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El sufrimiento y el dolor: reflexiones posteriores al Cómo

Espacio Como, charla de Isabel Cañelles sobre como Reescribir tu propia historia

(Estas reflexiones corresponden a la repercusión que tuvo en mí la charla que di el 14 de marzo de 2024 sobre «Cómo reescribir tu propia historia» en el espacio «Cómo». Si quieres ver la charla, te ruego que me escribas a isabel@escribirymeditar.es, para que te pueda proporcionar el enlace y la contraseña).

Todavía estoy impactada por lo ocurrido el 14 de marzo alrededor de la charla que di en el espacio «Cómo» sobre «Cómo reescribir tu propia historia». Tanto los días antes, como el día del evento, durante el encuentro en sí, y los días de después, me han atravesado muchas emociones intensas, pero también muchas comprensiones (difíciles de verbalizar).

Asimismo, se ha dado en mí una expansión de corazón que me es difícil sostener (duele), acompañada de una fuerte descarga (¿o recarga?) energética y revolución en mi sistema nervioso. Todo, además, se ha desarrollado en una atmósfera onírica, como si me encontrase en otro plano de existencia diferente al habitual y como si no fuese exactamente «yo» quien movía los hilos de mis acciones.

Por último, ha habido un movimiento interno de placas, como si hubiese sacado un pie (o los dos) de la estructura social en la que estaba inserta y que yo creía que me sostenía, pero qué va, lo que hacía era encorsetarme.

Lo que me está ocurriendo al despertar de esa especie de ensueño es que me parece imposible que yo fuese capaz de hacer lo que hice. No sé de dónde saqué la fuerza y la determinación. Incluso me siento algo avergonzada de esa especie de acto heroico que alguien parece haber hecho en mi nombre.

Y me duele el corazón. Me duele física y emocionalmente.

Sé que para mí ha habido un antes y un después. He comprendido lo difícil que es —para mí la primera— aceptar el dolor que hay detrás del sufrimiento, y sentirlo. Porque para eso está el dolor, para que lo sintamos, lo acunemos, lo… Share on X

Al caerse la espesa capa de miedo y culpa que velaba mi mirada, lo que siento es una inmensa tristeza al percibir el tremendo sufrimiento del mundo.

Esta noche he tenido sueños poderosos, en que se mezclaba lo natural y lo salvaje. En mi cuaderno de sueños he escrito:

Recuerdo dos escenas:

  1. Estoy junto a una charca en medio de la naturaleza. La orilla está llena de barro. Estoy desnuda y descalza, en medio de la noche, y la situación es bastante tétrica y salvaje. Mis pies se hunden en el lodo. No sé qué hacer, pero hay una razón por la que estoy aquí. De pronto, me doy cuenta de que por donde piso todo se vuelve luminoso. Meto los pies en la charca y el agua alrededor de ellos se vuelve transparente y veo muchos pececitos naranjas que serpentean alegremente. Y, de golpe, todo es belleza e integración.
  2. Entro por la noche en una cabaña en medio del bosque, que es donde estoy viviendo. Veo que hay un bulto en la cama. Es un hombre, creo que mi pareja. Pero habíamos quedado en que se iría. Le despierto, y le digo que se vaya. Él no se quiere ir, trata de hacerme sentir culpable. Es una escena dura, pero yo soy implacable. Le echo de allí sin contemplaciones.

Creo que estos sueños hablan del cambio que se ha producido en mí, de esa luminosidad que emerge al abrazar mi propia verdad y de la determinación con la que he desterrado (de mi vida, de mi cabaña y de mi cama) aquello que no quiero más: la mentira, el autoengaño y unas estructuras podridas donde el amor no podía desplegarse.

Todo esto duele, pero es un dolor también dulce acompañado de ternura y amor. Y me siento increíblemente bendecida y acompañada.

Me sentí muy arropada por Martina los días antes del Cómo. Ella me iba encauzando desde el refuerzo y la validación, me iba mostrando que lo que iba a hacer era lícito y necesario, que no tenía nada que ver con el afán de protagonismo o con el morbo y que había de hacerlo desde el respeto hacia mí misma (en primer lugar) y la conexión con los demás (en segundo lugar).

Separó cuidadosamente, como quien despega dos lonchas de queso que se han quedado pegadas, el sufrimiento del dolor, para que en mi corazón (y por tanto en mi discurso) no se mezclaran, y pudiese dar a entender que si el dolor era una vía válida y necesaria de transformación, el sufrimiento era ya innecesario y prescindible para mí. Y, sobre todo, se puso a total disposición (con una asombrosa confianza en mí) de lo que pudiese suceder. Cuando lo evoco, sé que buena parte de mi fuerza surgió de su confianza incondicional. ¿Cómo engañar o manchar con la inconsciencia algo tan puro y delicado?

