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Análisis de ‘El principito’ III y IV

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Continúo con el comentario literario de El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, que te estoy compartiendo por partes. En este artículo te aporto el análisis de los capítulos III y IV.

Si quieres releerte estos capítulos antes de leer el análisis, en este enlace encontrarás la obra completa.

Allá voy.

Capítulo III

Este capítulo nos sirve, en esencia, para intimar con el principito y con el narrador protagonista. A través de un sencillo diálogo, nos enteramos, en esencia, de que el principito viene de otro planeta y de que este es, al parecer, muy pequeño. Pero esta información viene envuelta con delicadeza en un pequeño tira y afloja que nos muestra a la perfección la actitud de un personaje con respecto al otro.

Habría sido bien sencillo un diálogo del tipo:

—¿Y tú de dónde vienes, muchacho?
—Vengo de un planeta muy pequeño situado allá lejos.

Habría sido bien sencillo… y poco narrativo. No lo olvidemos: nuestro principito es un niño, y los niños no contestan a las preguntas de los demás. Son ellos los que las hacen, y además exigen siempre —siempre— una respuesta. De modo que al narrador le va a costar un poquito sacar la información que necesita, y que necesita también el lector. Y a la vez, el autor tiene una magnífica excusa a mano para aumentar la tensión narrativa, para afianzar la aureola de misterio que envuelve al pequeño amigo del protagonista.

Los niños nunca dicen lo que los adultos quieren escuchar; dicen lo que les da la gana, y de entre lo que les da la gana decir, si eres astuto, extraerás aquello que te interesa saber sobre ellos. Pero hay que tener mucha paciencia, entrar en su juego y, sobre todo, no atosigarlos. Esto es lo que hace el narrador, que a estas alturas se sitúa ya en el mismo plano que el adulto que está leyendo, incluso a veces se muestra un poco molesto con el atrevimiento del principito («Quiero que se tomen en serio mis desgracias»). Para el lector, recordémoslo, han dejado de tener importancia (al menos de forma temporal, hasta que termine el libro) todas aquellas cosas que le unen a su vida en sociedad.

Estilísticamente, seguimos con un estilo llano, natural, acentuado en este caso por el diálogo, que permite más llaneza, si cabe. Así, a través de un diálogo casi de besugos (pues los intereses de uno y otro interlocutor no coinciden en absoluto) nos adentramos en ambas personalidades y avanzamos en la trama. Vamos a dejar el diálogo pelado, sin ninguna acotación, para que se vea claramente lo que digo:

—¿Qué es esta cosa?
—No es una cosa. Vuela. Es un avión. Es mi avión.
—¿Cómo? ¿Has caído del cielo?
—Sí.
—¡Ah! ¡Qué gracioso!… Entonces, ¡tú también vienes del cielo! ¿De qué planeta eres?
—¿Vienes, pues, de otro planeta?
—Verdad, que, en esto, no puedes haber venido de muy lejos…
—¿De dónde vienes, hombrecito? ¿Dónde queda «tu casa»? ¿Adónde quieres llevar mi cordero?
—Me gusta la caja que me has regalado, porque de noche le servirá de casa.
—Seguramente. Y si eres amable te daré también una cuerda para atarlo durante el día. Y una estaca.
—¿Atarlo? ¡Qué idea tan rara!
—Pero si no lo atas, se irá a cualquier parte y se perderá…
—Pero ¿adónde quieres que vaya?
—A cualquier parte. Derecho, siempre adelante…
—¡No importa! ¡Mi casa es tan pequeña!…  Derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos. 

Capítulo IV

Este capítulo el narrador lo ocupa, a sus anchas, para burlarse de los adultos, es decir, para poner al lector contra las cuerdas y decirle: «Estamos hablando de cosas serias. Tú sabrás si quieres seguir leyendo o marcharte a tus estúpidas ocupaciones. Pero si optas por lo primero, has de aceptar, de una vez por todas, mis reglas, las reglas de este juego en el que te estás internando».

Es un narrador que trata muy respetuosamente a los niños y, sin embargo, se burla descaradamente de las personas mayores. Yo creo que esta es la clave para que este libro enganche tanto a niños como a adultos. En este fragmento el protagonista se desvela como narrador (como personaje ya lo había hecho), se dirige directamente a los niños y se excusa con ellos por tener que dar algunas explicaciones superfluas (e incluso inventadas) que necesitan los adultos para confiar en sus palabras y seguir leyendo. Para los lectores adultos, es como si estuviésemos escuchando una conversación sobre nosotros casi a hurtadillas… y todos sabemos que ese tipo de conversaciones son mucho más reveladoras e impactantes que si nos hablaran directamente de lo que piensan de nosotros.

