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Expresar los sentimientos a través de la escritura

Una olla a presión como inicio de nuestra escritura

16 de noviembre de 2020

 4 inercias en la pulsión de escribir

Diría que la pulsión de escribir está generada —en buena parte de las personas que desean hacerlo— por la necesidad de expresar lo que sienten. Y no me extraña, porque en esta sociedad los sentimientos verdaderos están muy mal vistos. Somos adictos, eso sí, a la superficialidad emocional, a autogenerarnos estados de intensa euforia, extrema beatitud o sobreactuado cabreo que entran en contradicción profunda con lo que realmente está ocurriendo en nuestra experiencia interna. Es decir, somos ollas a presión con el pitorro a punto de salir disparado.

La escritura nos puede ayudar a liberar esa presión, pero si lo hacemos evitando las inercias que en nuestra vida diaria nos apartan de lo que verdaderamente sentimos. Clic para tuitear

Y pensamos —con muy buen criterio— que la escritura nos puede ayudar a liberar esa presión. Lo que ocurre es que cuando nos ponemos a ello solemos aplicar las mismas inercias que en nuestra vida, tratando de evitar a toda costa ponernos en contacto con lo que verdaderamente sentimos.

¿Cuáles son esas inercias? Lo que solemos hacer en nuestra vida con los sentimientos es:

  • negarlos o reprimirlos,
  • vomitarlos,
  • reaccionar,
  • pensar sobre ellos.

Cuando escribimos, están presentes también estas tendencias, que se traducen en lo siguiente:

  • La negación o represión de los sentimientos nos lleva a evitar a toda costa que nuestros personajes sientan, de modo que les pasan cosas, pero permanecen impávidos ante ellas, tratan de mantener el tipo, son ciudadanos respetables que cumplen con sus deberes y no se permiten tener ningún tipo de conflicto.
  • La tendencia a vomitar lo que sentimos nos lleva a un tipo de escritura autobiográfica, explícita y visceral al modo de un diario personal, sin ningún interés para un lector externo, ya que lo que estamos haciendo con ese vómito, de nuevo, es escaparnos de lo que realmente sentimos para convertirlo en conceptos abstractos (por muy viscerales que sean) que nos alejan de la experiencia.
  • La reactividad ante lo que sentimos se traduce en la escritura en relatos llenos de acción, bajo la que no podemos interpretar una secuencia de causa-efecto. Pasan cosas de forma frenética, pero las situaciones no están dirigidas por un corazón que late, sino que parecen ser una huida hacia delante.
  • Y, por último, la tendencia a pensar en lo que sentimos nos lleva a textos reflexivos que transcurren principalmente dentro de la cabeza de los personajes, en el mundo de las ideas, y que llevan al lector a pensar y entender, pero de ningún modo a vivenciar o experimentar lo que sienten los personajes.

Las estrategias que ayudan a liberar la presión en nuestra escritura

Ninguna de estas estrategias nos ayudará mucho a liberar la presión de nuestra olla exprés. Más vale que usemos nuestras historias para permitir que nuestros personajes sientan (ya que no somos capaces de hacerlo nosotros mismos). Para eso, hemos de identificarnos con el personaje y hemos de sentir lo mismo que él para poder expresarlo. Y eso, de nuevo, a veces nos da muchísima pereza, además de que no resulta fácil llegar a captar un sentimiento con precisión y expresarlo con palabras no para informar al lector, sino para que sienta lo mismo que ha sentido el personaje.

Identificarnos con lo que sienten nuestros personajes y tratar de llevarlo a palabras, es lo que engancha a nuestro lector y hace trascendente nuestra escritura. Clic para tuitear

Entonces, no vale decir «Pedro sintió una mezcla de alegría y de tristeza con unas gotas de melancolía» o «Se sintió fatal»; con eso se informa al lector del sentimiento, pero no se logra una identificación. Hemos de recrear la situación en la que se encuentra Pedro con extrema precisión para que, a través de dicha recreación, el lector pueda llegar a sentir esa mezcla de sentimientos.

Por otra parte, muchas veces se puede ver cómo, cuando llega la hora de la verdad, esa en que el personaje tiene que profundizar en sus sentimientos, provocados por sus actos o por los de los demás, el narrador corre un tupido velo y se traslada al día siguiente, a la semana siguiente o a diez años después, para contarnos las consecuencias de un sentimiento que nos ha sido escamoteado.

Sin embargo, a través de la práctica, puedes ir enfrentándote a todas estas zancadillas que te pones a ti mismo, puedes ir descorriendo todos los velos (basados en tus inercias) que están impidiéndote conectar de lleno con tus personajes y usar la escritura para recrearte en todos esos sentimientos bellos, contradictorios, dolorosos y sublimes de tus personajes —que también son los tuyos— en lugar de para escaparte de ellos.

Esa recreación gozosa es la que reducirá la presión de tu olla exprés y la que hará trascendente tu escritura, y nunca las estrategias de la huida, el vómito, la reactividad o la conceptualización.

Como ejemplo de sutileza a la hora de plasmar sentimientos de una forma increíblemente matizada, extraigo este fragmento del relato «Estado de gracia», de Harold Brodkey, en que el personaje, a través del recuerdo de la figura de su madre, nos traslada sus contradicciones emocionales del presente:

[…] a los trece años solo me preguntaba cómo era posible que una persona tan encantadora fuese también tan imposible. No sé de qué modo, pero mi madre se las arreglaba para que yo sintiese por ella mucho más odio que amor, pese a que en los momentos antes de que me entrara el sueño solía recordar su rostro, dejando que mi memoria empezase con la curvada suavidad de sus párpados para luego deslizarse a través de todo ese sutil juego de sombras y huecos y huesos, y el semirrecordado calor de su pecho, y acababa pareciéndome que esta visión de mi madre, siempre en pie, a media luz (probablemente tal como la había visto de más pequeño, y estando enfermo, tal vez, aunque en realidad no logro recordarlo), era tan bella a mis ojos como el dibujo de una alfombra persa inconmensurablemente antigua y gastada. En la visión, al igual que en la alfombra, yo era capaz de ir siguiendo las sinuosidades de las líneas, y experimentar así cierto innominado placer, pero aquello carecía casi de significado para mí, aturdido como estaba por los problemas que traía consigo el hecho de ser su hijo.

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