Una semana antes del Cómo estaba muerta de miedo, asediada por los patrones familiares que me auguraban la hoguera, la vergüenza y humillación públicas. Esos días, lo único que evitó que claudicase fue saber que eso formaba parte del proceso que me había decidido a afrontar. Ese miedo que me hacía temblar por las noches era, de hecho, la señal que me avisaba de que había tomado la decisión correcta, de que aún tenía voces internas que trataban de avergonzarme y a las que me tocaba integrar a través de lo que iba a hacer. Esas voces fueron callándose a medida que mis seres queridos me iban diciendo que acudirían al Cómo. Pero solo se callaron del todo cuando me di cuenta de que —aunque necesitaba el apoyo de quienes me querían— la fuerza para decir mi verdad tenía que sacarla de dentro, y no de fuera. Así que me dediqué los días que quedaban a abrazar mi verdad en quietud interna.

Otra dificultad que tuve que atravesar esos días fue la de dejarme sostener. Acostumbrada toda mi vida a que nadie pudiese sostener mi historia, mi herida, mi extrema sensibilidad, mi luz, mi sombra, mi confusión y mi fragilidad, y menos todo a la vez, de pronto iba a mostrarme vulnerable delante de ciento cincuenta personas (la mitad de ellas desconocidas) y a dejarme guiar por la escucha activa de Martina.

¿A qué siniestro juego estamos jugando en esta sociedad traumatizada que se niega a mirar sus propias heridas sangrantes? Share on X

Cuando llegó el momento de salir a escena, estaba preparada para dejarme sostener por las preguntas de Martina, para confiar en las personas que me rodeaban, para asumir el riesgo de no lograr transmitir lo que yo quería y para que la posibilidad del juicio ajeno no me paralizase. Aproveché tanto mi facilidad para meterme en una burbuja como el silencio sepulcral que mantuvo el público durante toda la charla, para enfocarme en Martina y en nadie más que en ella. Y en esa burbuja de no tiempo estuvimos las dos, completamente conectadas por la mirada y la palabra, en una profunda e íntima —a veces dolorosa— comunión, hasta que regresamos al plano humano del tiempo. Para mí fue como si hubiésemos estado no más de diez minutos charlando. Creo que se me quedaron cosas por decir, pero sustituí mi habitual bloqueo derivado del perfeccionismo por la necesidad espontánea de conectarme con el público y, cuando Martina me dijo: «¿Quieres expresar algo más a todas estas personas?» yo aproveché su empujoncito para saltar del sofá y fui rodeando la sala y mirando a todos los presentes, conectando de alma a alma con ellos. Y entonces, allí en medio, agradecí al público su acogimiento y hablé de mis hijos, uno de los cuales estaba presente en la sala y otro me esperaba a la salida, y de la importancia de sacar a la luz las heridas en las familias para que no se pudran ni se pasen de generación en generación. Y creo que eso que dije al final, y que no tenía pensado decir, que salió solo y con una extraña urgencia, fue lo más importante, como la síntesis de lo que yo quería transmitir o lo que era verdaderamente esencial.

Y entonces vino la devolución. Los aplausos. Martina y yo fundiéndonos en un abrazo, las lágrimas de toda una vida de silencio derramándose por fin, Martina y yo juntando nuestras cabezas, sabiendo que lo que acababa de ocurrir nos hacía hermanas para siempre. Y una cola allí de gente para abrazarme (o no sé si estaban allí para abrazarme, pero yo a todos les encajaba un abrazo bien gordo)… Algunas personas me contaban al oído confidencias, de esas que no cuentas ni a tus amigos íntimos. Otras personas solo me miraban, y sus ojos, junto con los míos, lo decían todo. No hubo nada en ese acto, absolutamente nada, que oliese a juicio o incomprensión. Y en los días de después solo he recibido amor, reconocimiento y más amor, mientras mi corazón se abre, y cuando parece a punto de explotar, va y se abre más.

Y entonces —me pregunto—, siendo así las cosas, ¿a qué siniestro juego estamos jugando en esta sociedad traumatizada que se niega a mirar sus propias heridas sangrantes?

