pruebo.

Explorar el miedo es hacer algo creativo con él. Me impresiona un artículo del fotógrafo Pepe Guinea, que hacía fotos mientras le trataban de un tumor cerebral. Dice que eso le permitía «establecer la distancia justa con las ganas de salir corriendo que estaba sujetando todo el tiempo». Así llamó a la exposición de las fotografías de su enfermedad: «La distancia justa». ¡Me parece tan acertado! Si el miedo se mete en mi cuerpo y extiende su tela de araña, pero puedo sostenerlo y poner «la distancia justa», siento que yo puedo y me empuja a la acción. 

Como decía, después de un verano extraño, me ha costado mucho escribir. Si dejo un tiempo la escritura siento una inquietud en el cuerpo a la que no sé poner palabras. Si vuelvo a escribir vuelvo a enterarme de lo que me pasa.

Me costó vencer mi miedo cuando empecé a escribir. Ya no cuesta tanto porque sé que pasar a través del miedo trae cosas buenas. Este curso vuelvo con más ganas.

Y con más miedo.

Lo noto ahí, detrás de mí, escondido detrás de una cortina, algo más pequeño que el curso pasado. Aunque diga «yo puedo» con más convencimiento, ahí sigue.

Y está bien así, vuelvo con lo que hay.

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16 comentarios en «Sostener el miedo – De Mercedes Adán»

  1. Es maravillosa tu pagina, todavía no me atrevo a hacer el curso, pero llegará, de momento me encanta leer tu blog, es como un bálsamo. Gracias por tu trabajo

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  2. Que maravillosa reflexión, Mercedes, y que cierto aquello de que el miedo siempre nos acompaña. Ocurran cosas buenas o malas, él siempre está ahí, y, supongo que, como bien dices, está bien que permanezca. A veces su presencia nos lanza dudas, ¿seré capaz? ¿me saldrá bien?, cuando algo bonito nos ocurre y no somos capaces de alegrarnos sin más. En otras ocasiones, el miedo nos paraliza a lanzarnos de lleno hacia la piscina en la que deseamos bucear.
    Yo también estoy llena de miedo, la misma telaraña que abraza tu cuerpo sostiene también el mío, seguramente esté fundado bajo motivos distintos, pero la materia prima es la misma.
    Aplaudo tu fuerza, tu voluntad y tu serenidad para sostenerlo, y deseo poder hacerlo algún día tan bien como tú, mientras…sigo vigilándolo de reojo cuando se deja ver.
    Un abrazo

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  3. Tengo miedo pero yo puedo…voy a hacerlo o a intentarlo, que es lo mismo. Pero no puedo dar ese paso, o al menos no de modo consciente, si antes no he palpado, reconocido y hasta “amado” ese miedo en todos sus recovecos…
    Jolin Mer, lo q nos enseñas.
    Un abrazo

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    • Y tú que bien lo recoges en dos líneas.
      Casi todo son procesos y nuestro ritmo nos hace perder esa perspectiva y solo ver lo que tenemos delante. Seguir el hilo de algo es chulo, aunque sea del miedo.
      Un fuerte abrazo,
      Mer

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  4. Que valiente eres Mer!! Ese miedo que dices tener, esa telaraña que se enreda en tu cuerpo son solo excusas. Tu valentía te arrastra y te lleva lejos, muy lejos y alto, muy alto. Lejos pero cerca de tu ser, de tu cuerpo que fluye y brota siempre como una flor que será siempre olorosa y llena de colores.
    Sigue con esos miedos porque te enriquecen y te hacen grande. Llegaras muy lejos querida Mer. Y sabes que tendrás siempre mi apoyo.

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    • Matilde, solo ¡¡¡¡gracias!!!!! 😉
      Ahí seguimos. Somos muy constantes, así que llegaremos lo lejos que podamos.
      Un besazo,
      Mer

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  5. “… (el miedo) No es un monstruo horroroso delante de los ojos. Si no me hubiera puesto a escribir para el blog seguramente no lo hubiera visto. Es un miedo un poco escondido que intuyo con el rabillo del ojo…” Justo después de leer este párrafo, he tenido que parar de leer, de golpe. Me he visto a mi misma mirar por el rabillo de mi ojo y, sin saber por qué, han empezado a saltar por los aires una lista de miedos que, parece llevaba baruntándose tiempo por aquí dentro. Como tú dices, andaban escondidos entre diferentes formas de limpiar y ordenar: vaciar armarios y tirar lo que no sirve, ordenar el escritorio, las estanterías y liberar un poco de espacio, poner lavadoras, quitar el polvo…hasta bañar a mi perra de aguas y frotarla bien hasta convertirala en una gran bola de espuma. El caso es que, después de leerte, he sido consciente de que esa manía mía por limpiar es mi manera de no dejar salir mis miedos. Y aunque aún no los he sostenido, al leerte, he sentido la misma sensación de alivio que al ver cómo la espuma sucia del baño de mi perruna, desparecía por el desagüe.
    Gracias Mercedes por poner palabras de aceptación al miedo, cuando a otras nos resulta más fácil limpiar y ordenar lo de fuera.
    Un abrazo

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    • Chus, qué bien que los hayas visto por ahí, entre las lavadoras y tu perra. La verdad es que no verlos hasta hora parece que te era muy útil. Espero que aunque te hagas amiga de ellos tu casa siga impoluta. Qué pena que no seamos compañeras de piso porque a mí, eso no me pasa ;-))))
      Ya en serio, me encanta lo que te ha pasado y lo bien que lo cuentas. Aprender a sostener las emociones es una habilidad que no se olvida, como montar en bici. Cuando sale con una lo puedes ir haciendo poco a poco con las demás, a tu ritmo, y cobran sentido. Aunque en general se olvida porque no apetece. Por eso hay que trabajar el estar presente, para que no se escape.
      Un abrazo grande,
      Mer

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  6. Ana, te esperamos.
    En los cursos se trabaja en grupo y se crea un ambiente muy acogedor. De hecho, me atrevo a publicar gracias al empuje de Isa y a que están sujetando mi miedo mis compañeros.
    Gracias por leernos y un abrazo,
    Mer

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  7. Así es Mer, volvemos con lo que hay, con lo que fue y será…en realidad no sé si es miedo o es otra cosa… gracias por la oportunidad al leerte de volverlo a indagar… nos vemos enseguida… abrazos miles

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    • Qué bien que vuelvas, Consuelo. A ver con lo que nos encontramos… 😉 A pesar de los pesares, siempre volvemos con ganas.

      Besos,
      Mer

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  8. Sí, justo eso, la misma materia de las emociones es una energía que nos une.
    En momentos creativos, divertidos y amorosos pienso que el miedo se va. Y cuando cambiamos ideas que nos creaban sensación de peligro de manera infundada (y tenemos muchas).
    Ahora hay un ambiente de inseguridad que a mí me va fatal y a mi miedo muy bien. No sentir cierta seguridad es terrible.
    Qué interesante reflexionar sobre el miedo, si no nos diera tanto miedo… 😉
    Gracias por reflexionar conmigo, Estrella.
    Un abrazo,
    Mer

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  9. Me encanta el viaje que haces observando a tu miedo, Mer, ¡qué bien lo describes!, me lo he pasado pipa, como si me llevaras de la mano por un parque de atracciones. Nos vemos pronto, besos

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  10. “Vuelvo con lo que hay” amé esta frase y me la apunto en un post it para dejarla en la pared de enfrente, justo por detrás del monitor, a la altura justa para poder leerla todas las veces que me haga falta. Muchas gracias Mercedes, por tus textos cargados de amor.

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