Y, más allá de eso, este capítulo es una defensa bestial del oficio de narrar, del arte de la escritura. Veamos el final del capítulo:

Si os he referido estos detalles acerca del asteroide B 612 y si os he confiado su número es por las personas grandes. Las personas grandes aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: «¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?». En cambio, os preguntan: «¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?». Solo entonces creen conocerle. Si decís a las personas grandes: «He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el tejado…», no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: «He visto una casa que vale cien mil francos». Entonces exclaman: «¡Qué hermosa es!».

Si les decís: «La prueba de que el principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe», se encogerán de hombros y os tratarán como se trata a un niño. Pero si les decís: «El planeta de donde venía es el asteroide B 612», entonces quedarán convencidas y os dejarán tranquilos sin preguntaros más. Son así. Y no hay que reprochárselo. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes.

Pero, claro está, nosotros, que comprendemos la vida, nos burlamos de los números. Hubiera deseado comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Hubiera deseado decir:

«Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él y que tenía necesidad de un amigo…». Para quienes comprenden la vida habría parecido mucho más cierto.

Pero no me gusta que se lea mi libro a la ligera. ¡Me apena tanto relatar estos recuerdos!… Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo. Y puedo transformarme como las personas grandes, que no se interesan más que en las cifras. Por eso he comprado una caja de colores y de lápices. Es penoso retomar el dibujo, a mi edad, cuando no se han hecho más tentativas que la de la boa cerrada y la de la boa abierta, a la edad de seis años. Trataré, por cierto, de hacer los retratos lo más parecidos posible. Pero no estoy del todo seguro de lograrlo. Unos dibujos salen bien y otros no. Me equivoco también un poco en la talla. Aquí el principito es demasiado alto. Allá es demasiado pequeño. Vacilo, también, acerca del color de su vestido. Entonces voy tanteando de una manera u otra. He de equivocarme, en fin, sobre ciertos detalles más importantes. Pero habrá de perdonárseme. Mi amigo jamás daba explicaciones. Quizá me creía semejante a él. Pero yo, desgraciadamente, no sé ver corderos a través de las cajas. Soy quizá un poco como las personas grandes. Debo de haber envejecido.

«Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera», Clic para tuitear

Voy a hacer una especie de interpretación muy mía, muy subjetiva, de este fragmento, con mucha menos gracia, desde luego, que el autor de El Principito, pero de la que quizá puedan deducirse algunas cosas sobre el oficio de narrar.

Somos tan estúpidos que no sabemos ver lo que tenemos delante de las narices. Que en vez de disfrutar de la belleza de la vida, perdemos nuestro escaso tiempo en acumular objetos inútiles, incluso el conocimiento lo intentamos tasar, como si fuese un inmueble. Somos tan ignorantes que si alguien nos dice las cosas como son, de forma natural y sencilla, como lo hacen los niños, desconfiamos automáticamente y le tachamos de mentiroso o de ingenuo. Por eso, señores, existe el arte, para hacernos llegar, envuelta en el papel celofán al que estamos acostumbrados, la esencia de la vida, de las cosas, de nosotros mismos. Esa autenticidad que hace tanto que se nos perdió entre las hipotecas y el nuevo modelo de coche y que, para qué vamos a engañarnos, nos aterroriza, porque nos enfrenta a nuestra responsabilidad.

Muy señores míos, se creerán ustedes que aquí les estoy hablando de una estúpida historia de un hombrecillo de otro planeta. Pero no es así, les estoy hablando de algo más importante. Les estoy hablando de la amistad, de la verdadera pena y de la verdadera alegría, les estoy hablando de cosas serias que no se han de tomar a la ligera. Como escritor, me siento en la obligación de hablarles de todo esto, ya que es la única forma en que puedo trasladarles mi experiencia de la vida. Es necesario que todo esto sea dicho, para que no caiga en el olvido entre los edificios de superficialidad que construimos a diario. Para ello utilizo todas las herramientas a mi alcance. No es un trabajo fácil. A veces las palabras dibujarán mejor lo que quiero expresar, y otras peor, me equivocaré en muchas ocasiones porque yo, al fin y al cabo, soy un simple artesano y tengo, como cada hijo de vecino, mis debilidades. Yo, señores, soy un humilde escritor que no puede ver lo invisible, lo verdaderamente importante, sino a través de sus personajes. Yo soy como ustedes, pero si aceptan acompañarme en este recorrido, mi personaje (mi principito) les mostrará lo que hay al otro lado de una caja en apariencia opaca, al otro lado de nuestra confusa ignorancia. Tendrán la oportunidad de mirar por el ojo de la cerradura y quedar cegados ante la luminosidad de la vida en estado puro.