Sé que para mí ha habido un antes y un después del Cómo, aunque aún no sé el alcance de todo esto. De momento, me siento en extremo liberada, agradecida y sostenida. Y también muy triste por el inmenso sufrimiento humano y lo difícil que es —para mí la primera— aceptar el dolor que hay detrás de ese sufrimiento, y sentirlo, simplemente sentirlo, porque para eso está el dolor, para que lo sintamos, lo acunemos, lo aliviemos, lo compartamos y, así, se sane.

11 comentarios en «El sufrimiento y el dolor: reflexiones posteriores al Cómo»

  1. Me he quedado impactada por tu valor. También siento una infinita tristeza. Comparto contigo una violación con apenas 18 años que no se hizo consciente en mi hasta pasados los 50. Tanta era la fuerza de la construcción social en que vivía. Una familia con un padre violento y maltratador psicológico hizo el resto, junto con una inadaptación personal a mi madre y hermanas.
    Demasiadas violaciones para no estar segura del tremendo dolor que se ha infligido a las mujeres. Y si no basta saber que a Cristina Fallarás la cerraron hace poco su a mi también en instagram. Esto es político además de personal.
    Un enorme abrazo para ti, Isa. Comparto tu dolor.

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    • Estoy de acuerdo contigo, Loreto. Es político y tiene que ver cono la sociedad patriarcal en la que vivimos. Y también es personal, y en nuestra mano está trabajar con ello y no creernos todas las mentiras que nos han contado, y menos en torno a lo «privado» y a lo «íntimo». Muchas gracias por compartir, tú también eres una mujer valiente afrontando su verdad y su proceso.

      Un abrazo enorme,

      isa

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  2. Querida Isa, vi la grabación del CÓMO y, en verdad, que tu vida, como tú misma, es una caja de sorpresas. ¿Cómo se puede sufrir tanto daño y resistirlo? eres mi heroína, que lo sepas. Me admira tu determinación para enfrentarte a conflictos tan profundos. Desde aquí quiero transmitirte mis más sincera admiración y comprensión, además de mi cariño.
    Un enorme abrazo.

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    • Gracias, José María. Me llegan al corazón tus palabras, y me causa mucho respeto ser la «heroína» de alguien como tú ;-). Eres un amor y aprecio mucho el tenerte siempre ahí, a la escucha.

      Un abrazo enorme,

      Isa

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  3. Querida, Isa, acabo de ver la charla que tuvisteis Marina y tú en ese espacio tan hermoso como íntimo, y me gustaría en primer lugar darte la enhorabuena por abrazar ese miedo a hablar en público, sostenerlo y superarlo con valentía y fuerza, pero además, hacerlo a través de una historia, tú historia personal, tan difícil, dura y a veces cruel, pues tiene aún mayor mérito. En segundo lugar quería darte las gracias por compartir todo ese aprendizaje, toda esa reescritura que tú misma has hecho sobre esa misma historia y ofrecérnosla al resto como regalo para nuestro propio aprendizaje y sanación. Tú voz dulce, a veces quebrada, me ha llegado al alma y quiero que sepas que estoy convencida de que lo que hoy he escuchado me va a traer mucho bien a mi propia historia. Te abrazo fuerte: a la adulta que eres y a la niña que solo quería leer y esconderse debajo de una mesa.

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    • Muchísimas gracias, Stella, no sabes cómo agradezco tus palabras, pues este hilo de unión entre las personas desde la autenticidad es lo que da sentido a mi vida y a tanto dolor.

      Un fuerte abrazo,

      Isa

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  4. Hola Isa. He vuelto a escuchar todo. Ya sabes la pena que experimenté por no poder acudir personalmente, pero al oirte ahora de nuevo he vuelto a sentir la misma emoción que la primera vez que te escuché.
    Ya sabes que para mí eres un ejemplo de todo lo bueno y lo valiente que uno puede ser en la vida. Desde que tuve la suerte de conocerte mi vida ha ido cambiando poco a poco gracias a tus enseñanzas y sabios consejos. Gracias a tu sabiduría, pero esa sabiduría te llega tras años de sufrir y de re edificarte.
    Creo habértelo dicho anteriormente en otro comentario. De niña, yo también me escondía dentro de la mesa camilla. Sus faldas me hacían invisibles y me sentía libre de esa padre que me chillaba y esclavizaba.

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    • Hola, Matilde,

      Muchas gracias por tu empatía y todo el amor que derramas allá por donde pasas. Desde ahora, cada vez que nos acordemos de esa escena, la de que nos metíamos debajo de la mesa camilla para escapar de un mundo hostil, podemos imaginarnos que estamos juntitas ;-). Así será más llevadero para nuestra niña interna.

      Un fuerte abrazo, y gracias por existir y llegar a mi vida,

      Isa

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