Este es el punto, pues, en que el narrador adquiere definitivamente autoridad ante nosotros para que confiemos en él y nos dejemos llevar hasta el fin del mundo, y más allá, hacia otros planetas, hacia donde haga falta. Porque ya sabemos que no es un tipo tan pretencioso como para creer que ha inventado la rueda, pero también sabemos que no nos está hablando de tonterías, de simples historias inventadas para entretener a los niños, sino de cosas muy serias, que afectan a nuestra vida, que pueden cambiar nuestro comportamiento, que abrirán nuestra mente, que nos harán mejores personas. De alguna forma, este es el punto en que soltamos nuestras últimas resistencias y hacemos permeable nuestra mente y nuestro corazón a aquello que nos tienen que contar. Y esta es una condición sine qua non para introducirnos de veras en cualquier historia; o para que la historia se introduzca en nosotros.

En cuanto al estilo, cabría destacar en este capítulo, hacia el final, un cambio en el tono de la voz del narrador. Hasta este momento usaba la ironía y el sarcasmo en todo momento para dirigirse a nosotros, y también esa mezcla cautivadora entre tono formal e infantil. Y de pronto, en el párrafo que comienza con la frase «Porque no me gusta que mi libro sea tomado a la ligera», el discurso se vuelve solemne, hasta cierto punto trágico y amargo. Aquí se nos está hablando totalmente en serio, y el efecto es brutal por contraste con el resto del discurso.

Cuando el narrador dice, sin una pizca de ironía: «¡Me apena tanto relatar estos recuerdos!… Hace ya seis años que mi amigo se fue con su cordero. Si intento describirlo aquí es para no olvidarlo. Es triste olvidar a un amigo. No todos han tenido un amigo», a mí me entran ganas de llorar. Me emociona porque hasta ese momento estábamos leyendo en otra clave, la que nos había propuesto el propio narrador, la del divertimento. Y de pronto reparamos que bajo esa envoltura hay algo desgarrador, como una granada de mano envuelta en papel de caramelo. «No todos han tenido un amigo», nos dice el narrador. ¿Lo hemos tenido nosotros? ¿Hemos sabido cultivar esa amistad? ¿Dónde se nos perdió? ¿Merece la pena dejar caer en el olvido lo verdaderamente importante? Caramba, no me digáis que no entran ganas de llorar al pensar seriamente en estas cosas.

Por si fuera poco, el narrador nos recuerda que su oficio (el de contarnos lo que nos está contando) no es fácil, y por necesidad está abocado a la imperfección. Termina el párrafo (o la confesión) diciendo: «Entonces voy tanteando de una manera u otra. He de equivocarme, en fin, sobre ciertos detalles […] importantes. Pero habrá de perdonárseme. Mi amigo jamás daba explicaciones. Quizá me creía semejante a él. Pero yo, desgraciadamente, no sé ver corderos a través de las cajas. Soy quizá un poco como las personas grandes. Debo de haber envejecido». Uno se siente viejo y estúpido al terminar de leer esto. Nosotros, que nos creemos tan inteligentes, somos incapaces de ver la esencia de las cosas; por eso necesitamos el arte, por eso hemos de reconocer nuestra incapacidad (que va mucho más allá que la del narrador) y seguir leyendo, así se esté cayendo el mundo en pedazos a nuestro alrededor.

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Si quieres acceder al análisis de los capítulos I y II, pincha aquí.

3 comentarios en «Análisis de ‘El principito’ III y IV»

  1. Querida, Isa, me has hecho reflexionar sobre la importancia de que los niños sigan siendo niños en este mundo lleno de tantos estímulos y desinformación. ¿Qué es lo que podemos hacer como adultos para preservar la infancia? Siento que los niños de hoy están permeados y tienen demasiado interés en el mundo adulto, lo cual me resulta un poco trágico.

    Responder
    • Querida Melissa,

      Yo creo que lo mejor que podemos hacer es recuperar a nuestro/a niño/a intern/a y darle cabida en nosotros, como hace el narrardor de ‘El principito’. Haciendo eso, nuestros hijos y las personas que nos rodeen también se darán permiso (si quieren) para hacerlo. Es una parte indestructible. Por más capas que pongas encima, son capas de falsedades que se pueden venir abajo en un segundo.

      Un abrazo enorme,

      Isa

      Responder

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